Una barbacoa peculiar
Sí, ya sé que he dejado el viaje a Portugal sin terminar... pero me estaba llevando tanto tiempo contarlo que ya sonaba a “noticia vieja”... de modo que comentaré sólo un par de cosas acerca de los dos últimos días de mis minivacaciones:
La tuna: Rizos se ligó al Piragüista con premeditación y alevosía y yo... yo no me comí ni los mocos. ¿Por qué?, preguntaréis... ay mísera de mí... porque el único que descubrí que me interesaba era... pozezo, el Piragüista. Y Rizos se lo había pedido primero. Yo soy de la opinión de que no hay ligue que valga el mosqueo de una amiga (y bueno... aparte de eso, competir con Rizos, que es una pedazo de tía buena del copón, es como tratar de quitarle la portada de PlayBoy a Pamela Anderson, todo hay que decirlo), y además se da el caso de que cuando a mí me gusta un chico ya me pueden venir otros 10 Brad Pitts a pedirme en matrimonio, que ni caso. Así sucedió que al final esta menda se acabó yendo a casa a dormir a dos velas mientras Rizos se iba con la tuna a... a... Bueno, ¿y qué leches os importa a vosotros a qué se fue con la tuna? :P
El último día: nos lo pasamos Rizos y yo en un pueblecito al lado del mar, llamado Espinho, espatarradas al sol en la playa, y deseando no marcharnos de allí en dos meses más. Pero a algún idiota se le había ocurrido la frase esa de “lo bueno, si breve, dos veces bueno” y acabamos de nuevo en Mix Village, donde el sol salió tímidamente un par de días y luego se acojonó y se ha pasado hasta hoy escondido tras varias capas de nubes el muy capullo.
Así que el martes ya estaba de vuelta en el trabajo, con mi encantadora jefa que ni siquiera se dignó saludarme ni mucho menos preguntarme qué tal me había pasado las “vacaciones” y disfrutando de la frialdad inglesa que tanto me gusta (léase con ironía). Durante la semana siguiente a mi vuelta de Portugal me fui enterando de la partida de Belo y de Portu... creo que ahora podréis haceros una idea de por qué andaba yo baja de moral durante esos días.
El fin de semana siguiente la Sociedad Portuguesa de Mix Village organizaba una fiesta con motivo del día de Brasil. El por qué no era la Sociedad Brasileña la que organizaba este evento, teniendo en cuenta que también existe una, va más allá de mi comprensión, pero el caso era acoplarnos Rizos y yo a alguna actividad social para atenuar nuestra depresión post-minivacacional.
Inciso: en Mix Village existen asociaciones de estudiantes universitarios para todo. Y cuando digo todo me refiero a ABSOLUTAMENTE TODO. Existe la Sociedad Hispánica (a la que por supuesto me apunté nada más llegar), la Italiana, la Bielorrusa y la de la República Independiente de Chiquitistán. Existe la Sociedad de Parapente, de Esoterismo, de Ciencias Amorales (???), del Celibato (¿¿¿???) y la Hare Krishna. Algunas de las sociedades no llegan a los 5 miembros, pero el tema es formarla y anunciarla en los boletines universitarios, que queda de lo más fashion, siendo algo similar a las “hermandades” americanas aunque mucho más sosas. En una zona de Inglaterra donde la montaña más alta es un taburete, también existe la Sociedad de Montañismo... supongo que sus miembros dedicarán sus jornadas de reunión a trepar por las tuberías del edificio más alto que encuentren, con la ayuda de ingentes cantidades de alcohol (ahora que lo pienso... eso ya lo hacen los jóvenes cada noche sin necesidad de pertenecer a esa sociedad). Pero entre todas ellas la que se lleva el premio a la excentricidad es la “Sociedad de Suicidas del Domingo por la Tarde”. Os aseguro que mi reacción al conocer su existencia fue exactamente la misma que la de los que estáis leyéndolo ahora mismo: “esto tiene que ser de coña”. Pues no. Los miembros de la SSDT se reúnen los domingos por la tarde, al considerarlo el momento más deprimente de la semana, y tratan precisamente de evitar que el aburrimiento dominical les induzca al suicidio. Rizos fue invitada a una de las reuniones en una ocasión; a la vuelta le pregunté: “¿Qué, qué tal la reunión de suicidas? ¿Te regalaron un nudo corredizo en tu primera asistencia?” “No, qué va, qué coñazo, nunca había estado en una reunión más deprimente”. Creo que Rizos es la única persona en este mundo que acude a una reunión de suicidas esperando una fiesta loca con serpentinas y confetti.
