Los ingleses y la comida
En mis primeros artículos, en los que os describía en líneas generales el carácter de estos extraños seres denominados “ingleses”, mencioné un poco por encima alguna de sus obsesiones alimentarias; sin embargo no es suficiente con una mención superficial para hacerse a la idea de cuán profundas son algunas de las manías que esta gente adquiere a lo largo de su vida respecto a lo que se llevan a la boca (siempre refiriéndonos a la comida, ojo; sólo se llevan a la boca otro tipo de cosas en estado de embriaguez, con lo cual en eso no son tan quisquillosos).
Debo empezar diciendo que Gran Bretaña tiene uno de los índices de obesidad más altos del mundo... creo que sólo le supera su secretamente admirada USA (digo “secretamente” porque jamás un inglés reconocerá abiertamente su admiración por los EEUU; preguntados por el tema, definirán a un americano como el estadio evolutivo inmediatamente posterior a la ameba); a veces pienso que el índice de obesos es sólo una cosa más que los ingleses se empeñan en imitar de sus colegas americanos. Según datos recientes de la BBC, un 22% de los británicos son obesos y un ¡¡¡75%!!! padecen sobrepeso. Los gordos americanos no tienen ningún problema en aceptar que sus chichas se deben a la comida basura que inunda sus vidas. Los ingleses, por el contrario, se niegan a reconocer cualquier responsabilidad en el tema: a pesar de comer tanta o más comida basura que un americano, y de su profunda animadversión por el verbo “cocinar”, ellos se empecinarán en que su comida es siempre “healthy” (sana).
La palabra “healthy” en Inglaterra es lo más parecido a un amuleto. Su uso te garantiza el éxito profesional, la admiración popular y los favores sexuales del otro género (o del mismo, según gustos). En los supermercados, ningún otro producto se vende más que aquellos que incluyen, bien visible en su envoltorio, la palabra “healthy”. Estoy convencida de que un inglés es capaz de comerse un zurullo si viene en un paquete que pone “healthy”. La realidad es bien distinta de lo que la palabra viene a definir: los productos “healthy” suelen ser exactamente igual de basura que los demás, sólo que son “bajos en azúcar” (definición: inundados en sacarina o cualquier otro edulcorante artificial), “bajos en grasa” (definición: exprimidos para que suelten la grasa superficial visible e inundados en saborizantes artificiales) o “bajos en todo lo que suele dar sabor a un alimento realmente sano”. Vamos, que el chocolate “healthy” es bajo en cacao, la leche “healthy” es desnatada y los dulces “healthy” son bajos en sacarosa. Ni qué decir tiene que cada vez que voy al supermercado echo una hora extra en descartar todo producto en el que se adivine la palabra “healthy”, porque es sinónimo de: insípido y lleno de porquerías. ¿Dónde coño se ha visto "chocolate bajo en cacao”? ¡Eso no es healthy, es una herejía!
La obsesión con lo sano es tan desorbitada que en ocasiones los lleva a situaciones absolutamente esperpénticas. Una compañera de piso de Muso es conocida como la Srta. Tos (“Miss Cough”). No debe tener más de 21 años, pero los despierta a todos cada mañana con una tos de camionero que “calma” con su primer cigarrillo del día. Después de recoger los restos de sus pulmones del suelo, comienza su jornada laboral, durante la cual se fuma unas 3 cajetillas. Antes de dormir despide el día con 5 ó 6 cigarrillos más, para combatir el insomnio, vaya. Un fin de semana Muso se puso a calentar al horno unos filetes de pescado empanado que había comprado en el Tesco (de oferta 3x2). Casi se le caen al suelo del susto cuando justo detrás de su oreja alguien emitió un insoportable chillido: “COF... COF... WHAT ARE YOU DOIIIIIIING???... COF” - “¿¿¿Qué haces???” – “¿Es que no sabes, COF COF, que el empanado no es ‘healthy’?”.
Mi amigo Dino tuvo también un compañero de piso inglés. Estaba totalmente horrorizado de eso que los españoles llamamos “Cola-Cao”, porque un día había leído la etiqueta y comprobado que el cacao no era desgrasado, o algo así, y que tampoco era bajo en azúcar. Su desayuno, nos dijo orgulloso una mañana en la que yo había ido a buscar a Dino para ir al mercado, era mucho más “healthy”: sobre la mesa podíamos ver dos salchichas fritas llenas de una salsa marrón extraña, bacon grasoso, una taza de té (que no falte) y tres rebanadas de pan de molde integral cubiertas de margarina... y cuando digo “cubiertas” quiero decir que la capa de margarina era más gruesa que la tostada.
