Malentendidos idiomáticos
No importan los años que lleves estudiando un idioma, no importan los certificados que tengas, los exámenes oficiales que hayas hecho, ni las clases de conversación que hayas mantenido. Cuando llegas por primera vez a un país donde los nativos dominan (más o menos) ese idioma desde chiquitillos, tú, con tu acentazo cutrespanish de andar por casa, te sientes peor que un tartamudo en una prueba para el anuncio de MicroMachines. En el caso de Inglaterra la cosa es aún peor si cabe, especialmente porque hoy en día casi todo el mundo estudia inglés en el instituto y muchos llegamos aquí pensando que tenemos el tema dominado... pero, ¡ay amigo! En un país donde apenas se entienden unos con otros, ya que dependiendo de qué zona sean pueden tener un acento completamente incomprensible para otro anglosajón (no hablemos entonces de para un español novato), y donde para más inri no se entiende el concepto de “hablar despacio para que el extranjero te entienda mejor” (manda narices, siendo uno de los países con mayor porcentaje de inmigración de toda Europa), entender y hacerte entender puede resultar duro.
Es triste, pero la frase que más utilizaréis los primeros meses (y los segundos, y los terceros..) que paséis en Inglaterra será: “Can you repeat, please?” (“Por favor, ¿puede repetirlo?”). Ante esta solicitud, una cajera del banco que te acaba de soltar una parrafada ininteligible cuando has ido a abrir una cuenta te dirá: “yes!”, y te repetirá la misma parrafada ininteligible de antes a la misma velocidad. Tras la quinta repetición existen varias opciones:
1. La cajera te mira con expresión de fastidio infinito y acaba cogiendo un impreso, poniéndotelo delante de los morros y haciendo una cruz en el lugar en el que tienes que firmar. Es lo mejor que te puede pasar.
2. La vergüenza y desesperación rebasan los límites de tu tolerancia. Metes la cabeza por la ventanilla, agarras a la cajera por el cuello de la camisa y le sueltas: “Mira quilla, no te entiendo ná de ná, sólo quiero abrir una puta cuenta, así que por favor, deja de taladrarme el oído con tu voz chillona y dime qué coño tengo que hacer”. Ante este gesto a su vez existen dos posibles consecuencias:
a) La cajera llama a seguridad y te echan del banco dejándote una hermosa huella de zapato en el culo.
b) La cajera descubre casualmente que es de Logroño y que entiende perfectamente lo que le estabas pidiendo. Tu cuenta queda abierta en 5 minutos. Jamás descubrirás qué te estaba diciendo antes la puñetera.
3. La cajera va subiendo cada vez más el volumen y el tono de la frase que te repite. Cuando la frecuencia está a punto de taladrarte el cerebro la tía se lleva la mano a la cabeza y se quita la máscara humana que llevaba todo este tiempo, dejando ver un rostro verde con tentáculos. Descubres que la nueva cara es mucho más atractiva que la original, resultando esta la primera prueba de la falta de atributos físicos de los ingleses. El monstruo saca una pistola de rayos cósmicos y te dispara, pero falla y le da al elefante rosa que tienes detrás, que explota y llena la oficina bancaria de confeti y serpentinas. Te despiertas en el hospital psiquiátrico. El médico viene a decirte algo y no le entiendes ni jota. Le pides que te lo repita. Vuelves al punto 1.
4. La vigésimo quinta vez que te lo repite lo entiendes perfectamente y abres tu cuenta bancaria sin más problemas. Nota: esta opción no sucede nunca, pero tampoco existen los Reyes Magos y somos felices mientras nos los creemos. Nota2: sí que existen los Reyes Magos, decidle a Manolito que deje de llorar y vuelva a leer mi blog.
Al cabo de muchos, muuuuchos meses por estos lares empiezas por fin a pillar un poco lo que esta gente quiere decirte. También descubres que la mayoría de las veces no importa tanto, porque suelen ser estupideces. Tú asientes, dices que “yes” y en la mayoría de los casos quedas como Dios. Eso sí, algo que se te resiste incluso años después de vivir en este país son las conversaciones telefónicas... no sé qué leches les dan a los ingleses cuando agarran un auricular, que no se les entiende ni el “hello”. Y ahí estás tú tratando de descifrar la jerga de un representante de microscopios o al menos de encontrar el botón de “cámara lenta”... si tienes buen humor y poca vergüenza, como yo, puedes hacerle callar en seco diciéndole algo con delicadeza y tacto, como por ejemplo: “Mira corazón, ¿por qué no te vienes al laboratorio y me repites todo eso tan interesante en persona? Me gustaría conocerte, porque con esa lengua tan rápida que tienes seguro que podrías montar el flujo a punto de nieve”.