Fin del inciso.
De modo que allí estábamos, celebrando el día del Brasil, bebiendo Caipirinha, comiendo dulce de arroz y carnes de todo tipo y encontrándonos una vez más con todo el mosaico de gentes que están dispuestas a aparecer por este tipo de acontecimientos ingleses que incluyen alcohol, comida y gente joven.
Allí conocí a Tulipa, una mujer brasileña de unos 40 y pico años que me agarró por banda y no me soltó en más de dos horas. Obviamente tenía ganas de hablar y no era de las que se cortaban en contarle hasta el último detalle de su vida íntima a la primera persona con un par de orejas que pasara por allí, que en ese caso resulté ser yo. Me enteré de todos sus contactos amorosos en los últimos 15 años (o los que ella decía haber tenido), de cómo acabó viniéndose a Mix Village, de lo desesperada que estaba por tener ya 30 y pico años y “no haber encontrado a un hombre” (¡Oh condenación, sacrilegio, herejía!), de lo feos que eran los ingleses para ella (estaba claro que ella se consideraba muy superior físicamente a ellos, cosa que para mí resulta bastante discutible cuando menos) y de que al final se acabó apuntando a una agencia matrimonial. Le presentaron a 4 hombres y ella “eligió” al menos feo. Palabras textuales: “no me pareció gran cosa cuando le vi, pero estaba muy necesitada así que volví a quedar con él, al final acabó gustándome y nos casamos”. Se casaron y se fueron a vivir a un pueblecito a unas 15 millas de Mix Village, donde por fin Tulipa se sintió feliz por tener a su lado un hombre buscado por catálogo y una casa propia pagada por el hombre buscado por catálogo.
Pero unos años después se ve que la cosa no le pareció bastante, y se dio cuenta de que no tenía vida social y que el hombre con el que estaba no le satisfacía lo suficiente en la cama (también palabras textuales, ojo). Así que ahora había decidido hacer fiestas y barbacoas en su casa e invitar a la gente a conocerlos a ellos dos y a sus 4 gatos. “Por cierto Pilimindri querida, el domingo que viene hacemos una barbacoa, y me gustaría que tú estuvieses allí, será divertido”.
Traté de librarme por todos los medios pero la mujer insistía, y acabé diciéndole que iría. En fin, al menos conocería a sus 4 gatos, que me parecían lo más interesante de la historia.
Pasó una nueva semana lluviosa y fría, más otoñal que veraniega, y decidí cumplir mi palabra, olvidarme de las 15 disculpas diferentes que se me habían ido ocurriendo a lo largo de la semana y acudir a la barbacoa de doña Tulipa. A fin y al cabo podía hasta ser divertido y todo, aunque seguro que no de la manera en que lo proponía ella. Yo quería comprobar hasta qué límite de superficialidad podía llegar aquella mujer y saber si el resto de sus “amistades” eran reales o las había conseguido también por catálogo, como a su marido y a mí.
Y los gatos, no nos olvidemos de los gatos. Me encantan los gatos.
El domingo 24 de Julio llovía a cántaros en Mix Village. Tuve la oportunidad de acordarme de la familia de los pollinos que me habían dejado inutilizable el limpiaparabrisas trasero de mi Reichín. Para más guasa de mi eterno enamorado Murphy, al poco de sacar el coche y dirigirme al pueblecito de Tulipa, en el salpicadero se encendió una luz roja que jamás había visto antes. Las luces rojas en el coche no suelen augurar nada bueno, pero esta se apagó a los dos segundos y no volvió a encenderse en el resto del trayecto, de modo que me olvidé de ella.
Esta vez me perdí sólo 4 veces. Di unas cuantas vueltas al minúsculo pueblecito al final de las cuales siempre acababa delante de la misma casa negra de la que ya estaba hasta las narices... aquello parecía la falla temporal en la que se ven inmersos los protagonistas de las historias de miedo, que una y otra vez acaban llegando al mismo punto. La quinta vez que me volví a encontrar con aquella puñetera casa decidí parar el coche allí mismo, aparcar y preguntar dónde leches estaba.
