Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
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Recuperándome y atando cabos
PhotobucketEste ha sido el fin de semana de la convalecencia... desde el viernes no tengo ya fiebre, pero la tos de camionero, la congestión y la debilidad tardarán aún unos días en desaparecer del todo. El viernes Muso, que me ha estado haciendo de enfermero todo este tiempo (si es que ya era una maravilla como novio, y ahora es una maravilla de ex), me sacó de casa para ir a ver La Guerra de los Mundos. De paso aprovechamos para dar un paseo cortito para que me diera un poquito el sol y volviera a respirar algo de aire puro. Tras una semana enclaustrada en casa y medio delirando me sentía como una presa a la que han concedido un permiso y vuelve a ver el mundo después de 20 años entre rejas... El aire olía a fresco y mi piel murmuraba agradecida al recibir los últimos rayos de sol del día. Incluso la película resultó ser más pasable de lo que esperaba: el Tom Cruise hizo un personaje bastante creíble, la niña rubia no era tan repelente como parecía en los anuncios y Steven Spielberg no jorobó la película con un final lacrimógeno y absurdo estilo I.A. (Inteligencia Artificial) como venía siendo costumbre en sus últimas producciones.

El sábado hice mi segunda tentativa de salir de casa, aunque no pasé del jardín. Tenemos nuevos vecinos en el apartamento del sótano, una parejita muy simpática de turcos: Alp y Ashley, y nos habían invitado a los demás vecinos y a un par de amigos suyos a celebrar su llegada con una barbacoa, que estuvo a punto de ser cancelada porque a nuestro querido casero Mafiosi le dio por empezar justo el viernes unas obras que tenía pendientes desde Navidades... a resultas de ello tenemos un agujero enorme, profundo y lleno de porquería en el jardín. Me recuerda a la piscina a medio construir de la película Poltergeist, aquella en la que empezaban a aparecer esqueletos flotando cuando la madre de la niña se caía en ella (anda que no tuve pesadillas con aquella escena). Pues nuestra “piscina” es algo más pequeña que aquella, pero con el mismo aspecto terrorífico. No sé si habrá esqueletos flotando, pero si no los hay deben ser una de las pocas cosas que no flota allí... he visto hasta compresas momificadas. A veces da miedo pensar sobre cuántos tipos de basura diferentes crece la hierba de nuestro jardín... me sorprende que no salga azul y repte. Antes de la barbacoa del sábado nos pasamos más de media hora rodeándo el infame agujero con tablas y escaleras de mano para evitar que algún invitado despistado se escoñara dentro. Esto de escribir un blog te vuelve perversa, lo cierto es que me pasé toda la noche deseando que alguien se cayera para poder venir a contároslo luego :P. Pero no hubo suerte. Ni tampoco situaciones apropiadas para empujar discretamente a ninguno. Cachis.

PhotobucketSi para algo me sirvió la barbacoa fue para descubrir que mis vecinos ingleses Pin y Pon... ¡existen! ¡Y hablan! Sí, sí, tal y como os lo cuento... y tras un par de vasos de vino, incluso se ríen y cuentan cosas como si nos conocieran y tuvieran con nosotros una relación vecinal medio normal. Los dos lucían en sus rechonchas muñecas una de esas pulseritas solidarias blanca con el lema “Make Poverty History” (“haz de la pobreza historia”), de los conciertos Live8. Ya sabemos que un inglés no es tal si no participa al menos en 5 actividades benéficas al mes, y comprar esas pulseras Made in China fabricadas en batería por trabajadores en estado de semiesclavitud es una de ellas. También conocí a James y Kate, una pareja de amigos de los nuevos vecinos; James es el típico inglés pelirrojo que viste de una manera aún más estrambótica de lo normal, que ya es decir... se traía un sombrero estilo Indiana Jones, camisa a rayas medio desabrochada, pantalones cortos de explorador y zapatos negros con calcetines blancos. Yo tengo un novio así y lo encadeno en el sótano para que no lo vea nadie. Sin embargo me sorprendió con un carácter alegre, espontáneo y chistoso que casi me hizo olvidar (he dicho “casi”) su ridícula indumentaria.

He de reconocer que, aunque no pude comer mucho, me sentó bien la barbacoa. Esa noche dormí como un lirón por primera vez en más de una semana, y el domingo por la mañana me acerqué al Car Boot Sale a comprobar qué nuevas maravillas habían puesto las familias inglesas en venta. Algunos de los objetos son tan inverosímiles que sus dueños, cansados de ofrecerlos y no recibir más que comentarios sarcásticos (“mira cariño, vamos a regalarle ese espantoso jarrón violeta de lunares a tu madre a ver si por fin pilla la indirecta y se marcha de casa”) los meten todos juntos en una caja de cartón con el letrero: “Help yourself, all free” (Sírvanse... todo gratis). Y ni así se libran de ellos...