La combinación del cutrespanglish y la dificultad para dominar algunas expresiones inglesas, así como la manía comprensible de cualquier hablante no nativo de un idioma de tratar de asimilar expresiones inglesas con las de su propia lengua - a veces funciona, pero no siempre - dan lugar a montones de situaciones jugosas para cualquier criticón aficionado (como esta menda, sin ir más lejos). Por eso quisiera dedicar mi artículo de hoy a describir algunos de los malentendidos idiomáticos con los que me he ido encontrando tanto en esta tierra como en otros países por los que he pasado, España incluida.
Los primeros malentendidos a los que cualquier viajero se enfrenta suelen ser debidos a palabras que, pese a ser similares en ambos idiomas (inglés y español, en este caso) tienen significados muy diferentes. Si en alguna ocasión cogéis un catarro estando en Inglaterra, no se os ocurra decirle a un inglés que estáis “constipated”... le estaréis diciendo que estáis extreñidos. Si un inglés ha hecho algo que os ha sentado mal, no le digáis que estáis “disgusted” con él (a no ser que lo que haya hecho sea MUY malo), ya que aquí “disgust” no significa “disgusto”, sino “asco”. Ah, y si, como esta menda, recibís un correo de un compañero de trabajo a toda la lista preguntando si alguien tiene “preservatives” para dejarle no pongáis cara de sorpresa y penséis que esta gente es muy liberal y pide ayuda para echar un casquete en la oficina... aquí los “preservatives” son “conservantes” y nada más. Cuando llegué a Inglaterra en mi Reichín me harté de seguir carteles en la carretera que ponían “Diversion”... total, la nueva carretera era igual de aburrida que la anterior, ¡qué engaño!. Al establecerme y mirar el diccionario descubrí que “diversion” aquí significa “desvío”.
Los malentendidos idiomáticos no se producen únicamente con el inglés hablado: a pesar de que los ingleses tienen menos expresión corporal que un maniquí, también hay algunos gestos que hay que tener en cuenta antes de pasarse por tierras británicas. En España cuando vas a comprar dos barras de pan no te preocupas lo más mínimo de en qué posición tienes la mano con la que enseñas los dos dedos; aquí tienes que ser más cuidadoso si no quieres llevarte dos barras de pan normal y dos hostias extra. La razón es que enseñar los dedos índice y corazón con la palma hacia ti es un gesto aún más ofensivo para un inglés que levantarle el dedo medio.
Uno de mis lectores, Dani, me preguntaba por correo precisamente por el origen de este gesto. Indagando entre mis colegas ingleses conseguí una explicación que expongo aquí, aunque no he podido verificarla: al parecer durante la guerra contra los franceses, una de las facciones del ejército inglés más temida era la de los arqueros, que eran educados tradicionalmente en ese arte desde muy pequeños y causaban un enorme número de bajas entre las filas enemigas. Por ello, cada vez que los franceses tomaban un prisionero británico, le cortaban esos dos dedos, para que, en caso de ser arquero, nunca jamás pudiera volver a disparar una flecha. A la hora de la batalla, cuando los arqueros ingleses veían acercarse al ejército francés, les enseñaban los dos dedos como muestra de desafío (en plan de: “mira, aún los tengo, y te voy a hacer un agujero extra en la p...”). Desde entonces ese gesto ha quedado como muestra de desafío y ofensa.
Muchos otros malentendidos idiomáticos se deben a la pronunciación incorrecta de una o varias palabras. Esto puede producirse en un sentido u otro, ya que no sé cómo les parecerá a los ingleses nuestra pronunciación, pero la suya cada vez que tratan de decir algo en español es todo un poema. Mi compañero de trabajo Walt estuvo preguntándome por un libro durante una semana, mientras yo le decía que jamás había oído hablar de él. “¡Eso es imposible!”, me decía exasperado. Al final acabó escribiéndomelo: era el “Don Quijote”. Pero cualquiera se entera cuando lo que te preguntan suena así como “ton cuíxot”.
