Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Oda a la vagancia (o “por qué hacer deporte no es sano”)
PhotobucketUno de los principales hobbies de los kiwis es el deporte; tanto practicarlo como observarlo. Cuando Maus y yo nos pasamos por la oficina de inmigración de Nueva Zelanda en Londres, las pantallas de la sala de espera se enorgullecían en declarar que “el 95% de los habitantes de Nueva Zelanda practica algún deporte”. No es necesaria ninguna labor especial de investigación para darse cuenta de que el porcentaje es bastante exacto: aún no conozco a ningún neozelandés que no corra, salte, monte en bicicleta, se tire cataratas abajo en un kayak, vuele enganchado a un fuera borda, esquíe, salte a la pata coja o levante abuelitas con la mano izquierda al menos 3 veces por semana. Y no os dejéis engañar: en Nueva Zelanda hay un gran porcentaje de gordos… pero no importa tu volumen o peso, siempre puedes practicar lanzamiento de jabalina, sumo (de naranja o de mansana) o rodamiento de ladera de montaña en calzoncillos. No hay disculpa.

Si en España la pregunta personal más típica entre desconocidos es algo así como “¿estudias o trabajas?” y en Inglaterra es “pues parece que va a llover hoy, ¿no?”, en Nueva Zelanda es invariablemente: “Y tú, ¿qué deporte practicas?”. Al ser una recién llegada y no haber tenido tiempo de integrarme en la comunidad deportiva (como se supone que una debe hacer para ser ciudadana de bien por estos lares), en mis primeros días la pregunta que me lanzaba todo quisqui era: “Y allá por Mix Village, ¿qué deportes practicabas?”. Ante la cual fui desarrollando una serie de respuestas que daban mejor o peor resultado:

Respuesta 1 (de novata total):

Fulano1: ¿Y tú qué deportes practicabas en Inglaterra?
Pilimindrina: ¿Yo? Ninguno, soy muy vaga.
Reacción del público: horror, espanto, estupefacción. Un incómodo silencio se instala en la mesa y X pares de ojos incrédulos se clavan sobre la hereje. Un niño pasa y te señala con el dedo. Se ve un rastrojo pasar.
Pilimindrina: uy pero qué tarde eeees… creo que tengo unas bacterias esperándome…

Respuesta2 (intento de no quedar en ridículo durante los primeros días):

Mengana2: ¿Y que deportes practicabas en Inglaterra?
Pilimindrina: bueno, verás, es que tenia muchísimo trabajo, y claro, volvía a casa agotada, y además en Inglaterra oscurece muy pronto, y es peligroso salir por la noche, estooo…
Mengana2: Pero mujer, algo harías, ¿no corres por las mañanas, o juegas al tenis con los compañeros de trabajo, ni nada? (Nota: esta respuesta asume que el interlocutor es retrasado mental y/o no conoce la definición de “deporte”)(Nota2: en algunos casos, como el mío, se pueden aceptar ambas asunciones)
Pilimindrina: bueno, iba en bici al trabajo
Mengana2: (con expresión de “¡pillina, ya sabia yo que algo había!”) ¡Ahhhh, ciclismo, ya decía yo! ¿Cuantos kilómetros diarios?
Pilimindrina: estoooo… pues a ver… esto… eran unos 3 minutos hasta el trabajo desde mi casa… y luego la vuelta, claro, así que calculo que seríannnnn… sumodosymellevouna raízcuadradademenos3… Unos… Dos kilómetros?
Mengana2 guarda un tenso silencio y decide que tiene que rellenar la taza del café. Fracaso total de la respuesta 2

Respuesta 3 (farol de contraataque):

Zutano3: Y cuéntanos Pili, ¿qué deportes practicabas tú en Inglaterra?
Pilimindrina: (es importante poner cara de profunda indiferencia) verás, todos los días me levantaba a las 4 de la mañana para ensayar para la maratón de Mix Village, después del trabajo practicaba salto con pértiga, los fines de semana iba con mi grupo de montaña a escalar el Everest y de vez en cuando pedía un día libre para hacer kayak extremo
Zutano3: ¡Vaya, kayak extremo! ¡Es mi hobby favorito! Seguro que tú me puedes aconsejar: verás, quiero cambiar el estroncio trasero de mi kayak tipo Blitz para adecuarlo a la Normativa Australiana del 2006, pero no encuentro una tabla de medidas estronciales compatibles con la longitud del tropacio. ¿Qué me recomiendas?
Pilimindrina: ehm… uy, ¿no escuchas como que alguien me esta llamando en alguna parte?

Respuesta 4 (desarrollada tras arduas tareas de investigación sociológica):

Chutana4: Y tu Pili, que deportes pract…?
Pilimindrina: ¡calla, so puta, y dedícate a tus asuntos!

