De cabeza al cenagal
Después de la cita del lunes con Maus debo reconocer que no paré de darle vueltas al tema. Las miraditas y las sonrisas cada vez que nos cruzamos en el Departamento no contribuyeron precisamente a rebajar la “tensión sexual no resuelta” y la posibilidad de una aventura con él ardía en mi cabeza y desplazaba cada vez más a mi Pepito Grillo particular, que no paraba de repetir “¡está casado, está casado!” con una voz chillona y repelente. Asqueroso grillo. A estas alturas, tanto yo que lo estoy viviendo, como vosotros que lo estáis leyendo, somos conscientes de que seguir quedando con él era una pura y simple provocación para que la cosa fuera a más, de modo que me lo pensé muy mucho antes de decirle que sí a quedar el viernes a tomar unas cervezas después del trabajo. Pero mucho, mucho. Lo menos dudé dos segundos.El viernes fue uno de esos días típicos ingleses: lluviosos, fríos, deprimentes... quizás si estuviésemos en Octubre no me habría importado, pero ¡leches, era 19 de Agosto! ¡Tampoco pedía 32 grados y sol de justicia, me habría bastado con poder vislumbrar un retazo de cielo azul a lo largo del día, pero es que ni eso! Lo único que me apetecía al salir del trabajo era meterme en algún sitio calentito y con música suave a beber una cervecita y charlar un rato. Bueno, para qué mentir, ya de poder elegir me habría apetecido una tarde de sexo y lujuria con David Duchovny, pero hay que ser realistas. ¿Y qué nos ofrecía el realismo? Un chico que cada vez demostraba ser menos tímido, con una mirada tan intensa que podía derretir el acero y que estaba claramente dispuesto a seducirme y/o dejarse seducir. No voy a ser hipócrita: desde el momento en el que me pasó a buscar al laboratorio y me sonrió supe que las probabilidades de que esa noche ocurriera algo eran alarmantemente altas.
Encima es que parecía que todos los signos astrológicos nos llevaban a ello, leñe. La lluvia torrencial nos hizo caminar pegaditos debajo del único y ridículo paraguas... y personalmente me hizo percatarme de que el chaval tiene un olor corporal que me atrae sobremanera. El pub al que fuimos parecía haberme robado mi colección personal de mp3 y no paraba de emitir mis canciones favoritas. Y Maus y yo hablamos como cotorras de absolutamente TODO lo que se nos pasaba por la cabeza: desde la vez que mi madre me pilló pintando la pared con pintura de producción orgánica propia (tenía un año, ojo) hasta la primera vez y el motivo del descubrimiento de nuestro cuerpo y sus utilidades lúdicas (hablando en plata, las primeras pajillas, amos). Yo, que estoy más que acostumbrada a hablar de todos estos temas, disfrutaba de haber encontrado a un inglés de pura cepa capaz de compartir esa capacidad conmigo, y él... pues él os lo podéis imaginar: emocionado de haber encontrado una chica con la que podía hablar de todas esas cosas, que hasta ese momento jamás habían salido de su colección de recuerdos privada. Todo esto sazonado de temas de Springsteen, ColdPlay, REM y Sting al volumen justo como para ser escuchados pero no molestar. El ambiente pedía un beso a gritos, y se notaba descaradamente que él se estaba conteniendo, temeroso de un rechazo como el del lunes. Pero sus ojos brillantes y muy abiertos, y su sonrisa, así como el gesto de cerrar los ojos brevemente cuando me acercaba a él, y sus continuos movimientos de manos, que ya no sabía cómo ni dónde poner, eran pistas suficientes. En un momento dado la conversación se detuvo y Maus se quedó mirándome fijamente, sonriendo con una timidez conmovedora. “¿Qué piensas?”, pregunté. Él bajó la vista sonriendo y la volvió a levantar fijándola en mis ojos. Habló muy despacio, pronunciando cada palabra: “Estoy absolutamente loco por ti”.
