Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


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Jesus Christ! o los peligros de la inglesización
PhotobucketTodos conocemos ya gracias a mi inestimable aportación blogística y/o a vuestra experiencia personal el tipo de carácter que se gastan los ingleses. Sin embargo yo, como buena científica, desde mi llegada a esta tierra me he preguntado en muchas ocasiones cuál sería el efecto sobre un español de una exposición prolongada a la presencia de ingleses. La buena suerte ha venido a premiar mi constancia y me ha proporcionado un sujeto único con el que saciar mi curiosidad, que casualmente es vecino de mis amigos recién casados, Blancaflor y Polpette. Este sujeto a estudiar recibirá el nombre de Jesus Christ, en virtud a los hechos que se relatan más adelante. Los resultados de este experimento, no obstante, resultan inquietantes y pueden herir la sensibilidad de los lectores, o hacer que se retracten de sus intenciones de venirse a trabajar o a visitar tierras inglesas. También pueden promover sentimientos de paranoia, síndromes persecutorios e inglesofobia extrema. Algunos de estos síndromes se caracterizan por irritabilidad y nerviosismo en presencia de ingleses y ataques de histeria incontrolada con utilización de expresiones tales como: “¡Un inglés, un inglés! ¡¡¡Me persigue, quiere inglesizarme!!!”. Advertidos quedáis pues: leed este artículo bajo vuestra propia responsabilidad. Se recomienda a todos aquellos lectores que decidan continuar leyendo evitar próximos períodos vacacionales en Gran Bretaña o ciudades españolas con abundancia de turistas ingleses, tales como Ibiza.

Para hablaros de Jesus Christ debo hacer una mención previa a mis amigos Blancaflor y Polpette. No os había hablado demasiado de esta pareja de recién casados, ambos científicos también, y este es el momento perfecto para suplir esa falta de información. Blancaflor es una malagueña morenita de treinta y pocos años, dulce, de voz suave y sempiterna sonrisa. Me tropecé con ella (nunca mejor dicho, porque le solmené un codazo de impresión) una tarde de verano en el mercadillo de Mix Village y le solté un “sorry” al que ella contestó con un “Eres española, ¿verdad?”. Intercambiamos unas frases y yo seguí mi camino, ya que había quedado con Dino para ir a visitar uno de los colegios universitarios de la ciudad. Una vez ambos nos encontramos en el lugar de reunión, Dino miró detrás de mí y exclamó: “¡Hombreeeee, hola!”. Me volví para reconocer a la chica con la que había chocado momentos antes. “Pili, esta es Blancaflor, fue mi compañera de piso hasta hace unos meses”.

Blancaflor llegó a Mix Village un año y medio antes que yo, también con el objetivo de trabajar como postdoc en un laboratorio. El grupo en el que se integró era bastante grande, y estaba liderado por una pareja de científicos con fama de tiranos; Blancaflor no tardaría en comprobar hasta qué punto un mal jefe es capaz de arruinar una vocación científica. Pero ella llegó allí con gran ilusión y en seguida le presentaron a todos sus compañeros de laboratorio. Uno de ellos era un chico italiano muy trabajador, extremadamente tímido, de ojos azules y tristes y voz suave y pausada: Polpette. Ella aún no podía imaginarse que en menos de tres años aquel chico tímido iba a convertirse en su marido.

Por aquel entonces Blancaflor compartía piso con otras dos chicas: Azabache y Linda; a la primera quizás la recordéis como la organizadora de la fiesta en la que... estooo... “interaccioné” con el famoso italiano. En el piso quedaba una habitación libre y había un chico español solicitándola desde Oviedo. Blancaflor se puso en contacto con él por correo electrónico y le ayudó a arreglar el tema de la fianza y el contrato. A las pocas semanas Dino se convertiría en el cuarto ocupante de la casa.