PhotobucketLos eventos deportivos transmitidos por televisión son cita obligada para cualquier kiwi que se precie. Todos mis compañeros de trabajo se conocen la posición y los tiempos en 200 metros lisos de cada participante de los Juegos Olimpicos de la Commonwealth de la semana pasada… yo me enteré de que existían estos juegos cuando pillé de rebote la ceremonia de clausura en la tele… lo cual en ocasiones limita mucho mi participación en charlas amistosas. ¿Cómo contribuir a una conversación acerca de la situación de los All Blacks en el mundial cuando lo único que sé de rugby es que la pelota tiene forma ahuevada y que los jugadores se dan de hostias y se abrazan con cara de mala leche y una raya negra debajo de los ojos?

Vale, sí. Soy una puñetera vaga. Pero qué le voy a hacer, ¿es tan raro que no me guste agotarme? Observad con atención a cualquier persona de esas que salen a correr a las tantas de la mañana de un amanecer gélido de invierno… ¿¿¿Recordáis haber visto a alguno feliz??? Mejillas coloradas, rostros congestionados y sudorosos luciendo muecas de angustia, respiración irregular, correr renqueante… “Me gusta correr por las mañanas”… ¡Vamos hombre! ¡Y a mi me encanta retorcerme los pezones con unas tenazas, no te jiba!

Aún recuerdo cuando a mi Superpapi le dio la venada de salir a correr por las mañanas. Se le metió en la cabeza que sudar era lo más de lo más de lo sano sanísimo, así que se montó un dispositivo de sudoración casero consistente en dos bolsas de basura con agujeros que llevaba puestas debajo de la camiseta. El tío se tiraba corriendo sin beber unos 20 kilómetros hasta un bar de carretera en el que, el primer día, agotó las botellas de litro de agua que tenían en el almacén como aprovisionamiento para la sequía. Mi hermana Bicha y yo teníamos que acompañarle en el último kilómetro sujetándole la lengua para que no se la pisara. Cuando volvía a casa y abría la puerta sólo se veía una bolsa negra arrugada con patas que iba dejando un reguero por el pasillo. El hombre se arrastraba hasta la báscula del banyo, se subía y exclamaba entre jadeos:Photobucket “¡¡¡Ja!!! ¡Lo sabia! ¡He perdido 7 kg!” antes de desmayarse sobre el bidé. Una vez Mamá encontró una de las bolsas de basura sudorosas en el baño y, muerta de asco, la tiró en el contenedor. Nos pasamos dos días buscando a Superpapi hasta que la compañía de recogida de residuos nos lo trajo a casa junto con una demanda por atascar la trituradora del camión de basuras. Ese día Mama se arremangó y puso las cartas sobre la mesa: “Cariño, ¡o el deporte o yo!”. Luego se dio cuenta del riesgo que aquel ultimátum conllevaba (la mueca de felicidad de Superpapi la puso sobre aviso) y rectificó: “Estooo… quería decir que cambiaras de deporte”.

Entonces le dio por las artes marciales.

Judo. Karate. Tai-Jitsu. Todo lo que sonara a chino raro valía. Los primeros días después de las clases el hombre no podía con su alma; no podías hacerle reír porque le dolía la barriga, ni podía lavarse la cabeza en la ducha de las agujetas que tenía en los brazos. Cuando empezó a estar más en forma, en vez de mejorar, la cosa empeoró: el día que no volvía a casa con una fisura en una costilla, volvía sin un diente o con rotura del cartílago de la oreja (¡no es coña, no, una vez se rompió una oreja!). Mamá ya no sabía qué parte de su marido iba a faltar después de cada clase de Chin-Chuan-Chún. Afortunadamente nunca faltó la fundamental, por algo siguen juntos.

PhotobucketY es que el deporte, hablemos claro, no es sano. ¿Que sí? ¡Bobadas!… no conozco a un solo practicante de deporte que no padezca dolores musculares, o tenga el menisco jodido, o la espalda hecha un cristo, o una úlcera en el estómago. Yo en toda una vida de practicar “sofá-vaguing” lo único que he tenido es un esguince de tobillo al bajar una escalera (¡quién me mandaría a mí no coger el ascensor!). Un amigo mío que practica el ciclismo siempre me dice: “Sí, pero, ¿quién tiene el organismo más sano, y menos problemas cardiovasculares, y un ritmo cardiaco más lento, y mejor tensión?”. “No sé, lo que sé es que para cuando yo muera de aterosclerosis hará mucho que a ti te atropelló un camión”.