En ese momento Pepito Grillo salió disparado de mi cabeza de una patada; si te fijabas bien podías incluso distinguir la marca de la huella en su trasero. La responsable, una versión mía en miniatura vestida de diablilla, con tridente y envuelta en llamas: se llama lujuria y llevaba esperando ese momento ya varios días. Miré fijamente a aquellos ojos grandes, redondos y de color marrón muy claro, esbocé una sonrisa y le hice una señal con el dedo: acércate un poco más. Él lo hizo, claramente dubitativo acerca de mis intenciones. Casi pude leerle la mente: “No va a querer un beso, quiere decirte algo al oído, no te hagas ilusiones”. Yo estiré la mano y le cogí suavemente por la nuca, acercando mis labios a los suyos. Cerramos los ojos. Noté que contenía la respiración debido a la sorpresa y la anticipación. Nuestro primer beso fue dulce, suave, lento. Al separarnos me miró a los ojos, muy serio, y esa vez fue él quien me cogió por la nuca con infinito cuidado, como si fuera de porcelana. Pasaron unas tres canciones entre besos, abrazos y caricias. Creo que no os lo había comentado antes, pero a mí que me traten con esa delicadeza me pone más a cien que cualquier beso apasionado con rozamiento de entrepierna. Eché un vistazo a nuestros vasos y vacié lo poco que quedaba del mío de un trago. “¿Te vienes a mi casa?”. Pregunta tonta. La respuesta fue sin palabras. El camarero se despidió de nosotros con sonrisita de complicidad.Una vez en casa seguimos explorando las posibilidades de los besos y las caricias tumbados en el sofá. Pronto dejó de hacer frío. Entre su respiración acelerada se colaron unas palabras: “Quiero quedarme contigo esta noche”.
Fue el único momento en el que Pepito Grillo hizo ademán de volver a tomar las riendas. Estaba claro que Maus YA había engañado a su mujer con lo que había hecho, y que encima la que lo había empezado todo era yo. No obstante, hay gradaciones en el engaño, y no es lo mismo darse unos besos que pasarse la noche f... esto... practicando sexo con una mujer que no es la tuya.
En ese momento solté una de las frases más estúpidas y ridículas que recuerdo, y mira que he dicho varias en mi vida. Ni siquiera me vale la disculpa de que yo pretendía cumplir mi propia condición, porque sería una mentira flagrante y descarada. Poniendo cara seria le miré a los ojos y le dije: “Puedes quedarte a dormir, puedes abrazarme, pero que no ocurra nada más”.
Apenas esas palabras habían salido de mi boca escuché una carcajada histérica dentro de mi cabeza; era la Pilimindrina diablilla, que se descojonaba hasta los límites del síncope pulmonar. Pepito Grillo se tapó los ojos y, con cara de profunda vergüenza ajena, me abandonó definitivamente para nunca más volver. Una máquina de la verdad que hubiese estado controlando mis constantes vitales en ese momento habría producido la frase MENTIRA COCHINA en color verde fosforito. Maus, demostrando un temple que ni yo misma habría tenido en caso contrario (yo habría optado por la opción de descojonarme también), se limitó a devolverme la mirada seria y contestarme: “Si eso es lo que quieres, por supuesto que lo haré”. Realmente este hombre debe tener algo especial, si no no me lo explico.
Así que me fui al baño a ponerme el camisón, él se quedó en camiseta y gallumbos, nos metimos ambos bajo el edredón, barriga con espalda como dos cucharas, y me abrazó. Nos callamos. Mi cabeza hervía, tratando de evitar por todos los medios darme la vuelta, agarrarle por el cuello y gritarle: ¡¡¡FOLLAME DE UNA VEZ, JODER; NO LO DECIA EN SERIO!!!. Recuerdo haber pensado: “Si realmente me hace caso y no me como una rosca esta noche por gilipollas, mañana me arrancaré los pelos púbicos uno a uno con pinzas”. Esperé, tratando de contener los temblores provocados por su respiración en mi cuello. Su mano izquierda, que reposaba sobre mi estómago, empezó a acariciarme por encima del camisón. Muuuuy despacito, y muuuuy suavemente sus dedos hacían círculos en mi barriga. Las terminaciones nerviosas de esa zona enviaban señales que llegaban a mi cerebro y se multiplicaban por 1000, alcanzando a todo mi cuerpo. Yo trataba de practicar telequinesis y obligar a esa mano a moverse más hacia arriba, o más hacia abajo, me valía cualquier opción. Poco a poco la cosa surtió efecto y la mano exploradora decidió adentrarse en zonas más atrevidas, pero todo ello con una delicadeza y una lentitud que me hacían agarrarme a la sábana y apretarla con fuerza, desesperada. La temperatura de la habitación subió 10 grados más. Entonces sus labios decidieron comenzar a explorar mi cuello y ahí se acabó toda la pretendida resistencia que podría haber existido; me di la vuelta y nos dejamos llevar. No tengo ni idea de a qué hora nos acabamos durmiendo. Tampoco me importaba.Diario de un sábado, por Pilimindrina:
Sábado, 9:30 de la mañana. Te despiertas legañosa, miras de reojo el reloj y te dices a ti misma que puedes dormir un poco más. De repente ves una forma extraña a tu lado. ¡Coño, hay un tío en mi cama! Los recuerdos de la noche anterior van ocupando su lugar poco a poco en tu soñoliento cerebro. ¡Cojonudo, hay un tío en mi cama! ¡Vamos a aprovecharlo!