Jamás te desesperes tratando de que un inglés pronuncie bien tu nombre: es una batalla perdida. Una estudiante española, Beatriz, que estuvo con nosotros un par de meses, aprendió al final a dejar que la llamaran Bítrix sin pestañear siquiera. A Quique le costó bastante más... acabó pidiendo que le llamaran Enrique (o más bien “an-ruiii-ke”), porque el diminutivo resultaba una humillación constante: o bien lo pronunciaban “kiki” (con el consiguiente cachondeo de los demás españoles) o “quicky”, que en inglés se podría traducir como “polvo rápido”, con el consiguiente cachondeo de los demás ingleses. Como te llames Jesús más te vale cambiarte de nombre directamente, no sólo porque lo pronuncien mal, sino porque te cansarás de las miradas de horror tanto de los ingleses como de muchos otros extranjeros, para los que llevar ese nombre es poco menos que blasfemo. Los nombres foráneos tampoco se salvan: una chica de Malasia que trabaja en el segundo piso tiene a bien llamarse Hui Hui. Ningún problema, ¿verdad? Pues sí: porque “wee-wee” en inglés, que sería como se pronuncia ese nombre por estos lares, significa “pis”.
Otra piedra en el zapato para aprender el idioma inglés son los puñeteros “phrasal verbs” (verbos con preposición o adverbio). Todos los que sepáis un poco de inglés sabréis inmediatamente a lo que me refiero y pondréis los ojos en blanco recordando las interminables listas de verbos y significados posibles que tuvimos que aprendernos. Para los que no, os diré que a los ingleses no les vale con tener un verbo que signifique una cosa, no. Tenemos el verbo “make”, que significa “hacer”, y el adverbio “up”, que significa “arriba”. Si decimos “make up”, significará “hacer arriba”, ¿no?. Pues no. Según el contexto, “make up” puede significar “maquillarse”, “inventarse una historia”, “preparar una comida” o “compensar a alguien por algo”. Ahí queda eso. Y lo peor es que cada día aparecen docenas de nuevos “phrasal verbs”.
No es de extrañar entonces que a veces los españoles metamos la pata hasta la rodilla. Mi caso más sonado fue hace un par de semanas y tiene como protagonista al célebre Maus, que si no recordáis mal trabaja en el sótano de departamento. A veces a la hora del café bajo a tomar una Coca-Cola con él si tengo tiempo libre. Ese día le escribí para decirle que me iba a pasar por allí, y en vez de decirle “I´ll come down to you” (“ahora bajo contigo”) se me ocurrió poner, pa cambiar un poco “I’ll go down on you on a minute” (que yo traduje mentalmente como “voy para abajo contigo en un minuto”). A los 10 segundos recibí una precipitada respuesta suya: “You can go down on me when you want!!!” (“¡¡¡puedes ‘go down on me’ cuando quieras!!!”). Me mosqueó un poco, así que cuando finalmente bajé le pregunté a qué se debía tanto entusiasmo. Esto... cómo os lo diría yo... resulta que en inglés “go down on somebody” significa “hacerle sexo oral a alguien”.
Las meteduras de pata pueden darse también porque nos inventemos nuestros propios “phrasal verbs”. Un familiar mío me contaba que durante una estancia en Inglaterra, una erasmus había ido a reclamar a la lavandería porque la chaqueta que había llevado a lavar “has given of yes” (“se ha dado de sí”).
Los “phrasal verbs” pueden dar mucho de sí, como podéis ver. Recuerdo cuando los estudiamos en la escuela. Una de las profesoras de inglés que tuvimos era un ser chillón e insoportable, de esas que parece que te taladran el tímpano cada vez que hablan. Nos explicaba que para “vestirse” y “desvestirse” los ingleses decía “put on” y “take off”, aparte de muchos otros verbos. Al final de la clase se dedicaba a preguntar al azar a ver si recordábamos lo que habíamos dado. Esta vez eligió a uno de los principales granujillas de la última fila: a ver Pepito, ¿cómo se dice “vestirse”? Pepito se la quedó mirando fijamente... llevaba años esperando una ocasión semejante. Tomó aire y soltó con todas sus ganas: “¡PUTÓN!”. El año siguiente nos cambiaron a la profesora.
Otros malentendidos vienen propiciados por la propia pronunciación cutrespanglish: en muchas ocasiones los españoles tenemos problemas para pronunciar los tonos y matices de las vocales inglesas, acostumbrados como estamos a nuestras 5, que se pronuncian siempre igual. Si recordáis mi artículo dedicado a los ingleses y las palabrotas, la peor de todas las palabras en inglés es la famosa “palabra con C” (c-u-n-t). Pues bien, muchos de nosotros los españoles llegamos a este país pronunciando la frase “I can’t” (“no puedo”) como “I cunt” (cuya traducción más aproximada sería “Yo cabrón”, ya que la palabrita puede también usarse como insulto personal aparte de para nombrar el aparato sexual femenino). También solemos pronunciar igual las palabras “sheet” (“sábana u hoja de papel”) y “shit” (“mierda”), con lo cual frases como “cambié la sábana ayer” y “¡pásame esa hoja de papel” pueden acabar convertidas en “me cambié la mierda ayer” y “¡pásame esa mierda de papel!”.
