La Torre Oscura...
El jueves por la tarde volví al cine; como siga a este paso, dentro de poco recibiré en casa el nombramiento de espectadora del año y un paquete de 30 kg de palomitas de regalo... pero es que he pasado de tener una vida social bastante mediocre a que de repente me sobren las invitaciones para salir por ahí. Habrá que aprovecharlo mientras dure...
Mi acompañante esta vez fue, cómo no, Maus. Fuimos a ver una película italiana titulada “Las consecuencias del amor”, de la cual lo más remarcable fue que me ayudó a desempolvar mis conocimientos de italiano; me pareció lenta y bastante aburrida, por más que el director pareciese empeñado en darle al filme una capa de pintura de intriga e interés. Pero lo mejor de esa noche no estaba en el cine.
A la salida, Maus tenía que pasarse por el Departamento para recoger su mochila. El recinto universitario estaba oscuro y solitario, sólo se veían un par de luces en algún laboratorio en el que algún pobre becario había decidido prolongar sus horas de trabajo. Entramos en nuestro edificio y bajamos al sótano. No se oía una mosca - hasta las Drosophilas parecían estar dormidas -, y mi mente aventurera comenzó a traquetear.
El Departamento de Genética de Mix Village debe tener más de 100 años (no sé si llamarlo antiguo o simplemente decir que es más viejo que el cura que bautizó a Sara Montiel), es feo, oscuro y sucio. Pero tiene dos detalles que lo hacen atractivo para alguien como yo: primero, que está lleno de rincones, cuartos ocultos y áticos polvorientos en los que se acumulan todo tipo de tesoros; hacía ya tiempo que se me había pasado por la cabeza agarrar una linterna y ponerme a explorar en una noche solitaria. Segundo, que en la parte más alta del tejado hay una especie de torre que puede verse claramente desde abajo, pero a la que nunca había sabido cómo llegar.
Hasta ahora...
Le hice un gesto a Maus para que dejara su mochila y me siguiera. Él se me quedó mirando con cara de interrogante y media sonrisa, y cuando vio que iba en serio y que desaparecía por un rincón, salió corriendo detrás de mí. Cogimos el ascensor y subimos hasta el tercer piso, desde donde yo sabía que había al menos una escalera por la que nunca había subido y que probablemente llevase hasta el tejado. Sin embargo, una vez en el rellano del tercer piso nos tropezamos con el primer contratiempo: una luz en el diminuto laboratorio justo bajo esa escalera indicaba la presencia de alguien. Asomamos la cabeza por el cristal de la puerta para ver la espalda de Aimy, una de los ejemplares más extraños que han pisado tierras inglesas: tendrá unos 40 y pico años, más fea que pegar a un padre con un calcetín sudado, con pinta de Bruja Avería, y se pasa los días, semanas y meses encerrada en su pequeño habitáculo, sin que nadie sepa exactamente lo que hace allí; las veces que yo había tenido que ir al ático a buscar bombillas o fluorescentes de repuesto, siempre la veía comiendo chocolatinas delante de alguna página web de compras online. Las pocas veces que habla se dedica a ensañarse con cualquier ejemplar masculino de la especie humana, que para ella no son más que el equivalente evolutivo de una ameba. Se declara alérgica a la mayoría de marcas de jabón del mercado, y afirma que su alergia es tan extrema, que ninguna persona que no vista bata, guantes y mascarilla puede entrar en “su” laboratorio. Cuando así ocurre, lo deja ventilando durante horas. Ahora comprobábamos que también por la noche seguía en su cubículo, quizás maquinando una nueva poción maléfica con la que dejar impotentes a todos los hombres del departamento. Maus y yo nos miramos con temor.
“No me parece buena idea entrar aquí, esta mujer igual nos lanza un maleficio”
“Probemos por el otro extremo del edificio... ¡tiene que haber manera de acceder desde allí!”