Dino y yo tuvimos que taparnos la boca mutuamente y salir de casa muertos de risa. Y es que no hay nada más ridículo que un inglés sin conocimiento alguno de nutrición tratando de convencer a dos biólogos de que algo es “healthy” basándose en lo que pone en la etiqueta comercial del producto.
En primer lugar, de entre todos los tipos de pan que se pueden comer, no hay ninguno menos “healthy” que el pan de molde. Yo ni siquiera lo llamaría “pan”. Si comprobáis la etiqueta, pasando por alto el slogan “SANO y NATURAL” que sin duda ocupará la mitad de ella, encontraréis en letra sumamente pequeña y escondida algo que pone “ingredientes”. Podéis comprobarlo o fiaros de mí, pero al pan de molde le echan absolutamente de todo: sal, leche, azúcar, mantequilla, conservantes, colorantes, saborizantes y grasas saturadas e insaturadas. En muchas ocasiones maquillan lo de las grasas saturadas escribiendo “aceites vegetales”, que parece que suena mucho más “sano”. Sin embargo debéis de saber que, tanto en el pan de molde como en la mayoría de la repostería, siempre que leáis “grasas o aceites vegetales” sin especificar, es porque ocultan tipos de aceite de los más perjudiciales para la salud que hay, que son el aceite de palma y el de coco (que contienen ácido palmítico). Efectivamente, son vegetales, pero su nivel de saturación es idéntico al de las grasas animales y sus efectos para la salud igual de perniciosos, con la diferencia de que estos se pueden englobar bajo la aparentemente inocente etiqueta de “aceites vegetales”.
Luego hablemos de la “sanísima margarina”... La mayoría de los ingleses pondrán cara de asco cuando nombres la mantequilla, y se desharán en elogios ante la margarina, porque es “healthy”. Señores, ni una ni otra son “healthy” en absoluto. Ambos productos provienen de la solidificación parcial de la grasa pura... es decir, un trozo de mantequilla/margarina es el equivalente de bebernos un vaso de chupito lleno de grasa. La diferencia entre ambas radica en su origen: origen animal en la mantequilla, origen vegetal en la margarina. Una vez más el nombre engaña, no sólo por el dudoso origen del “aceite vegetal” (sospechad, a no ser que esté específicamente descrito en los ingredientes), sino por el hecho de que la solidificación de la grasa implica en ambos casos su saturación, lo que la convierte en una bomba para nuestro organismo, que está acostumbrado en recibir la grasa de poquito en poquito a través de los alimentos que la contienen, y no de golpe en forma de un bloque seboso. Tanto la margarina como la mantequilla van corriendo directamente de la boca a los michelines, dejando un montón de restos nada “healthy” por el camino.
¿Por qué leches os digo todo esto? Pues para que no hagáis como los ingleses: la única verdad es que la mayoría de cosas que nos gustan contienen siempre algún ingrediente considerado “malo para la salud”. Cada día salen nuevos estudios que otorgan cualidades perniciosas a alimentos tan variados como las patatas, el tomate, la carne roja, los palitos de merluza y el atún en escabeche... atrévete a meterte en la boca un solo bocado de cualquiera de ellos y sufrirás de cataratas, cáncer de dedo índice y almorranas; a los dos meses saldrán otros nuevos estudios contrastados por científicos de prestigio internacional que demostrarán que esos mismos alimentos tienen propiedades beneficiosas contra el acné, el cáncer de próstata y el mal aliento. Así que si queréis disfrutar de la vida y no amargaros continuamente, o autoengañaros como hacen los ingleses, y a no ser que tengáis algún tipo de enfermedad o problema metabólico que os impida comer determinado tipo de producto... ¡Echaos bien de mantequilla en una tostada de pan de hogaza, coño! ¡Cuando queráis comer chocolate, que sea bien lleno de cacao y de azúcar! Y después a la hora del almuerzo os metéis entre pecho y espalda una buena fabada (hay que hacer patria), un cocido madrileño o una paella, todos ellos platos nutritivos y sanos que los ingleses jamás sabrán hacer, y podréis estar seguros de que disfrutaréis muchísimo más de la comida y además no haréis el ridículo. Y si después de terminar soltáis un sonoro (y sano) eructo, mejor que mejor.