Estooo... era la casa de Tulipa.
La barbacoa, lógicamente, se había cancelado, y sus invitados estaban comiendo dentro. Las casa era un antiguo granero rehabilitado de techos altos y hermosas vigas de madera, y estaba decorado con todo tipo de figuritas, estatuas y adornos estrambóticos por todas partes. Recuerdo haber pensado lo que costaría mantener limpio todo aquello. En la mesa del comedor, dos o tres parejas en la treintena, un hombre de unos 30 años de ojos saltones y raya al medio y una mujer mayor de mirada simpática y agradable que deduje que sería la única que me caería bien. El marido de catálogo de Tulipa me sorprendió siendo un inglés de unos 50 años bastante más atractivo que la media y muy educado. También había una chica jovencita rubia de mirada tímida que aún no había tenido tiempo de sentarse a la mesa mientras barría, pasaba el plumero y terminaba de limpiar la cocina. Tulipa me comentó que era su “aupair”. “¿Pero las aupairs no cuidan de los niños?” pregunté yo ingenuamente, sabiendo que Tulipa no tenía hijos. “Sí claro, ella cuida de nuestros 4 niños” me contestó con una sonrisa pícara y mirando a sus gatos.
A medida que pasaba el tiempo me fui percatando de que “su aupair”, hacía las veces de chacha o criada. Aquella pobre chica era la que limpiaba la casa y encima pagaba por estar allí.
La charla durante la comida fue tan superficial como me había temido. Lo único constructivo fueron los comentarios culinarios de la mujer anciana, que resultó ser la madre de una de las parejas, que al precisar ayuda para moverse no podía quedarse sola en casa. Admirable mujer que a pesar de sus limitaciones lucía siempre una espléndida y radiante sonrisa. Las demás parejas se limitaron a hablar de los coches que se habían comprado, los trabajos de sus maridos y la indudable ventaja de... ¡de ser vegan! ¡Albricias y zapatetas, me había tocado compartir mesa con una pareja de vegetarianos extremos de cuya descripción tanto había disfrutado en uno de mis artículos! ¿Alguna vez habéis probado una salchicha vegetal? Pues eso no es nada, aquel domingo tenían incluso una aberración mayor: hamburguesa de pollo vegetal. Me negué a solicitar más detalles acerca de aquella paradoja y de comentar acerca de los hermosos zapatos de cuero que llevaba el supuesto "vegan". Al parecer alguna gente encuentra monstruoso comerse un filete de vaca, pero no así utilizar su piel para hacer zapatos. Lamenté de antemano los problemas de desarrollo muscular que padecerían los hijos que aquel ejemplar matrimonio pretendía tener y a los que pensaban alimentar con dieta vegan desde la cuna. Comenzar una discusión razonada con ellos era como tratar de convertir a un radical islámico al ateísmo.
En un momento determinado resulté ser el centro de atención cuando empezaron a interesarse por mi trabajo, mi estancia en Mix Village y, por supuesto, el incomprensible motivo de que no tuviera pareja ni me mostrara mínimamente interesada en el matrimonio. Decidí encarrilar la conversación hacia el trabajo y les comenté lo mucho que me gustaba la ciencia, lo que había luchado por conseguir trabajar en lo que quería y lo difícil que resultaba conseguir resultados cuando trabajabas con seres vivos. Era inútil. Uno de los hombres del grupo me interrumpió para anunciar su frase magistral del día: “Pilimindri querida, tú lo que necesitas es encontrar un hombre mayor y con dinero que te mantenga”.
No pude evitarlo. Llevaba demasiado tiempo mordiéndome la lengua escuchando estupideces y aquella frase me parecía el colmo de la imbecilidad humana. Tomé aire.
“No gracias, la verdad es que va en contra de mis principios vivir del trabajo de otros”
Silencio sepulcral en la mesa. Era obvio que TODAS las mujeres de aquella mesa vivían del trabajo de otro. Era obvio también que lo consideraban tema tabú y que era de mal gusto decirlo en voz alta.
Era obvio que todo eso me la traía al pairo. El placer de hacerles callar durante unos segundos y que cambiaran de tema no se paga con dinero. Ni siquiera con el de sus maridos.