Otro ejemplo bastante famoso de este tipo de errores corre por Inglaterra como leyenda urbana que yo no dudo que haya ocurrido en más de una ocasión; la historia cuenta que un español consiguió un trabajo como ejecutivo en una importante empresa. A los pocos días de empezar el trabajo, su nuevo jefe, horrorizado, corrió a preguntarle al encargado de personal, John, cómo había seleccionado a semejante trabajador, incapaz de vestir con traje, mal hablado y vago. John le contestó, sorprendido: “No sé cómo ha podido ocurrir, Señor... ¡Él me dijo que había estado en Yale!”. “John, imbécil, ¡¡¡lo que te dijo fue que había estado in jail!!! (“en la cárcel”).
Algunas veces en nuestro empeño por hablar rápido podemos equivocarnos y cambiar alguna letrita fundamental. Esto le ocurrió a uno de mis compañeros españoles de trabajo, que nos contaba a mí y a otros ingleses algo que le había ocurrido con su jefe. En medio de la explicación, soltó: “Then he told me off and I flushed” (“entonces él me regañó y yo tiré de la cadena”). Todos nos fuimos de allí pensando que el tío era un guarro y que había que recordarle constantemente que dejara el water en buenas condiciones. Preguntado acerca del hecho más tarde, lo que había querido decir era “I blushed” (“me puse colorado”).
Finalmente podemos decir una frase completamente correcta gramaticalmente pero que los ingleses utilizan en situaciones diferentes y puede dar lugar a malentendidos. Hace unas cuantas semanas Rizos y yo estábamos de marcha por ahí; hacía un calor de mil demonios, y en medio del baile ella, abanicándose con las manos, va y me suelta: “I’m hot, blow me a bit!”, queriendo decir: “tengo calor, sóplame un poco”. Las 4 ó 5 miradas de asombro que cosechamos a nuestro alrededor se debieron a que esa misma frase puede interpretarse más bien como: “Estoy buenísimo, chúpamela un poco”. En el mismo ámbito, los españoles tenemos la manía de decir, cuando hemos llegado a algún sitio, “I came” en vez de “I arrived”. Aquí “I came” dicho sin más añadidos significa más bien “me corrí”.
En un ambiente tan internacional como el de Mix Village los malentendidos no se reducen al español-inglés. A veces existen problemas incluso entre hablantes de español de diferentes orígenes, especialmente con los hispanoamericanos. Seguro que todos vosotros conocéis el significado que el verbo “coger” tiene en países como México y Argentina, mientras que en España lo empleamos para todo. Pues bien, mis vecinos Cani y Tartaja hicieron amistad al poco de llegar con un matrimonio de argentinos que tienen una niña pequeña. La primera vez que se la trajeron a casa Tartaja, a quien le encantan los críos, se puso a jugar con ella y a perseguirla por toda la casa. En un momento determinado puso cara de ogro comeniños, abrió los brazos y le gritó: “¡¡¡Ven aquí que te voy a coger!!!”. Al día siguiente me contaba entre tartamudeos que la madre de la niña había estado a punto de denunciarle por pederasta.
Pero si hablamos de latinoamericanos, ellos tampoco tienen un lenguaje puro y casto precisamente. Sin ir más lejos en Chile a la lotería le llaman “la Polla”. Así que cada vez que un chileno se me viene quejando de que los españoles somos unos guarros, que nos pasamos el día cogiendo, yo le respondo que de qué se quejan, si ellos se pasan el día jugando a la polla.
En cada país tienen sus propios malentendidos autóctonos que sólo afloran cuando te ves obligada a pasar una temporada allí, o bien cuando ellos visitan tu tierra. Hace ya un montón de años, cuando yo aún era joven e inocente, participé en uno de los intercambios entre la ciudad de Oviedo y la alemana de Bochum que organiza el Ayuntamiento durante dos años consecutivos. El primero los chicos españoles viajamos a Alemania, y el segundo fueron los alemanes los que vinieron a Asturias. Los chavales teutones cosecharon muy mala fama entre mis paisanos por su manía de acercarse a la gente y soltarles: “¿Folla?” así, por las buenas. Como por entonces ninguno teníamos ni papa de alemán tardamos un tiempecito en darnos cuenta de que los pobres sólo nos pedían “fuego” (“Feuer”).
En los 3 meses durante los que viví en Roma mi metedura de pata más sonada fue pedirle ayuda para barrer a uno de mis compañeros italianos de piso. El problema viene de que el verbo “scopare”, que efectivamente también significa “barrer”, tiene una acepción mucho más popular entre los italianos, equivalente al “fuck” de los ingleses. Vamos, que realmente lo que le estaba pidiendo era colaboración para echar un polvo.
