Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
Acerca de












El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Detalles...
El viernes fue un día completamente agotador. A los nervios por la oferta de empleo en Nueva Zelanda se sumaba la tensión de saber que tendría que comentarle a RanciaWoman que me largaba del laboratorio sin poder dar los tres meses de aviso que pone en mi contrato... Curioso apartado, según el cual si me echan, les basta con comunicármelo una semana antes, mientras que si la que se va soy yo, entonces son 3 meses. Como veis, estas cosas no sólo pasan en Spain... Aparte de eso tenía que averiguar cuántos miles de papeles tendría que presentar en la embajada de Nueva Zelanda para conseguir el visado de trabajo que se necesita para currar allí, planear qué hago con mis muebles y mis enseres, pensar en cuándo y por cuánto tiempo me vuelvo a Asturias a despedirme de mi familia (¡a saber cuándo les volveré a ver!), contactar con empresas de envíos marítimos a ver cuánto te despellejan por trasladar un par de cajas a las Antípodas y consolar a Maus, que se debate entre quedarse en la gris Inglaterra o venirse conmigo al paraíso del Señor de los Anillos.

PhotobucketA todo ello, cómo no, se sumaba un día de trabajo en el que parecía que todas las líneas celulares se habían puesto de acuerdo para crecer como locas y todos los compañeros necesitaban mágicamente de mi ayuda para acabar sus respectivos experimentos. A las 5 de la tarde lo que quedaba de mi cerebro estalló y decidí que las células podrían arreglárselas hasta el lunes con agua del grifo y un par de nutritivos escupitajos. Y dos hostias, como se quejaran. Di esquinazo al último colega que venía corriendo hacia mí con una pipeta y un matraz en las manos y cara de no-sé-cómo-coño-se-hace-esto-y-tú-eres-la-elegida-para-sacarme-de-dudas, dejé un par de tubos de ensayo y papeles garabateados sobre mi mesa para que pareciera que estaba haciendo algo importante y me escabullí hasta la cafetería, donde un viernes más se celebraba la “happy hour”: Cervezas y botellines por 1 libra y gente contentilla y con ganas de hablar de todo menos del curro. Justo lo que necesitaba.

A las 6:30, mucho más relajada y con andares mucho más zigzagueantes (que se lo digan a los radiadores del pasillo y a los cardenales de mis piernas) regresé al laboratorio y comencé a recogerlo todo para irme a casa. Esa tarde no contaba con Maus porque había quedado en pasarse por casa de Jazz, su hermano esotérico. Sin embargo nada más abrir el correo me encontré con un mensajito suyo (de Maus, no del hermano esotérico):

De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: ¿te paso a recoger?

Hola Preciosa,

Hace un frío que se congelan hasta los mocos. Había pensado que, para que no tengas que ir sujetándote la nariz y las orejas por el camino, podría pasar a recogerte con el coche y dejarte en casa antes de irme a ver a Jazz. Dame un toque cuando termines y en 5 minutos estoy ahí.

Besos y chupetones,

Maus

Son detalles como este los que hacen que me cueste un huevo seguir considerando a Maus como una simple aventura.

PhotobucketInciso: “detalles como este” son algo habitual en Maus. Cuando se queda a dormir en mi casa y tiene que levantarse a las 6 mientras yo sigo frita en la cama, no hay día que no me deje un corazón dibujado en un papel por algún rincón de la casa en donde sabe que me voy a topar con él. Encima de la mesa, en el sofá, en el fogón de la cocina, dentro de la nevera, encima del cartón de la leche, pegado al paquete del Cola-Cao... El lunes pasado encontré un rastro de corazoncitos de servilleta desde la habitación a la cocina; en cada uno de ellos había una palabra: “I love you Pili, you are very special” (“Te quiero Pili, eres muy especial”). Recuerdo una mañana en la que me levanté, me duché, desayuné y me sentí un pelín triste al no haber encontrado ninguno. “No seas tonta, se le ha pasado, no va a dejarte corazones todos los días, leñe”. Me puse el abrigo y cogí las botas. Cuando iba a meter el pie, descubrí un corazoncito de servilleta dentro de cada una de ellas.

Fin del inciso.

Así que le llamé y le dije que podía pasarse a por mí cuando quisiera, que yo estaría en el laboratorio. Mi jefa se había largado ya, y sólo quedaban algunos estudiantes de doctorado y postdocs disfrutando de los restos de la happy hour y del inicio del fin de semana. La mayoría de los laboratorios estaban a oscuras.

