Vuelta a la vida familiar…
Cuando llevas desde los 20 años acostumbrada a la vida independiente - primero en pisos compartidos, y luego en tu propio (o más bien alquilado) apartamento -, lo que para muchos otros jóvenes españoles es “la buena vida” para ti se convierte en un suplicio. A muchos de mis amigos no hay quién los saque del hogar materno ni regalándoles un chalet en la costa: “Aquí me cocinan, me compran la ropa, me la lavan, me la planchan y me dan dinero para salir… ¿qué más quiero?”. Nunca entendí esa filosofía. Al igual que en los negocios y la política, quien tiene el dinero tiene el poder, y la libertad de la que se goza dependiendo de tus padres es más o menos la misma que posee un pájaro enjaulado. Pero en fin, si es lo que han elegido libremente y ambas partes están de acuerdo, “ande yo caliente, y ríase la gente”.El problema viene cuando después de años de hacer lo que te da la gana en tu propia casa – véase: dejar el sujetador en el respaldo de una silla en la habitación, la ropa sucia sobre el suelo del baño durante tres días, la cama sin hacer durante semanas, los platos sin fregar de un día para otro, etc etc – te ves obligada a volver a vivir en familia durante las supuestas vacaciones, que realmente acaban convirtiéndose en “tu obligación periódica de visitar a to Dios en 10 días”. Cuando pasas de tus relajadas rutinas domésticas a acatar las no-tan-relajadas rutinas de unos familiares que como mínimo doblan tu edad y que han sido educados en la idea de que todo ser de provecho debe guardar unos hábitos de orden, concierto y decencia (esta última palabra he tenido que buscarla en el diccionario :P).
Para ilustraros a qué me refiero expondré una comparación punto por punto de lo que es un día ocioso en mi apartamento en Mix Village y uno en Oviedo en casa de mis abuelos:
Caso práctico 1 -> Pilimindrina se despierta un Sábado a las 9 de la mañana con una urgente necesidad fisiológica (también conocido como: Pilimindrina se mea toa): abres un ojo legañoso y miras el despertador. Tu cerebro tarda dos segundos en registrar que son las 9 de la mañana y que hoy no hay que levantarse temprano. Bostezas. Apartas las sábanas, pero no demasiado para que no se vaya todo el calorcillo. Sacas los pies de la cama.
Te agarras a la mesita de noche y vas dando tumbos y con los ojos aún semicerrados hasta el baño, que al ser un apartamento tamaño “ministra Trujillo” está a metro y medio como mucho de cualquier zona de la casa. Pegas un respingo… la taza del water está congelada; vagamente te preguntas si resultaría rentable patentar un calentador eléctrico de inodoros. Acabas lo que tenías que hacer. Sales del water agarrándote al marco de la puerta. Te despatarras sobre la cama y te arrebujas lo más posible bajo las mantas para volver a estar calentita lo antes posible. Te vuelves a dormir con una sonrisa de felicidad cuasi-orgásmica y no te despiertas hasta pasadas las 12 del mediodía. Nota: no llegar a abrir los ojos del todo es importante para no perder el estado semiletárgico.Modificación del caso práctico 1 -> Pilimindrina se mea toa, pero ha dormido acompañada: los pasos son los mismos hasta llegar a “te despatarras sobre la cama”, momento en el cual tu compañero de cama se despierta. Te tapas con las mantas y te arrebujas contra él queriendo recuperar el calorcillo perdido. En breves instantes descubres que has recuperado algo más que el calorcillo perdido y que tu acompañante está dispuesto a aprovechar la trempera mañanera para funciones más útiles que las meramente urinarias. Momentos XXX, de duración indeterminada. Te quedas grogui y te vuelves a dormir con sonrisa de felicidad orgásmica completa y no te despiertas hasta pasadas las 12, o la 1, o las 2…
Caso práctico 2 -> Pilimindrina en vacaciones familiares durmiendo en casa de sus abuelos se mea toa por la mañana: mismos pasos hasta llegar al “Bostezas”. Te levantas de la cama y te encuentras en territorio desconocido. Tu neurona aún letárgica registra que no estás en tu mini apartamento y que desde tu habitación al único baño hay unos 20 metros de pasillo. Recorres el pasillo dando tumbos de pared a pared y medio congelada de frío porque todas las ventanas de la casa están abiertas “para ventilar”. Pisas al gato, que te hace “¡fu!”. Esperas 15 minutos a que la persona que estaba en el baño acabe de peinarse/ducharse/aplicarse crema reparadora antiarrugas/afeitarse los pelos de las patorras con guadaña. Entras al baño y descubres que el water está igual de frío que en tu casa. Terminas y sales del baño, volviendo a recorrer a la inversa el interminable pasillo congelado. Mantener el estado semiletárgico requiere un esfuerzo sobrehumano, pero ya ves cercano tu premio. Entras en tu habitación, dispuesta a despatarrarte sobre la cama… y descubres que en tu ausencia tu tía ha subido las persianas, abierto las ventanas, encendido las luces, hecho la cama y está pasando por el parquet un aspirador de los años 50 que hace un ruido similar al de un F16 en pleno aterrizaje. Toda resistencia o queja será fútil. Como mucho se verá recompensada con un: “Ah, pero ¿¿es que pensabas volver a la cama a estas horas??”
Otro de los inconvenientes de regresar temporalmente al hogar familiar es la pérdida total de privacidad. Yo soy una persona que odia estar localizable, explicar a qué sitios va a ir, a qué hora va a volver, o prometer que “va a llamar en cuanto llegue”. Por no tener, no tengo ni móvil.
