Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


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Cine con Maus y... mi primera experiencia lésbica (lo prometido es deuda)
El lunes por la tarde quedé un ratito con Rizos. Estaba aún recuperándose de un catarrazo que le dio nada más volver de Dublín y sólo nos vimos el tiempo suficiente para intercambiarnos las fotos y contarnos las últimas novedades. Entre las mías estaba, por supuesto, Maus. Antes de despedirnos y hacerme jurar y perjurar que le contaría todos los detalles mórbidos en cuanto ocurrieran, me comentó que el martes tenía pensado irse a una fiesta gay que se celebraba en un local llamado Live, en el que ya habíamos estado en otras ocasiones. Viniendo de Rizos aquello resultaba de lo más normal, y eso sumado a que últimamente aquel que no va al menos una vez al año a una fiesta gay - a pesar de no serlo -, no entraba en la categoría de megachachi g(u)ay, hizo que le dijera que me lo pensaría.

Y me fui con Maus al cine.

PhotobucketUna de las quejas de Maus relacionada con su supuestamente frustrado matrimonio era que prácticamente nunca veían una película, y que las pocas veces que así lo hacían tenía que ser una de dibujos animados, que al parecer eran las únicas que le gustaban a su mujer. Así que esa misma mañana cargamos la página web del cine más cercano y le dije que eligiera la que más le gustara, que resultó ser una película coreana titulada “Hierro 3”... bastante alejada de mi estilo, pero todo fuera por hacer feliz a aquel hombre y sacarle de su rutina de largas tardes y noches vegetando (nunca mejor dicho, conociendo sus preferencias gastronómicas) delante del televisor.

La película en cuestión era rara, rara, rara. A lo mejor se debe a mi falta de sensibilidad femenina, pero me pareció lenta, extraña y más empalagosa que Joselito cubierto de mermelada de fresa. El argumento se centra en un chico que se dedica a dejar publicidad de una pizzería en las puertas y entrar en las casas cuyos inquilinos no han retirado la publicidad en 24 horas. Una vez dentro no se dedica a robar como cualquier honrado ladrón, no, sino que limpia la casa, lava la ropa y arregla cualquier aparato que no funcione bien (a ver si algún día se pasa por la mía). Un día entra en una de ellas sin percatarse de que la dueña está en casa y comienza un romance idílico entre ambos con unas situaciones tan esperpénticas que harían quedar a Luis Buñuel a la altura de un aficionado.

Yo entré al cine con una bolsa de gominolas. A los 20 minutos de película, y en un movimiento digno de un profesional, Maus hizo como si cogiera una y me arrebató la bolsa entera, aprovechando así para agarrarme la mano (lo sé, es el truco más viejo del mundo, pero aún sigo picando). Yo no sabía exactamente qué hacer... no me molestaba en absoluto esa mano ahí, pero dudaba en dónde estaba el límite entre lo que se puede hacer o no con un hombre casado. Estaba claro que él ya había sobrepasado ese límite confesándome que le gustaba e intentando besarme el viernes anterior, pero no era mi caso. Decidí esperar a ver qué más hacía, pero no pasó de recorrer mi mano con la suya y hacerme cosquillas en los dedos. Para él la película fue sublime, lo cual no sé si me deja a mí a la altura de una burra incapaz de apreciar el séptimo arte o a él a la de un romántico empedernido.

Fue al volver del cine cuando Maus demostró definitivamente que los lectores que opinabais que NO respetaría mis cacareados principios habéis ganado un perrito piloto. Me agarraba de la mano, de la cintura, se abrazaba a mí y después del tercer beso rechazado se dedicó a tratar de convencerme de que un beso en los labios “no cambiaba nada”, que para él sólo tomar mi mano ya había significado más que una noche entera de sexo pasional... a lo cual respondí que, si ya había disfrutado del sexo pasional, ¿para qué coño quería el beso? (batallas dialécticas a mí...). Cuando ya me iba a despedir de él pura y castamente para entrar en mi casa, me preguntó con cara de inocencia si podía entrar a usar el baño. Ello originó un apresurado recorrido previo de esta menda retirando ropa interior, platos sucios y objetos varios para dejar la casa más o menos presentable en tiempo récord (lo creáis o no, no había tenido la más mínima intención de acabar dejando entrar a nadie) y numerosos autorreproches acerca de lo infrecuentes que se estaban haciendo las tareas de limpieza en mi apartamento.