Sin embargo de todas las circunstancias se saca algo positivo; salí de aquella casa habiendo conocido a dos chicas majísimas: una de ellas era la criad... esto, la “aupair” de los gatos de Tulipa, y otra una amiga suya que había ocupado el mismo puesto y se había hartado hacía tiempo de limpiar el polvo de las estatuas importadas de Madagascar y los tapices de Arabia Saudita y ahora trabajaba en un pub. Los gatos de Tulipa, además, parecían preferir echarse en mi regazo que en el de su dueña (lo cual no era de extrañar, considerando los achuchones que les metía la susodicha). Y volví a mi casa orgullosa de no necesitar acostarme todas las noches con un tío con mucho dinero que hablara en mi nombre y presumiera de su mujer como quien lo hace de un perro de raza con pedigrí.
A la vuelta, mientras conducía, vi la luz. No, no fue la Gracia Divina iluminándome desde las alturas... fue la condenada luz roja del salpicadero, que esta vez parpadeaba con menos insistencia. “La luz del aceite”, pensé, “joer, pues como se me quede el coche clavado en medio de una carretera perdida a 20 km de Mix Village lo tengo más que claro”. Además sin móvil – no sé si os había comentado lo que detesto esas maquinitas – y bajo la lluvia pertinaz.
¿Alguna vez habéis suplicado a un ser inerte que haga o no haga algo? Porque yo me pasé todo el viaje de vuelta hablándole al salpicadero con voz melosa: “Venga, ¿verdad que no te vas a encender? Eeeso, así tranquilito, buen Reichín, buen Reichín. No vas a encender ninguna luz roja, ¿verdad corazón? ¡Uy qué bueno es mi cochecitoooooo!”. El Reichín no encendió la luz en todo el viaje, no sé si por sentirse conmovido por mi súplica o por apabullante vergüenza ajena, y pude llegar a mi casita sin mayores incidencias. Paré el coche y miré el manual para ver de dónde salía aquella luz. “Nivel del agua”, ponía en la página 22. ¿Nivel del agua? ¡Si la había rellenado la semana pasada! Abrí el capó. Una nube de vapor me recibió con júbilo. La tapa del depósito del agua, probablemente mal cerrada, había saltado y se encontraba (afortunadamente) encallada entre dos piezas del motor. El depósito obviamente, estaba casi vacío. Unos kilómetros más y me hubiese quedado sin radiador.
En mi mente resonaron las palabras de aquel hombre en casa de Tulipa: “¿Ves? Si estuvieras casada con un hombre de buena posición social ahora estarías conduciendo un Ferrari recién salido de la fábrica, y no esa chatarra ambulante”.
Sonreí. Esa chatarra ambulante me había conducido a través de más aventuras de las que ninguna de las descastadas mujeres que había conocido hoy podría siquiera soñar. Me había llevado por las carreteras heladas de paisajes nevados de Somiedo, con pendientes de un 30%, mientras dejábamos atrás en el andén a deportivos con el motor humeando. Se había perdido conmigo en innumerables ocasiones, y juntos habíamos vuelto a encontrar el camino. Había atravesado sendas llenas de piedras y barro para llegar a una explanada en medio de una colina desde la que alguien muy especial y yo pudimos contemplar el más hermoso cielo estrellado que recuerdo jamás. Había llegado hasta el límite Septentrional y el Occidental de la Península Ibérica. Se había quedado sin líquido de frenos. Había volado por las calles de Gijón llevándonos a mi Fistro y a mí, sacando la cabeza por la ventana y cantando a gritos las pachangas más cutres que se nos ocurrían, y gritándoles obscenidades a las putas. Había sacado de un apuro a más de un amigo. Había sido testigo de más de un primer beso. Y de alguna cosilla más. ¡Qué coño, de unas cuantas cosas más! Había pasado por Madrid, Vigo, Vitoria, León, Santander. Había cruzado conmigo el Canal de la Mancha montado en Ferry custodiando y protegiendo muchos de los objetos que definían parte de mi vida. Se le había caído el espejo retrovisor hacía meses y aún no he logrado pegarlo. Había sobrevivido a muchos ataques de ingleses borrachos. Tiene roto el freno de mano y ahora llevo siempre un ladrillo al que llamo mi “handbrick”. Sus asientos, sus alfombras, su carrocería, están impregnados de los ecos de las risas de muchos amigos que vinieron y se fueron. De uno de ellos en especial.
