Tres países en diez días
La cuenta atrás ha comenzado. Ahora os escribo desde mi Asturias. Dentro de dos días estaré de vuelta en Inglaterra para ultimar los preparativos de mi viaje. Dentro de 10 días estaré, literalmente, al otro lado del Mundo.
Esta última semana va a ser toda una prueba para mis nervios; tengo que hacer copias de seguridad de mi disco duro por si acaso el ordenador se escacharra en el viaje (lo mando por barco junto con otras tantas cosas y tardará unos ¡dos meses! en llegar a las Antípodas); tengo que empaquetarlo todo y quedar de acuerdo con la compañía de mudanzas para enviar los paquetes; cancelar mis cuentas bancarias inglesas y decidir cómo leches hago para enviar mi dinero a Nueva Zelanda y poder disponer de él lo antes posible; darme de baja en la compañía eléctrica, telefónica y en el Ayuntamiento, y de paso preguntar qué pasa con los dos años y medio cotizados en Gran Bretaña (si me valdrán de algo a la hora de computar para la pensión o el paro); tengo que decidir qué trastos me llevo y cuáles tiro a la basura, vendo o regalo; tengo que avisar en el centro de salud y en el dentista de que ya no voy a seguir acudiendo a revisiones; tengo que pasarme por el laboratorio para comprobar que todo haya quedado en orden. Y unas 300 cosas más.
Para todo esto, y lo que vaya surgiendo, tendré… ¡cuatro días laborales! ¡AAAAARRRGGGHHHH!
Voy a tratar de informaros acerca de todos estos preparativos antes de empaquetar definitivamente mi ordenador, cosa que, si todo va según lo previsto, ocurrirá el próximo jueves. Después de ello dependeré de los cibercafés que pueda encontrarme en Nueva Zelanda hasta que me haga con un portátil baratillo y una conexión a Internet… porque si algo tengo claro es que no pienso esperar dos meses para volver a tener ordenador y poder informaros acerca de las peripecias que sin duda me ocurrirán a montones en mis primeros días en el “Mundo Desconocido de la Gente Que Vive Cabeza Abajo”.
Afortunadamente en Nueva Zelanda ahora es verano, y en la maleta que me lleve en el avión no tendré que cargar con abrigos voluminosos. Con un poco de suerte podré haceros llegar en breve algunas foto de playas paradisíacas, para que paséis envidia ;)
¿Qué si estoy nerviosa? ¡Por supuesto que no! Hombre por favor, esta menda es una chica dura, fría y con nervios de acero. No hay tarea lo bastante difícil ni lugar lo bastante lejano como para amedrentarme. ¿Miedo yo? Ja. Ja y ja. Y más ja.
Joder, estoy acojonada.
No he podido hablar demasiado con Maus estos días. Los mensajes suyos que he recibido han sido bastante contradictorios. Yo siempre he sido lo que yo llamo “una optimista realista”; mi filosofía es: “estáte preparada para lo peor, y así todo lo que ocurra te sorprenderá de forma positiva”, así que tengo que considerar, me guste o no, la opción de que el chaval se me acojone y me diga en el último momento que no se viene conmigo. Si esto sucediera tendría que enfrentarme a la vez con varios ligeros problemillas:
1. Me acabo de despedir de mi familia y amigos hasta sabe Dios cuándo (desde Nueva Zelanda no podré venirme de visita mes sí-mes no como ahora).
2. Tendría que hacer el viaje y el traslado, así como el período de adaptación, completamente sola… no olvidemos que por allá no conozco absolutamente a nadie.
3. Tendría que enfrentarme a una ruptura súbita e irreversible con una persona por la que, digámoslo claro de una puñetera vez, estoy colada. No estoy colada por él con ese amor pasional y adolescente del estilo: “amor, corazón, cariñín, eres la luz de mi vida, el Adonis de mi existencia, si te vas me moriré, me moriré mucho, me moriré dos veces”. No. Estoy colada con el tipo de amor con el que, una persona que jamás se ha planteado estar con nadie por más de dos primaveras seguidas, ni matrimonios ni hijos, en casi 30 años de vida, un día se descubre pensando: “pues sigo sin querer casarme y tener hijos, pero en un mundo paralelo inexistente, en un futuro lejano a unos 3000 siglos del presente, en una falla espacio-temporal imposible, si la otra yo allí existente sufriera un colapso cerebral y decidiera formar una familia, creo que este inglesillo vegetariano podría ser el candidato”. Y os aseguro que eso para mí son palabras mayores. Tan mayores que me acabo de pasar 10 minutos tratando de decidir si borro este párrafo entero y me olvido del artículo de hoy hasta que se me quiten estas ideas extrañas de la cabeza.
