Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
Acerca de












El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
La Familia Metepatas (o “por qué salí yo así”)
PhotobucketEl martes 27 de Diciembre salí de mi casa cargada con mis maletas y, sin esperarlo, me encontré con una Mix Village cubierta de nieve. Fue como el regalo de Navidad de esta ciudad que tan pronto abandonaré para viajar a la aventura. Los copos blancos acariciaban mi cara mientras me dirigía a la escalerilla del avión, y ya a punto de entrar me volví para disfrutar de aquella escena. ¿Cuándo volvería a ver nieve? ¿En qué parte del mundo esta vez?

10 días en mi Asturias del alma dejando a Maus solito… Bueno, “solito” exactamente no. Le dejé con su Aipod Nanou. Algunos de vosotros me preguntabais si le gustó mi regalo… os diré que estoy empezando a tener celos de un reproductor de mp3. Como lo vuelva a pillar dándole un beso de buenas noches o acariciándolo lascivamente, el trasto ese duerme en la calle.

Llevo apenas día y medio en Oviedo, alternando burocracia con amistades y familia. Es una combinación agotadora, pero estoy feliz. Especialmente tras esta tarde; he estado merendando en casa de mis padres, y mi hermana Bicha y yo hemos tenido uno de esos momentos fraternales en los que nos hemos puesto a recordar viejos tiempos. En cualquier otra familia, “recordar viejos tiempos” suele suponer ponerse sentimentales viendo fotos y películas en súper-8, y acabar abrazados diciéndose unos a otros lo mucho que se quieren… o bien acabar a puñetazos y ver nacer un nuevo y jugoso enfrentamiento familiar que dure décadas. En la mía “recordar viejos tiempos” significa un descojone continuo. Tanto mi familia como la gente que nos rodea parecemos sacados de un cómic de Rompetechos. Tenemos la innata habilidad de meter la pata hasta el fondo, y luego más abajo aún. Y sin pestañear.

Todo empezó cuando a Bicha se le ocurrió sacar sus cajas de recuerdos, entre ellos los cientos de cartas y postales que ha ido recibiendo desde que era muy pequeña. Siempre que hace eso le pido que me lea una vez más la carta de amor que recibió una vez de un chico que, si no nació en nuestra familia, fue por equivocación. La carta reza tal que así:

Estimada Bicha (corazoncito),

PhotobucketSé que te preguntarás quién soy y por qué te escribo con tanto secreto (corazoncito). La verdad es que llevo tiempo queriendo decírtelo pero no me atrevo. Ser tu amigo es maravilloso y muy especial y me siento genial a tu lado (corazoncito con flecha). Me preguntaba si algún día tú y yo podríamos salir. Ya sé que es muy cobarde escribir una carta anónima, así que mañana te llamaré y te desvelaré quién soy.

Alguien que te quiere mucho (más corazoncitos)

Os preguntaréis qué tiene de especial la carta en cuestión. Bueno, la explicación viene cuando miras el sobre:

Reverso: Bicha Zutánez Fulánez, calle tal del tal número tal, Oviedo, Asturias

Anverso: Pepito Pérez Fernández, calle cual de cuál número cuál, Oviedo, Asturias

Mi hermana y yo conocemos la carta como “la del amante anónimo gilipollas”. Pero sin maldad, ¿eh?.

También está la carta del “enemigo selectivo”. Cuando tenía unos 9 años, Bicha se fue a un campamento en León. Allí conoció a un niño que se enamoró locamente de ella, despertando las iras de alguna otra niña, la cual al sentirse despechada tramó su terrible venganza. Una noche, al regresar a su tienda de campaña (compartida con otras 5 niñas, una de las cuales se llamaba como ella), Bicha se encontró una carta en su saco de dormir:

Hola Bicha,

Que sepas que tienes las horas contadas. Mañana por la noche te vamos a dar. Dejaremos que cenes tranquilamente, pero ten cuidado cuando te vayas a dormir. Te estaremos esperando. Más te vale no salir de la tienda.

Firmado,

Tu enemigo

Postdata: nos referimos a la Bicha sin gafas. La Bicha con gafas nos cae muy bien y no la vamos a atacar.

