...que con el alma no puedo
En algunas ocasiones mis lectores me dejan comentarios de admiración por la vida tan emocionante que tengo, llena de aventuras y diversión y en la que todo me sale bien. No está de más recordar que un weblog no contiene todos y cada uno de los detalles de la vida de su protagonista, sino tan solo los momentos que a esa persona le apetece relatar. En un blog de humor, como este, con el que pretendo principalmente provocar sonrisas, la mayor parte de mis artículos se centran en acontecimientos divertidos, o bien en ironizar y satirizar aquellos que no lo son tanto.
No obstante mi vida, como la vuestra, no es sólo un camino de rosas. O quizás sí lo es, solo que esas rosas vienen con espinas, a veces largas y afiladas, otras pequeñitas que no duelen tanto, pero que te irritan la piel durante días.
¿Soy feliz? La respuesta, sin tener que pensarla demasiado, es un rotundo sí. No soy feliz las 24 horas de los 7 días de la semana, no me paso todo el día con la sonrisa en la boca, ni tengo mucho dinero, ni mucho menos todo lo que me gustaría tener. Pero tengo algo que me ha costado mucho esfuerzo y trabajo conseguir: control sobre mi vida. Yo decido lo que hago, dónde lo hago y con quién. No debo favores a nadie ni he tenido nunca que humillarme para conseguir nada. Tengo todo lo que necesito porque me lo he currado, y bien currado, y nada de lo que tengo se debe a la buena suerte o a haber tenido una familia acomodada, ni a haber ganado la lotería. Sí, estoy satisfecha con lo que he conseguido en la vida, y además tengo ilusión de sobra para seguir luchando por muchas más cosas.
Tengo una familia a la que nunca le ha sobrado el dinero, pero que son ricos, inmensamente ricos, en amor y cariño. Si ese amor y cariño se pudiera traducir en billetes de 10 euros, no habría en el mundo mansión lo suficientemente lujosa que no pudieran pagar. Aunque de momento no necesite ayuda, ni sea una persona a la que le guste solicitarla, sé que bastaría con una llamada, una insinuación de que algo va mal, para tener a todos los míos reunidos en torno a mí como una piña. Ya sea en Nueva Zelanda o en Saturno, no existe lugar lo bastante lejano como para sentirme sola. Y mi privilegio es aún mayor por ser yo una persona que seguramente no merece todo ese apoyo, ya que mis muestras de cariño hacia ellos no llegan a la suela de los zapatos a las que ellos me prodigan a mí.
Soy feliz porque en el tema sentimental, a pesar de no haber tenido nunca una relación que haya durado más de dos años y poco – aparte de mi romance platónico a la tierna edad de tres añitos – siempre he estado con la persona con la que quería estar, y la mayoría de los que han compartido un trozo de su corazón conmigo se han quedado allá adentro, y yo en el suyo, por y para siempre. Porque puedo seguir hablando con ellos y confiando en ellos aun después de haberles fallado, porque ninguno me guarda rencor por mis pequeños y grandes defectos, ni yo a ellos. Porque aunque ya se haya fundido aquella chispa que una vez hubo, queda una brasa que no se apaga. Porque puedo volver a encontrarme con cualquiera de ellos dentro de 35 años, y ese algo especial seguirá allí.
Inciso: hablando de brasa, joer la que os estoy dando yo a vosotros… Fin del inciso.
Soy feliz en mi trabajo, porque después de toda una vida luchando por ser científica, hoy puedo decir que lo soy, y que además sigo sintiendo la misma ilusión cada vez que entro en un laboratorio que el primer día de prácticas de la carrera, cuando ver una hebra de ADN precipitado en alcohol era un acontecimiento mágico y un test ELISA me sonaba a una mujer con rulos. Sí, a veces mi trabajo es frustrante, desesperante… a veces meses y meses de trabajo se traducen en ningún resultado, a veces las personas que deberían apoyarte y dar ejemplo resultan ser las que te desaniman y te hacen replantearte qué coño haces trabajando por poco dinero y de sol a sol cuando, si hubieras estudiado Fisioterapia o Ingeniería Industrial, ahora estarías ganando una pasta gansa y de vacaciones en las Bahamas. A pesar de todo eso, una vez cada mucho tiempo, algo de lo que haces en el laboratorio da resultado: se te enciende una luz, descubres algo que nadie antes que tú sabía, una solución a un problema de una forma inesperada. Creo que hay que nacer científica para entender cómo ese simple instante te da energía para soportar otro año de frustraciones y fracasos, cómo gracias a esos escasos momentos mi trabajo es el mejor del mundo, y no lo cambiaría por ningún otro.
