La frialdad inglesa y mi partida hacia Oporto (parte I)
Os contaba en mi anterior artículo la impresión que me habían causado los ataques terroristas en Londres. Esperaba por aquel entonces encontrar el mismo tipo de reacción entre el pueblo inglés que la que se produjo en el español aquel fatídico 11 de Marzo de hace ya año y medio... gente preocupada, asustada, sensible, necesitada de unas palabras de aliento... gente con la mirada perdida por las calles... Con esa idea en la cabeza envié un emotivo correo electrónico al Departamento solidarizándome con todos los ingleses, transmitiéndoles mi apoyo y el de muchos de mis compatriotas (sí, también el vuestro) y deseando que algún día se acaben todos los actos de violencia gratuita que estamos viviendo. En mi Departamento deben trabajar más de 300 personas.
No recibí un sólo correo de respuesta.
Únicamente el chico encargado del mantenimiento de los ordenadores se dignó comentarme que le había emocionado mi mail.
Por supuesto no lo había escrito para recibir elogios, pero la falta de reacción alguna sumada a la indiferencia de los ingleses dentro y fuera de mi centro de trabajo me dejó (y me deja) anonadada. Si no me hubiese enterado de las bombas por internet, nada en el ambiente me habría indicado que había sucedido nada extraño. No sé cómo sería la situación en el mismo Londres, pero puedo asegurar que en Mix Village el atentado pasó sin pena ni gloria. Mis compañeros Peggy y Soccer incluso se permitieron bromear al respecto: “Bueno, en ocasiones las bombas incluso ayudan a mejorar la ciudad... mira por ejemplo la que puso el IRA en Manchester, gracias a ella se remodeló todo el centro de la ciudad y desaparecieron muchos edificios horribles, jajajaja”
Yo no sabía si reír o llorar.
El caso es que, una vez comprobado que todos mis conocidos estaban bien, el siguiente paso era comprobar que iba a ser capaz de llegar al aeropuerto de Stansted y coger mi avión a Oporto, que salía el viernes a las 6:40 de la mañana; esto era más fácil de decir que de hacer, ya que a mediodía del jueves no había ni trenes ni autobuses que salieran para ningún aeropuerto londinense y la información era escasa y contradictoria: tan pronto me decían que los aeropuertos habían sido cerrados, como que los vuelos operaban con total normalidad (siempre que pudieras llegar a la terminal por tus propios medios, claro está). Decidí esperar a la madrugada para tratar de contactar con la estación de tren a ver si funcionaban o si tendría que despertar a Belo a las 4 de la mañana para que me llevara en coche al aeropuerto. A este hombre voy a tener que contratarlo como chófer particular en situaciones de emergencia.
Fe de erratas: El caso es que mi amiga Rizos me había invitado a pasar estos días en casa de sus padres, que viven en un pueblecito a las afueras de Tomar. No sé si alguno de vosotros se habrá percatado de mi error en el post anterior, en el que situaba Tomar a 200 kms al Norte de Oporto... es lo que pasa cuando en vez de introducir “Oporto” en la página web de mapas del mundo metes la pata y pones “Lisboa”... vamos, que Tomar está realmente entre Lisboa y Oporto (fin de la fe de erratas).
Finalmente mis temores demostraron ser infundados y el tren salió con toda normalidad. Abandoné una Mix Village fría y lluviosa, más otoñal que veraniega, para aterrizar al cabo de un par de horas en una Oporto radiante, llena de luz, calor y aromas florales... también de ruidos, de risas, de voces y de contacto físico entre personas que echaba mucho de menos en esta tierra inglesa donde un leve roce provoca una avalancha de “sorrys” y muestras de arrepentimiento. El cielo tenía un color azul intenso y la gente caminaba por la calle prácticamente en bañador, a pesar de que eran poco más de las 9 de la mañana. Me parecía estar en el paraíso. Me entraron ganas de salir del autobús que me acercaba a la estación de tren para abrazar y besar efusivamente a todos los viandantes. Por supuesto, habría parecido gilipollas perdía, pero una gilipollas feliz.
Las dos horas en tren se me pasaron en un santiamén contemplando por la ventanilla el mar azul intenso y los bosques color esmeralda, las casitas blancas y las flores que lo adornaban todo con sus brillantes colores.
