Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Éxito aplazado
La semana pasada Liz Beattie, una maestra jubilada, llevó a la Asociación de Profesionales de la Enseñanza de Gran Bretaña una peculiar propuesta: la buena mujer recomendaba sustituir el término “suspenso” por el menos traumático “éxito aplazado” (“deferred success”). Según sus propias palabras, que se califique a un niño como “suspenso” puede “socavar el entusiasmo del alumno” y hacerle perder interés en el estudio, dándole la falsa impresión de que se le ha tildado de fracasado.

PhotobucketEn cualquier otro país y cualquier otra época una propuesta como esta no habría pasado de la columna cómica del periódico El Jueves. Pero en Inglaterra, el país en donde una madre puede ir a la cárcel por darle un cachete a su hijo, el país donde todo el mundo termina la carrera en 3 años porque los exámenes no se suspenden jamás, el país donde estar borracho da a cualquier adolescente vía libre para destrozar todo tipo de mobiliario urbano y posesiones privadas sin recibir castigo alguno... aquí el tema ha llegado hasta el Ministerio de Educación. Afortunadamente, de momento no ha pasado de ahí.

¿Os he dicho alguna vez lo mucho que me repatea todo lo “políticamente correcto”? En este mundo en que vivimos no se puede decir que un negro es negro, hay que llamarle “persona de color” (¿¡de qué color!?). Una persona no está gorda, tiene “exceso de peso” o bien “problemas hormonales” (a pesar de que el porcentaje de personas que realmente están gordas por problemas hormonales no llega al 1 por 1000). Una persona no es fea, sino que tiene “una belleza no ordinaria”. Y ya no existen personas locas, sino que sufren “problemas mentales” o “desequilibrios psiquiátricos”.

En los años 70, a un hijo que había nacido con retraso mental se le llamaba “idiota”. Se trataba del término médico que definía a una persona menos inteligente. “Fulanita ha tenido un niño idiota”. Así de sencillo.

Al cabo de unos años la palabra “idiota” empezó a usarse como insulto, queriendo decir precisamente eso: que la persona a la que se le aplicaba era poco inteligente. “¡Mira lo que dice este idiota!”. De pronto surgió alguna eminencia diciendo que ese término no era válido para aplicar a la persona con retraso mental, ya que resultaba ofensivo. Se inventó una nueva palabra para estos casos: “subnormal”. Fulanita ya no tenía un niño idiota, no, por Dios, pobrecito. Ahora era subnormal.

Al poco tiempo el término “subnormal” empezó de nuevo a ser utilizado como insulto. “¡A ti lo que te pasa es que eres subnormal!”. A otro iluminado se le ocurrió que, además de su connotación peyorativa, insinuar que una persona con estaba “por debajo de lo normal” era denigrante, ese término debía ser erradicado y sustituido por otro mucho más humano. A partir de entonces se los llamó “retrasados mentales”.

Pero una vez más el lenguaje de la calle, terco él, empezó a utilizar ese término como insulto. “¡Serás retrasado!”. Y válgame Dios, no tardó en aparecer otro Nuevo Mesías que se erigió a sí mismo en defensor de la dignidad de los niños con retraso mental y acuñó un término mucho más “modenno” y progresista: “disminuido psíquico”.

PhotobucketDurante todo este tiempo, los ofendidos por el uso de un término u otro nunca fueron los aludidos – los cuales sólo deseaban ser tratados con respeto y amor, como todo hijo de vecino, y con un especial cuidado por sus particulares necesidades -, sino los puritanos de la palabra que se empeñan en sacar conflictos de donde no los hay y en vigilar la moral y la decencia de las formas en vez de los contenidos. Estas personas que se autoproclaman representantes de un pueblo que jamás les ha elegido se empecinan en convertir los defectos en virtudes, en negar al individuo la posibilidad de mejorar a base de esfuerzo y tesón, en cerrar los ojos ante la realidad y desviar los temas realmente importantes para concentrarse en unas formas absurdas que, casualmente, jamás resuelven el auténtico problema.