Porque esa es otra, los ingleses, aparte de tener toda una colección de alergias que yo jamás había visto en ningún otro país (un tercio de la población es alérgica a los frutos secos, un 80% al polvo... vamos que no hay nadie que no le tenga alergia a algo), también le tienen alergia a la cocina. Cuando entras a la casa de un inglés y ves los fogones de la cocina cubiertos de todo tipo de sustancias viscosas no debes fiarte: no significa que haya cocinado, no (“¿cocinar? ¿qué es eso?”), sino que se le ha derramado algo de la salsa de alguno de los platos precocinados que ha calentado en el microondas o en el horno y no se ha molestado en limpiarla durante años. Cuando un inglés hace una fiesta o barbacoa en su casa lo habitual es que cada invitado traiga algo de comer; se puede distinguir a los invitados ingleses de los extranjeros, porque los ingleses suelen traer una pizza congelada, un postre prefabricado o bebidas, mientras que el resto se trae un plato típico de su tierra hecho en casa. Ni qué decir tiene que al final de la noche las pizzas y los postres del Tesco suelen quedarse en sus cajas, y los ingleses se dedican a perseguir a los extranjeros pidiéndoles las recetas de lo que han traído, maravillados por su combinación de sabores inéditos (con la “complicada” tortilla de patata y los fritos subidos que yo suelo llevar se les cae la baba). Es el día de hoy que sigo sin saber para qué te piden las recetas... ¡jamás las utilizan! Estoy convencida de que las usan para cubrir los desconchones de la pared o decorar los álbumes familiares... “hoy comimos tortilla de patatas, y la gente que cocina la hace así: ver papel adjunto”.
Otro detalle inexplicable de esta gente es por qué motivo se preocupan tantísimo de la comida “healthy” si luego cada noche salen y pillan unas melopeas impresionantes a base de cerveza. Me pregunto para qué tantos sacrificios en pos de lo sano si a los 25 años la mayoría tienen el hígado cirrótico. Y no se los ve nada preocupados por lo “healthy” cuando organizan concursos a ver quién se bebe más pintas antes de las 11, no. Yo diría que hasta están orgullosos.
Pero el colmo de los colmos, a lo que yo jamás me acostumbraré ni dejaré de criticar, es a los vegetarianos de este país. Son la cosa más ridícula e ilógica que te puedes echar a la cara. La mayoría están completamente obsesionados por una idea errónea e indemostrable que se les ha inculcado desde revistas adolescentes de alta calidad científica, estilo “Super Pop”, que aquí en vez de explicarte cómo ligar con el vecino del 5º (obviamente a las inglesas no les hace falta más mecanismo de seducción que litros y litros de alcohol para ligar con el vecino de cualquier piso) te aseguran que comer carne es un asesinato. Así, tal cual. Por supuesto, las plantas no son seres vivos, son tan sólo adornos que están ahí para tapar el triste color marrón de la tierra. Las hojas son cosas inertes que Dios creó para taparle la pirindolilla a Adán. Vamos, que si te comes una planta no la matas.
Discútele esto a cualquier vegetariano inglés y la respuesta será unánime (página 3 de la SuperPopeixon): “ya, vale, sí, son seres vivos... pero es que las plantas no sufren”. Otra patochada made in inglesilandia. Que no tengan sistema nervioso idéntico al nuestro no quiere decir en absoluto que una planta no “sienta” a su manera cuándo se le arranca una parte de ella, o que no se defiendan para evitar morir. Una planta está tan viva como cualquier animal, y es consciente de cada una de sus partes a su manera, que no es igual que la nuestra, pero que existe.
A veces por las calles de Mix Village nos encontramos carteles y pegatinas (los ingleses raramente escriben en las paredes) con la frase: “¡Carne = asesinato!”. Dino siempre decía que habría que escribir debajo: “¡Vegetales = también asesinato! Ergo, come piedras”
Y con todo esto, ¿a dónde pretendo llegar?
Pretendo llegar a que la alimentación requiere, absolutamente siempre, la muerte de otro organismo para nutrir al tuyo, excepto en lo casos de organismos que utilizan directamente moléculas inertes (como las propias plantas, por ejemplo) y las transforman en biomoléculas. Todos los organismos que no somos capaces de hacer eso precisamos matar a algún otro que ya lo haya hecho y aprovecharnos de sus nutrientes. Es curioso que cada día miles de personas mueran por causas tan espantosas como asesinatos, guerras, atentados terroristas... Y toda esta gente se tire de los pelos porque hemos matado a un conejo y lo hemos hecho a la parrilla, cuando matar para comer se podría considerar la única causa legítima para quitarle la vida a otro ser.