PhotobucketY claro, una vez en casa pues por qué no aprovechaba para enseñarle algo de la música española de la que habíamos hablado en la cita anterior. Así que se me sentó en el ordenador con los ojitos en forma de corazón y en cuanto me despistaba me encontraba su cabeza en mi hombro, su mano en mi cintura o me pedía con voz melosa un “¿me das un abrazo?” al que nunca me he podido negar.

Todo esto puede sonar bastante frío por mi parte, pero lo cierto es que en ese punto yo tenía un cacao mental que ríete tú del Nesquik. El chaval me gustaba, lo tenía en casa en plena noche, hacía tiempecillo que yo dormía más sola que Bambi el Día de la Madre y encima el chico me daba todas las señales de que quería algo (¿sólo algo?) más... Cada vez más mi conciencia era arrastrada por el tsunami de las hormonas, sobre todo cuando Maus se dedicaba a hablarme en susurros cerca del cuello o de la oreja (¡¡¡que levante la mano aquel que no tenga la oreja sensible!!!), y en un último alarde de voluntad, cuando el chaval ya me dijo claramente que no le importaría nada quedarse a dormir en mi casa (ahora se le llama “dormir”) me las arreglé para mirar el reloj, exclamar un “¡pero qué tarde eeees!” y sacarle de casa casi a empujones. Tampoco hubo beso esta vez, ea.

PhotobucketEsa noche ya me costó dormirme – sí, las mujeres también nos podemos quedar con “dolor de ovarios”, como ya quedó patente en el caso del famoso italiano rarillo – y encima me desperté de golpe sobre las 5 de la mañana, para pasarme el resto de la madrugada dándole vueltas a la cabeza acerca de mil cosas: el trabajo, mi mala relación con la jefa, mis amigos que se iban, y ahora el lío este con Maus que no sabía cómo acabaría, pero que casi con un 90% de probabilidad sería mal. A consecuencia de todo ello la jornada del martes estuve de un sensible subido, llorando por las esquinas y los baños a la mínima de turno. Para más inri, la tarde del martes quedé con Muso y, cómo no, acabamos ambos llorando en nuestros respectivos hombros pensando en que sólo nos quedaba un mes juntos, y después seguramente ya no nos volveríamos a ver más. Ese día le hice la competencia a María Magdalena como llorona oficial de la historia. Al final de la tarde, como os podréis imaginar, tenía unas ojeras que se podían anudar debajo de la barbilla, estaba muerta de cansancio y lo único que me apetecía era llegar a casa y meterme en la cama. Le escribí un mail a Rizos diciéndole que no estaba en las mejores condiciones para una fiesta gay.

De: Rizos
Para: Pilimindrina
Asunto: Re: fiesta gay

Hola Pilimindri,

Yo también estoy melancólica hoy, el Científico (Nota: el único de entre sus últimas 50 conquistas que parecía gustarle de verdad, o algo parecido) se marcha mañana para Dinamarca y encima estoy premenstrual perdida. ¿Por qué no te vienes y lloramos las dos nuestras penas delante de un cubata? Al fin y al cabo no tenía pensado quedarme hasta muy tarde.

Rizos

Al recibir la respuesta me quedé pensativa. ¿Qué podía perder? Al fin y al cabo no podía ser mucho peor que la Fiesta de los Suicidas del Domingo Tarde. Respondí que vale, que iría.

Tenía una cara terrible. No me apetecía ni vestirme, así que me limité a ponerme la camiseta de Irlanda que me había comprado el fin de semana anterior en Dublín, unos vaqueros y unas botas cutres (y no fui con mis playeras gastadas porque no me habrían dejado entrar, que si no...). No me arreglé nada de nada y con la suerte que había tenido ese día contaba con volverme a la media hora de entrar, perseguida por las calles de Mix Village por una lesbiana de 2x2 metros y pintas de camionero.

Rizos, por el contrario, iba con sus mejores galas, con el toque más lesbo-fashion que os podáis imaginar, botas de tacón alto, cazadora de ante, gorra de copa ancha y perfume de coco. Iba dejando marcas de pintalabios en el aire. Me preparé para una noche de voyeur por necesidad. Tendría suerte si alguien me miraba siquiera.