Con esto empezó todo. A cada ataque de risa floja le seguía un “¿y te acuerdas de…?” hasta que las dos acabamos tiradas en el sofá agarrándonos la barriga y apoyadas una en otra casi sin poder respirar.

PhotobucketLos despistes de nuestra familia y amigos vienen de largo, empezando ya por mis abuelos, que nos dieron buen ejemplo. A mi abuelo paterno, por ejemplo, lo encontró su mujer un día untando levadura en tostadas. Ante la horrorizada pregunta de qué leches estaba haciendo, él contestó: “Nada, que me pareció que este paté estaba buenísimo. No te preocupes que mañana te compro otro”.

Aunque mi abuela paterna tampoco está para tirar cohetes. Durante unas vacaciones y tras muchas horas en coche la pobre mujer tenía… estooo… cierta zona de la anatomía femenina bastante irritada. Medio a oscuras se puso a rebuscar en la maleta por el tubo de pomada “Bálsamo Bebé”, tan útil en estos incómodos casos. Se la aplicó con discreción (y a discreción) y cuando fue a cerrar el tubo se fijó en lo que ponía: “Pegamento iMedio”.

Mi rama materna de la familia tampoco se salva de la quema. Una de mis tías trabajó como peluquera en casa de sus padres, en el pueblo. Cuando mi abuela quería atusarse los pelos en ocasiones especiales (véase entierros, bodas o funerales), bajaba pues a la peluquería a hacer buen uso de todos los mejunjes varios allí acumulados. En una ocasión en la que llegaba tarde a una boda, bajó corriendo conmigo detrás, se peinó lo mejor que pudo y extendió la mano para agarrar el spray fijador. Yo debía tener unos 5 ó 6 años y me quedé mirándola fijamente, hasta que ella, nerviosa, me preguntó qué encontraba tan interesante. Yo señalé a su mano. Ella miró. Se había fijado el pelo con limpiacristales.

Pero la especialidad de mi abuela materna son las nuevas aportaciones a la Real Academia de la Lengua. En otra ocasión se acercó a su hija y le preguntó: “Mari, ¿tú no tendrás otitis, eh?”. Mi tía la miró extrañada: “No, mamá, ¿por qué lo preguntas?”. “Nada, es que rompí el asa de un jarrón y estaba mirando a ver si podía pegarla”. Se refería a Loctite.

PhotobucketMi primer novio fue granadino. Una de las veces que visitó Asturias se trajo una bolsa llena de chirimoyas y las repartió a todos los miembros de mi familia. Al día siguiente mi abuela estuvo hablando conmigo por teléfono, y al despedirse me soltó: “Ah, y dile al mozo ese que tienes que estaban muy ricas las maricochas”

En cuestión de palabros, mis parientes tienen unos amigos que sin duda contribuyen a mantener la tradición familiar. Una de esas amigas hablaba en una ocasión de coleccionismo con una de mis tías: “Mi marido colecciona testículos”. Mi tía, con los ojos como platos: “¡Pero qué me dices!”. “Sí hija, tiene tantos que ya no sabe dónde meterlos: testículos encuadernados, testículos sin encuadernar… ¡y testículos sueltos!”.

Otra amiga se quedó a ver una película lacrimógena con ella. En uno de los momentos más trágicos, le suelta: “Menos mal que no está aquí mi hermano, ¡es un semental!”. “¿¿¿Cómo???”. “Sí, sí, un semental de cuidado, ¡llora por todo!”.

Mis tías, como buenas discípulas, siguieron el ejemplo de sus padres y amigos. Una de ellas estaba en una cafetería charlando animadamente con una amiga suya. En un momento dado, un hombre entró en el local. Mi tía se lo quedó mirando y, con la delicadeza que le caracteriza, le soltó a la amiga: “Joder, ¿has visto la pinta de nazi hijoputa que tiene el viejo que acaba de entrar?”. Silencio sepulcral. Finalmente la amiga abre la boca: “Es mi padre”.