Dicho y hecho, allá que nos recorrimos Maus y yo toda la longitud del enorme departamento para acabar frente a una puerta que nunca habíamos atravesado antes. La abrimos silenciosamente y nos encontramos de repente en una zona del ático desconocida, llena de cientos volúmenes de los años 20, tesis doctorales de alumnos que sin duda serían ya tatarabuelos, máquinas que habían sido desechadas por inútiles décadas atrás y que ahora se encontraban cubiertas de una enorme capa de polvo y telarañas... Aquello era el paraíso para una exploradora nata como yo. Maus y yo recorrimos las interminables estanterías tratando de descifrar títulos que el paso de los años habían convertido en líneas de polvo ilegibles. Parecía como si de repente hubiésemos sido transportados a la librería del Sr Koreander, el librero ceñudo de La Historia Interminable.
Tan concentrados estábamos que no nos dimos cuenta de que en el extremo del ático había una luz encendida. Cuando nuestros pasos nos llevaron hasta allí y nos percatamos del hecho, sólo tuvimos tiempo de ver una mesa de despacho que parecía totalmente fuera de lugar en un sitio como aquél. Numerosos artículos científicos, papeles varios, bolígrafos y una lámpara salpicaban la mesa. Por detrás de una esquina y sin previo aviso apareció uno de los profesores del Departamento, Zoltar, que se quedó mirando con cara de sorpresa a aquellos dos chavales que de repente habían invadido sus dominios. Maus y yo enmudecimos. ¡Pillados!
“Hola, ¿qué hacéis aquí?”
Yo carraspeé y decidí que lo mejor era decir la verdad. Al fin y al cabo él ya se haría su propia idea acerca de lo que una parejita hacía en el ático del departamento en plena noche.
“Nos preguntábamos cómo llegar hasta la torrecita que hay en el tejado”
Él me miró con cierta desconfianza: “¿La torre? ¿Qué torre?”
“Esa que se ve desde abajo, con forma de cúpula, justo en medio del tejado.” – en ese momento se me ocurrió una frase que le daría algo más de credibilidad al tema – “Siempre hemos querido verla de cerca, pero nunca nos atrevimos a subir de día... Pensamos que igual nos decían algo al vernos en el tejado. La verdad, tampoco esperábamos encontrar a alguien aquí a estas horas.”
Su ceño se relajó un poco y esbozó una sonrisa de complicidad; nuestros corazones volvieron a latir.
“¡Ah, os referís al adorno arquitectónico! No es una torre real, pero si queréis verla de cerca es por aquí detrás. ¡Venid, os diré cómo llegar!”
Zoltar nos guió por un pasillito que rodeaba aquel extraño ático y pudimos ver unas escaleras empinadísimas en el extremo de las cuales había una puerta en forma de claraboya. Alzó el cristal y automáticamente el ático se llenó del olor de la brisa nocturna y los restos del verano que se acababa.
Maus y yo subimos y miramos a nuestro alrededor. Encima nuestro brillaba la Luna, y a nuestros pies se veían cientos de tejados y las copas de algunos árboles. Habíamos salido a la superficie.
Zoltar señaló al frente, y allí, a escasos 30 metros, estaba la famosa torre (sí, la mismita que sale en la foto de la izquierda).
“Bueno, yo me vuelvo a mi despacho. Tened cuidado si queréis subir, no hay acceso y puede ser algo peligroso. ¡Buenas noches!” – se despidió sonriendo y volvió a aquel curioso despacho de bibliotecario. Maus y yo nos quedamos solos, en compañía únicamente de las estrellas y de pie sobre una especie de plataforma que recorría el tejado de un extremo a otro. Nos acercamos a la torre y comprobamos que, efectivamente, no había por dónde subir. No obstante, la barandilla de la plataforma permitía alcanzar la mitad de la altura, y desde allí una tubería enorme rodeaba la torre. Poniendo el pie en esa tubería y dándose impulso sería fácil alcanzar el balconcito de hierro que cerraba los 4 lados de la cúpula. Maus me miró sonriendo: “¿Quieres arriesgarte a intentarlo?”. “Por supuesto, no hemos llegado hasta aquí para quedarnos a 3 metros de conseguirlo, ¿no?”.