En la Tierra los animales que se alimentan de otros seres vivos pueden ser herbívoros, carnívoros u omnívoros, y cada uno de ellos tiene un aparato digestivo con unas características muy concretas. Las vacas, por ejemplo, son herbívoras: tienen tres estómagos y un intestino larguísimo para poder sacarle todos los nutrientes a las plantas. También tienen un enzima importantísimo para poder digerir plantas: la celulasa, que rompe la celulosa y permite su procesamiento. Todo animal herbívoro sintetiza celulasa.
Nosotros no.
¿Por qué? Porque no somos herbívoros, punto pelota. El ser humano, como el oso, como algunas otras especies de monos, somos omnívoros, lo cual significa que para tener una alimentación completa y equilibrada debemos tomar nuestros nutrientes tanto de las plantas como de los animales. Es más, la mayoría de plantas que nos comemos acaban siendo expulsadas en forma de lo que conocemos como “fibra”, que no es más que la mayor parte de las estructuras vegetales que no hemos podido digerir con casi todos sus nutrientes aún intactos; un ejemplo de esto lo constituyen las espinacas, las cuales supusieron el motivo del contrato indefinido de Popeye en televisiones de medio mundo. “¡Las espinacas contienen mucho hierro para hacerte fuerte!” – exclamaba mientras se causaba a sí mismo un cáncer de pulmón con aquella ridícula pipa siempre en la boca. A Popeye se le terminó el chollo y acabó criando pollos con Olivia cuando la OMS descubrió que más del 90% de ese Hierro que contienen las espinacas está en una forma indigerible por el ser humano. Es el día de hoy que a los niños se les sigue obligando a comerse esa cosa asquerosa (mis disculpas a aquellos de vosotros que consideréis a las espinacas como un plato exquisito) con la disculpa del hierro.
Atención, pregunta: ¿Por qué los seres humanos no podemos utilizar el hierro contenido en las espinacas, lentejas y muchos otros vegetales?
Respuesta: porque no somos herbívoros. Negar este hecho y creer que es mejor alimentarnos de vegetales resulta tan absurdo como afirmar que un lobo es mejor animal si come hierba.
Y OJO, que no me estoy metiendo con los vegetarianos en general (seguro que en seguida saldrá alguno echando pestes contra mis teorías). Algunos vegetarianos tienen ideas muy razonadas acerca de que consumir vegetales evita un gasto energético insostenible en el planeta, basándose en cálculos de lo que “cuesta” mantener a cualquier animal de los que nos comemos frente a conseguir esos mismos nutrientes mediante la ingesta de vegetales y algún que otro suplemento vitamínico. Me parece perfecto que la gente decida por sí misma lo que quiere comer basándose en sus propias ideas y convicciones. Pero cuando estas ideas son absurdas e indefendibles exijo mi derecho a criticarlas duramente (y a disfrutar con ello). Y hay algo que está claro: los seres humanos no somos vacas.
(pausa meditativa)
Bueno, quizás alguna haya... pero seguro que no tiene 3 estómagos ni produce celulasa.
Por si no era ya suficiente con la horda de vegetarianos desinformados que inundan la pérfida Albión, una subespecie de ellos, los “vegans”, amenaza con tomar las riendas y causar una auténtica revolución. Los vegans son vegetarianos extremos, tan extremos que muchos de ellos consideran que sólo se puede comer aquel vegetal que “haya muerto por sí mismo”. Arrancar una zanahoria del suelo es un asesinato imperdonable. Un vegan auténtico defenderá la vida de un guisante por encima de la tuya, si hace falta. Y presumirán de lo que para ellos es “un cuerpo perfecto, una piel inmaculada y una salud de hierro”, y que para cualquier médico es “delgadez extrema, hipotensión, palidez, deficiencia de melanina y atrofia muscular generalizada”. Vamos, que no sólo están hechos una birria físicamente, sino que además suelen tener un carácter insufrible y ser medio hipocondríacos. No contentos con ello, hacen de su manía personal una cruzada que deben extender a toda costa, y son peores que los Testigos de Jehová y los Mormones juntos. Una de mis diversiones favoritas es comerme un solomillo poco hecho delante de cualquiera de ellos, masticando ostensiblemente, poniendo cara de orgasmo múltiple y dejando que los jugos se me derramen por las comisuras de la boca. No tiene precio.