En resumen, es mi Reichín.
Frase del día a destacar: “Yo no soy racista, pero no me gusta Londres porque está llena de negros” (© Tulipa)
La tuna: Rizos se ligó al Piragüista con premeditación y alevosía y yo... yo no me comí ni los mocos. ¿Por qué?, preguntaréis... ay mísera de mí... porque el único que descubrí que me interesaba era... pozezo, el Piragüista. Y Rizos se lo había pedido primero. Yo soy de la opinión de que no hay ligue que valga el mosqueo de una amiga (y bueno... aparte de eso, competir con Rizos, que es una pedazo de tía buena del copón, es como tratar de quitarle la portada de PlayBoy a Pamela Anderson, todo hay que decirlo), y además se da el caso de que cuando a mí me gusta un chico ya me pueden venir otros 10 Brad Pitts a pedirme en matrimonio, que ni caso. Así sucedió que al final esta menda se acabó yendo a casa a dormir a dos velas mientras Rizos se iba con la tuna a... a... Bueno, ¿y qué leches os importa a vosotros a qué se fue con la tuna? :PEl último día: nos lo pasamos Rizos y yo en un pueblecito al lado del mar, llamado Espinho, espatarradas al sol en la playa, y deseando no marcharnos de allí en dos meses más. Pero a algún idiota se le había ocurrido la frase esa de “lo bueno, si breve, dos veces bueno” y acabamos de nuevo en Mix Village, donde el sol salió tímidamente un par de días y luego se acojonó y se ha pasado hasta hoy escondido tras varias capas de nubes el muy capullo.
Así que el martes ya estaba de vuelta en el trabajo, con mi encantadora jefa que ni siquiera se dignó saludarme ni mucho menos preguntarme qué tal me había pasado las “vacaciones” y disfrutando de la frialdad inglesa que tanto me gusta (léase con ironía). Durante la semana siguiente a mi vuelta de Portugal me fui enterando de la partida de Belo y de Portu... creo que ahora podréis haceros una idea de por qué andaba yo baja de moral durante esos días.
El fin de semana siguiente la Sociedad Portuguesa de Mix Village organizaba una fiesta con motivo del día de Brasil. El por qué no era la Sociedad Brasileña la que organizaba este evento, teniendo en cuenta que también existe una, va más allá de mi comprensión, pero el caso era acoplarnos Rizos y yo a alguna actividad social para atenuar nuestra depresión post-minivacacional.Inciso: en Mix Village existen asociaciones de estudiantes universitarios para todo. Y cuando digo todo me refiero a ABSOLUTAMENTE TODO. Existe la Sociedad Hispánica (a la que por supuesto me apunté nada más llegar), la Italiana, la Bielorrusa y la de la República Independiente de Chiquitistán. Existe la Sociedad de Parapente, de Esoterismo, de Ciencias Amorales (???), del Celibato (¿¿¿???) y la Hare Krishna. Algunas de las sociedades no llegan a los 5 miembros, pero el tema es formarla y anunciarla en los boletines universitarios, que queda de lo más fashion, siendo algo similar a las “hermandades” americanas aunque mucho más sosas. En una zona de Inglaterra donde la montaña más alta es un taburete, también existe la Sociedad de Montañismo... supongo que sus miembros dedicarán sus jornadas de reunión a trepar por las tuberías del edificio más alto que encuentren, con la ayuda de ingentes cantidades de alcohol (ahora que lo pienso... eso ya lo hacen los jóvenes cada noche sin necesidad de pertenecer a esa sociedad). Pero entre todas ellas la que se lleva el premio a la excentricidad es la “Sociedad de Suicidas del Domingo por la Tarde”. Os aseguro que mi reacción al conocer su existencia fue exactamente la misma que la de los que estáis leyéndolo ahora mismo: “esto tiene que ser de coña”. Pues no. Los miembros de la SSDT se reúnen los domingos por la tarde, al considerarlo el momento más deprimente de la semana, y tratan precisamente de evitar que el aburrimiento dominical les induzca al suicidio. Rizos fue invitada a una de las reuniones en una ocasión; a la vuelta le pregunté: “¿Qué, qué tal la reunión de suicidas? ¿Te regalaron un nudo corredizo en tu primera asistencia?” “No, qué va, qué coñazo, nunca había estado en una reunión más deprimente”. Creo que Rizos es la única persona en este mundo que acude a una reunión de suicidas esperando una fiesta loca con serpentinas y confetti.