Maus trepó por la barandilla y, poniéndose de puntillas, se agarró al balcón de la torre con las dos manos. Yo le hice de apoyo para alcanzar la tubería mientras miraba temerosa el tejado, empinadísimo a ambos lados. Si Maus perdía el equilibrio y caía hacia un lado lo más probable sería que resbalase sobre las tejas y acabara cayendo al vacío 4 pisos. ¡Dios mío, no! ¿Cómo me presentaría yo en el entierro? ¿“Hola, soy la amante de Maus, lo siento muchísimo, en la cama era estupendo”? No, aquello no podía ser. Cerré los ojos y no los abrí hasta que escuché la voz de Maus sobre mi cabeza: “¡Lo conseguí! Venga, sube que te ayudo”. Dicho y hecho, agarrándome a todo saliente que pillaba (“¡Auch! ¡¡¡Ahí no!!!”) y ayudada por Maus logré encaramarme a aquella cúpula sin acabar convertida en tortilla de Pilimindrina sobre el asfalto del aparcamiento.
Nos asomamos al balconcito y durante unos instantes no dijimos ni una palabra: no hacía falta. Desde allá arriba se veía media Mix Village iluminada por la luz de las farolas y de los coches. Podía distinguir el camino que hacía todos los días para venir al trabajo. Veíamos trabajar a un par de rezagados que seguramente no se imaginaban que dos miembros del Departamento de Genética estaban viéndoles meterse el dedo en la nariz a 40 metros de altura en una diminuta torre de cartón piedra. En aquella templada noche, podíamos escuchar el chirrido de las cigarras y el viento en las ramas de los árboles. Había merecido la pena.
Me miró. Le miré. Sin mediar palabra acercamos nuestros labios y nos fundimos en un largo y profundo beso (y dos... y tres). Sólo faltaba la banda sonora de “Ghost” de fondo y un plano exterior sobre la torre para que aquello pareciese el final de una película romántica de los años 80. No pasó nada más, porque desde allí aún podíamos ver la luz encendida del laboratorio de Aimy, y sabíamos que a veces salía al tejado a fumar un pitillo. Que nos pillara morreándonos no era tan grave, pero tener que ponernos la ropa interior apresuradamente y bajar de la torre a saltos habría resultado algo más incómodo (y peligroso). Maus me miró con una sonrisa de oreja a oreja: “Te quiero, Pilimindri. Contigo hago cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza”. Yo le abracé... seguía sin poder responderle lo mismo. “Todavía quedan muchas más cosas emocionantes por hacer. La primera va a ser cómo bajar de aquí sin rompernos la crisma”.
La bajada fue algo más complicada que la subida, entre otras cosas porque el centro de gravedad de Maus se había modificado ligeramente a causa de los besillos y sobeteos varios (ejem...) y porque desde allá arriba se veía la tubería, pero no la barandilla en la que se suponía que debíamos apoyarnos para bajar. Aquello requirió un poco de fe ciega, pero afortunadamente no hubo que lamentar incidentes y llegamos sanos y salvos a la plataforma.
“¿Volvemos por donde vinimos?”, pregunté. “No, mejor bajamos por el laboratorio de Aimy, tengo ganas de ver la cara que se le queda”. Sonreí. “Hecho”.
La cara que se le quedó fue digna de la Madrastra mala malísima cuando el espejo le contestó que nanay, que la más guapa era Blancanieves y ella era más fea que un pie. La mujer se nos quedó mirando fijamente con los ojos muy abiertos mientras bajábamos por la escalera y gritó un sonoro “¡HEY!” cuando pulsé por error el interruptor de la luz en lugar del botón para abrir la puerta. Recordé que yo soy de las que usa jabón a diario y me pregunté si mis vapores tóxicos provocarían que se le cayera la cara a pedazos como a los lagartos de “V”. Mientras Maus y yo esperábamos el ascensor, pudimos verla agachada junto a la puerta por la que acabábamos de salir... no me explico qué podía estar haciendo, pero daba la impresión de estar sellando las rendijas con cinta aislante o algo así. Si los ingleses ya son raros de por sí, esta mujer se lleva la palma.