De modo que un niño que se ha pasado las tardes y fines de semana jugando a la Play Station y se ha negado a mover un dedo por estudiar no suspende un examen, sino que tiene un “éxito aplazado”. Sin duda se culpará a su familia, que no le apoya lo suficiente; o a sus profesores, que no le motivan; o a la sociedad, que le excluye. Que exactamente en las mismas circunstancias otro niño se haya pasado horas hincando los codos para estudiar esa asignatura y la haya aprobado, incluso con nota, no es ningún mérito. De hecho eso ni se menciona. Pero decirle al otro que ha “suspendido”... ¡eso jamás! Lo traumatizará para siempre, le hundirá en la más absoluta de las miserias, lo convertirá en un paria social...y si ese niño decide violar y asesinar viejecitas en un futuro, la culpa habrá sido de aquella maestra cruel y despiadada a la que se le ocurrió calificar con un “suspenso” el examen en blanco que entregó en una ocasión. Como dijo Trillo en una de sus intervenciones más aclamadas en el Congreso de los Diputados, “¡Manda huevos!”.

La idea de fracaso es ahora algo que traumatiza, no que enseña. Porque un niño jamás debe creerse que ha fracasado, ni que es responsable de sus propios errores. Al niño debe envolvérsele en algodones y hacerle creer que, se esfuerce mucho o poco, todo va a salir bien. No se ha caído, no... ha dado un “paso aplazado”. No se ha meado encima, sino que ha hecho un “uso aplazado del retrete”. Y su compañero de clase no le ha llamado “gilipollas”... le ha lanzado un elogio aplazado.

No sea que nuestras inocentes criaturitas acaben siendo carne de diván y depósito de Valiums.

Y claro, luego llega la edad adulta. Y como este mundo en el que vivimos es tan idílico y encantador, como nunca hay obstáculos, como siempre salen las cosas como nosotros queremos, entonces la selecta educación anti-traumas que recibieron esos niños empezará a dar sus frutos:

“Cariño, es hora de levantarse.”
“No te preocupes, cielo, hoy no tengo prisa”
“Pero Pepe, vas a llegar tarde al trabajo”
“Bueno, estooo, verás... es que no hace falta que vaya más al trabajo”
“¿Qué estás diciendo? ¿Te han despedido?”
“Pero mujer, por amor de Dios, ¿¿quieres mandarme de cabeza al psiquiatra?? Lo que me han hecho es un contrato aplazado”
“¿Aplazado hasta cuando?”
“Pues... hasta que encuentre otro trabajo”
“Vamos, que te han echado”
“Repite eso más veces y te denuncio. ¿Qué pretendes, que me sienta un fracasado?”
“¿Y qué vas a hacer ahora?”
“Ya lo he estado pensando y realmente no le veo más que ventajas: estaré más tiempo en casa, podremos estar juntos, dedicarnos más el uno al otro... y bueno, tú ya sabes, corazón...”
“Sí, yo ya sé... para lo que nos va a servir estar más tiempo juntos, últimamente no tienes más que gatillazos”
“¡¡¡SSSHHHHHH!!! ¡Mira que te lo he dicho veces! Son...”
“Lo sé cariño, lo sé... polvos aplazados.”
“Exacto”
“Casi que podríamos llamarlos ‘polvos hipotecarios’, porque esto ya va para 30 años”
“No me estás resultando nada positiva, cielo, como no me apoyes con más ganas me frustraré”
“No, no te preocupes, si tampoco es problema. Pero luego no te extrañes de que siga viniendo el repartidor de butano a casa aun habiendo instalado gas natural...”
“¿¿Pero qué me estás diciendo?? ¿No me estarás poniendo los cuernos, María?”
“¡Por favor, cariño, qué expresión más ofensiva! Digamos más bien que te guardo fidelidad aplazada”


No