Sin embargo era obvio que el domingo yo había ido allí atraída por la fuerza del destino... al girar en uno de los puestos lo vi... y me robó el corazón. Fue mío desde que le eché el ojo, y tuve que empujar, pisar y meterle el dedo en un ojo a una niña que pretendía hacerse con él antes que yo... pero tres puñetazos en el estómago y dos patadas en las costillas lograron por fin que desistiera en su empeño (¡mira que son tercas las crías de dos años!) y fue mío. Se llama Bartolo, es azul y tiene esta mirada:

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¿No es un encanto? Desde ayer ocupa un lugar preferencial en mi estantería para CDs.

Hace un par de semanas nuestra amiguita bloggera Keizy me preguntaba discretamente en uno de los comentarios (“¡quiero saberlo, quiero quiero QUIEROOOOOO!”) acerca de un par de historias que quedaron poco claras en este blog. Es lo malo de ir escribiendo en directo, que a veces se te quedan cosas en el tintero. Pero aprovechando que durante esta semana no tengo mucho que contar aparte de que he estado enclaustrada en casa, moqueando, tosiendo, sudando y jugando a las cartas con mi herpes, responderé al comentario de Keizy y completaré un par de historias que quizá tengáis curiosidad por ver terminadas:

1. ¿Qué pasó con Pizzakid? Aquellos de vosotros que me habéis ido leyendo recordaréis aquel pequeño atrevimiento mío de dejarle mi dirección e-mail al tío buenorro del Pizza Hut, que luego resultó ser un yogurín de 18 añitos. Si esto fuera una novela podría contaros que él y yo disfrutamos de largas noches de pasión entre las sábanas (y en el sofá, y en el cesto de la ropa sucia, y dentro del tambor de la lavadora en marcha...). Lamentablemente, y os lo creáis o no, lo que cuento aquí es la vida real, y en la vida real esta menda fue dejando pasar el tema porque no estaba nada segura de meterse en líos con cuasi-menores de edad. ¿Que si lo volví a ver? Pues sí, lo vi en un par de ocasiones, y una de ellas fue casi un déjà-vu, ya que una vez más fue en una cena con Muso. Nos quedamos mirándonos como gilipollas (me refiero a Pizzakid y yo), sin atrevernos ninguno a decir nada, y ahí se quedó el amago de historia erótica. Pero fue divertido mientras duró :)

2. ¿Y qué fue del famoso italiano de extraño comportamiento asexual? De este sí que tengo algo divertido que contar, de hecho aún me desovario yo sola cada vez que recuerdo el asunto. Después de su última no-hazaña poniéndome como una moto y luego durmiéndose y roncando toda la noche sin un triste polvete no volví a escribirle más ni él a mí. Sin embargo cuando os conté la historia de ese día olvidé un detalle que yo creía intrascendente, y que luego resultó tener su miga.

PhotobucketEl día de la romántica cena tras la cual yo creía que saltarían chispas por todas partes – cuando la que acabó echando chispas fui yo por quedarme a dos velas –, recordaréis que el italiano me preguntó si se podía quedar a dormir (y yo casi me disloco una vértebra asintiendo desesperadamente). Recuerdo también haberos contado que se fue al baño a cambiarse y “se quedó en gallumbos”. Pues no fue completamente cierto, no. El caso es que se asomó a la puerta y me preguntó un poquillo avergonzado si no tendría unos calzoncillos que mi ex se hubiera dejado en casa... porque resulta que él nunca llevaba. Me mordí la lengua para no soltar alguna pregunta capciosa del estilo: “¿Y no tienes miedo de pillarte el pellejillo con la cremallera?” y me puse a rebuscar por los cajones a ver si Muso se había dejado algo. Lo único que encontré fue un bañador de esos estilo slip “fardahuevos” negro, verde y fucsia... vamos, ni las combinaciones de colores de los chandals cutres que llevan a veces las marujas para comprar el pan. Pero era, o eso, o una de mis bragas. También podría haberle dicho que “para qué coño quería gallumbos, con lo que le iban a durar puestos”, pero en ese momento creí mucho más erótico quitárselos yo en el momento oportuno. Poco sabía yo que no iba a haber ningún momento oportuno.

Así que el tío se fue a la cama con el bañador hortera de Muso. Y se pasó, desgraciadamente para mí, toda la noche con él puesto. Y roncando.

A la mañana siguiente le invité a irse de manera bastante precipitada y ni siquiera me acordé de que se llevó puesto aquel bañador espantoso.