De vuelta a casa a Maus y a mí nos dio un ataque de risa floja de los graves... de esos que te hacen apoyarte en las farolas y los muros para evitar despatarrarte por el suelo con las manos en la barriga. Eso nos pasa por dedicarnos a elucubrar acerca de las posibles prácticas sexuales depravadas de la Bruja Avería aquella que vivía en el ático y era alérgica al jabón.
Sólo sé que llegamos a mi casa casi sin poder respirar, y que para empeorar las cosas una vez allí nos pusimos a practicar una serie de cosas que aún nos dejaron más sin respiración. Yo me desperté a las 5:30 de la mañana para ver a Maus recogiendo su ropa de los lugares más inaccesibles de mi cuarto. Antes de volver a quedarme dormida sentí un beso en la mejilla, sumamente suave y delicado, y una voz que susurraba “God, don’t you look beautiful while you’re sleeping!” (“¡Dios, estás preciosa mientras duermes!”). Antes de irme al trabajo aquella mañana despegué de la puerta de entrada un enorme corazón rodeado de varios corazoncitos más pequeños. Ains, ¿qué voy a hacer yo con este hombre? (nota: es una pregunta retórica, lo que estoy haciendo ya lo sé yo muy bien).
Muchos me aconsejáis que le diga exactamente lo que siento, y lo he hecho. Le he dicho que para mí esto empezó como una aventura y que sigue siendo una aventura. Que soy imprevisible, que hoy estoy aquí y mañana allí, que no me siento preparada para atarme a nadie y que sigo mirando a otros hombres con buenos ojos. Es inútil. Creo que le he abierto los ojos a un mundo que no conocía, o que quizás conoció una vez hace muchísimos años y que ya tenía olvidado, y quiere quedarse en él. No hay problema, siempre que no trate de mantenerme a mí dentro. “Maus, yo soy como unas vacaciones”, le dije hace unos días. Creo que no le gustó demasiado la comparación, pero las cosas están como están.
El lunes empiezo un curso de 3 días de orientación laboral. Se imparte en un campus a sólo 5 km de Mix Village, pero al ser un curso residencial se nos exige que nos quedemos a dormir allí. Rizos también está apuntada y es posible que, aparte del pedazo de programa que tenemos que cumplir en esos 3 días, también haya tiempo para conocer gente nueva y montar alguna que otra juerga. Pase lo que pase os mantendré informados a la vuelta :)
Mi acompañante esta vez fue, cómo no, Maus. Fuimos a ver una película italiana titulada “Las consecuencias del amor”, de la cual lo más remarcable fue que me ayudó a desempolvar mis conocimientos de italiano; me pareció lenta y bastante aburrida, por más que el director pareciese empeñado en darle al filme una capa de pintura de intriga e interés. Pero lo mejor de esa noche no estaba en el cine.A la salida, Maus tenía que pasarse por el Departamento para recoger su mochila. El recinto universitario estaba oscuro y solitario, sólo se veían un par de luces en algún laboratorio en el que algún pobre becario había decidido prolongar sus horas de trabajo. Entramos en nuestro edificio y bajamos al sótano. No se oía una mosca - hasta las Drosophilas parecían estar dormidas -, y mi mente aventurera comenzó a traquetear.
El Departamento de Genética de Mix Village debe tener más de 100 años (no sé si llamarlo antiguo o simplemente decir que es más viejo que el cura que bautizó a Sara Montiel), es feo, oscuro y sucio. Pero tiene dos detalles que lo hacen atractivo para alguien como yo: primero, que está lleno de rincones, cuartos ocultos y áticos polvorientos en los que se acumulan todo tipo de tesoros; hacía ya tiempo que se me había pasado por la cabeza agarrar una linterna y ponerme a explorar en una noche solitaria. Segundo, que en la parte más alta del tejado hay una especie de torre que puede verse claramente desde abajo, pero a la que nunca había sabido cómo llegar.
Hasta ahora...