Pero, ¿qué se le va a hacer? El aprendizaje de un idioma no sería lo mismo sin estas entrañables situaciones a las que nos somete la lengua en algunos casos. Estoy segura de que muchos os habéis encontrado en casos similares cuando habéis salido de España. Así que ahora os toca el turno a vosotros:
¿alguna vez habéis metido la pata, o la han metido con vosotros, debido al idioma?
Es triste, pero la frase que más utilizaréis los primeros meses (y los segundos, y los terceros..) que paséis en Inglaterra será: “Can you repeat, please?” (“Por favor, ¿puede repetirlo?”). Ante esta solicitud, una cajera del banco que te acaba de soltar una parrafada ininteligible cuando has ido a abrir una cuenta te dirá: “yes!”, y te repetirá la misma parrafada ininteligible de antes a la misma velocidad. Tras la quinta repetición existen varias opciones:1. La cajera te mira con expresión de fastidio infinito y acaba cogiendo un impreso, poniéndotelo delante de los morros y haciendo una cruz en el lugar en el que tienes que firmar. Es lo mejor que te puede pasar.
2. La vergüenza y desesperación rebasan los límites de tu tolerancia. Metes la cabeza por la ventanilla, agarras a la cajera por el cuello de la camisa y le sueltas: “Mira quilla, no te entiendo ná de ná, sólo quiero abrir una puta cuenta, así que por favor, deja de taladrarme el oído con tu voz chillona y dime qué coño tengo que hacer”. Ante este gesto a su vez existen dos posibles consecuencias:
a) La cajera llama a seguridad y te echan del banco dejándote una hermosa huella de zapato en el culo.
b) La cajera descubre casualmente que es de Logroño y que entiende perfectamente lo que le estabas pidiendo. Tu cuenta queda abierta en 5 minutos. Jamás descubrirás qué te estaba diciendo antes la puñetera.
3. La cajera va subiendo cada vez más el volumen y el tono de la frase que te repite. Cuando la frecuencia está a punto de taladrarte el cerebro la tía se lleva la mano a la cabeza y se quita la máscara humana que llevaba todo este tiempo, dejando ver un rostro verde con tentáculos. Descubres que la nueva cara es mucho más atractiva que la original, resultando esta la primera prueba de la falta de atributos físicos de los ingleses. El monstruo saca una pistola de rayos cósmicos y te dispara, pero falla y le da al elefante rosa que tienes detrás, que explota y llena la oficina bancaria de confeti y serpentinas. Te despiertas en el hospital psiquiátrico. El médico viene a decirte algo y no le entiendes ni jota. Le pides que te lo repita. Vuelves al punto 1.
4. La vigésimo quinta vez que te lo repite lo entiendes perfectamente y abres tu cuenta bancaria sin más problemas. Nota: esta opción no sucede nunca, pero tampoco existen los Reyes Magos y somos felices mientras nos los creemos. Nota2: sí que existen los Reyes Magos, decidle a Manolito que deje de llorar y vuelva a leer mi blog.
Al cabo de muchos, muuuuchos meses por estos lares empiezas por fin a pillar un poco lo que esta gente quiere decirte. También descubres que la mayoría de las veces no importa tanto, porque suelen ser estupideces. Tú asientes, dices que “yes” y en la mayoría de los casos quedas como Dios. Eso sí, algo que se te resiste incluso años después de vivir en este país son las conversaciones telefónicas... no sé qué leches les dan a los ingleses cuando agarran un auricular, que no se les entiende ni el “hello”. Y ahí estás tú tratando de descifrar la jerga de un representante de microscopios o al menos de encontrar el botón de “cámara lenta”... si tienes buen humor y poca vergüenza, como yo, puedes hacerle callar en seco diciéndole algo con delicadeza y tacto, como por ejemplo: “Mira corazón, ¿por qué no te vienes al laboratorio y me repites todo eso tan interesante en persona? Me gustaría conocerte, porque con esa lengua tan rápida que tienes seguro que podrías montar el flujo a punto de nieve”.La combinación del cutrespanglish y la dificultad para dominar algunas expresiones inglesas, así como la manía comprensible de cualquier hablante no nativo de un idioma de tratar de asimilar expresiones inglesas con las de su propia lengua - a veces funciona, pero no siempre - dan lugar a montones de situaciones jugosas para cualquier criticón aficionado (como esta menda, sin ir más lejos). Por eso quisiera dedicar mi artículo de hoy a describir algunos de los malentendidos idiomáticos con los que me he ido encontrando tanto en esta tierra como en otros países por los que he pasado, España incluida.