Fin del inciso.
De modo que allí estábamos, celebrando el día del Brasil, bebiendo Caipirinha, comiendo dulce de arroz y carnes de todo tipo y encontrándonos una vez más con todo el mosaico de gentes que están dispuestas a aparecer por este tipo de acontecimientos ingleses que incluyen alcohol, comida y gente joven.
Allí conocí a Tulipa, una mujer brasileña de unos 40 y pico años que me agarró por banda y no me soltó en más de dos horas. Obviamente tenía ganas de hablar y no era de las que se cortaban en contarle hasta el último detalle de su vida íntima a la primera persona con un par de orejas que pasara por allí, que en ese caso resulté ser yo. Me enteré de todos sus contactos amorosos en los últimos 15 años (o los que ella decía haber tenido), de cómo acabó viniéndose a Mix Village, de lo desesperada que estaba por tener ya 30 y pico años y “no haber encontrado a un hombre” (¡Oh condenación, sacrilegio, herejía!), de lo feos que eran los ingleses para ella (estaba claro que ella se consideraba muy superior físicamente a ellos, cosa que para mí resulta bastante discutible cuando menos) y de que al final se acabó apuntando a una agencia matrimonial. Le presentaron a 4 hombres y ella “eligió” al menos feo. Palabras textuales: “no me pareció gran cosa cuando le vi, pero estaba muy necesitada así que volví a quedar con él, al final acabó gustándome y nos casamos”. Se casaron y se fueron a vivir a un pueblecito a unas 15 millas de Mix Village, donde por fin Tulipa se sintió feliz por tener a su lado un hombre buscado por catálogo y una casa propia pagada por el hombre buscado por catálogo.Pero unos años después se ve que la cosa no le pareció bastante, y se dio cuenta de que no tenía vida social y que el hombre con el que estaba no le satisfacía lo suficiente en la cama (también palabras textuales, ojo). Así que ahora había decidido hacer fiestas y barbacoas en su casa e invitar a la gente a conocerlos a ellos dos y a sus 4 gatos. “Por cierto Pilimindri querida, el domingo que viene hacemos una barbacoa, y me gustaría que tú estuvieses allí, será divertido”.
Traté de librarme por todos los medios pero la mujer insistía, y acabé diciéndole que iría. En fin, al menos conocería a sus 4 gatos, que me parecían lo más interesante de la historia.
Pasó una nueva semana lluviosa y fría, más otoñal que veraniega, y decidí cumplir mi palabra, olvidarme de las 15 disculpas diferentes que se me habían ido ocurriendo a lo largo de la semana y acudir a la barbacoa de doña Tulipa. A fin y al cabo podía hasta ser divertido y todo, aunque seguro que no de la manera en que lo proponía ella. Yo quería comprobar hasta qué límite de superficialidad podía llegar aquella mujer y saber si el resto de sus “amistades” eran reales o las había conseguido también por catálogo, como a su marido y a mí.
Y los gatos, no nos olvidemos de los gatos. Me encantan los gatos.
El domingo 24 de Julio llovía a cántaros en Mix Village. Tuve la oportunidad de acordarme de la familia de los pollinos que me habían dejado inutilizable el limpiaparabrisas trasero de mi Reichín. Para más guasa de mi eterno enamorado Murphy, al poco de sacar el coche y dirigirme al pueblecito de Tulipa, en el salpicadero se encendió una luz roja que jamás había visto antes. Las luces rojas en el coche no suelen augurar nada bueno, pero esta se apagó a los dos segundos y no volvió a encenderse en el resto del trayecto, de modo que me olvidé de ella.
Esta vez me perdí sólo 4 veces. Di unas cuantas vueltas al minúsculo pueblecito al final de las cuales siempre acababa delante de la misma casa negra de la que ya estaba hasta las narices... aquello parecía la falla temporal en la que se ven inmersos los protagonistas de las historias de miedo, que una y otra vez acaban llegando al mismo punto. La quinta vez que me volví a encontrar con aquella puñetera casa decidí parar el coche allí mismo, aparcar y preguntar dónde leches estaba.
Estooo... era la casa de Tulipa.