PhotobucketSin embargo el carácter de Azabache y Linda chocaba frontalmente con el de la calladita y responsable Blancaflor. Las dos primeras gustaban de organizar fiestas en el piso, traerse a sus parejas y amigos a ver películas sin avisar, y retrasar el pago de las facturas de teléfono, gas y electricidad hasta llegar al límite del desahucio... situaciones que colmaban los nervios de Blancaflor, a la que le gustaba la tranquilidad, la intimidad (eso de encontrarse a un desconocido en calzoncillos en el water por las mañanas no le resultaba demasiado agradable) y poder disfrutar de su casa sin tener que compartirla casi cada día con una horda de invitados chillones. A los pocos meses, cuando ya estaba saliendo con Polpette, ambos se mudaron a un apartamento para ellos solos donde esperaban contar con algo más de tranquilidad. Nunca esperaron, no obstante, dar con un vecino como Jesus Christ.

Conocí a mi sujeto de estudio la primera vez que Blancaflor y Polpette nos invitaron a Muso y a mí a cenar a su casa, allá por el otoño del año 2003. Al igual que mi casa, la de ellos dos había sido inicialmente una vivienda unifamiliar completa, que el casero había reconvertido en varios apartamentos para sacarle más dinero al alquiler. Es esta una táctica muy frecuente en Mix Village y en Inglaterra en general, que tiene numerosos inconvenientes para los inquilinos, debido a que cada apartamento tendrá necesariamente que contar con un baño, una cocina y una habitación como mínimo para ser habitable, pero hay ciertas instalaciones de una vivienda que no se pueden cambiar de sitio tan alegremente por el antojo del dueño. Esta situación suele resolverse de manera un tanto esperpéntica, dando resultados como el apartamento de mi amigo Doc, que tiene la ducha en la cocina, el water en un armario en el pasillo y el lavabo en la habitación. Llevar a cabo la higiene diaria en uno de estos pisos implica recorrerse chorreando toda la casa. Tiene sus ventajas sí, porque ¿quién no ha deseado alguna vez poder freírse unas salchichitas mientras se está duchando? Los inconvenientes son infinitos... aún recuerdo la primera vez que me pasé por su casa para ver una peli. Me abrió la puerta y me dijo “ponte cómoda, yo estoy contigo ahora mismo”. Me quité la chaqueta y miré para todas partes buscando un lugar donde dejarla hasta que localicé ese armarito tan mono allí al lado de la entrada. Al primer pensamiento de “¿Qué coño hace Doc de pie dentro del armario?” le siguió el de “Ehm... creo que esto no es un armario”... cerré la puerta discretamente y tiré la chaqueta encima de la primera silla que encontré.

Pero bueno, a lo que íbamos. La casa en la que viven Blancaflor y Polpette tenía inicialmente dos plantas y sótano; en la actualidad el sótano y la primera planta forman un apartamento y el piso primero el otro. La parejita vive en el primero, que afortunadamente tiene cada cosa más o menos en su sitio. Jesus Christ vive en el de abajo.

PhotobucketMuso y yo llegamos sobre las 6 de la tarde (recordemos que en Inglaterra se cena cuando los españoles aún estamos merendando). Entrar en su casa ya implica serias dificultades, ya que ambos esconden las bicicletas en la escalera que hay nada más cruzar la puerta de entrada y que da acceso a su apartamento... podéis imaginaros tratar de subir unas escaleras de menos de un metro de ancho con dos bicis enormes cruzadas en medio. Ambos tienen un hermoso candado para protegerlas, pero en Mix Village eso no basta. Por algún extraño motivo, puedes dejarte las puertas y ventanas de tu casa abiertas de par en par y nadie te entrará a robar; puedes dejar el coche abierto, sin freno de mano y con un billete de 20 libras en el salpicadero, que todo seguirá ahí cuando vuelvas. Puedes perder la cartera, que la primera persona que se la encuentre la entregará a la policía o te la enviará a tu casa si encuentra tu dirección... pero como dejes una bicicleta sin vigilancia durante más de 5 segundos, cuando te vuelvas sólo se verán unas nubes de polvo. Es por ello que en Mix Village, siguiendo el sabio consejo de “allá donde fueres, haz lo que vieres”, nadie se compra una bici nueva cuando le desaparece la suya... sencillamente, agarras la primera que ves sin candado y ya tienes bici.