PhotobucketNo sé qué me esperaba exactamente, quizás una pista de baile multicolor con cientos de drag-queens bailando el “In the Navy”. En vez de eso entramos en un Live casi vacío, música tan espantosamente mala y 5 ó 6 personas de lo más normal sentadas en las mesas esperando la ejecución pública del DJ. Creo que el Ave María de Schubert habría sido más bailable (y el de Bisbal habría hecho estragos). Yo contaba los minutos para volver a casa y despatarrarme sobre la cama, cuando de repente todo cambió. Bueno, la verdad es que lo que realmente cambió fue el DJ, pero fue como pasar de la noche al día: la buena música inundó el local y de repente decenas y decenas de personas empezaron a aparecer como por arte de magia. De pronto todo el mundo bailaba, y lo más increíble, ¡sin estar borrachos! El ambiente era alegre, desenfadado, la gente sonreía por todas partes, y poco a poco me fui contagiando del buen rollo reinante. Allí había tanto gays como heteros, pero estos últimos parecían haber dejado de lado la agresividad y la testosterona que solían prevalecer en muchos locales nocturnos y todos bailaban con todos, se reían, se tocaban e intercambiaban frases al son de la música. Aquello empezaba a animarse, y yo también.

Rizos y yo bailábamos entre nosotras y con todo y toda la que se apuntara. Ella se daba cuenta de mi progresivo cambio de humor y se la notaba feliz. Tan feliz estaba que el baile empezó a hacerse más provocativo por momentos. Yo ya conocía alguna de sus historias que implicaba a otras chicas (lo dejaré ahí para no entrar en más detalles) y no negaré que en alguna ocasión yo me había planteado la posibilidad de tener una experiencia con otra chica. Sin embargo nunca había surgido el tema y la cosa había quedado como mera fantasía.

Hasta ayer.

Sólo sé que las provocaciones de Rizos iban in crescendo por momentos. Yo estaba algo confundida, no sabía si aquello era para mimetizarnos con el ambiente general o realmente se me estaba insinuando descaradamente. A veces cuando bailábamos pegadas se acercaba a mi cuello y lo rozaba con los labios, o directamente le daba un mordisquillo y luego se retiraba rápidamente. Otras nos poníamos a bailar pegaditas y me recorría todo el cuerpo con las manos. A mí me picaba la curiosidad y la dejé seguir, hasta que en un momento dado se me acercó al oído y me preguntó: “¿Y qué pasa si ahora te doy un beso?”. Ella tomó mi cara de sorprendida por rechazo, y se apresuró a decirme: “hey, si no quieres no pasa nada, ¿eh?”. Yo sonreí, me acerqué y le dije: “¿desde cuándo pides tú permiso pasa dar besos?”, con lo que debí dejarla más confundida aún, y durante los minutos siguientes el bailoteo siguió sin más provocaciones descaradas. Pero eso me dio tiempo para decidir que no me importaría nada confundirme con el ambiente gay esa noche.

PhotobucketEn un momento dado Rizos se puso a hablar con un chico que acababa de entrar y al que aparentemente conocía, y yo aproveché para irme al baño. No me dio tiempo a salir, allí estaba Rizos mirándome con cara de curiosidad. “A lo mejor aquí en el baño te da menos vergüenza”. “¿Y quién te ha dicho que me dé vergüenza?”, respondí yo con media sonrisa y alzamiento de ceja. Y ahí se acabaron las dudas. Se me acercó despacito, las dos cerramos los ojos y nos dejamos llevar; los labios se juntaron y las lenguas se enredaron una en otra. Las chicas que iban entrando nos miraban con curiosidad. Francamente, fue uno de los mejores besos que recuerdo. ¿Sería el morbazo o será que, definitivamente, las chicas besamos mejor?

A partir de ese momento se acabó toda la timidez. Se nos debía notar más seguras de nosotras mismas, porque en la pista de baile arrasamos. Sólo nos faltó bailar con el DJ, y eso porque estaba dentro de una cabina de cristal, que si no... Hubo algún otro beso y alguna otra provocación, aunque esa noche y en aquel lugar pasaban bastante desapercibidos.