Le hice un gesto a Maus para que dejara su mochila y me siguiera. Él se me quedó mirando con cara de interrogante y media sonrisa, y cuando vio que iba en serio y que desaparecía por un rincón, salió corriendo detrás de mí. Cogimos el ascensor y subimos hasta el tercer piso, desde donde yo sabía que había al menos una escalera por la que nunca había subido y que probablemente llevase hasta el tejado. Sin embargo, una vez en el rellano del tercer piso nos tropezamos con el primer contratiempo: una luz en el diminuto laboratorio justo bajo esa escalera indicaba la presencia de alguien. Asomamos la cabeza por el cristal de la puerta para ver la espalda de Aimy, una de los ejemplares más extraños que han pisado tierras inglesas: tendrá unos 40 y pico años, más fea que pegar a un padre con un calcetín sudado, con pinta de Bruja Avería, y se pasa los días, semanas y meses encerrada en su pequeño habitáculo, sin que nadie sepa exactamente lo que hace allí; las veces que yo había tenido que ir al ático a buscar bombillas o fluorescentes de repuesto, siempre la veía comiendo chocolatinas delante de alguna página web de compras online. Las pocas veces que habla se dedica a ensañarse con cualquier ejemplar masculino de la especie humana, que para ella no son más que el equivalente evolutivo de una ameba. Se declara alérgica a la mayoría de marcas de jabón del mercado, y afirma que su alergia es tan extrema, que ninguna persona que no vista bata, guantes y mascarilla puede entrar en “su” laboratorio. Cuando así ocurre, lo deja ventilando durante horas. Ahora comprobábamos que también por la noche seguía en su cubículo, quizás maquinando una nueva poción maléfica con la que dejar impotentes a todos los hombres del departamento. Maus y yo nos miramos con temor.“No me parece buena idea entrar aquí, esta mujer igual nos lanza un maleficio”
“Probemos por el otro extremo del edificio... ¡tiene que haber manera de acceder desde allí!”
Dicho y hecho, allá que nos recorrimos Maus y yo toda la longitud del enorme departamento para acabar frente a una puerta que nunca habíamos atravesado antes. La abrimos silenciosamente y nos encontramos de repente en una zona del ático desconocida, llena de cientos volúmenes de los años 20, tesis doctorales de alumnos que sin duda serían ya tatarabuelos, máquinas que habían sido desechadas por inútiles décadas atrás y que ahora se encontraban cubiertas de una enorme capa de polvo y telarañas... Aquello era el paraíso para una exploradora nata como yo. Maus y yo recorrimos las interminables estanterías tratando de descifrar títulos que el paso de los años habían convertido en líneas de polvo ilegibles. Parecía como si de repente hubiésemos sido transportados a la librería del Sr Koreander, el librero ceñudo de La Historia Interminable.Tan concentrados estábamos que no nos dimos cuenta de que en el extremo del ático había una luz encendida. Cuando nuestros pasos nos llevaron hasta allí y nos percatamos del hecho, sólo tuvimos tiempo de ver una mesa de despacho que parecía totalmente fuera de lugar en un sitio como aquél. Numerosos artículos científicos, papeles varios, bolígrafos y una lámpara salpicaban la mesa. Por detrás de una esquina y sin previo aviso apareció uno de los profesores del Departamento, Zoltar, que se quedó mirando con cara de sorpresa a aquellos dos chavales que de repente habían invadido sus dominios. Maus y yo enmudecimos. ¡Pillados!
“Hola, ¿qué hacéis aquí?”
Yo carraspeé y decidí que lo mejor era decir la verdad. Al fin y al cabo él ya se haría su propia idea acerca de lo que una parejita hacía en el ático del departamento en plena noche.
“Nos preguntábamos cómo llegar hasta la torrecita que hay en el tejado”
Él me miró con cierta desconfianza: “¿La torre? ¿Qué torre?”
“Esa que se ve desde abajo, con forma de cúpula, justo en medio del tejado.” – en ese momento se me ocurrió una frase que le daría algo más de credibilidad al tema – “Siempre hemos querido verla de cerca, pero nunca nos atrevimos a subir de día... Pensamos que igual nos decían algo al vernos en el tejado. La verdad, tampoco esperábamos encontrar a alguien aquí a estas horas.”
Su ceño se relajó un poco y esbozó una sonrisa de complicidad; nuestros corazones volvieron a latir.