Obviamente cuando la necesitas a diario para poder trabajar debes preocuparte de tenerla disponible todas las mañanas... cuando no tienes cobertizo como yo, las soluciones van desde meterla en casa, como Blancaflor o Polpette, hasta otros métodos ingleses que yo jamás entenderé, como enrollarle una bolsa de plástico al sillín. Por qué algunas personas están convencidas de que nadie les robará la bici si le encasquetan una bolsa de plástico en el sillín va más allá de mi capacidad de comprensión, pero bien mirado, tampoco comprendo cómo alguien puede no ser sometido a linchamiento público llevando pantalones rosa fucsia, chancletas de playa y calcetines, y lo veo a diario por las calles.

PhotobucketTras llevar a cabo contorsiones inverosímiles para poder subir aquellas escaleras y sacarnos en 3 ocasiones los pedales de la boca conseguimos acceder a la vivienda propiamente dicha. Fue toda una sorpresa encontrarnos un piso limpio, amplio y agradable, reflejo de la personalidad de sus dos ocupantes. Polpette nos deleitó con un exquisito plato de pasta italiana con salsa y especias de todo tipo y de postre todos devoramos la mousse de chocolate que yo había traído, hecha con chocolate negro Valor (español, por supuesto, con todo su cacao, su azúcar y su sabor, y sin una sola etiqueta de “healthy” por ninguna parte) por una servidora. Después de la cena y de una amena charla en la que yo empezaba a sospechar que algo ocurría en aquella casa, ya que Polpette me había indicado ya en un par de ocasiones que debíamos bajar la voz (os aseguro que nadie estaba gritando), decidimos echar una partidita a las cartas. Yo agarré el mazo y me puse a barajar, feliz de tener dignos adversarios a quienes ganar al chinchón (los ingleses que he conocido usan las cartas para nivelar los armarios).

De repente Polpette puso cara de pánico escénico, colocó su mano rápidamente sobre el mazo de cartas, se llevó el dedo a los labios y susurró: “¡Shhhhh! ¡No barajes tan fuerte!”

No pude evitarlo, me entró la risa. “Pero vamos a ver Polpi, son las 8 de la tarde de un sábado, no estamos haciendo ruido en absoluto... ¿cuál es exactamente el problema?”. “Es que tú no conoces a nuestro vecino... es... algo rarillo”. Inmediatamente en mi cabeza se desplegó la antena del cotilleo: “Cuéntame”. “Verás... no podemos ni siquiera andar por casa con normalidad” – inciso: y eso teniendo en cuenta de que en su casa tienen moqueta. Fin del inciso – “cada vez que hablamos en un tono más o menos normal nos da golpes en el techo y grita: ‘Jesus Christ!!!’. Si nos levantamos por la noche al baño y tiramos de la cadena se pone como loco, y a la mañana siguiente nos tortura poniendo música clásica a lo más que dan sus altavoces”.

Yo me quedé estupefacta. “Joer Polpette hijo, yo sabía que los ingleses eran raros, pero esto supera todas mis expectativas”.

“No, si no es inglés. ES ESPAÑOL

Se me cayó la mandíbula inferior al suelo (me pregunté si el sonido sería lo suficientemente fuerte como para molestar a Jesus Christ). Inmediatamente me interesé por la historia de ese ser que habitaba el bajo y el sótano de la casa de mis amigos. Blancaflor completó la imagen: “Verás Pili, parece que ese tío antes de venirse era un chaval majísimo. De hecho en un congreso en Madrid me encontré con gente que lo había conocido y hablaba maravillas de él. Lleva 15 años en Mix Village, y al parecer al cabo de unos años empezó a volverse raro y asocial. En su laboratorio nadie le habla ya. Jamás recibe visitas en casa, excepto su hermana que vino a verle una vez. Cada vez que escucha un ruido, por débil que sea, se pone a insultar en inglés. A nosotros no nos dirige la palabra; una vez tuvimos un problema con la calefacción y sabíamos que él estaba en casa, porque lo habíamos oído caminar y salir a regar las plantas; llamamos a la puerta y lo que hizo fue dejar de moverse y quedarse callado hasta que nos cansamos de llamar y nos fuimos.”