Sábado, cerca de las 11:30 de la mañana. Vuelves a abrir el ojo. Estás muerta de hambre. Te levantas, te lavas la cara, sales al salón. De repente te das cuenta de que es pleno día, los ingleses no tienen persianas, la gente pasa alegremente por delante de tu ventana y tú estás en pelotas. Vuelves a la habitación y buscas tu ropa interior y tu camisón, cosa que te lleva su tiempo. El camisón está hecho un gurruño debajo de la esquina derecha de la cama, y recuperar las braguitas implica además tener que desenredarlas del dedo gordo del pie del tío que está en tu cama. El tío en cuestión trata de convencerte de que te quedes un rato más. Y un huevo, que me muero de hambre (recordemos que el día anterior ninguno de los dos había cenado). Preparas un par de Cola-Caos y compruebas que los bizcochos no lleven ningún ingrediente de origen animal (manda webs, estos vegetarianos :P). Gritas desde la cocina para ver si quiere zumo de naranja.
Desayunáis juntos entre miradas de complicidad y sonrisas pícaras. Entre sorbo y sorbo él trata de mirarte el escote y de acercar su silla a la tuya. Te hace cosquillas. Te da besitos por el cuello. Sobre la mesa quedan dos tazas aún medio llenas de Cola-Cao y un bizcocho mordido, pero los dos “desayunantes” han vuelto a la cama.
Sábado, 2 y pico de la tarde. Sales de la habitación. Tres chinas con cámaras pasan por delante de tu ventana. Vuelves a darte cuenta de que estás en pelotas. Recoges el camisón del respaldo de la silla y las braguitas de la barra de la cortina. Echas una ojeada al Cola-Cao frío y, tras unos segundos de duda, lo tiras por el desagüe. Total, ya es hora de comer. De repente recuerdas que ese día habías quedado con Rizos a las 3 para ir a comprar globos y vino... esa misma tarde es la fiesta de despedida de Belo. Y recuerdas que habías ofrecido a Belo quedarse a dormir en tu casa para que no tuviera que conducir a la vuelta. La casa está hecha un desastre y tienes media hora para arreglarla y arreglarte... eso sin contar que sigue habiendo un tío en tu cama. ¡MIERDA! Sacas al tío de la cama, lo vistes, le das dos besos y tratas de que no se noten mucho los empujones...
Ordenas la casa en la medida de lo posible escondiendo las cosas debajo de la cama y detrás de la puerta. Te pones lo primero que encuentras. Sales corriendo para llegar justo a la hora a casa de Rizos. Por el camino notas unas ligeras molestias: la Mujer de Rojo ha decidido hacerte una visita justo ese día y en ese momento. Me gusta ser mujer (sic).
Sábado noche. En la fiesta no estás para demasiados bailes... te sientes como una camiseta roja de mala calidad que destiñe. No obstante no dejas de pensar que al día siguiente Maus ha prometido llevarte a dar un paseo en su moto: una enorme Suzuki negra de 750 cc. La única vez que has montado en una moto mayor que una Vespa tenías 7 años y te llevó tu tío en un desplazamiento récord de 100 metros, todo lo que pudo andar hasta que tu tía salió de casa chillando: “¡¿Cómo se te ocurre montar a la cría ahí?!”. Desde entonces siempre has querido repetir la experiencia.
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PD1 Continuará...
PD2 ¿Por qué coño estoy hablando en segunda persona?