Y sin embargo, a pesar de todas sus preocupaciones, a pesar de todo lo “healthy” que comen, de todas las lecciones morales que pretenden dar a todo aquel que no sea inglés y no comparta sus absurdas obsesiones... a pesar de todo los estudios son tozudos, y siguen mostrando que los ingleses están entre los más gordos y “unhealthy” del mundo. ¿Algún día despertarán? ¿Se darán cuenta de lo que se están perdiendo? Lo dudo. Además, casi prefiero que no sea así. ¿A quién iba yo a criticar entonces?
Debo empezar diciendo que Gran Bretaña tiene uno de los índices de obesidad más altos del mundo... creo que sólo le supera su secretamente admirada USA (digo “secretamente” porque jamás un inglés reconocerá abiertamente su admiración por los EEUU; preguntados por el tema, definirán a un americano como el estadio evolutivo inmediatamente posterior a la ameba); a veces pienso que el índice de obesos es sólo una cosa más que los ingleses se empeñan en imitar de sus colegas americanos. Según datos recientes de la BBC, un 22% de los británicos son obesos y un ¡¡¡75%!!! padecen sobrepeso. Los gordos americanos no tienen ningún problema en aceptar que sus chichas se deben a la comida basura que inunda sus vidas. Los ingleses, por el contrario, se niegan a reconocer cualquier responsabilidad en el tema: a pesar de comer tanta o más comida basura que un americano, y de su profunda animadversión por el verbo “cocinar”, ellos se empecinarán en que su comida es siempre “healthy” (sana).La palabra “healthy” en Inglaterra es lo más parecido a un amuleto. Su uso te garantiza el éxito profesional, la admiración popular y los favores sexuales del otro género (o del mismo, según gustos). En los supermercados, ningún otro producto se vende más que aquellos que incluyen, bien visible en su envoltorio, la palabra “healthy”. Estoy convencida de que un inglés es capaz de comerse un zurullo si viene en un paquete que pone “healthy”. La realidad es bien distinta de lo que la palabra viene a definir: los productos “healthy” suelen ser exactamente igual de basura que los demás, sólo que son “bajos en azúcar” (definición: inundados en sacarina o cualquier otro edulcorante artificial), “bajos en grasa” (definición: exprimidos para que suelten la grasa superficial visible e inundados en saborizantes artificiales) o “bajos en todo lo que suele dar sabor a un alimento realmente sano”. Vamos, que el chocolate “healthy” es bajo en cacao, la leche “healthy” es desnatada y los dulces “healthy” son bajos en sacarosa. Ni qué decir tiene que cada vez que voy al supermercado echo una hora extra en descartar todo producto en el que se adivine la palabra “healthy”, porque es sinónimo de: insípido y lleno de porquerías. ¿Dónde coño se ha visto "chocolate bajo en cacao”? ¡Eso no es healthy, es una herejía!
La obsesión con lo sano es tan desorbitada que en ocasiones los lleva a situaciones absolutamente esperpénticas. Una compañera de piso de Muso es conocida como la Srta. Tos (“Miss Cough”). No debe tener más de 21 años, pero los despierta a todos cada mañana con una tos de camionero que “calma” con su primer cigarrillo del día. Después de recoger los restos de sus pulmones del suelo, comienza su jornada laboral, durante la cual se fuma unas 3 cajetillas. Antes de dormir despide el día con 5 ó 6 cigarrillos más, para combatir el insomnio, vaya. Un fin de semana Muso se puso a calentar al horno unos filetes de pescado empanado que había comprado en el Tesco (de oferta 3x2). Casi se le caen al suelo del susto cuando justo detrás de su oreja alguien emitió un insoportable chillido: “COF... COF... WHAT ARE YOU DOIIIIIIING???... COF” - “¿¿¿Qué haces???” – “¿Es que no sabes, COF COF, que el empanado no es ‘healthy’?”.
Mi amigo Dino tuvo también un compañero de piso inglés. Estaba totalmente horrorizado de eso que los españoles llamamos “Cola-Cao”, porque un día había leído la etiqueta y comprobado que el cacao no era desgrasado, o algo así, y que tampoco era bajo en azúcar. Su desayuno, nos dijo orgulloso una mañana en la que yo había ido a buscar a Dino para ir al mercado, era mucho más “healthy”: sobre la mesa podíamos ver dos salchichas fritas llenas de una salsa marrón extraña, bacon grasoso, una taza de té (que no falte) y tres rebanadas de pan de molde integral cubiertas de margarina... y cuando digo “cubiertas” quiero decir que la capa de margarina era más gruesa que la tostada.Dino y yo tuvimos que taparnos la boca mutuamente y salir de casa muertos de risa. Y es que no hay nada más ridículo que un inglés sin conocimiento alguno de nutrición tratando de convencer a dos biólogos de que algo es “healthy” basándose en lo que pone en la etiqueta comercial del producto.