Los primeros malentendidos a los que cualquier viajero se enfrenta suelen ser debidos a palabras que, pese a ser similares en ambos idiomas (inglés y español, en este caso) tienen significados muy diferentes. Si en alguna ocasión cogéis un catarro estando en Inglaterra, no se os ocurra decirle a un inglés que estáis “constipated”... le estaréis diciendo que estáis extreñidos. Si un inglés ha hecho algo que os ha sentado mal, no le digáis que estáis “disgusted” con él (a no ser que lo que haya hecho sea MUY malo), ya que aquí “disgust” no significa “disgusto”, sino “asco”. Ah, y si, como esta menda, recibís un correo de un compañero de trabajo a toda la lista preguntando si alguien tiene “preservatives” para dejarle no pongáis cara de sorpresa y penséis que esta gente es muy liberal y pide ayuda para echar un casquete en la oficina... aquí los “preservatives” son “conservantes” y nada más. Cuando llegué a Inglaterra en mi Reichín me harté de seguir carteles en la carretera que ponían “Diversion”... total, la nueva carretera era igual de aburrida que la anterior, ¡qué engaño!. Al establecerme y mirar el diccionario descubrí que “diversion” aquí significa “desvío”.
Los malentendidos idiomáticos no se producen únicamente con el inglés hablado: a pesar de que los ingleses tienen menos expresión corporal que un maniquí, también hay algunos gestos que hay que tener en cuenta antes de pasarse por tierras británicas. En España cuando vas a comprar dos barras de pan no te preocupas lo más mínimo de en qué posición tienes la mano con la que enseñas los dos dedos; aquí tienes que ser más cuidadoso si no quieres llevarte dos barras de pan normal y dos hostias extra. La razón es que enseñar los dedos índice y corazón con la palma hacia ti es un gesto aún más ofensivo para un inglés que levantarle el dedo medio.
Uno de mis lectores, Dani, me preguntaba por correo precisamente por el origen de este gesto. Indagando entre mis colegas ingleses conseguí una explicación que expongo aquí, aunque no he podido verificarla: al parecer durante la guerra contra los franceses, una de las facciones del ejército inglés más temida era la de los arqueros, que eran educados tradicionalmente en ese arte desde muy pequeños y causaban un enorme número de bajas entre las filas enemigas. Por ello, cada vez que los franceses tomaban un prisionero británico, le cortaban esos dos dedos, para que, en caso de ser arquero, nunca jamás pudiera volver a disparar una flecha. A la hora de la batalla, cuando los arqueros ingleses veían acercarse al ejército francés, les enseñaban los dos dedos como muestra de desafío (en plan de: “mira, aún los tengo, y te voy a hacer un agujero extra en la p...”). Desde entonces ese gesto ha quedado como muestra de desafío y ofensa.Muchos otros malentendidos idiomáticos se deben a la pronunciación incorrecta de una o varias palabras. Esto puede producirse en un sentido u otro, ya que no sé cómo les parecerá a los ingleses nuestra pronunciación, pero la suya cada vez que tratan de decir algo en español es todo un poema. Mi compañero de trabajo Walt estuvo preguntándome por un libro durante una semana, mientras yo le decía que jamás había oído hablar de él. “¡Eso es imposible!”, me decía exasperado. Al final acabó escribiéndomelo: era el “Don Quijote”. Pero cualquiera se entera cuando lo que te preguntan suena así como “ton cuíxot”.
Jamás te desesperes tratando de que un inglés pronuncie bien tu nombre: es una batalla perdida. Una estudiante española, Beatriz, que estuvo con nosotros un par de meses, aprendió al final a dejar que la llamaran Bítrix sin pestañear siquiera. A Quique le costó bastante más... acabó pidiendo que le llamaran Enrique (o más bien “an-ruiii-ke”), porque el diminutivo resultaba una humillación constante: o bien lo pronunciaban “kiki” (con el consiguiente cachondeo de los demás españoles) o “quicky”, que en inglés se podría traducir como “polvo rápido”, con el consiguiente cachondeo de los demás ingleses. Como te llames Jesús más te vale cambiarte de nombre directamente, no sólo porque lo pronuncien mal, sino porque te cansarás de las miradas de horror tanto de los ingleses como de muchos otros extranjeros, para los que llevar ese nombre es poco menos que blasfemo. Los nombres foráneos tampoco se salvan: una chica de Malasia que trabaja en el segundo piso tiene a bien llamarse Hui Hui. Ningún problema, ¿verdad? Pues sí: porque “wee-wee” en inglés, que sería como se pronuncia ese nombre por estos lares, significa “pis”.