Y aunque duela pensarlo, sé que la posibilidad de que en el último momento Maus decida no venirse conmigo está ahí presente. Si eso sucediera se acabaría todo: no nos volveríamos a ver jamás. Yo me iría, porque algo dentro de mí me dice que debo hacerlo. No me moriría, no pensaría que “jamás volveré a conocer a alguien” ni caería en una depresión suicida, porque yo no soy así. Pasaría una temporada muy jodida, aunque la novedad del lugar y las circunstancias, sumado a que Nueva Zelanda es un lugar sin recuerdos de Maus, probablemente contribuyeran a cicatrizar pronto la herida. Y luego seguiría adelante, como seguiría él en Inglaterra. Al cabo de un tiempo más o menos largo de "…¡y otra vez single en Nueva Zelanda!” y de aventuras amorosas de una noche aparecería otra persona, porque el corazón humano está hecho para enamorarse.
Pero dudo mucho, muchísimo, que ninguna otra persona en una larga temporada me haga sentir lo que siento ahora.
Por otra parte, si todo va bien y Maus se viene conmigo, comenzará una vida en común que a su vez me llena de interrogantes. Hace unos pocos días, en medio de uno de sus ataques de pánico previos a mi partida hacia Asturias, le hice una promesa que cumpliría en caso de que él decidiese romper con su vida en Inglaterra y acompañarme. No le prometí casarme con él, ni amarle eternamente, ni convertirle en el padre de mis hijos. Mi promesa tiene que ver con sacrificio, con agradecimiento y con corresponder a lo que él hace por mí en esta ocasión. Es una promesa que deberé cumplir en caso de que nuestros planes no vayan bien. Si las cosas se tuercen, tendré que estar a la altura.
Soplan vientos de cambio. La asturianina viajera sigue con su búsqueda de la felicidad, del lugar en el que pueda combinar un buen trabajo con una buena vida. Sigo buscando lo que me falta, sea lo que sea. ¿Queréis seguir acompañándome?
---
Vuestras opiniones me ayudan. ¿Qué creéis vosotros que hará Maus?
Esta última semana va a ser toda una prueba para mis nervios; tengo que hacer copias de seguridad de mi disco duro por si acaso el ordenador se escacharra en el viaje (lo mando por barco junto con otras tantas cosas y tardará unos ¡dos meses! en llegar a las Antípodas); tengo que empaquetarlo todo y quedar de acuerdo con la compañía de mudanzas para enviar los paquetes; cancelar mis cuentas bancarias inglesas y decidir cómo leches hago para enviar mi dinero a Nueva Zelanda y poder disponer de él lo antes posible; darme de baja en la compañía eléctrica, telefónica y en el Ayuntamiento, y de paso preguntar qué pasa con los dos años y medio cotizados en Gran Bretaña (si me valdrán de algo a la hora de computar para la pensión o el paro); tengo que decidir qué trastos me llevo y cuáles tiro a la basura, vendo o regalo; tengo que avisar en el centro de salud y en el dentista de que ya no voy a seguir acudiendo a revisiones; tengo que pasarme por el laboratorio para comprobar que todo haya quedado en orden. Y unas 300 cosas más.Para todo esto, y lo que vaya surgiendo, tendré… ¡cuatro días laborales! ¡AAAAARRRGGGHHHH!
Voy a tratar de informaros acerca de todos estos preparativos antes de empaquetar definitivamente mi ordenador, cosa que, si todo va según lo previsto, ocurrirá el próximo jueves. Después de ello dependeré de los cibercafés que pueda encontrarme en Nueva Zelanda hasta que me haga con un portátil baratillo y una conexión a Internet… porque si algo tengo claro es que no pienso esperar dos meses para volver a tener ordenador y poder informaros acerca de las peripecias que sin duda me ocurrirán a montones en mis primeros días en el “Mundo Desconocido de la Gente Que Vive Cabeza Abajo”.