Soy feliz, sí, a pesar de todo.
A pesar de que a veces también haya motivos para llorar.
Maus quiere volverse para Inglaterra.
Dice que no era el momento adecuado para venirse, que no le gusta estar aquí. Que ha dejado cosas sin terminar en su país, y que debe volver para finalizarlas. No me puede asegurar si se va para volver. No sabe el tiempo que le llevará completar lo que tenga que completar. No puede darme fechas.
Me ha pedido que me vuelva con él. Al fin y al cabo, dice, yo puedo encontrar trabajo en cualquier parte.
Le he dicho que no.
Volvería con él si realmente hubiera intentado, en algún momento, adaptarse a este nuevo país, buscar un trabajo, conocer gente, demostrarme que ha movido un dedo por cumplir su promesa. Si después de un tiempo me mirase a los ojos y me dijera: “Pili, lo he intentado, pero no soy feliz aquí”. Entonces, y sentando un precedente en mi vida, dejaría mi casa y mi trabajo aquí y me iría con él a donde me llevara. Porque nunca había sentido por nadie lo que siento por él. Porque me pasaría la vida a su lado.
Pero hay cosas que, por muy enamorada que esté, no estoy dispuesta a hacer. Y no estoy dispuesta a sacrificar mi nuevo trabajo en un país que me tiene hechizada por una persona que se ha pasado casi dos meses metida en casa, sin enviar un solo curri a ninguna de las ofertas de trabajo que yo misma me molesté en buscar para él (Maus ni siquiera entró en un buscador de empleo). Por una persona que va a volver a Inglaterra a vivir en la misma casa que comparte con su exmujer (“¿a dónde voy a ir, si no tengo otro sitio?”) y donde ella seguramente pasará todos los fines de semana, eso si no se muda en cuanto sepa que Maus vuelve.
Me dice que, si no voy con él, me esperará el tiempo que haga falta, y me pide que le espere yo a él.
Debo ser extremadamente egoísta, pero eso de esperar y esperar cual esposa de marinero gallego a que “mi hombre” se decida a volver, o yo a regresar a un país del que escapé cagando leches debido a la inexistente capacidad de sus habitantes de mostrar el más mínimo calor humano, no me atrae en absoluto. Si me tengo que quedar sola en el otro extremo del mundo, bastante jodido va a ser ya superar el hecho de perder a la persona a la que quiero para encima torturarme durante meses, quizá años, esperando el “retonno” del amor perdido. No. No tengo vocación de plañidera. Si Maus se marcha sin fecha de vuelta menos de dos meses después de venirse (y de casi dejarme plantada en el aeropuerto), se irá sin atadura alguna.
Y luego, al cabo de X tiempo, si de repente le dan unas ganas locas de regresar a Nueva Zelanda… mejor que primero me lo consulte, porque para entonces es posible que la que no quiera sea yo.
¡Qué fácil suena todo! ¡Qué valiente y dura que soy, coño! La mujer de hierro, del corazón de hielo y la cabeza templada.
Hace un par de días dejé de llorar. Hasta entonces, durante más de una semana me acostaba con el corazón en un puño y un nudo en la garganta; me despertaba a las 5 de la mañana tras un sueño en el que yo estaba sola, y llamaba a Maus por teléfono para escucharle decir que se había vuelto con su mujer, que lo sentía mucho pero prefería una vida aburrida y predecible a una aventura sin hogar fijo ni seguridad alguna. En el trabajo, me refugiaba en mi oficina y en los baños cuando mantener los ojos abiertos sin parpadear no bastaba para evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas. Aun así, odiaba el momento de regresar a casa, porque sólo mirar a mi ingresito dulce dolía. Me pasaba el resto de la tarde mirando a la pared sin decir nada, o soltando lágrimas silenciosas, hasta acabar dormida sobre un cojín húmedo y salado.
Hace dos días me desperté hasta el moño de llorar. Lo de las depresiones a largo plazo no es lo mío, definitivamente. Al fin y al cabo, si Maus decidía irse, ¿no era mucho mejor recordar las últimas semanas pasadas a su lado como algo maravilloso y especial, en vez de como una representación teatral de las crónicas de María Magdalena?
Ya he aceptado que se marcha. Y yo pienso seguir luchando, esté él aquí o no.
Estoy jodida, pero sigo en pie.
Y no os equivoquéis, sigo siendo feliz. Es solo una espina.