Otra piedra en el zapato para aprender el idioma inglés son los puñeteros “phrasal verbs” (verbos con preposición o adverbio). Todos los que sepáis un poco de inglés sabréis inmediatamente a lo que me refiero y pondréis los ojos en blanco recordando las interminables listas de verbos y significados posibles que tuvimos que aprendernos. Para los que no, os diré que a los ingleses no les vale con tener un verbo que signifique una cosa, no. Tenemos el verbo “make”, que significa “hacer”, y el adverbio “up”, que significa “arriba”. Si decimos “make up”, significará “hacer arriba”, ¿no?. Pues no. Según el contexto, “make up” puede significar “maquillarse”, “inventarse una historia”, “preparar una comida” o “compensar a alguien por algo”. Ahí queda eso. Y lo peor es que cada día aparecen docenas de nuevos “phrasal verbs”.No es de extrañar entonces que a veces los españoles metamos la pata hasta la rodilla. Mi caso más sonado fue hace un par de semanas y tiene como protagonista al célebre Maus, que si no recordáis mal trabaja en el sótano de departamento. A veces a la hora del café bajo a tomar una Coca-Cola con él si tengo tiempo libre. Ese día le escribí para decirle que me iba a pasar por allí, y en vez de decirle “I´ll come down to you” (“ahora bajo contigo”) se me ocurrió poner, pa cambiar un poco “I’ll go down on you on a minute” (que yo traduje mentalmente como “voy para abajo contigo en un minuto”). A los 10 segundos recibí una precipitada respuesta suya: “You can go down on me when you want!!!” (“¡¡¡puedes ‘go down on me’ cuando quieras!!!”). Me mosqueó un poco, así que cuando finalmente bajé le pregunté a qué se debía tanto entusiasmo. Esto... cómo os lo diría yo... resulta que en inglés “go down on somebody” significa “hacerle sexo oral a alguien”.
Las meteduras de pata pueden darse también porque nos inventemos nuestros propios “phrasal verbs”. Un familiar mío me contaba que durante una estancia en Inglaterra, una erasmus había ido a reclamar a la lavandería porque la chaqueta que había llevado a lavar “has given of yes” (“se ha dado de sí”).
Los “phrasal verbs” pueden dar mucho de sí, como podéis ver. Recuerdo cuando los estudiamos en la escuela. Una de las profesoras de inglés que tuvimos era un ser chillón e insoportable, de esas que parece que te taladran el tímpano cada vez que hablan. Nos explicaba que para “vestirse” y “desvestirse” los ingleses decía “put on” y “take off”, aparte de muchos otros verbos. Al final de la clase se dedicaba a preguntar al azar a ver si recordábamos lo que habíamos dado. Esta vez eligió a uno de los principales granujillas de la última fila: a ver Pepito, ¿cómo se dice “vestirse”? Pepito se la quedó mirando fijamente... llevaba años esperando una ocasión semejante. Tomó aire y soltó con todas sus ganas: “¡PUTÓN!”. El año siguiente nos cambiaron a la profesora.
Otros malentendidos vienen propiciados por la propia pronunciación cutrespanglish: en muchas ocasiones los españoles tenemos problemas para pronunciar los tonos y matices de las vocales inglesas, acostumbrados como estamos a nuestras 5, que se pronuncian siempre igual. Si recordáis mi artículo dedicado a los ingleses y las palabrotas, la peor de todas las palabras en inglés es la famosa “palabra con C” (c-u-n-t). Pues bien, muchos de nosotros los españoles llegamos a este país pronunciando la frase “I can’t” (“no puedo”) como “I cunt” (cuya traducción más aproximada sería “Yo cabrón”, ya que la palabrita puede también usarse como insulto personal aparte de para nombrar el aparato sexual femenino). También solemos pronunciar igual las palabras “sheet” (“sábana u hoja de papel”) y “shit” (“mierda”), con lo cual frases como “cambié la sábana ayer” y “¡pásame esa hoja de papel” pueden acabar convertidas en “me cambié la mierda ayer” y “¡pásame esa mierda de papel!”.