En primer lugar, de entre todos los tipos de pan que se pueden comer, no hay ninguno menos “healthy” que el pan de molde. Yo ni siquiera lo llamaría “pan”. Si comprobáis la etiqueta, pasando por alto el slogan “SANO y NATURAL” que sin duda ocupará la mitad de ella, encontraréis en letra sumamente pequeña y escondida algo que pone “ingredientes”. Podéis comprobarlo o fiaros de mí, pero al pan de molde le echan absolutamente de todo: sal, leche, azúcar, mantequilla, conservantes, colorantes, saborizantes y grasas saturadas e insaturadas. En muchas ocasiones maquillan lo de las grasas saturadas escribiendo “aceites vegetales”, que parece que suena mucho más “sano”. Sin embargo debéis de saber que, tanto en el pan de molde como en la mayoría de la repostería, siempre que leáis “grasas o aceites vegetales” sin especificar, es porque ocultan tipos de aceite de los más perjudiciales para la salud que hay, que son el aceite de palma y el de coco (que contienen ácido palmítico). Efectivamente, son vegetales, pero su nivel de saturación es idéntico al de las grasas animales y sus efectos para la salud igual de perniciosos, con la diferencia de que estos se pueden englobar bajo la aparentemente inocente etiqueta de “aceites vegetales”.
Luego hablemos de la “sanísima margarina”... La mayoría de los ingleses pondrán cara de asco cuando nombres la mantequilla, y se desharán en elogios ante la margarina, porque es “healthy”. Señores, ni una ni otra son “healthy” en absoluto. Ambos productos provienen de la solidificación parcial de la grasa pura... es decir, un trozo de mantequilla/margarina es el equivalente de bebernos un vaso de chupito lleno de grasa. La diferencia entre ambas radica en su origen: origen animal en la mantequilla, origen vegetal en la margarina. Una vez más el nombre engaña, no sólo por el dudoso origen del “aceite vegetal” (sospechad, a no ser que esté específicamente descrito en los ingredientes), sino por el hecho de que la solidificación de la grasa implica en ambos casos su saturación, lo que la convierte en una bomba para nuestro organismo, que está acostumbrado en recibir la grasa de poquito en poquito a través de los alimentos que la contienen, y no de golpe en forma de un bloque seboso. Tanto la margarina como la mantequilla van corriendo directamente de la boca a los michelines, dejando un montón de restos nada “healthy” por el camino.¿Por qué leches os digo todo esto? Pues para que no hagáis como los ingleses: la única verdad es que la mayoría de cosas que nos gustan contienen siempre algún ingrediente considerado “malo para la salud”. Cada día salen nuevos estudios que otorgan cualidades perniciosas a alimentos tan variados como las patatas, el tomate, la carne roja, los palitos de merluza y el atún en escabeche... atrévete a meterte en la boca un solo bocado de cualquiera de ellos y sufrirás de cataratas, cáncer de dedo índice y almorranas; a los dos meses saldrán otros nuevos estudios contrastados por científicos de prestigio internacional que demostrarán que esos mismos alimentos tienen propiedades beneficiosas contra el acné, el cáncer de próstata y el mal aliento. Así que si queréis disfrutar de la vida y no amargaros continuamente, o autoengañaros como hacen los ingleses, y a no ser que tengáis algún tipo de enfermedad o problema metabólico que os impida comer determinado tipo de producto... ¡Echaos bien de mantequilla en una tostada de pan de hogaza, coño! ¡Cuando queráis comer chocolate, que sea bien lleno de cacao y de azúcar! Y después a la hora del almuerzo os metéis entre pecho y espalda una buena fabada (hay que hacer patria), un cocido madrileño o una paella, todos ellos platos nutritivos y sanos que los ingleses jamás sabrán hacer, y podréis estar seguros de que disfrutaréis muchísimo más de la comida y además no haréis el ridículo. Y si después de terminar soltáis un sonoro (y sano) eructo, mejor que mejor.
