Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Goodbye, my lover; goodbye, my friend.
Cuando un inglés se viene a Nueva Zelanda como visitante, su pasaporte le permite permanecer en el país un máximo de 6 meses sin necesidad de ningún visado. Durante ese período de tiempo, en teoría, no le está permitido trabajar en el país, para lo cual necesitaría un permiso de trabajo. Muchos inmigrantes de la Unión Europea y de algunos otros países utilizan estas estancias como “visitantes” precisamente para probar suerte y ver si pueden conseguir trabajo, para lo cual deben convencer al posible “empleador” de que son mejores que cualquier otro neozelandés (una empresa no puede, también en teoría, dar un puesto de trabajo a un extranjero sin visado si existe un solo kiwi capacitado para ese puesto entre los aspirantes) y rezar por que la empresa contratante esté dispuesta a hacerle una oferta en firme y esperar el tiempo que tarde Inmigración en concederle el permiso de trabajo, proceso que en ocasiones puede tardar hasta un mes.

PhotobucketIncluso si consigues la oferta, te conceden el permiso y empiezas a trabajar, el permiso en sí no te permite abandonar el país. Si te marchas de NZ, aunque sólo sean unos días, tu permiso de trabajo pierde automáticamente la validez. Para poder salir y entrar de NZ a tu antojo, tienes que solicitar un visado de entrada múltiple. Si tu contrato de trabajo dura menos de 6 meses, lo más probable es que no te lo concedan.

Además, si estás en NZ como visitante, hay otro problema: sí, puedes estar un máximo de 6 meses si eres inglés (o 3 meses si perteneces a cualquier otro país de la UE), pero en cuanto pones un pie fuera del país, no puedes volver a entrar en él hasta que haya pasado el mismo período de tiempo que has estado dentro. Es decir, si te pasas 4 meses en NZ y vuelves a Inglaterra, no puedes entrar en NZ de nuevo hasta dentro de otros 4 meses.

Hay una forma de evitar todos estos inconvenientes, y es tener a un pariente o a tu pareja en NZ. Si cumples este requisito, puedes solicitar un visado de familia y un permiso de trabajo abierto, los cuales te permiten no sólo entrar y salir del país tantas veces como quieras, sino además contar con los mismos derechos que cualquier otro kiwi para solicitar cualquier puesto de trabajo.

Ese es el tipo de visado que yo quería para Maus, y que él se negó a solicitar durante los dos primeros meses que se pasó en NZ por razones que aún hoy desconozco.

PhotobucketUn domingo de hace unas 3 semanas, harta de esperar a que el señorito me dijera cuándo se iba a marchar, le saqué la conversación y aquella discusión se convirtió en algo así como la batalla de Waterloo. Prefiero no entrar en detalles, pero la cosa acabó con Maus diciéndome a grito pelao que “¡si lo que quieres es que me marche ya, no tienes más que llamar a la compañía aérea y cambiar el billete de vuelta!”, y conmigo respondiendo, también a berrido limpio, “¡¡¡pues si eso es lo que quieres, llamo ahora mismo y reservo vuelo para el primer día que tengan libre!!!”. “¡Pues por mí perfecto!”, “¡Pues eso mismo es lo que voy a hacer!”. ¡Pumba!, portazo. ¡Paf!, puñetazo en la pared. ¡Boinnnggg!, taza que estrellé contra el suelo con la esperanza de romperla en mil pedazos, y que acabó rebotando en la moqueta (¡mecawen la madre que parió a las moquetas!).

Maus salió al jardín y se lió a pegar patadas a una de las sillas plegables. Y yo me fui directa al teléfono. Llamé a Emirates y cambié el billete de vuelta - para el que teníamos derecho a un solo cambio de fecha -, para ese mismo martes. Luego me senté en el sofá y me lié a mordiscos con los cojines.

Al cabo de un rato, cuando ambos habíamos dejado de echar humo por las orejas, Maus entró en casa y se vino al salón. Se quedó de pie a mi lado. “Deberíamos conocernos ya de sobra como para saber que no hay que tomar decisiones apresuradas cuando estamos los dos enfadados”, dijo con tono reconciliador. “Sí”, respondí yo, “consultarlo con la almohada antes de hacer ninguna estupidez”. “Exacto”, dijo él sonriendo, “¿te encuentras un poco mejor ahora?”. “Sí, más tranquila… estooo… Maus… ehhmmm… ¿recuerdas cuando me dijiste que estabas de acuerdo con cambiar el billete?”. “Sí, pero lo dije en medio de un cabreo, no me hagas caso”. “Mmmhhh… ya… estooo… bueno, verás… el caso es que llamé a la compañía y lo cambié”. Él puso gesto de preocupacón: “¿Lo cambiaste para cuándo?”. “Bueno… para… para pasado mañana”.

Maus se puso pálido. Luego se puso gris. Algo hizo un ruido así como “PLOP” y me di cuenta que habían sido sus huevos, que se le habían caído al suelo.

PhotobucketTampoco voy a alargarme demasiado en la conversación que siguió, ni en el porqué de lo que decidí hacer. Seguro que cualquiera de vosotros que haya estado enamorado y sepa la de chorradas que puede uno hacer por la persona a la que quiere me entiende. Me dirigí al teléfono, llamé de nuevo a Emirates, me inventé una lacrimógena historia que incluía un error en las fechas y una persona enferma incapaz de tomar el avión ese día y conseguí un segundo cambio de billete gratis. Para el 8 de Abril, sábado, a las 5:20 de la tarde.