Y hete aquí que hace unas 4 ó 5 semanas hizo el primer fin de semana realmente caluroso en Mix Village y el viernes propuse a algunos amigos irnos el sábado a una piscina al aire libre muy maja que hay no demasiado lejos de mi casa. Entre esos amigos estaba Muso, que en cuanto recibió el mail con mi propuesta me contestó diciendo:

"Por mí perfecto, estoy muerto de calor. Pero tengo que pasarme antes por tu casa, porque me dejé el bañador allí."

Ups...

Os podéis imaginar qué pasó por mi cabeza al recibir ese mail... Inmediatamente rebusqué la dirección de Ojitos (el infame italiano) y le escribí poniendo en el título “¡¡¡urgente!!!”, para que no pensara que estaba dándole la vara para volver a quedar e ignorara el mensaje:

"Hola ragazzo, soy Pilimindrina. Verás, este fin de semana vamos a ir a la piscina y mi ex necesita el bañador que se dejó en mi casa... que si no recuerdo mal tú te llevaste puesto aquella mañana. ¿Habría alguna posibilidad de recuperarlo?"

Al rato me llegó la respuesta:

"Hola Pili, ¡cuánto tiempo sin saber de ti!” – y el que hubiera pasado de no ser por esta inconveniencia, querido mío – “Ahora estoy trabajando en Londres y no pasaré por Mix Village hasta dentro de dos semanas, si quieres quedamos y te lo doy entonces. ¿Cómo te van las cosas?"

Dos semanas... ¡¡¡dos semanas!!! Era viernes por la tarde y tampoco había tiempo para comprar otro bañador. Respondí a Ojitos dándole las gracias y diciéndole que mejor que se lo quedara (no tenía ninguna intención de mantener el contacto para volver a hacer el imbécil como la vez anterior) y me puse a idear disculpas para cuando Muso no encontrara su bañador. Se lo comió el gato... no, para eso tendría que tener gato. Me lo puse un día que me vino la regla y se quedó hecho una tomatada... no, eso es una guarrería. Un dragón verde entró por la ventana y se lo llevó entre sus fauces... mira, esto suena mucho más plausible.

Tampoco es que tuviera nada de qué avergonzarme, pero mi ex no está preparado para digerir que su bañador se lo ha llevado puesto un italiano que ha dormido en mi casa. Por supuesto, el detalle de que no había pasado nada (al menos esa noche) resultaría tan patéticamente falso como la escena de aquel viejo chiste en el que la mujer se encuentra al marido con los pantalones bajados detrás de la vaca... “vale, me la estaba follando, total, no me ibas a creer...”.

PhotobucketY llegó el sábado por la mañana... Muso llegó puntual y yo traté de empezar ya quitando leña al asunto: “Oye, ¿estás seguro de que te lo dejaste aquí? Porque he estado mirando por los cajones y no lo he visto... ¿no te lo habrás llevado a tu apartamento?”. “No, no, qué va, estoy seguro de que lo dejé aquí, ya verás”. Desazón, nervios, culpabilidad... Pilimindri, te han pillado... cerré los ojos y esperé la preguntita acusadora: Pili, ¿qué has hecho con mi bañador?

Para mi sorpresa Muso pasó olímpicamente de los cajones y se fue directamente al armario donde guardamos las maletas. Sacó una de ellas, la abrió, rebuscó un rato y al cabo de unos segundos sacó triunfante un bañador tipo pantalón corto muy discretito. Sonrió y me dijo: “¿Lo ves? Ya te dije que lo había dejado aquí”.

Yo aún no podía creerme mi buena suerte. Con el alivio casi meto la pata: “¡Ah, era ese! Yo creía que...”, Muso se me adelantó: “Uy, tú no estarías pensando en aquel fardahuevos espantoso de rayas rosa que me regaló mi madre, ¿verdad? Esa horterada no me la he puesto jamás, si lo encuentras tíralo a la basura. ¡Qué espanto, por Dios!”.

Y así fue como vuestra Pilimindrina consiguió salir indemne de una de las jugarretas que a Murphy tanto le gusta hacerme. De hecho he de reconocer que una de las imágenes que siempre me venía a la cabeza para tratar de olvidarme del italiano era el famoso fardahuevos... era igual que los “pañales-braguita” que llevan los bebés a la playa. Y para colmo causan impotencia... va a ser ese el motivo de que no hubiera fuegos artificiales aquella noche, seguro...

Y no, Keizy, no me olvido de tu tercera pregunta :). Keizy quería conocer la historia de Muso, cómo empezamos a salir y por qué rompí con quien, según yo misma describo, es “un chico maravilloso”. Sin embargo ese es tema para otro artículo que quizás escriba algún día...


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