PhotobucketDurante toda esta explicación yo había estado barajando las cartas. En cuanto Blancaflor terminó, todos pudimos escuchar claramente una voz furibunda gritando desde el piso de abajo: “JESUS CHRIST!!!”. Muso y yo nos miramos. No sabíamos si reírnos o echarnos a temblar. ¿Seguro que no sería una cinta de Camilo Sesto interpretando “Jesucristo SuperStar”?. Pero no... unas cuantas risas más aquella tarde-noche y pudimos volver a escuchar aquella voz ronca y grave: “Jesus Christ!”.

Desde ese día les pedíamos a nuestros amigos que nos hablaran de las nuevas hazañas del extraño vecino cada vez que nos encontrábamos. Nunca llegamos a verle la cara, al parecer raramente salía de casa. En una ocasión cuando pasaba a devolverle unos libros a Blancaflor, tuve la oportunidad de ver unos brazos blanquecinos y muy peludos saliendo por entre las rejas de la ventana del sótano para regar las plantas. Se movían lentamente y no se escuchaba el ruido de una mosca. Me entraron escalofríos. Pasé a unos dos metros de distancia de aquella ventana y no pude evitar la idea aterradora de que en cualquier momento aquel brazo se estiraría y me agarraría la pierna, arrastrándome consigo a aquel lúgubre sótano para jamás volver a ver la luz del sol. Me recordaba al payaso-monstruo Pennywise del libro de Stephen King “Eso” (“It”).

PhotobucketUna tarde Blancaflor se vino a mi casa a tomar un café. Venía nerviosa y alterada. Al parecer Polpette y ella habían discutido ese fin de semana, a plena luz del día, y en medio de la discusión Jesus Christ se había puesto a dar voces quejándose e insultándolos. Por fin Blancaflor rompió su coraza de paciencia y tranquilidad (yo lo habría hecho ya el primer día que ese idiota se pusiera a rebuznar porque hubiéramos dado dos pasos sobre la moqueta), abrió la puerta, bajó las escaleras, pegó un puñetazo a la pared y gritó: “¿¿¿Te quieres callar de una p... vez, pedazo de gilipollas??? ¿Es que hasta en nuestras discusiones te vas a meter, amargado? ¡¡¡No quiero volver a oírte ni media palabra, imbécil!!!”

Al parecer aquello obró maravillas. En una semana no volvieron a oír un solo murmullo proveniente del piso inferior. Lamentablemente fue sólo un arranque, Blancaflor y Polpette son incapaces de levantar la voz más que en casos extremos, de modo que poco a poco Jesus Christ fue volviendo a “su” normalidad. Es el día de hoy que ambos tienen que andar de puntillas si les apetece ir al baño de noche, y aleccionar a sus invitados para que hablen en susurros sea la hora que sea por no importunar a la extraña criatura que habita en el sótano.

Debo reconocer que el efecto de la inglesización puede llegar a ser aterrador. Desde que conozco el caso llevo a cabo una investigación clandestina en mi laboratorio para tratar de sintetizar algún medicamento que prevenga esta dolencia y evitar más casos como el del tristemente famoso Jesus Christ. Creo que él está más allá de toda recuperación, pero muchos otros españoles aún podemos escapar a tan triste destino. Quede este artículo como advertencia para todos aquellos que se planteen pasar un largo período de tiempo rodeados de ingleses: ¡Estad atentos a los síntomas! Rodeaos de españoles siempre que podáis, y cada vez que notéis que vuestros labios tratan de forman las palabras “Jesus Christ!”, bebeos una jarra de sangría y obligaos a decir en voz alta: “Soy apañó, soy apañó, soy apañó”. Y si podéis, poned la música más pachanguera que tengáis a mano e invitad a todos vuestros amigos a bailar y batir palmas.

Y las sandalias se llevan sin calcetines, ¡coño!

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¿Habéis tenido alguna vez un vecino “rarillo”?

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