Cuando nos detuvimos en la estación de Entroncadero (a unos 20 km de Tomar) y salí del tren, unos saludables 38ºC me golpearon en la cara y me di cuenta de que, si no me deshacía rápidamente de mis pantalones largos y mi cazadora, acabaría convertida en un charco de fluidos humanos en medio del andén. Allí iban en bikini hasta las monjas de clausura. Huelga decir que la maleta y la mochila de las que iba tirando no ayudaban en nada a refrescarme. Recé mentalmente porque el coche de Rizos tuviera aire acondicionado... no obstante el ser atea debió influir en el tema, ya que al rato apareció por una esquina un coche que merecería estar catalogado como antigüedad con Rizos al volante pitando y saludándome efusivamente.
“¡Hola Piliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Monta que nos vamos!”
“¡Rizooooos! ¡Un besazo! ¡Pero qué ojeras traes! ¿Qué has estado haciendo?”
“Nada, que me he pasado toda la noche practicando sexo... esta tarde dormiré una siesta” – lo peor no es que sea así de directa, es que lo decía totalmente en serio... aunque ya me tiene acostumbrada esta mujer.
El viaje a Tomar me lo pasé con medio cuerpo por fuera de la ventanilla y la lengua fuera como los perros; al llegar al pueblo tuve que sacarme tres señales de tráfico de entre los dientes. Pero yo estaba feliz.
Tomar es, por número de habitantes, una ciudad. No obstante mantiene el aspecto de pueblecito interior, con sus casas muy blancas y limpias, sus calles empedradas, un río que atraviesa el pueblo y un hermoso castillo que lo preside. Los padres de Rizos viven en un pueblecito llamado Casais, a 7 km de Tomar siguiendo el río. Un lugar sencillo, tranquilo y sin embargo lleno de niños y en el que se celebran a menudo fiestas en las que participan los pueblos colindantes. Precisamente el fin de semana en el que yo llegué se celebraban las fiestas parroquiales.
Llegamos a la casa de sus padres esquivando a los gatos que tomaban el sol lánguidamente y caí de lleno en brazos de su madre (Mai), que apenas había entrado por la puerta me llenó de besos, abrazos y sonrisas y me llevó en volandas a la mesa, donde una deliciosa carne con patatas con todo su sabor casero (Diossss... cómo lo echaba de menos) acabó con los pocos recuerdos ingleses que me quedaban a esas alturas. Aquella carne se deshacía en la boca casi sin masticarla, y el juguillo se deslizaba entre tus dientes provocándote la sensación equivalente a 7 orgasmos culinarios. Mejor no me extiendo en la descripción porque voy a llenar el teclado de babas y luego se me qquuedann ppeggaddadooss lllos deddosss...
Después de comer Rizos propuso dormir una siestecilla al lado de un embalse que se encontraba a un par de kilómetros. Siestecilla la durmió ella, porque esta menda en cuanto vio aquella agua cristalina lanzando destellos en todas direcciones se fue para allá de cabeza casi sin tiempo de quitarse la ropa. Salí de allí unas dos horas después arrugada como una vieja y con pececillos hasta en... en... bueno, pececillos por todas partes. Me derrumbé en la toalla y me quedé roque durante más de una hora, hasta que Rizos consiguió despertarme golpeándome la cabeza con una apisonadora (el látigo y la sierra eléctrica no habían dado resultado).
Esa noche nos fuimos a Tomar (...)
Inciso: lo se, lo sé, esa frase pide a gritos algo más, ¿verdad? Decidme que no soy la única malpensada, por favor... Ah, ¿que lo soy? Bueno... vale :(
Fin del inciso.
La ciudad estaba también en fiestas, y en el parque principal de Tomar, que forma una especie de isla en medio del río, un grupo de música horripilantemente malo maltrataba las trompas de Eustaquio de los asistentes con berridos dignos de Pepe Pótamo. Las callejuelas estaban llenas de gente que caminaba entre puestos de dulces tradicionales y vendedores ambulantes. Allí Rizos se encontró con un primo suyo, que nos presentó a dos chicos que al parecer formaban parte de la tuna de Tomar: uno de ellos, bastante cachas, se dedicaba al piragüismo y Rizos le echó el ojo nada más verlo (“le echó el ojo” se traduciría como: “la isla acabó hundida en las babas de Rizos, que no suele molestarse en ocultar sus preferencias en el tema ‘hombres’”). El otro era un morenazo apodado “el Azoriano”. Yo la verdad es que echaba el ojo casi a cualquier macho de los alrededores, porque francamente, comparar chicos portugueses con ingleses es como comparar un vino de rioja crianza con alcohol de quemar. Apunté mentalmente que la tuna iba a pasarse por Casais el domingo por la noche.
