Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


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Compras, castillos y juergas (parte II)
Desperté con la luz del sol inundando todos los rincones de Casais y en seguida corrí a sacar a Rizos de la cama para no perder un solo minuto de nuestras minivacaciones. Hacía un calor que se caían las moscas, y yo, que después de dos años en tierras inglesas había desarrollado un color blanco lechoso estilo “barriga de trucha” en toda mi piel, me embadurné bien de crema protectora por todas partes... no era cuestión de volver a Mix Village en plan “rojo gamba” como tanto les gusta a los ingleses.

PhotobucketLa mañana del sábado la pasamos recorriendo Tomar de arriba a abajo, resguardándonos del sol abrasador donde podíamos (bajo las cornisas, tras los árboles, a la sombra de cualquier señora gorda despistada...) y sobre todo, de compras. Los precios de cualquier prenda de ropa en Portugal son a los precios ingleses lo que un Chihuahua a un San Bernardo (y luego dicen que el tamaño no importa). Rizos no paraba de repetirme que ella ya se había gastado mucho dinero en ropa esos días, que no la dejara probarse una sola camiseta o falda más... para a los 5 segundos aparecer con 3 vestidos, 2 pares de sandalias, 4 faldas y 5 tangas y una mirada que proclamaba a los 4 vientos: “Vale, no puedo resistirme... ¿¿¿y qué???”. Como resultado, a cada poco teníamos que volver al coche a dejar las toneladas de bolsas que íbamos acumulando. Teniendo en cuenta la escasez de días de sol en Mix Village, la media de uso de cada una de aquellas prendas este año iba a ser de unos 25 segundos, ¡pero qué coño!

Finalmente acordamos guardar las tarjetas de crédito bajo 5 candados de alta seguridad y dedicarnos únicamente al turismo, so pena de tenernos que pasar el resto del verano vendiendo pañuelos en las autopistas inglesas para llegar a fin de mes.

Por la tarde visitamos el Castillo Templario de Tomar. Gracias a recientes best-sellers como “El Código da Vinci” ahora to Dios sabe lo que es un Templario (bueno, más o menos), y el castillo de Tomar está de moda. De todas formas lo merece, ya que es en verdad una construcción espléndida, luminosa, llena de amplios ventanales, recovecos, escaleras de caracol y azulejos decorados con intrincadas cenefas. Los castillos que yo había visitado hasta el momento se caracterizaban por ventanas extremadamente pequeñas, muros gruesos y ambientes fríos y claustrofóbicos. Sin embargo el espléndido castillo de Tomar demuestra que, en ocasiones, un castillo puede ser un lugar muy agradable donde vivir. Abundan también los patios interiores decorados con fuentes y jardines, y cargadas ornamentaciones en puertas y ventanales.

PhotobucketUna de estas ventanas en concreto cuenta con una ornamentación fabulosa que incluye en su parte superior la cruz de la Orden de los Templarios. Esta ventana, que podéis apreciar en la fotografía (© Pilimindrina :P) ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. No está mal teniendo en cuenta que, desde dentro, parece un ventanuco la mar de corriente. Claro, luego sales, la miras desde fuera, y se te cae la mandíbula inferior del susto.

Otra historia curiosa de este castillo es que algunas de sus paredes más ornamentadas se encuentran parcialmente ocultas por muros de más reciente construcción, lo que provoca que a veces para poder apreciarlas tengas que medio emparedarte, poco menos. Cuando pregunté a Rizos el motivo de esta curiosa arquitectura me comentó que, al parecer, al hijo del rey que habitaba el castillo (que debía tener una mentalidad bastante más “modenna”) no le gustaba nada de nada el aspecto del mismo, lleno de cruces, esculturas y cursilerías varias. Casi puedo imaginarme las discusiones padre-hijo en aquella época: “Jo, papá, ¿cómo voy a ligarme yo a ninguna doncella de la vecindad si la traigo y se da de bruces con esa gárgola tan espantosa? ¡Así se le corta el rollo hasta a la más meretriz del condado! PhotobucketEste castillo está más carca que el Grial que tenemos que custodiar. Por Dios, Papi, que ya estamos en la era de después de Cristo, enróllate un poco”. Pero nanay, el Rey llevaba el tema de los Templarios muy adentro y aquellos ornamentos debían parecerle el último grito en moda regia. Así que cuando murió su padre el nene se dedicó a construir paredes por doquier, así con disimulo. Ríete tú de los hijos que tapan el retrato del abuelo con un biombo.