Mi abuela es el prototipo de “gallina protectora de sus pollitos”. A su avanzada edad, no soporta no saber en cada momento dónde y qué cosa está haciendo cada miembro de la familia. Como encima la pobre está medio sorda y no se entera de la misa la mitad, tratar de pasar un momento a solas en esta casa es como que Brad Pitt trate de pasar desapercibido en un internado femenino.Ejemplo práctico: Pilimindrina tratando de leer un libro en una de las habitaciones mientras mi abuela ve la tele en el salón. Pilimindrina empezando a leer el párrafo 2 de la página 1.
Abu: “¡Piliiiii!”
Pilimindrina: “Dime Abu”
Abu: “¡PIIIILIIIIII!”
Pilimindrina: “DIMEEEE ABUUUUUUU”
Abu: “¡PIIILIIIIIIIIIIIIIII!”
Pilimindrina pone los ojos en blanco, se levanta de la butaca, deja el libro y va hasta el salón.
Pilimindrina: “Aquí estoy, ¿qué quieres?”
Abu: “Mujer, es que no me oías”
Pilimindrina: (suspiro) “Sí, es que últimamente ando algo sorda…”
Abu: “Qué dices, mujer, si cada vez que vienes te veo más delgaducha… ¡Tú lo que tienes es que comer! A ver si me acabas atomésica de esas”
Pilimindrina: “No Abu, sorda, ¡SORDA!”
Abu: “Ya sé que estoy sorda, hija, qué quieres, son los años, una ya no oye como antes, que podía escuchar reñir a los vecinos del cuarto…”
Pilimindrina: “¿Qué querías Abu?”
Abu: “¿Qué?”
Pilimindrina: “¿QUE QUÉ QUERÍAS?”
Abu: “Nada, hija, era para ver dónde estabas, es que no te veía”
Pilimindrina resopla.
Pilimindrina: “Estaba leyendo una novela”
Abu: “No, con tu abuela no estabas, mentirosilla, que tu abuela ha estado aquí todo el rato”
Pilimindrina: “No Abu, leyendo, LEYENDO UNA NOVELA”
Abu: sí, yo estaba viendo la telenovela, tú por Inglaterra no ves “Pasión de gavilanes”, ¿verdad? pues verás que te explico: está la mujer esta mala, mala, malísima y el padre del hermano de Carlos Javier…
Tres horas más tarde, cuando vuelves a buscar tu libro, te encuentras con que ha desaparecido. Tu tía lo ha guardado sabe Dios dónde, porque “es que estaba aquí abierto encima de la mesa, y ese no es su sitio”. ¿Cuál es su sitio? Lo más probable es que no lo descubras jamás.
Estas vacaciones tienen además un puntillo extra de estrés: aparte del tema “papeleo” que me trae por la calle de la amargura - que si bancos, que si carné internacional de conducir (que necesitas para conducir por Nueva Zelanda), que si dar de baja el Reichín para que no me sigan cobrando la viñeta, etc etc – , Maus se encuentra en un estado de pánico casi permanente. Cada vez ve más cerca el viaje y día sí, día no, recibo correos electrónicos suyos tan edificantes como este:
De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: acojonadeixon
Hola Preciosa,
Cada vez me planteo más a menudo la locura que estoy haciendo. Dejar mi trabajo, mi familia, mi país para largarme al otro lado del mundo con una persona cuyo historial de parejas incluye haber mandado a freír monas a la mayoría de ellas y con la que llevo saliendo apenas tres meses. Te quiero, estoy convencido de que lo nuestro puede funcionar, pero debo confesar que estoy acojonado. Sé que tú te irías aunque yo te dijese que me quedaba aquí, y eso me hace dudar. Si voy contigo y tú me dejas me quedaré sin nada. A veces me despierto convencido de que lo que tengo que hacer es hablar con el jefe de personal y pedirle que me vuelva a admitir y olvidarme de todo. Luego pienso que, al fin y al cabo, lo que tengo aquí es una mierda, e irme contigo, aunque pueda salir mal, me ofrece una esperanza. Y luego vuelve el miedo otra vez. Si te tuviera aquí a mi lado para abrazarte cada noche todo sería más fácil.
Te quiero y te echo de menos,
Maus
Cuando leo estas cosas me apetece llamarle y asegurarle que todo va a ir bien, que no va a haber ningún problema, que esta vez será diferente. Y luego pienso, ¿qué garantías puedo darle? Siempre he sido una cabeza loca a la que no ha importado dejar atrás familia, amigos y pareja por buscar lo que sea que estoy buscando. Y es cierto, aunque él me dijese que no viene conmigo, yo me iría igual. Creo que con Maus puede haber algo especial, diferente a lo que he tenido hasta ahora… pero también sé que no me puedo quedar en Inglaterra durante mucho más tiempo. No me gusta este país para vivir en él más de una temporada, a la gente le falta algo que yo necesito: profundidad, cercanía, confianza… no sé definir lo que es, pero sé que ha llegado el momento de buscar lo que sea en otro sitio. Y si Maus se viene conmigo, debe ser él mismo quien tome la decisión, sin presionarlo ni manipularlo.
Cada país, cada ciudad en la que he estado, tienen un color que los define. Un color con el que las relacionas siempre que piensas en ellas. Mi Asturias es, sin lugar a dudas, verde. No sólo por sus verdes prados y bosques… sencillamente es así, es su color. Verde vivo. Roma es azul, de un azul algo más oscuro que el del cielo, alegre y pícaro. Escocia para mí es naranja brillante, no sé explicar bien por qué.Inglaterra es gris; gris humo. Incluso en la ciudad más bonita, el color gris emana de la propia gente, de sus gestos, de la lejanía con la que te sientes tratada. A excepción de Londres, a la que veo como una explosión de colores de todos los tonos y brillos, sin duda Inglaterra es gris.
¿De qué color será Nueva Zelanda?
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¿De qué color es tu ciudad?