Afortunadamente en Nueva Zelanda ahora es verano, y en la maleta que me lleve en el avión no tendré que cargar con abrigos voluminosos. Con un poco de suerte podré haceros llegar en breve algunas foto de playas paradisíacas, para que paséis envidia ;)
¿Qué si estoy nerviosa? ¡Por supuesto que no! Hombre por favor, esta menda es una chica dura, fría y con nervios de acero. No hay tarea lo bastante difícil ni lugar lo bastante lejano como para amedrentarme. ¿Miedo yo? Ja. Ja y ja. Y más ja.
Joder, estoy acojonada.
No he podido hablar demasiado con Maus estos días. Los mensajes suyos que he recibido han sido bastante contradictorios. Yo siempre he sido lo que yo llamo “una optimista realista”; mi filosofía es: “estáte preparada para lo peor, y así todo lo que ocurra te sorprenderá de forma positiva”, así que tengo que considerar, me guste o no, la opción de que el chaval se me acojone y me diga en el último momento que no se viene conmigo. Si esto sucediera tendría que enfrentarme a la vez con varios ligeros problemillas:1. Me acabo de despedir de mi familia y amigos hasta sabe Dios cuándo (desde Nueva Zelanda no podré venirme de visita mes sí-mes no como ahora).
2. Tendría que hacer el viaje y el traslado, así como el período de adaptación, completamente sola… no olvidemos que por allá no conozco absolutamente a nadie.
3. Tendría que enfrentarme a una ruptura súbita e irreversible con una persona por la que, digámoslo claro de una puñetera vez, estoy colada. No estoy colada por él con ese amor pasional y adolescente del estilo: “amor, corazón, cariñín, eres la luz de mi vida, el Adonis de mi existencia, si te vas me moriré, me moriré mucho, me moriré dos veces”. No. Estoy colada con el tipo de amor con el que, una persona que jamás se ha planteado estar con nadie por más de dos primaveras seguidas, ni matrimonios ni hijos, en casi 30 años de vida, un día se descubre pensando: “pues sigo sin querer casarme y tener hijos, pero en un mundo paralelo inexistente, en un futuro lejano a unos 3000 siglos del presente, en una falla espacio-temporal imposible, si la otra yo allí existente sufriera un colapso cerebral y decidiera formar una familia, creo que este inglesillo vegetariano podría ser el candidato”. Y os aseguro que eso para mí son palabras mayores. Tan mayores que me acabo de pasar 10 minutos tratando de decidir si borro este párrafo entero y me olvido del artículo de hoy hasta que se me quiten estas ideas extrañas de la cabeza.
Y aunque duela pensarlo, sé que la posibilidad de que en el último momento Maus decida no venirse conmigo está ahí presente. Si eso sucediera se acabaría todo: no nos volveríamos a ver jamás. Yo me iría, porque algo dentro de mí me dice que debo hacerlo. No me moriría, no pensaría que “jamás volveré a conocer a alguien” ni caería en una depresión suicida, porque yo no soy así. Pasaría una temporada muy jodida, aunque la novedad del lugar y las circunstancias, sumado a que Nueva Zelanda es un lugar sin recuerdos de Maus, probablemente contribuyeran a cicatrizar pronto la herida. Y luego seguiría adelante, como seguiría él en Inglaterra. Al cabo de un tiempo más o menos largo de "…¡y otra vez single en Nueva Zelanda!” y de aventuras amorosas de una noche aparecería otra persona, porque el corazón humano está hecho para enamorarse.Pero dudo mucho, muchísimo, que ninguna otra persona en una larga temporada me haga sentir lo que siento ahora.
Por otra parte, si todo va bien y Maus se viene conmigo, comenzará una vida en común que a su vez me llena de interrogantes. Hace unos pocos días, en medio de uno de sus ataques de pánico previos a mi partida hacia Asturias, le hice una promesa que cumpliría en caso de que él decidiese romper con su vida en Inglaterra y acompañarme. No le prometí casarme con él, ni amarle eternamente, ni convertirle en el padre de mis hijos. Mi promesa tiene que ver con sacrificio, con agradecimiento y con corresponder a lo que él hace por mí en esta ocasión. Es una promesa que deberé cumplir en caso de que nuestros planes no vayan bien. Si las cosas se tuercen, tendré que estar a la altura.
Soplan vientos de cambio. La asturianina viajera sigue con su búsqueda de la felicidad, del lugar en el que pueda combinar un buen trabajo con una buena vida. Sigo buscando lo que me falta, sea lo que sea. ¿Queréis seguir acompañándome?
---
Vuestras opiniones me ayudan. ¿Qué creéis vosotros que hará Maus?