Lo cierto es que la noche del viernes ninguna de las dos estábamos para demasiadas fiestas. Por una u otra razón (la suya más agradable que la mía) estábamos las dos agotadas, y nos volvimos para casa prontito, planeando ya una visita más pausada a Tomar para la mañana siguiente y una noche de pendoneo lo antes posible. Ya en casa, me quedé dormida antes de que mi cabeza tocara la almohada. Acababa de llegar, pero ya estaba enamorada de Portugal.
No recibí un sólo correo de respuesta.
Únicamente el chico encargado del mantenimiento de los ordenadores se dignó comentarme que le había emocionado mi mail.
Por supuesto no lo había escrito para recibir elogios, pero la falta de reacción alguna sumada a la indiferencia de los ingleses dentro y fuera de mi centro de trabajo me dejó (y me deja) anonadada. Si no me hubiese enterado de las bombas por internet, nada en el ambiente me habría indicado que había sucedido nada extraño. No sé cómo sería la situación en el mismo Londres, pero puedo asegurar que en Mix Village el atentado pasó sin pena ni gloria. Mis compañeros Peggy y Soccer incluso se permitieron bromear al respecto: “Bueno, en ocasiones las bombas incluso ayudan a mejorar la ciudad... mira por ejemplo la que puso el IRA en Manchester, gracias a ella se remodeló todo el centro de la ciudad y desaparecieron muchos edificios horribles, jajajaja”Yo no sabía si reír o llorar.
El caso es que, una vez comprobado que todos mis conocidos estaban bien, el siguiente paso era comprobar que iba a ser capaz de llegar al aeropuerto de Stansted y coger mi avión a Oporto, que salía el viernes a las 6:40 de la mañana; esto era más fácil de decir que de hacer, ya que a mediodía del jueves no había ni trenes ni autobuses que salieran para ningún aeropuerto londinense y la información era escasa y contradictoria: tan pronto me decían que los aeropuertos habían sido cerrados, como que los vuelos operaban con total normalidad (siempre que pudieras llegar a la terminal por tus propios medios, claro está). Decidí esperar a la madrugada para tratar de contactar con la estación de tren a ver si funcionaban o si tendría que despertar a Belo a las 4 de la mañana para que me llevara en coche al aeropuerto. A este hombre voy a tener que contratarlo como chófer particular en situaciones de emergencia.
Fe de erratas: El caso es que mi amiga Rizos me había invitado a pasar estos días en casa de sus padres, que viven en un pueblecito a las afueras de Tomar. No sé si alguno de vosotros se habrá percatado de mi error en el post anterior, en el que situaba Tomar a 200 kms al Norte de Oporto... es lo que pasa cuando en vez de introducir “Oporto” en la página web de mapas del mundo metes la pata y pones “Lisboa”... vamos, que Tomar está realmente entre Lisboa y Oporto (fin de la fe de erratas).
Finalmente mis temores demostraron ser infundados y el tren salió con toda normalidad. Abandoné una Mix Village fría y lluviosa, más otoñal que veraniega, para aterrizar al cabo de un par de horas en una Oporto radiante, llena de luz, calor y aromas florales... también de ruidos, de risas, de voces y de contacto físico entre personas que echaba mucho de menos en esta tierra inglesa donde un leve roce provoca una avalancha de “sorrys” y muestras de arrepentimiento. El cielo tenía un color azul intenso y la gente caminaba por la calle prácticamente en bañador, a pesar de que eran poco más de las 9 de la mañana. Me parecía estar en el paraíso. Me entraron ganas de salir del autobús que me acercaba a la estación de tren para abrazar y besar efusivamente a todos los viandantes. Por supuesto, habría parecido gilipollas perdía, pero una gilipollas feliz.Las dos horas en tren se me pasaron en un santiamén contemplando por la ventanilla el mar azul intenso y los bosques color esmeralda, las casitas blancas y las flores que lo adornaban todo con sus brillantes colores.
Cuando nos detuvimos en la estación de Entroncadero (a unos 20 km de Tomar) y salí del tren, unos saludables 38ºC me golpearon en la cara y me di cuenta de que, si no me deshacía rápidamente de mis pantalones largos y mi cazadora, acabaría convertida en un charco de fluidos humanos en medio del andén. Allí iban en bikini hasta las monjas de clausura. Huelga decir que la maleta y la mochila de las que iba tirando no ayudaban en nada a refrescarme. Recé mentalmente porque el coche de Rizos tuviera aire acondicionado... no obstante el ser atea debió influir en el tema, ya que al rato apareció por una esquina un coche que merecería estar catalogado como antigüedad con Rizos al volante pitando y saludándome efusivamente.