Larga, afilada y venenosa. Pero una puta espina, al fin y al cabo. Veremos lo que tarda en curar la herida.
---
Curiosidades de Nueva Zelanda:
1. Las lágrimas siguen siendo saladas y, aunque estemos cabeza abajo, siguen cayendo hacia el suelo.
No obstante mi vida, como la vuestra, no es sólo un camino de rosas. O quizás sí lo es, solo que esas rosas vienen con espinas, a veces largas y afiladas, otras pequeñitas que no duelen tanto, pero que te irritan la piel durante días.
¿Soy feliz? La respuesta, sin tener que pensarla demasiado, es un rotundo sí. No soy feliz las 24 horas de los 7 días de la semana, no me paso todo el día con la sonrisa en la boca, ni tengo mucho dinero, ni mucho menos todo lo que me gustaría tener. Pero tengo algo que me ha costado mucho esfuerzo y trabajo conseguir: control sobre mi vida. Yo decido lo que hago, dónde lo hago y con quién. No debo favores a nadie ni he tenido nunca que humillarme para conseguir nada. Tengo todo lo que necesito porque me lo he currado, y bien currado, y nada de lo que tengo se debe a la buena suerte o a haber tenido una familia acomodada, ni a haber ganado la lotería. Sí, estoy satisfecha con lo que he conseguido en la vida, y además tengo ilusión de sobra para seguir luchando por muchas más cosas.Tengo una familia a la que nunca le ha sobrado el dinero, pero que son ricos, inmensamente ricos, en amor y cariño. Si ese amor y cariño se pudiera traducir en billetes de 10 euros, no habría en el mundo mansión lo suficientemente lujosa que no pudieran pagar. Aunque de momento no necesite ayuda, ni sea una persona a la que le guste solicitarla, sé que bastaría con una llamada, una insinuación de que algo va mal, para tener a todos los míos reunidos en torno a mí como una piña. Ya sea en Nueva Zelanda o en Saturno, no existe lugar lo bastante lejano como para sentirme sola. Y mi privilegio es aún mayor por ser yo una persona que seguramente no merece todo ese apoyo, ya que mis muestras de cariño hacia ellos no llegan a la suela de los zapatos a las que ellos me prodigan a mí.
Soy feliz porque en el tema sentimental, a pesar de no haber tenido nunca una relación que haya durado más de dos años y poco – aparte de mi romance platónico a la tierna edad de tres añitos – siempre he estado con la persona con la que quería estar, y la mayoría de los que han compartido un trozo de su corazón conmigo se han quedado allá adentro, y yo en el suyo, por y para siempre. Porque puedo seguir hablando con ellos y confiando en ellos aun después de haberles fallado, porque ninguno me guarda rencor por mis pequeños y grandes defectos, ni yo a ellos. Porque aunque ya se haya fundido aquella chispa que una vez hubo, queda una brasa que no se apaga. Porque puedo volver a encontrarme con cualquiera de ellos dentro de 35 años, y ese algo especial seguirá allí.Inciso: hablando de brasa, joer la que os estoy dando yo a vosotros… Fin del inciso.
Soy feliz en mi trabajo, porque después de toda una vida luchando por ser científica, hoy puedo decir que lo soy, y que además sigo sintiendo la misma ilusión cada vez que entro en un laboratorio que el primer día de prácticas de la carrera, cuando ver una hebra de ADN precipitado en alcohol era un acontecimiento mágico y un test ELISA me sonaba a una mujer con rulos. Sí, a veces mi trabajo es frustrante, desesperante… a veces meses y meses de trabajo se traducen en ningún resultado, a veces las personas que deberían apoyarte y dar ejemplo resultan ser las que te desaniman y te hacen replantearte qué coño haces trabajando por poco dinero y de sol a sol cuando, si hubieras estudiado Fisioterapia o Ingeniería Industrial, ahora estarías ganando una pasta gansa y de vacaciones en las Bahamas. A pesar de todo eso, una vez cada mucho tiempo, algo de lo que haces en el laboratorio da resultado: se te enciende una luz, descubres algo que nadie antes que tú sabía, una solución a un problema de una forma inesperada. Creo que hay que nacer científica para entender cómo ese simple instante te da energía para soportar otro año de frustraciones y fracasos, cómo gracias a esos escasos momentos mi trabajo es el mejor del mundo, y no lo cambiaría por ningún otro.
Soy feliz, sí, a pesar de todo.
A pesar de que a veces también haya motivos para llorar.
Maus quiere volverse para Inglaterra.