En unos 15 minutos escuché abrirse la puerta y allí estaba Maus, tiritando de frío pero con los ojos iluminados al verme. Nos abrazamos y achuchamos un ratito. Él me miró con ojos traviesos y me dijo: “No sabes lo que lamento no poder estar contigo esta noche, llevo toda la tarde pensando en ti e imaginando todo lo que me gustaría hacerte”. “Oooohhh vaya... pobrecito... ¿y vas a tener que irte a casa de Maus todo cachondo?” “¡Qué remedio! Pero ya te pillaré mañana...”. Yo le sonreí, pícara. Mi cabeza empezó a maquinar y tardé medio segundo en tomar una decisión... Agarré a Maus de la mano y eché a andar. Pasamos por delante de clases y laboratorios hasta que nos detuvimos delante de uno de ellos. Detrás, la oscuridad. Miré a ambos lados del pasillo, abrí la puerta usando mi llave maestra y le arrastré detrás de mí sin darle tiempo a murmurar más que un: “¿P... pero a dónde me llev...?”.

Era el laboratorio de los microscopios. Para utilizar un microscopio de fluorescencia necesitas estar a oscuras, y por ello cada aparato tiene asignada una mesa y una cortinita que cierra un reducido espacio de trabajo. Allí adentro me paso a veces horas contando metafases cromosómicas o células que sintetizan una proteína fluorescente determinada. Esta vez tenía pensado hacer algo mucho más interesante.

PhotobucketLlevé a Maus hasta el microscopio más cercano y cerré la cortina negra muy despacio alrededor nuestro, mirándole fijamente a los ojos. “¿Qué estás maquinando, niña mala?”, me susurró al oído. Yo le hice callar con un beso en los labios. El beso se hizo más apasionado, y nuestras manos se dedicaron a recorrer todos los rincones de nuestros cuerpos. De sus labios bajé a la barbilla, y luego al cuello... y luego seguí bajando...

... una media hora más tarde la puerta del laboratorio se abrió despacito y vuestra Pilimindrina comprobó que no hubiese moros (ni ingleses) en la costa. Volví a sacar a Maus agarrado de la mano y los dos regresamos pasillo arriba. Él no decía nada - aún necesitaría unos segundos para recuperar la voz -, sólo me miraba con una expresión entre feliz y asombrada de “no me puedo creer lo que me acaba de pasar”. Le miré. Me miró. Sonreímos. Nos entró la risa. De repente su mirada se dirigió a un punto debajo de mi barbilla, en mi camiseta. “Espera un segundo, tienes algo aquí...”, y estiró la mano para tocarlo.

Estooo...

¿Habéis visto la película “Algo pasa con Mary”?

Los que la hayáis visto sabréis por qué lo menciono. Si no lo recordáis echad un vistazo a la foto de este enlace y os refrescará la memoria. Los que no la hayáis visto, lo siento mucho, pero me niego a dar más explicaciones al respecto. Alquiladla si os corroe la curiosidad morbosa ;P

PhotobucketCon el paso aún vacilante, Maus me llevó hasta el coche y me condujo hasta mi casa. Conociendo lo que le gustaba hablar a su hermano, yo ya suponía que la visita a Jazz iría para largo, así que le dije que no se preocupara, que cuando terminara se volviera para su casa y ya nos veríamos al día siguiente. A las 12.30 o así me fui a la cama, derrengada. A las 4 de la mañana oí a alguien tratando de abrir la puerta; ningún ladrón iba a ser tan torpe y escandaloso, de modo que no tuve problemas para identificar a Maus tratando de utilizar el juego de llaves que le había dado hacía escasamente una semana... Un rato después vi una sombra entrar tímidamente en mi habitación, tropezar con mis zapatillas, desvestirse con infinito cuidado para no despertarme (a buenas horas ya), y meterse conmigo en la cama. Estaba congelado de frío. Me abrazó y yo le abracé, y nos quedamos dormidos así, con mi cabeza en su pecho.

El sábado por la mañana, aún entre legañas y bostezos, le pregunté por qué había venido tan tarde en vez de dormir tranquilamente en su cama y venirse por la mañana. “De hecho me fui a casa y traté de dormir”, me dijo con su pelo corto y negro acariciando mi cuello y los ojos aún cerrados, “pero no era posible. Sé que te va a sonar rarísimo, y que me arriesgo a que salgas corriendo o a que me eches a patadas de tu cama, pero en mi cabeza sólo tenía un pensamiento: ‘quiero irme a dormir con la madre de mis futuros hijos’”.

No salí corriendo, ni le eché a patadas de la cama. Me quedé allí abrazada a él con los ojos abiertos como platos y sin saber cómo reaccionar, mientras él se adormecía de nuevo. Independientemente de lo que yo piense, de mi forma de ser, de mi independencia, de mis ideas acerca del matrimonio y los hijos... independientemente de todo eso, mi corazón se hinchó de orgullo y emoción. Nunca, jamás, nadie me había dicho algo tan hermoso.
No