Y hablando de ciclismo, hay una cosa que me saca de quicio en este deporte, y que últimamente además está muchísimo de moda. Escenario: cualquier ciudad española/inglesa/neozelandesa. Protagonista: hombre cincuentón con sonrisa de suma satisfacción y orgullo en sí mismo (y su organismo). Situación: el hombre se prepara para su sesión de ciclismo diario. Se embute en un maillot de lycra tres tallas menor de la que le corresponde, amarillo fosforito y con el logotipo del Tour de Francia, unos pantalones de ciclista tan apretados que se le marcan todas y cada una de las arrugas escrotales (que son muchas), se enfunda unas gafas de sol de cristal rosa como las de Bono, un casco aerodinámico verde chillón que le hace parecer el pájaro loco mirándose el culo, hace unas cuantas flexiones para prepararse para el gran esfuerzo, agarra su mega-bicicleta marca SuperFashion que le ha costado lo menos 10000 euros (yo he pagado por mi coche de segunda mano aproximadamente la tercera parte), sube a la bici mirando con disimulo en todas direcciones a ver si alguna chica joven y atractiva le está mirando (más le vale que no, porque las carcajadas podrían herir su delicado ego masculino), pega cuatro pedaladas para coger carrerilla y raudo cual guepardo y con cara de velocidad se dirige a…

…al bar de la esquina, donde desmonta, se quita el casco, se toma una cerveza con los colegas de la fábrica y vuelve a casa.

¿Habéis visto algo más ridículo en toda vuestra vida?

Bueno, sí, un tío cascándosela delante de la webcam. Pero, ¿aparte de eso?

Pues ejemplares como ese rondan a diario las calles de nuestras ciudades, y amenazan con reproducirse (en número digo, porque a esas edades las capacidades reproductoras suelen andar bastante mermadas).

PhotobucketY luego están esas cámaras de tortura llamadas “Gimnasios”. Puedo entender que alguien corra al aire libre y se agote viendo un hermoso paisaje y beneficiándose del aire puro. Que alguien llegue a la extenuación para conquistar la cima de una montaña y disfrutar desde allí de una vista a la que pocas otras personas tienen acceso. Que baje un río embravecido y sobreviva a unas cataratas para alcanzar un rincón no explorado por ningún ser humano. Lo que no me cabe en la cabeza es acabar echando los higadillos en una cinta corredera sobre la que la vista más interesante es el culo del que corre delante de ti (eso en el caso de que el culo merezca la pena, requisito que se cumple en muy pocos casos). O pasarse tres horas pedaleando sobre una bicicleta con vistas al desconchón de la pared izquierda del gimnasio.

Y creedme, he estado allí. En dos o tres ocasiones he hecho el ridículo más espantoso pagando por seis meses de gimnasio y utilizando dos semanas. El primer día te diriges al gimnasio con tus pantaloncitos cortos y tu camiseta de tirantes nuevecita, tu toalla, tu cinta para el sudor y tu sensación de orgullo en plan de: “de aquí a 5 meses voy a ser la Schwarzenegger femenina”. El primer día tu entrenador personal te hace una lista de la media hora de bicicleta, 50 abdominales, 50 levantamientos, 50 flexiones y otra media hora de bici que se supone tienes que hacer. Cuando terminas, y tu corazón vuelve a las pulsaciones en las que el riesgo de ataque cardiaco está por debajo del 95%, te arrastras hasta la ducha y te repites una y mil veces que “mañana será mejor”. “Mañana” vuelves. La primera pedalada en la bici estática despierta todas tus agujetas y comienzas a darte cuenta de que aquello va a ser jodido. Ese día no llegas a la mitad de flexiones, y a la tercera abdominal tus músculos barrigueros se ponen en huelga de fibras caídas. Al día siguiente vuelves del trabajo “tan cansada, que hoy no me apetece volver al gimnasio”. Al otro descubres que tienes unas ganas locas de ir sola al cine, a ver… lo que sea. El día siguiente te lo pasas en casa sintiéndote culpable por no poder encontrar una disculpa y sin salir a la calle por miedo a que uno de tus compañeros del gimnasio te vea y se ponga a chillar: “¡ahí está, ahí está la vaga redomada, de modo que no era verdad lo del viaje a las Alpujarras!”. A la semana vuelves, más por orgullo que por otra cosa. Sólo ver la bici ya te provoca un trauma. Te da la impresión de que todos los clientes del gimnasio te miran con desprecio y escupen a tu paso (algunos, de hecho, lo hacen). A los veinte minutos de mirar el reloj de reojo decides que has hecho bastante por ese día.

Jamás se te vuelve a ver el pelo por el gimnasio.

Sí, es mi caso. ¿Y qué?

Unos lo llaman “deporte”. Yo lo llamo “masoquismo”.

Pero estamos en el país del deporte, y como buena viajera es mi deber tratar de integrarme en las costumbres de mi país de acogida. De modo que haciendo un terrible esfuerzo y con mucha fuerza de voluntad, esta semana he empezado a practicar un deporte. He descubierto que en una de las salas de reuniones de Kiwilabs tienen una mesa de ping-pong, y me he puesto a jugar con mi colega de grupo, Steve, un alemán extremadamente feo pero que practica todo tipo de deportes (y es bueno en todo, el cabronazo) y que además es un tío estupendo. Creo que hasta me puede llegar a gustar esto del ping-pong… si es que me encanta tocar las pelotas. Además, después del ajedrez, debe ser el deporte que menos calorías quema. Ya os hablaré acerca de mis progresos… espero no dislocarme una muñeca.
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