“¡Ah, os referís al adorno arquitectónico! No es una torre real, pero si queréis verla de cerca es por aquí detrás. ¡Venid, os diré cómo llegar!”
Zoltar nos guió por un pasillito que rodeaba aquel extraño ático y pudimos ver unas escaleras empinadísimas en el extremo de las cuales había una puerta en forma de claraboya. Alzó el cristal y automáticamente el ático se llenó del olor de la brisa nocturna y los restos del verano que se acababa.Maus y yo subimos y miramos a nuestro alrededor. Encima nuestro brillaba la Luna, y a nuestros pies se veían cientos de tejados y las copas de algunos árboles. Habíamos salido a la superficie.
Zoltar señaló al frente, y allí, a escasos 30 metros, estaba la famosa torre (sí, la mismita que sale en la foto de la izquierda).
“Bueno, yo me vuelvo a mi despacho. Tened cuidado si queréis subir, no hay acceso y puede ser algo peligroso. ¡Buenas noches!” – se despidió sonriendo y volvió a aquel curioso despacho de bibliotecario. Maus y yo nos quedamos solos, en compañía únicamente de las estrellas y de pie sobre una especie de plataforma que recorría el tejado de un extremo a otro. Nos acercamos a la torre y comprobamos que, efectivamente, no había por dónde subir. No obstante, la barandilla de la plataforma permitía alcanzar la mitad de la altura, y desde allí una tubería enorme rodeaba la torre. Poniendo el pie en esa tubería y dándose impulso sería fácil alcanzar el balconcito de hierro que cerraba los 4 lados de la cúpula. Maus me miró sonriendo: “¿Quieres arriesgarte a intentarlo?”. “Por supuesto, no hemos llegado hasta aquí para quedarnos a 3 metros de conseguirlo, ¿no?”.
Maus trepó por la barandilla y, poniéndose de puntillas, se agarró al balcón de la torre con las dos manos. Yo le hice de apoyo para alcanzar la tubería mientras miraba temerosa el tejado, empinadísimo a ambos lados. Si Maus perdía el equilibrio y caía hacia un lado lo más probable sería que resbalase sobre las tejas y acabara cayendo al vacío 4 pisos. ¡Dios mío, no! ¿Cómo me presentaría yo en el entierro? ¿“Hola, soy la amante de Maus, lo siento muchísimo, en la cama era estupendo”? No, aquello no podía ser. Cerré los ojos y no los abrí hasta que escuché la voz de Maus sobre mi cabeza: “¡Lo conseguí! Venga, sube que te ayudo”. Dicho y hecho, agarrándome a todo saliente que pillaba (“¡Auch! ¡¡¡Ahí no!!!”) y ayudada por Maus logré encaramarme a aquella cúpula sin acabar convertida en tortilla de Pilimindrina sobre el asfalto del aparcamiento.
Nos asomamos al balconcito y durante unos instantes no dijimos ni una palabra: no hacía falta. Desde allá arriba se veía media Mix Village iluminada por la luz de las farolas y de los coches. Podía distinguir el camino que hacía todos los días para venir al trabajo. Veíamos trabajar a un par de rezagados que seguramente no se imaginaban que dos miembros del Departamento de Genética estaban viéndoles meterse el dedo en la nariz a 40 metros de altura en una diminuta torre de cartón piedra. En aquella templada noche, podíamos escuchar el chirrido de las cigarras y el viento en las ramas de los árboles. Había merecido la pena.
Me miró. Le miré. Sin mediar palabra acercamos nuestros labios y nos fundimos en un largo y profundo beso (y dos... y tres). Sólo faltaba la banda sonora de “Ghost” de fondo y un plano exterior sobre la torre para que aquello pareciese el final de una película romántica de los años 80. No pasó nada más, porque desde allí aún podíamos ver la luz encendida del laboratorio de Aimy, y sabíamos que a veces salía al tejado a fumar un pitillo. Que nos pillara morreándonos no era tan grave, pero tener que ponernos la ropa interior apresuradamente y bajar de la torre a saltos habría resultado algo más incómodo (y peligroso). Maus me miró con una sonrisa de oreja a oreja: “Te quiero, Pilimindri. Contigo hago cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza”. Yo le abracé... seguía sin poder responderle lo mismo. “Todavía quedan muchas más cosas emocionantes por hacer. La primera va a ser cómo bajar de aquí sin rompernos la crisma”.La bajada fue algo más complicada que la subida, entre otras cosas porque el centro de gravedad de Maus se había modificado ligeramente a causa de los besillos y sobeteos varios (ejem...) y porque desde allá arriba se veía la tubería, pero no la barandilla en la que se suponía que debíamos apoyarnos para bajar. Aquello requirió un poco de fe ciega, pero afortunadamente no hubo que lamentar incidentes y llegamos sanos y salvos a la plataforma.