La barbacoa, lógicamente, se había cancelado, y sus invitados estaban comiendo dentro. Las casa era un antiguo granero rehabilitado de techos altos y hermosas vigas de madera, y estaba decorado con todo tipo de figuritas, estatuas y adornos estrambóticos por todas partes. Recuerdo haber pensado lo que costaría mantener limpio todo aquello. En la mesa del comedor, dos o tres parejas en la treintena, un hombre de unos 30 años de ojos saltones y raya al medio y una mujer mayor de mirada simpática y agradable que deduje que sería la única que me caería bien. El marido de catálogo de Tulipa me sorprendió siendo un inglés de unos 50 años bastante más atractivo que la media y muy educado. También había una chica jovencita rubia de mirada tímida que aún no había tenido tiempo de sentarse a la mesa mientras barría, pasaba el plumero y terminaba de limpiar la cocina. Tulipa me comentó que era su “aupair”. “¿Pero las aupairs no cuidan de los niños?” pregunté yo ingenuamente, sabiendo que Tulipa no tenía hijos. “Sí claro, ella cuida de nuestros 4 niños” me contestó con una sonrisa pícara y mirando a sus gatos.A medida que pasaba el tiempo me fui percatando de que “su aupair”, hacía las veces de chacha o criada. Aquella pobre chica era la que limpiaba la casa y encima pagaba por estar allí.
La charla durante la comida fue tan superficial como me había temido. Lo único constructivo fueron los comentarios culinarios de la mujer anciana, que resultó ser la madre de una de las parejas, que al precisar ayuda para moverse no podía quedarse sola en casa. Admirable mujer que a pesar de sus limitaciones lucía siempre una espléndida y radiante sonrisa. Las demás parejas se limitaron a hablar de los coches que se habían comprado, los trabajos de sus maridos y la indudable ventaja de... ¡de ser vegan! ¡Albricias y zapatetas, me había tocado compartir mesa con una pareja de vegetarianos extremos de cuya descripción tanto había disfrutado en uno de mis artículos! ¿Alguna vez habéis probado una salchicha vegetal? Pues eso no es nada, aquel domingo tenían incluso una aberración mayor: hamburguesa de pollo vegetal. Me negué a solicitar más detalles acerca de aquella paradoja y de comentar acerca de los hermosos zapatos de cuero que llevaba el supuesto "vegan". Al parecer alguna gente encuentra monstruoso comerse un filete de vaca, pero no así utilizar su piel para hacer zapatos. Lamenté de antemano los problemas de desarrollo muscular que padecerían los hijos que aquel ejemplar matrimonio pretendía tener y a los que pensaban alimentar con dieta vegan desde la cuna. Comenzar una discusión razonada con ellos era como tratar de convertir a un radical islámico al ateísmo.En un momento determinado resulté ser el centro de atención cuando empezaron a interesarse por mi trabajo, mi estancia en Mix Village y, por supuesto, el incomprensible motivo de que no tuviera pareja ni me mostrara mínimamente interesada en el matrimonio. Decidí encarrilar la conversación hacia el trabajo y les comenté lo mucho que me gustaba la ciencia, lo que había luchado por conseguir trabajar en lo que quería y lo difícil que resultaba conseguir resultados cuando trabajabas con seres vivos. Era inútil. Uno de los hombres del grupo me interrumpió para anunciar su frase magistral del día: “Pilimindri querida, tú lo que necesitas es encontrar un hombre mayor y con dinero que te mantenga”.
No pude evitarlo. Llevaba demasiado tiempo mordiéndome la lengua escuchando estupideces y aquella frase me parecía el colmo de la imbecilidad humana. Tomé aire.
“No gracias, la verdad es que va en contra de mis principios vivir del trabajo de otros”
Silencio sepulcral en la mesa. Era obvio que TODAS las mujeres de aquella mesa vivían del trabajo de otro. Era obvio también que lo consideraban tema tabú y que era de mal gusto decirlo en voz alta.
Era obvio que todo eso me la traía al pairo. El placer de hacerles callar durante unos segundos y que cambiaran de tema no se paga con dinero. Ni siquiera con el de sus maridos.