Porque esa es otra, los ingleses, aparte de tener toda una colección de alergias que yo jamás había visto en ningún otro país (un tercio de la población es alérgica a los frutos secos, un 80% al polvo... vamos que no hay nadie que no le tenga alergia a algo), también le tienen alergia a la cocina. Cuando entras a la casa de un inglés y ves los fogones de la cocina cubiertos de todo tipo de sustancias viscosas no debes fiarte: no significa que haya cocinado, no (“¿cocinar? ¿qué es eso?”), sino que se le ha derramado algo de la salsa de alguno de los platos precocinados que ha calentado en el microondas o en el horno y no se ha molestado en limpiarla durante años. Cuando un inglés hace una fiesta o barbacoa en su casa lo habitual es que cada invitado traiga algo de comer; se puede distinguir a los invitados ingleses de los extranjeros, porque los ingleses suelen traer una pizza congelada, un postre prefabricado o bebidas, mientras que el resto se trae un plato típico de su tierra hecho en casa. Ni qué decir tiene que al final de la noche las pizzas y los postres del Tesco suelen quedarse en sus cajas, y los ingleses se dedican a perseguir a los extranjeros pidiéndoles las recetas de lo que han traído, maravillados por su combinación de sabores inéditos (con la “complicada” tortilla de patata y los fritos subidos que yo suelo llevar se les cae la baba). Es el día de hoy que sigo sin saber para qué te piden las recetas... ¡jamás las utilizan! Estoy convencida de que las usan para cubrir los desconchones de la pared o decorar los álbumes familiares... “hoy comimos tortilla de patatas, y la gente que cocina la hace así: ver papel adjunto”.Otro detalle inexplicable de esta gente es por qué motivo se preocupan tantísimo de la comida “healthy” si luego cada noche salen y pillan unas melopeas impresionantes a base de cerveza. Me pregunto para qué tantos sacrificios en pos de lo sano si a los 25 años la mayoría tienen el hígado cirrótico. Y no se los ve nada preocupados por lo “healthy” cuando organizan concursos a ver quién se bebe más pintas antes de las 11, no. Yo diría que hasta están orgullosos.
Pero el colmo de los colmos, a lo que yo jamás me acostumbraré ni dejaré de criticar, es a los vegetarianos de este país. Son la cosa más ridícula e ilógica que te puedes echar a la cara. La mayoría están completamente obsesionados por una idea errónea e indemostrable que se les ha inculcado desde revistas adolescentes de alta calidad científica, estilo “Super Pop”, que aquí en vez de explicarte cómo ligar con el vecino del 5º (obviamente a las inglesas no les hace falta más mecanismo de seducción que litros y litros de alcohol para ligar con el vecino de cualquier piso) te aseguran que comer carne es un asesinato. Así, tal cual. Por supuesto, las plantas no son seres vivos, son tan sólo adornos que están ahí para tapar el triste color marrón de la tierra. Las hojas son cosas inertes que Dios creó para taparle la pirindolilla a Adán. Vamos, que si te comes una planta no la matas.Discútele esto a cualquier vegetariano inglés y la respuesta será unánime (página 3 de la SuperPopeixon): “ya, vale, sí, son seres vivos... pero es que las plantas no sufren”. Otra patochada made in inglesilandia. Que no tengan sistema nervioso idéntico al nuestro no quiere decir en absoluto que una planta no “sienta” a su manera cuándo se le arranca una parte de ella, o que no se defiendan para evitar morir. Una planta está tan viva como cualquier animal, y es consciente de cada una de sus partes a su manera, que no es igual que la nuestra, pero que existe.
A veces por las calles de Mix Village nos encontramos carteles y pegatinas (los ingleses raramente escriben en las paredes) con la frase: “¡Carne = asesinato!”. Dino siempre decía que habría que escribir debajo: “¡Vegetales = también asesinato! Ergo, come piedras”
Y con todo esto, ¿a dónde pretendo llegar?
Pretendo llegar a que la alimentación requiere, absolutamente siempre, la muerte de otro organismo para nutrir al tuyo, excepto en lo casos de organismos que utilizan directamente moléculas inertes (como las propias plantas, por ejemplo) y las transforman en biomoléculas. Todos los organismos que no somos capaces de hacer eso precisamos matar a algún otro que ya lo haya hecho y aprovecharnos de sus nutrientes. Es curioso que cada día miles de personas mueran por causas tan espantosas como asesinatos, guerras, atentados terroristas... Y toda esta gente se tire de los pelos porque hemos matado a un conejo y lo hemos hecho a la parrilla, cuando matar para comer se podría considerar la única causa legítima para quitarle la vida a otro ser.
En la Tierra los animales que se alimentan de otros seres vivos pueden ser herbívoros, carnívoros u omnívoros, y cada uno de ellos tiene un aparato digestivo con unas características muy concretas. Las vacas, por ejemplo, son herbívoras: tienen tres estómagos y un intestino larguísimo para poder sacarle todos los nutrientes a las plantas. También tienen un enzima importantísimo para poder digerir plantas: la celulasa, que rompe la celulosa y permite su procesamiento. Todo animal herbívoro sintetiza celulasa.Nosotros no.