Tras la visita al castillo y habiendo perdido unos 15 litros de agua en forma de sudor cada una, decidimos volver a casa a darnos una buena ducha y prepararnos para salir aquella noche. No habría quedado demasiado atractivo bailar en una discoteca lanzando ráfagas de sal con cada movimiento de brazos.

De vuelta en Tomar Rizos se emperró en ir a cenar a un restaurante italiano en particular. No podía ser otro, tenía que ser ése. Por el camino me fue contando sus motivos: al parecer el año anterior había tenido un tórrido affair con el dueño del susodicho restaurante, el cual debía ser una especie de conquistador nato, teniendo en cuenta que ya contaba entre sus hazañas el haber dejado embarazada a una de las camareras del local en cuestión. Quería comprobar si el chico seguía en el restaurante y quizás tratar de repetir suerte.

PhotobucketLo que ella no esperaba es que no sólo el chico no estaba en el restaurante ese día, sino que la que sí estaba era la famosa camarera, que además la reconoció de inmediato. El resto de la noche me dediqué a esquivar los puñales que los ojos de la camarera lanzaban a Rizos. Si las miradas mataran, la suya lo haría con ensañamiento. Yo no habría comido demasiado tranquila de ser ella... apuesto a que su plato de pasta al forno estaba lleno de laxantes.

Tras la accidentada cena nos fuimos a beber algo junto con unos primos de Rizos. Gracias a ellos nos enteramos que la discoteca a la que íbamos a ir estaba cerrada durante algunas semanas porque tras una redada se había descubierto que vendían alcohol a menores (gran descubrimiento, vamos). La otra discoteca del pueblo se encontraba en las afueras de la ciudad. El problema: si queríamos llevar el coche hasta allí no podíamos beber ni un sorbo de alcohol, ya que la discoteca quedaba situada después de una rotonda en la que la policía hacía su agosto a base de soplidos. La única opción pues era que los primos de Rizos nos acercaran hasta allí en su propio coche, y volver nosotros solas a pie... una caminata de 40 minutos de madrugada por carreteras poco transitadas. Rizos y yo nos miramos... ¡qué leches, teníamos ganas de juerga y éramos dos chicas fuertes y preparadas para la defensa! (prffffffff...).

Nos dirigimos al garaje donde los primos de Rizos guardaban el coche. Yo aún seguía tomándole el pelo con motivo de las miradas matadoras de la camarera y a Rizos le mosquea mucho que se rían de ella (aunque conmigo lo tiene claro, que me río hasta de mi sombra), de modo que muy digna se dio la vuelta con la cabeza alta murmurando: “¡A este tema se le ha acabado ya el chiste!”. Tan orgullosa iba que no se fijó que estaba pasando justo por debajo de la barrera del garaje, que estaba levantada, pero que había iniciado ya su implacable descenso. No tuve tiempo de avisarla antes de que ambos cuerpos animados hicieran un sonoro contacto.

¡GOOONNNGGGG!

Mi primera reacción, preocupada: “¿¿¿Estás bien???”. Rizos me miró con un ojo cerrado y las manos en la cocorota: “Auuuu... sí, tranquila, estoy bien”

Mi segunda reacción, unos segundos después: “Prrffffffff..... mmmffff.... fffff.... JUAAAAJUAJUAAJUAAAJUAJUAJUAAAA”

Aún tengo los cardenales de las patadas y pellizcos de Rizos para que me callara.