Otro ejemplo bastante famoso de este tipo de errores corre por Inglaterra como leyenda urbana que yo no dudo que haya ocurrido en más de una ocasión; la historia cuenta que un español consiguió un trabajo como ejecutivo en una importante empresa. A los pocos días de empezar el trabajo, su nuevo jefe, horrorizado, corrió a preguntarle al encargado de personal, John, cómo había seleccionado a semejante trabajador, incapaz de vestir con traje, mal hablado y vago. John le contestó, sorprendido: “No sé cómo ha podido ocurrir, Señor... ¡Él me dijo que había estado en Yale!”. “John, imbécil, ¡¡¡lo que te dijo fue que había estado in jail!!! (“en la cárcel”).Algunas veces en nuestro empeño por hablar rápido podemos equivocarnos y cambiar alguna letrita fundamental. Esto le ocurrió a uno de mis compañeros españoles de trabajo, que nos contaba a mí y a otros ingleses algo que le había ocurrido con su jefe. En medio de la explicación, soltó: “Then he told me off and I flushed” (“entonces él me regañó y yo tiré de la cadena”). Todos nos fuimos de allí pensando que el tío era un guarro y que había que recordarle constantemente que dejara el water en buenas condiciones. Preguntado acerca del hecho más tarde, lo que había querido decir era “I blushed” (“me puse colorado”).
Finalmente podemos decir una frase completamente correcta gramaticalmente pero que los ingleses utilizan en situaciones diferentes y puede dar lugar a malentendidos. Hace unas cuantas semanas Rizos y yo estábamos de marcha por ahí; hacía un calor de mil demonios, y en medio del baile ella, abanicándose con las manos, va y me suelta: “I’m hot, blow me a bit!”, queriendo decir: “tengo calor, sóplame un poco”. Las 4 ó 5 miradas de asombro que cosechamos a nuestro alrededor se debieron a que esa misma frase puede interpretarse más bien como: “Estoy buenísimo, chúpamela un poco”. En el mismo ámbito, los españoles tenemos la manía de decir, cuando hemos llegado a algún sitio, “I came” en vez de “I arrived”. Aquí “I came” dicho sin más añadidos significa más bien “me corrí”.
En un ambiente tan internacional como el de Mix Village los malentendidos no se reducen al español-inglés. A veces existen problemas incluso entre hablantes de español de diferentes orígenes, especialmente con los hispanoamericanos. Seguro que todos vosotros conocéis el significado que el verbo “coger” tiene en países como México y Argentina, mientras que en España lo empleamos para todo. Pues bien, mis vecinos Cani y Tartaja hicieron amistad al poco de llegar con un matrimonio de argentinos que tienen una niña pequeña. La primera vez que se la trajeron a casa Tartaja, a quien le encantan los críos, se puso a jugar con ella y a perseguirla por toda la casa. En un momento determinado puso cara de ogro comeniños, abrió los brazos y le gritó: “¡¡¡Ven aquí que te voy a coger!!!”. Al día siguiente me contaba entre tartamudeos que la madre de la niña había estado a punto de denunciarle por pederasta.Pero si hablamos de latinoamericanos, ellos tampoco tienen un lenguaje puro y casto precisamente. Sin ir más lejos en Chile a la lotería le llaman “la Polla”. Así que cada vez que un chileno se me viene quejando de que los españoles somos unos guarros, que nos pasamos el día cogiendo, yo le respondo que de qué se quejan, si ellos se pasan el día jugando a la polla.
En cada país tienen sus propios malentendidos autóctonos que sólo afloran cuando te ves obligada a pasar una temporada allí, o bien cuando ellos visitan tu tierra. Hace ya un montón de años, cuando yo aún era joven e inocente, participé en uno de los intercambios entre la ciudad de Oviedo y la alemana de Bochum que organiza el Ayuntamiento durante dos años consecutivos. El primero los chicos españoles viajamos a Alemania, y el segundo fueron los alemanes los que vinieron a Asturias. Los chavales teutones cosecharon muy mala fama entre mis paisanos por su manía de acercarse a la gente y soltarles: “¿Folla?” así, por las buenas. Como por entonces ninguno teníamos ni papa de alemán tardamos un tiempecito en darnos cuenta de que los pobres sólo nos pedían “fuego” (“Feuer”).
En los 3 meses durante los que viví en Roma mi metedura de pata más sonada fue pedirle ayuda para barrer a uno de mis compañeros italianos de piso. El problema viene de que el verbo “scopare”, que efectivamente también significa “barrer”, tiene una acepción mucho más popular entre los italianos, equivalente al “fuck” de los ingleses. Vamos, que realmente lo que le estaba pidiendo era colaboración para echar un polvo.Pero, ¿qué se le va a hacer? El aprendizaje de un idioma no sería lo mismo sin estas entrañables situaciones a las que nos somete la lengua en algunos casos. Estoy segura de que muchos os habéis encontrado en casos similares cuando habéis salido de España. Así que ahora os toca el turno a vosotros:
¿alguna vez habéis metido la pata, o la han metido con vosotros, debido al idioma?
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