“¡Hola Piliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Monta que nos vamos!”
“¡Rizooooos! ¡Un besazo! ¡Pero qué ojeras traes! ¿Qué has estado haciendo?”
“Nada, que me he pasado toda la noche practicando sexo... esta tarde dormiré una siesta” – lo peor no es que sea así de directa, es que lo decía totalmente en serio... aunque ya me tiene acostumbrada esta mujer.
El viaje a Tomar me lo pasé con medio cuerpo por fuera de la ventanilla y la lengua fuera como los perros; al llegar al pueblo tuve que sacarme tres señales de tráfico de entre los dientes. Pero yo estaba feliz.
Tomar es, por número de habitantes, una ciudad. No obstante mantiene el aspecto de pueblecito interior, con sus casas muy blancas y limpias, sus calles empedradas, un río que atraviesa el pueblo y un hermoso castillo que lo preside. Los padres de Rizos viven en un pueblecito llamado Casais, a 7 km de Tomar siguiendo el río. Un lugar sencillo, tranquilo y sin embargo lleno de niños y en el que se celebran a menudo fiestas en las que participan los pueblos colindantes. Precisamente el fin de semana en el que yo llegué se celebraban las fiestas parroquiales.Llegamos a la casa de sus padres esquivando a los gatos que tomaban el sol lánguidamente y caí de lleno en brazos de su madre (Mai), que apenas había entrado por la puerta me llenó de besos, abrazos y sonrisas y me llevó en volandas a la mesa, donde una deliciosa carne con patatas con todo su sabor casero (Diossss... cómo lo echaba de menos) acabó con los pocos recuerdos ingleses que me quedaban a esas alturas. Aquella carne se deshacía en la boca casi sin masticarla, y el juguillo se deslizaba entre tus dientes provocándote la sensación equivalente a 7 orgasmos culinarios. Mejor no me extiendo en la descripción porque voy a llenar el teclado de babas y luego se me qquuedann ppeggaddadooss lllos deddosss...
Después de comer Rizos propuso dormir una siestecilla al lado de un embalse que se encontraba a un par de kilómetros. Siestecilla la durmió ella, porque esta menda en cuanto vio aquella agua cristalina lanzando destellos en todas direcciones se fue para allá de cabeza casi sin tiempo de quitarse la ropa. Salí de allí unas dos horas después arrugada como una vieja y con pececillos hasta en... en... bueno, pececillos por todas partes. Me derrumbé en la toalla y me quedé roque durante más de una hora, hasta que Rizos consiguió despertarme golpeándome la cabeza con una apisonadora (el látigo y la sierra eléctrica no habían dado resultado).
Esa noche nos fuimos a Tomar (...)
Inciso: lo se, lo sé, esa frase pide a gritos algo más, ¿verdad? Decidme que no soy la única malpensada, por favor... Ah, ¿que lo soy? Bueno... vale :(
Fin del inciso.
La ciudad estaba también en fiestas, y en el parque principal de Tomar, que forma una especie de isla en medio del río, un grupo de música horripilantemente malo maltrataba las trompas de Eustaquio de los asistentes con berridos dignos de Pepe Pótamo. Las callejuelas estaban llenas de gente que caminaba entre puestos de dulces tradicionales y vendedores ambulantes. Allí Rizos se encontró con un primo suyo, que nos presentó a dos chicos que al parecer formaban parte de la tuna de Tomar: uno de ellos, bastante cachas, se dedicaba al piragüismo y Rizos le echó el ojo nada más verlo (“le echó el ojo” se traduciría como: “la isla acabó hundida en las babas de Rizos, que no suele molestarse en ocultar sus preferencias en el tema ‘hombres’”). El otro era un morenazo apodado “el Azoriano”. Yo la verdad es que echaba el ojo casi a cualquier macho de los alrededores, porque francamente, comparar chicos portugueses con ingleses es como comparar un vino de rioja crianza con alcohol de quemar. Apunté mentalmente que la tuna iba a pasarse por Casais el domingo por la noche.
Lo cierto es que la noche del viernes ninguna de las dos estábamos para demasiadas fiestas. Por una u otra razón (la suya más agradable que la mía) estábamos las dos agotadas, y nos volvimos para casa prontito, planeando ya una visita más pausada a Tomar para la mañana siguiente y una noche de pendoneo lo antes posible. Ya en casa, me quedé dormida antes de que mi cabeza tocara la almohada. Acababa de llegar, pero ya estaba enamorada de Portugal.(continuará)