¿Por qué? Porque no somos herbívoros, punto pelota. El ser humano, como el oso, como algunas otras especies de monos, somos omnívoros, lo cual significa que para tener una alimentación completa y equilibrada debemos tomar nuestros nutrientes tanto de las plantas como de los animales. Es más, la mayoría de plantas que nos comemos acaban siendo expulsadas en forma de lo que conocemos como “fibra”, que no es más que la mayor parte de las estructuras vegetales que no hemos podido digerir con casi todos sus nutrientes aún intactos; un ejemplo de esto lo constituyen las espinacas, las cuales supusieron el motivo del contrato indefinido de Popeye en televisiones de medio mundo. “¡Las espinacas contienen mucho hierro para hacerte fuerte!” – exclamaba mientras se causaba a sí mismo un cáncer de pulmón con aquella ridícula pipa siempre en la boca. A Popeye se le terminó el chollo y acabó criando pollos con Olivia cuando la OMS descubrió que más del 90% de ese Hierro que contienen las espinacas está en una forma indigerible por el ser humano. Es el día de hoy que a los niños se les sigue obligando a comerse esa cosa asquerosa (mis disculpas a aquellos de vosotros que consideréis a las espinacas como un plato exquisito) con la disculpa del hierro.
Atención, pregunta: ¿Por qué los seres humanos no podemos utilizar el hierro contenido en las espinacas, lentejas y muchos otros vegetales?
Respuesta: porque no somos herbívoros. Negar este hecho y creer que es mejor alimentarnos de vegetales resulta tan absurdo como afirmar que un lobo es mejor animal si come hierba.
Y OJO, que no me estoy metiendo con los vegetarianos en general (seguro que en seguida saldrá alguno echando pestes contra mis teorías). Algunos vegetarianos tienen ideas muy razonadas acerca de que consumir vegetales evita un gasto energético insostenible en el planeta, basándose en cálculos de lo que “cuesta” mantener a cualquier animal de los que nos comemos frente a conseguir esos mismos nutrientes mediante la ingesta de vegetales y algún que otro suplemento vitamínico. Me parece perfecto que la gente decida por sí misma lo que quiere comer basándose en sus propias ideas y convicciones. Pero cuando estas ideas son absurdas e indefendibles exijo mi derecho a criticarlas duramente (y a disfrutar con ello). Y hay algo que está claro: los seres humanos no somos vacas.
(pausa meditativa)
Bueno, quizás alguna haya... pero seguro que no tiene 3 estómagos ni produce celulasa.
Por si no era ya suficiente con la horda de vegetarianos desinformados que inundan la pérfida Albión, una subespecie de ellos, los “vegans”, amenaza con tomar las riendas y causar una auténtica revolución. Los vegans son vegetarianos extremos, tan extremos que muchos de ellos consideran que sólo se puede comer aquel vegetal que “haya muerto por sí mismo”. Arrancar una zanahoria del suelo es un asesinato imperdonable. Un vegan auténtico defenderá la vida de un guisante por encima de la tuya, si hace falta. Y presumirán de lo que para ellos es “un cuerpo perfecto, una piel inmaculada y una salud de hierro”, y que para cualquier médico es “delgadez extrema, hipotensión, palidez, deficiencia de melanina y atrofia muscular generalizada”. Vamos, que no sólo están hechos una birria físicamente, sino que además suelen tener un carácter insufrible y ser medio hipocondríacos. No contentos con ello, hacen de su manía personal una cruzada que deben extender a toda costa, y son peores que los Testigos de Jehová y los Mormones juntos. Una de mis diversiones favoritas es comerme un solomillo poco hecho delante de cualquiera de ellos, masticando ostensiblemente, poniendo cara de orgasmo múltiple y dejando que los jugos se me derramen por las comisuras de la boca. No tiene precio.Y sin embargo, a pesar de todas sus preocupaciones, a pesar de todo lo “healthy” que comen, de todas las lecciones morales que pretenden dar a todo aquel que no sea inglés y no comparta sus absurdas obsesiones... a pesar de todo los estudios son tozudos, y siguen mostrando que los ingleses están entre los más gordos y “unhealthy” del mundo. ¿Algún día despertarán? ¿Se darán cuenta de lo que se están perdiendo? Lo dudo. Además, casi prefiero que no sea así. ¿A quién iba yo a criticar entonces?