PhotobucketUna de las hermanas de mi madre tenía por costumbre vestirse de manera bastante provocativa e ir siempre muy maquillada. Una mañana temprano llegó al trabajo antes de que abrieran y se paró un rato a mirar un escaparate de productos de oficina. Un hombre se le acercó, se puso a mirar también y preguntó: “¿Qué, qué tal andan los precios hoy?”. Mi tía, muy amable ella, contestó: “Pues no parecen demasiado caros, no”. El tío no se movía de su lado. Ella empezó a mosquearse, hasta que por fin se dio cuenta… El hombre no preguntaba por los precios del escaparate… le preguntaba por el suyo.

Otra de ellas fue a visitar a una amiga enferma, y para encontrar algo de qué hablar, se puso a admirar los objetos de arte que había por la habitación. Encima de un piano se encontró una escultura de una cabeza con gesto hosco y pelos revueltos. “Por Dios, ¡qué monstruosidad!, ¿cómo se les ocurre hacer una escultura de Beethoven tan horrible?”. “Ehm… no es Beethoven, es mi madre”. Mi tía, intentando sacar el pie del cubo, trató de arreglar la situación: “Estooo, bueno, con lo lozana y guapa que está tu madre, ¿quién fue el cafre que le hizo esta escultura que la favorece tan poco?”. “Pues… mi hermano. Es escultor”.

PhotobucketMi padre parece no obstante el principal destinatario del gen familiar del despiste agudo. Desde olvidarse de la cara de la persona con la que ha hablado durante horas hasta el punto de preguntarle a esa misma persona si había visto “al tío con el que estaba hablando antes”, hasta dejarse los grifos abiertos en casa de un cliente y tener que pagar los arreglos causados por medio metro de agua. Desde bajar a casa en taxi desde la casa de otro cliente y darse cuenta una vez en la cama de que había subido en su coche, hasta olvidarse ese mismo coche en medio de la calle con las puertas y el maletero abiertos durante toda la noche. Afortunadamente para él, su coche está tan roñoso que cualquier ladrón que se acerque a él le dejará 10 euros en el salpicadero por pura lástima.

Y claro, así salí yo. Yo, con mi espléndida orientación espacial. Yo, que entro en una tienda y al salir no recuerdo por qué lado he venido. Yo, que me paso 3 horas en un restaurante y no recuerdo qué camarera me ha atendido (si es camarerO suelo tener mejor memoria, véase PizzaKid). Que recojo un recado de un desconocido y, cuando me piden su descripción, digo que creo que era moreno de pelo rizado y ojos marrones. Cuando vuelve, era rubio de pelo casi rapado y ojos azules. A veces veo esas películas de crímenes en las que el poli bueno va a entrevistar a la quiosquera de la esquina y le pregunta: “Hace 4 meses y 3 días un hombre vino a comprar la revista Hola, ¿podría describírmelo?”, y la tía contesta convencida y sin titubear: “Sí, lo recuerdo, era moreno, bizco, con un tatuaje en el brazo que ponía ‘Nirvana’ en chino mandarín, ceceaba y tenía un leve acento norirlandés”. A mí me preguntan por la persona que me torturó sádicamente durante 5 días y como mucho acertaría a decir: “creo que tenía dos brazos”.

Mi último episodio metepatas sucedió hace escasamente un mes. Pasaba yo por delante de la puerta de uno de los laboratorios, y por el rabillo del ojo detecté una presencia interesante. Me asomé al cristal y vi un pedazo de macho rubio de ojazos verdes paseando tímidamente entre los estantes de productos químicos. Aún no me había recuperado de la impresión cuando me crucé con Ellie, la postdoc que trabaja en ese laboratorio. “Tía, menudo ejemplar de sexo masculino que tienes en el laboratorio, picarona… es nuevo, ¿verdad?, ¿me dejas que te ayude a enseñarle todo lo que hay que saber de la vida?”. Ella me echó una mirada muy inglesa, y sin cambiar un ápice su tono de voz habitual, me soltó: “Es mi novio, ha venido a buscarme hoy”. Desde entonces cada vez que la veo venir por el pasillo me escondo en una de las taquillas.

Por favor, decidme que no soy la única. Que aún tengo remedio. Que es posible sacar el pie del cubo.

---

¿Me contáis alguna de vuestras meteduras de pata?
Etiquetas:  
No