Luego Rizos desapareció un ratillo y yo seguí bailando con dos españoles hasta que me picó la curiosidad y me puse a buscarla. La encontré intercambiando besos con el chico que la había saludado anteriormente, así que los dejé solos y seguí a lo mío, dispuesta a cotillear más adelante. Francamente, pensé que sería un ligue discotequero más. Cuando volvió la reté medio en broma medio en serio: “¿a que no te atreves a darme un beso delante de tío con el que acabas de estar?”. “¿¿Que no?? Ven para acá.”. Y dicho y hecho, pedazo de morreo a un lado de la pista... sin embargo la bromilla tuvo un efecto inesperado: la siguiente vez que Rizos trató de acercarse al chico en cuestión el chaval estaba todo enfurruñado, ofendido, echándome miradas penetrantes e interrogándola: “¿Y esa quién es? ¿Qué tenéis vosotras dos?”. Yo me quedé bastante sorprendida, hasta que Rizos me explicó que el chaval no era un ligue de discoteca, sino el que ella siempre había llamado “el Astronauta”, un estudiante de ingeniería aérea que al parecer llevaba semanas dejándole florecitas a la puerta de casa, escribiéndole notas de amor y mandándole mensajitos al móvil. “¿Pero por qué no me lo dijiste antes, leches?” “Porque estamos en una fiesta gay y pensé que él lo tomaría como lo que es, un juego”. “Bueno, al menos no me puedo quejar: mi primera fiesta gay, mi primer beso lésbico, y la primera vez que pongo a un tío celoso... ¡con otra tía!”.

PhotobucketPero la cosa no acababa ahí. Mientras dejaba a la parejita sola discutiendo sus problemas de celos me fijé en un chico alto y bastante guapo que bailaba solo y que me echaba miraditas y sonrisas insinuantes. “¡Qué coño!”, pensé, y fui directa a él. Estuvimos bailando un rato y yo me puse en plan provocativo (ahora me tocaba a mí), hasta que noté algo raro en el suelo. Miré para abajo y vi un morro enorme que se desenroscaba cual matasuegras y que provenía de una chica rubia que me miraba con rayos y centellas brotando de sus ojos. Me acerqué un poco más al chico con el que bailaba y le pregunte: “Oye, pregunto yo, por casualidad... aquella rubia enfurruñada no será tu novia, ¿verdad?”, “Ah, pues sí”, “Estoooo... mejor os dejo solos, no quiero que me saquen los ojos hoy por partida doble”. Me escabullí todo lo discretamente que pude.

Rizos volvió a bailar conmigo y al rato apareció su Astronauta con un amigo. Estaba más que claro que este hombre trataba de evitar que bailásemos juntas a toda costa, cosa que él acabó de confirmar cuando me plantó a su amigo delante, me dijo: “Este es Cris”, agarró a Rizos y se la llevó a otro extremo de la pista. Cris y yo nos quedamos mirándonos con cara de gilipollas. El chaval no era feo en absoluto, pero francamente no me gustaba que me utilizaran de sujetavelas y supuse que a él tampoco, de modo que después de las presentaciones de rigor traté de escabullirme por todos los medios. Rizos parecía estar haciendo lo propio y acabamos las dos escapando de su Astronauta por toda la pista de baile en una persecución digna del mejor capítulo de Benny Hill. Como era ya la 1:30 de la mañana decidimos dar por finalizada la fiesta gay con un rotundo éxito en todos los sentidos y nos fuimos para casita.

No habíamos andado la mitad del camino cuando escuchamos el timbre de una bicicleta. Rizos se volvió la primera y puso cara de fastidio: “¡Oh no, es él otra vez!”. Efectivamente, ahí estaba el Astronauta en busca de su amada. “No te preocupas”, me dijo ella, “tú vete para casa que yo ya me las arreglo para deshacerme de él”. “¿Estás segura?”. “Sí, tranquila, es inofensivo”.

Al llegar a casa le mandé un correo:

De: Pilimindrina
Para: Rizos
Asunto: ¿Todo bien?

Hola, acabo de llegar. Escríbeme cuando puedas para confirmar que todo está bien y que ese tío no te da demasiados problemas. ¡Nos vemos!

Pilimindri

Al rato llegó la respuesta:

De: Rizos
Para: Pilimindri
Asunto: Re: ¿Todo bien?

Sí, tranquila, ya conseguí librarme de él. ¡Un besazo!

Rizos

PD Ah, por cierto, mientras estábamos discutiendo sonó su móvil. Era su amigo Cris, quiere saber si es posible conseguir tu número de teléfono.

Antes de ir a la cama me miré al espejo. ¿Serán las ojeras y el no dormir el secreto del éxito?


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