Sin embargo de todas las circunstancias se saca algo positivo; salí de aquella casa habiendo conocido a dos chicas majísimas: una de ellas era la criad... esto, la “aupair” de los gatos de Tulipa, y otra una amiga suya que había ocupado el mismo puesto y se había hartado hacía tiempo de limpiar el polvo de las estatuas importadas de Madagascar y los tapices de Arabia Saudita y ahora trabajaba en un pub. Los gatos de Tulipa, además, parecían preferir echarse en mi regazo que en el de su dueña (lo cual no era de extrañar, considerando los achuchones que les metía la susodicha). Y volví a mi casa orgullosa de no necesitar acostarme todas las noches con un tío con mucho dinero que hablara en mi nombre y presumiera de su mujer como quien lo hace de un perro de raza con pedigrí.A la vuelta, mientras conducía, vi la luz. No, no fue la Gracia Divina iluminándome desde las alturas... fue la condenada luz roja del salpicadero, que esta vez parpadeaba con menos insistencia. “La luz del aceite”, pensé, “joer, pues como se me quede el coche clavado en medio de una carretera perdida a 20 km de Mix Village lo tengo más que claro”. Además sin móvil – no sé si os había comentado lo que detesto esas maquinitas – y bajo la lluvia pertinaz.
¿Alguna vez habéis suplicado a un ser inerte que haga o no haga algo? Porque yo me pasé todo el viaje de vuelta hablándole al salpicadero con voz melosa: “Venga, ¿verdad que no te vas a encender? Eeeso, así tranquilito, buen Reichín, buen Reichín. No vas a encender ninguna luz roja, ¿verdad corazón? ¡Uy qué bueno es mi cochecitoooooo!”. El Reichín no encendió la luz en todo el viaje, no sé si por sentirse conmovido por mi súplica o por apabullante vergüenza ajena, y pude llegar a mi casita sin mayores incidencias. Paré el coche y miré el manual para ver de dónde salía aquella luz. “Nivel del agua”, ponía en la página 22. ¿Nivel del agua? ¡Si la había rellenado la semana pasada! Abrí el capó. Una nube de vapor me recibió con júbilo. La tapa del depósito del agua, probablemente mal cerrada, había saltado y se encontraba (afortunadamente) encallada entre dos piezas del motor. El depósito obviamente, estaba casi vacío. Unos kilómetros más y me hubiese quedado sin radiador.
En mi mente resonaron las palabras de aquel hombre en casa de Tulipa: “¿Ves? Si estuvieras casada con un hombre de buena posición social ahora estarías conduciendo un Ferrari recién salido de la fábrica, y no esa chatarra ambulante”.Sonreí. Esa chatarra ambulante me había conducido a través de más aventuras de las que ninguna de las descastadas mujeres que había conocido hoy podría siquiera soñar. Me había llevado por las carreteras heladas de paisajes nevados de Somiedo, con pendientes de un 30%, mientras dejábamos atrás en el andén a deportivos con el motor humeando. Se había perdido conmigo en innumerables ocasiones, y juntos habíamos vuelto a encontrar el camino. Había atravesado sendas llenas de piedras y barro para llegar a una explanada en medio de una colina desde la que alguien muy especial y yo pudimos contemplar el más hermoso cielo estrellado que recuerdo jamás. Había llegado hasta el límite Septentrional y el Occidental de la Península Ibérica. Se había quedado sin líquido de frenos. Había volado por las calles de Gijón llevándonos a mi Fistro y a mí, sacando la cabeza por la ventana y cantando a gritos las pachangas más cutres que se nos ocurrían, y gritándoles obscenidades a las putas. Había sacado de un apuro a más de un amigo. Había sido testigo de más de un primer beso. Y de alguna cosilla más. ¡Qué coño, de unas cuantas cosas más! Había pasado por Madrid, Vigo, Vitoria, León, Santander. Había cruzado conmigo el Canal de la Mancha montado en Ferry custodiando y protegiendo muchos de los objetos que definían parte de mi vida. Se le había caído el espejo retrovisor hacía meses y aún no he logrado pegarlo. Había sobrevivido a muchos ataques de ingleses borrachos. Tiene roto el freno de mano y ahora llevo siempre un ladrillo al que llamo mi “handbrick”. Sus asientos, sus alfombras, su carrocería, están impregnados de los ecos de las risas de muchos amigos que vinieron y se fueron. De uno de ellos en especial.
En resumen, es mi Reichín.
Frase del día a destacar: “Yo no soy racista, pero no me gusta Londres porque está llena de negros” (© Tulipa)