Entre ataques continuados de risa floja y miradas asesinas de Rizos (que muy bien podrían haber competido con las de la camarera), conseguimos llegar hasta la famosa discoteca. El local, que lleva el nombre de Zone, resultó ser un complejo recién construido con bolera, bar y pista de baile, todo muy nuevo y limpio. La música no estaba del todo mal, y nos llevamos la agradable sorpresa de que ni siquiera te cobraban entrada, sino que lo que hacían era darte una tarjeta con banda magnética que debías usar en las consumiciones, y lo pagabas todo al marcharte. El único requisito, que te gastases más de 4 euros. Después de dos años en Inglaterra pagando entre 7 y 12 libras sólo por entrar a un local (sin consumición alguna incluida), me dieron ganas de besarle los pies al dueño de aquella discoteca.

El único inconveniente... que al estar a las afueras de la ciudad y a corta distancia de un Instituto Politécnico desde el que se llegaba a pie en poco más de 5 minutos, la edad media de los clientes no sobrepasaba los 16-17 años. Vamos, que a su lado PizzaKid parecería hasta canoso.

De todas formas las dos íbamos con ganas de bailar y pasárnoslo bien, y vive Dios que lo conseguimos. No paramos de bailar y sudar la camiseta desde que entramos hasta que salimos. Eso sí, nos pasamos la noche recorriendo la gente con la mirada a ver si aparecía algún mayor de 20 años aunque sólo fuera para alegrarnos la vista. Hasta llegamos a pensar en sacar a bailar al DJ, pero no era cuestión de dejar a todos los chavales sin música para que dos “puretas” como nosotras encontraran ligue :P.

PhotobucketNo obstante tuvimos algún pretendiente que al menos lo intentó. Al primero lo llamaré MIB (“Man in Black”), más que por el color de su vestimenta, por el hecho de que tan pronto aparecía, como desaparecía, nos lanzaba una mirada tenebrosa y se escondía detrás de una columna o se deslizaba levitando tras la barra. El hombre debía ser el abuelo de todos los que allí estaban; le calculo unos 45 años, bajito, calvo y con gafas. Nunca llegamos a saber en cuál de las dos estaba interesado, aunque realmente no nos importaba demasiado, ya que en cuanto hacía su misteriosa aparición ambas tomábamos las de Villadiego y seguíamos bailando en el extremo opuesto de la pista. Tuvo su gracia la cosa, con las dos meneándonos como posesas para de pronto exclamar: “¡Que vuelve, que vuelve! ¡Lo tienes detrás!” y venga a correr.

El segundo intento lo protagonizaron un dúo de chavales bastante majos, aunque suficientemente afectados por el alcohol para que no nos planteásemos nada fuera del bailoteo con ellos. La primera noticia la tuve yo cuando me di cuenta por el rabillo del ojo de que tenía a alguien bailando tan pegado a mi parte trasera que si hubiese llevado tirantes podría haberlo usado de mochila. Cada vez que me giraba disimuladamente para tratar de descubrir al sujeto, éste se movía en la misma dirección. Finalmente di un giro por sorpresa que habría enorgullecido al profesor de baile de Dirty Dancing y le pillé in fraganti. Nos reímos y bailamos un rato, aunque él en seguida trató de que el baile se hiciera más íntimo, momento en el cual me volví para pedir “ayuda” a Rizos, para ver que la muy... se marchaba corriendo diciéndome al oído con una sonrisa pícara: “Bueno, yo os dejo solos”. La puñetera se vengaba por mi cachondeo acerca de su interacción erótica con la barrera del aparcamiento... ¡ten amigas para esto!. No obstante el destino quiso que su huida la lanzara en brazos del amigo de mi pretendiente, que como buen conquistador había llevado a cabo la táctica de “divide y vencerás” y estaba raudo y dispuesto a iniciar sus propias (y etílicas) tácticas de seducción. De todo esto yo me enteré más adelante, ya que de momento tenía suficiente con tratar por todos los medios de que aquel baile no se convirtiera en el acoso y derribo del pulpo mediterráneo. Cuando conseguí deshacerme momentáneamente de los brazos del chaval, murmuré un: “¡Uy pero qué calor hace aquíííííí! Me voy corriendo a pedir algo en la barra”. Creo que el chico sólo tuvo tiempo de ver unas nubecillas de polvo en el lugar que había ocupado su pretendida unas décimas de segundo antes.