“¿Volvemos por donde vinimos?”, pregunté. “No, mejor bajamos por el laboratorio de Aimy, tengo ganas de ver la cara que se le queda”. Sonreí. “Hecho”.
La cara que se le quedó fue digna de la Madrastra mala malísima cuando el espejo le contestó que nanay, que la más guapa era Blancanieves y ella era más fea que un pie. La mujer se nos quedó mirando fijamente con los ojos muy abiertos mientras bajábamos por la escalera y gritó un sonoro “¡HEY!” cuando pulsé por error el interruptor de la luz en lugar del botón para abrir la puerta. Recordé que yo soy de las que usa jabón a diario y me pregunté si mis vapores tóxicos provocarían que se le cayera la cara a pedazos como a los lagartos de “V”. Mientras Maus y yo esperábamos el ascensor, pudimos verla agachada junto a la puerta por la que acabábamos de salir... no me explico qué podía estar haciendo, pero daba la impresión de estar sellando las rendijas con cinta aislante o algo así. Si los ingleses ya son raros de por sí, esta mujer se lleva la palma.
De vuelta a casa a Maus y a mí nos dio un ataque de risa floja de los graves... de esos que te hacen apoyarte en las farolas y los muros para evitar despatarrarte por el suelo con las manos en la barriga. Eso nos pasa por dedicarnos a elucubrar acerca de las posibles prácticas sexuales depravadas de la Bruja Avería aquella que vivía en el ático y era alérgica al jabón.Sólo sé que llegamos a mi casa casi sin poder respirar, y que para empeorar las cosas una vez allí nos pusimos a practicar una serie de cosas que aún nos dejaron más sin respiración. Yo me desperté a las 5:30 de la mañana para ver a Maus recogiendo su ropa de los lugares más inaccesibles de mi cuarto. Antes de volver a quedarme dormida sentí un beso en la mejilla, sumamente suave y delicado, y una voz que susurraba “God, don’t you look beautiful while you’re sleeping!” (“¡Dios, estás preciosa mientras duermes!”). Antes de irme al trabajo aquella mañana despegué de la puerta de entrada un enorme corazón rodeado de varios corazoncitos más pequeños. Ains, ¿qué voy a hacer yo con este hombre? (nota: es una pregunta retórica, lo que estoy haciendo ya lo sé yo muy bien).
Muchos me aconsejáis que le diga exactamente lo que siento, y lo he hecho. Le he dicho que para mí esto empezó como una aventura y que sigue siendo una aventura. Que soy imprevisible, que hoy estoy aquí y mañana allí, que no me siento preparada para atarme a nadie y que sigo mirando a otros hombres con buenos ojos. Es inútil. Creo que le he abierto los ojos a un mundo que no conocía, o que quizás conoció una vez hace muchísimos años y que ya tenía olvidado, y quiere quedarse en él. No hay problema, siempre que no trate de mantenerme a mí dentro. “Maus, yo soy como unas vacaciones”, le dije hace unos días. Creo que no le gustó demasiado la comparación, pero las cosas están como están.
El lunes empiezo un curso de 3 días de orientación laboral. Se imparte en un campus a sólo 5 km de Mix Village, pero al ser un curso residencial se nos exige que nos quedemos a dormir allí. Rizos también está apuntada y es posible que, aparte del pedazo de programa que tenemos que cumplir en esos 3 días, también haya tiempo para conocer gente nueva y montar alguna que otra juerga. Pase lo que pase os mantendré informados a la vuelta :)