Dice que no era el momento adecuado para venirse, que no le gusta estar aquí. Que ha dejado cosas sin terminar en su país, y que debe volver para finalizarlas. No me puede asegurar si se va para volver. No sabe el tiempo que le llevará completar lo que tenga que completar. No puede darme fechas.
Me ha pedido que me vuelva con él. Al fin y al cabo, dice, yo puedo encontrar trabajo en cualquier parte.
Le he dicho que no.
Volvería con él si realmente hubiera intentado, en algún momento, adaptarse a este nuevo país, buscar un trabajo, conocer gente, demostrarme que ha movido un dedo por cumplir su promesa. Si después de un tiempo me mirase a los ojos y me dijera: “Pili, lo he intentado, pero no soy feliz aquí”. Entonces, y sentando un precedente en mi vida, dejaría mi casa y mi trabajo aquí y me iría con él a donde me llevara. Porque nunca había sentido por nadie lo que siento por él. Porque me pasaría la vida a su lado.
Pero hay cosas que, por muy enamorada que esté, no estoy dispuesta a hacer. Y no estoy dispuesta a sacrificar mi nuevo trabajo en un país que me tiene hechizada por una persona que se ha pasado casi dos meses metida en casa, sin enviar un solo curri a ninguna de las ofertas de trabajo que yo misma me molesté en buscar para él (Maus ni siquiera entró en un buscador de empleo). Por una persona que va a volver a Inglaterra a vivir en la misma casa que comparte con su exmujer (“¿a dónde voy a ir, si no tengo otro sitio?”) y donde ella seguramente pasará todos los fines de semana, eso si no se muda en cuanto sepa que Maus vuelve.Me dice que, si no voy con él, me esperará el tiempo que haga falta, y me pide que le espere yo a él.
Debo ser extremadamente egoísta, pero eso de esperar y esperar cual esposa de marinero gallego a que “mi hombre” se decida a volver, o yo a regresar a un país del que escapé cagando leches debido a la inexistente capacidad de sus habitantes de mostrar el más mínimo calor humano, no me atrae en absoluto. Si me tengo que quedar sola en el otro extremo del mundo, bastante jodido va a ser ya superar el hecho de perder a la persona a la que quiero para encima torturarme durante meses, quizá años, esperando el “retonno” del amor perdido. No. No tengo vocación de plañidera. Si Maus se marcha sin fecha de vuelta menos de dos meses después de venirse (y de casi dejarme plantada en el aeropuerto), se irá sin atadura alguna.
Y luego, al cabo de X tiempo, si de repente le dan unas ganas locas de regresar a Nueva Zelanda… mejor que primero me lo consulte, porque para entonces es posible que la que no quiera sea yo.
¡Qué fácil suena todo! ¡Qué valiente y dura que soy, coño! La mujer de hierro, del corazón de hielo y la cabeza templada.
Hace un par de días dejé de llorar. Hasta entonces, durante más de una semana me acostaba con el corazón en un puño y un nudo en la garganta; me despertaba a las 5 de la mañana tras un sueño en el que yo estaba sola, y llamaba a Maus por teléfono para escucharle decir que se había vuelto con su mujer, que lo sentía mucho pero prefería una vida aburrida y predecible a una aventura sin hogar fijo ni seguridad alguna. En el trabajo, me refugiaba en mi oficina y en los baños cuando mantener los ojos abiertos sin parpadear no bastaba para evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas. Aun así, odiaba el momento de regresar a casa, porque sólo mirar a mi ingresito dulce dolía. Me pasaba el resto de la tarde mirando a la pared sin decir nada, o soltando lágrimas silenciosas, hasta acabar dormida sobre un cojín húmedo y salado.Hace dos días me desperté hasta el moño de llorar. Lo de las depresiones a largo plazo no es lo mío, definitivamente. Al fin y al cabo, si Maus decidía irse, ¿no era mucho mejor recordar las últimas semanas pasadas a su lado como algo maravilloso y especial, en vez de como una representación teatral de las crónicas de María Magdalena?
Ya he aceptado que se marcha. Y yo pienso seguir luchando, esté él aquí o no.
Estoy jodida, pero sigo en pie.
Y no os equivoquéis, sigo siendo feliz. Es solo una espina.
Larga, afilada y venenosa. Pero una puta espina, al fin y al cabo. Veremos lo que tarda en curar la herida.
---
Curiosidades de Nueva Zelanda:
1. Las lágrimas siguen siendo saladas y, aunque estemos cabeza abajo, siguen cayendo hacia el suelo.