No hubo tiempo para mucho más. A las 4 de la mañana sonó la última canción, se encendieron las luces y la gente se dirigió con más o menos orden y concierto a la caja a pagar las consumiciones. Rizos y yo volvimos a encontrarnos y nos narramos entre risas nuestras respectivas huidas poco disimuladas mientras esperábamos a que disminuyera la marea humana con tarjetas en ristre. Yo me encontré pagando poco más de 7 euros por dos cacharros y dos Coca-Colas... el mismo precio que habría pagado en Inglaterra por UN refresco. Consideré seriamente quedarme a vivir allí en ese mismo instante.

PhotobucketUna vez fuera contemplamos sombríamente la perspectiva de recorrer 5 km a pie hasta donde teníamos nuestro coche aparcado. Los taxis en Tomar comienzan a operar a las 7 de la mañana, de modo que tampoco teníamos otra alternativa, aunque debo confesar que traté de convencer a un policía bastante majo de que nos llevara en su coche patrulla (para morro, el mío)... no hubo suerte. Allá que nos pusimos Rizos y yo a dar a la pata por una carretera de las afueras de la ciudad cerca de las 5 de la mañana. Los coches nos pitaban y a veces sus ocupantes nos decían cosas en portugués, pero ambas mantuvimos las miradas en otra parte (y yo me mordí la lengua, afortunadamente). La cosa fue bien hasta que uno de los coches puso en intermitente y paró unos metros por delante. A medida que nos acercábamos pudimos distinguir a 5 tíos enormes sentados dentro. La cosa se puso más preocupante aún cuando la puerta del copiloto se abrió y bajó un pedazo de oso de lo menos 2 metros de alto y 2 de ancho que se nos plantó delante. “¡No le mires, Pili, no le mires!”, decía Rizos en bajo... difícil, porque mirara donde mirase siempre iba a estar él en medio. Yo ya nos veía levantadas en vilo por aquella mole, violadas por 5 gigantes en un descampado y descuartizadas y cocinadas en aceite de oliva para que nuestros restos fuesen descubiertos 15 años después por Mulder y Scully. Tuve tiempo de lamentar que ni siquiera había podido realizar aún algunas de mis fantasías... ¡Iba a morir sin practicar el sexo tántrico haciendo el pino puente sobre el Everest! ¡Oh mísera de mí, oh infelice!

De repente tuve un instante de iluminación divina: el chico nos dijo algo y yo puse mi mejor acento y le solté una parrafada en alemán. Rizos pilló al vuelo la idea y colaboró con una frase en Holandés (Rizos estuvo trabajando en Holanda durante 7 años antes de venirse a Mix Village). El chaval nos miró, miró a sus compañeros, nos volvió a mirar, profirió un bufido como de fastidio (los idiomas nórdicos son la cosa menos erótica que hablarse pueda, y quien no se lo crea que eche un vistazo a las películas subidas de tono de la RTL), volvió al coche y se largaron con viento fresco. Rizos y yo vimos alejarse el coche y resoplamos de alivio. Para que luego discutan la utilidad de hablar idiomas.

Una media hora después y sin mayores incidentes llegamos al coche, agotadas las dos, y pusimos de nuevo rumbo a Casais. El sol ya quemaba cuando llegamos a casa y nos metimos en la cama. Lo siguiente que recuerdo es que eran las 2 de la tarde y Mai nos llamaba para comer.

(continuará)

No