Volví con Maus y le conté lo que había hecho. “Quizás no me merezca lo que acabas de hacer”, dijo él aún trastornado por los dos rápidos cambios de planes en menos de 15 minutos. “Ya, también yo pensé en eso. Pero no es una decisión a la ligera: Maus, tienes tres semanas para decidir de una puñetera vez qué vas a hacer. Si pides el visado o no, si quieres volver a Nueva Zelanda en un futuro o no, y si es así, cuándo. Si para el 8 de Abril no has decidido nada, lo siento mucho, pero se acabó. No estoy dispuesta a seguir sufriendo día a día con una persona que no se aclara con lo que quiere hacer.”

El lunes mismo Maus pidió cita con el médico para hacerse la placa torácica y el certificado que necesitaba para solicitar el visado y el permiso de trabajo (sí, el día del famoso mapa). El lunes siguiente tenía listos todos los resultados y todos los papeles. El martes, por medio de Kiwilabs, enviamos todo el papeleo a uno de los responsables de Inmigración que le soluciona los problemas con trabajadores extranjeros a la empresa.

El jueves mismo los papeles vinieron de vuelta, y el pasaporte de Maus lucía dos nuevas entradas: una, un visado de entrada múltiple; dos, un permiso de trabajo abierto.

Pero el tiempo siguió pasando, y Maus seguía dándome largas acerca de volver a Nueva Zelanda. Sí, él pretendía volver, pero vender su casa en Inglaterra, el coche, la moto y arreglar todos los problemas podía llevar mucho tiempo. ¿Cuánto era “mucho tiempo”? ¡Ahhhh, misterio!

PhotobucketY una no es gilipollas (bueno, al menos no del todo). Sé perfectamente lo que significaría dar a una persona con la tremenda capacidad de decisión de Maus (léase con ironía) la oportunidad de pensarse “si volver a Nueva Zelanda desde Inglaterra” durante un período de tiempo indefinido. Significaría esperar y esperar, durante meses y más meses, recibiendo noticias contradictorias –“ahora voy, ahora no voy, ahora estoy deprimido, ahora voy a esperar a tenerlo más claro…”- y sin poder hacer nada. Y yo me conozco. Para cuando Maus hubiera alcanzado su decisión, haría mucho que yo ya habría tomado la mía. ¿No sería el colmo de la ironía? Maus se decide a que quiere volverse conmigo, vende la casa, el coche, la moto y hasta a sus exsuegros… y cuando por fin me llama para comunicarme que se viene, le coge el teléfono un kiwi de 2 metros y voz grave para decirle: “¿Pilimindrina? Sí, está aquí mismo, espera, que ahora mismo tiene la boca ocupada”.

No se me da nada bien hacer de pareja paciente y sumisa, no.

Así que llegó el sábado 8 de Abril. Todas las lágrimas que había derramado yo las semanas anteriores parecía querer superarlas ahora Maus, que se despertaba cada mañana abrazándome y llorando en mi cuello. Yo me pasé la última semana en una especie de indiferencia resignada: ya había llorado todo lo que tenía que llorar y ya había aceptado que Maus se iba. Había hecho todo lo que estaba en mi mano para mantenerle a mi lado. Ahora la pelota estaba en su tejado.

El viaje hasta el Aeropuerto Internacional de Auckland fue el más silencioso que recuerdo haber hecho en mi vida; ninguno de los dos dijo una sola palabra durante las dos horas que nos pasamos en la carretera, bajo la lluvia casi constante. La radio llevaba apagada desde pocos segundos después de arrancar el coche, cuando ante las primeras notas de “Goodbye, my lover”, de James Blunt los dos nos abalanzamos sobre el botón de “off” como posesos.

Maus rompió el silencio cuando apagué el motor del Beagle en el aparcamiento de la Terminal Internacional.

Maus: Necesito que me lo digas en voz alta para poder asimilarlo
Pilimindrina: ¿Cómo dices?
Maus: ¿Es esto el final, entonces? ¿Se acabó todo aquí?
Pilimindrina: como ya te dije unas 40 veces, si no me das al menos un plazo máximo para volver, yo no voy a estar aquí esperándote. Así que sí, puede decirse que se acabó.
Traté de mantener la cara de póker mientras pronunciaba estas palabras; no es fácil cuando lo que dices te rompe por dentro, pero creo el resultado fue bastante pasable.

PhotobucketEntramos en la zona de “Salidas” (si estuviera más de humor haría algún tipo de comentario guarrillo acerca del término, pero me temo que tendrá que esperar al siguiente artículo). Como esta menda siempre llega temprano a todas partes, el vuelo de Maus ni siquiera estaba aún en pantalla, así que nos compramos unos refrescos y nos sentamos en la zona de espera. Ninguno de los dos decía una palabra, hasta que Maus rompió el silencio una vez más.

Maus: No tienes más que decir una palabra para que me quede.
Pilimindrina: ¿Cómorl? Maus, ¿a qué viene esto ahora?
Maus: no me he portado bien contigo estas últimas semanas, te he tenido en vilo sin atreverme a decidirme y haciéndote sufrir. Quiero una oportunidad para ser yo mismo, para demostrarte que puedo ser mejor. Seguro que aún podemos cambiar el billete.
Pilimindrina: ¿Cambiar el billete ahora? ¡Pero si faltan 10 minutos para que abra facturación!. Además, ¿para cuándo lo cambiarías? Seguirías teniendo que volver a Inglaterra igual, sólo que más adelante.
Maus: sí, pero estaríamos 3 ó 4 semanas más juntos.
Yo me quedé mirándole, anonadada.
Pilimindrina: Maus, ¿tú estás bien del tarro? ¿Tú crees que yo me voy a pasar otras tres semanas más pensando a diario que te vas a marchar, para volver a traerte aquí y volver a pasar por esto? No, majo, no. Si te quieres ir, te vas. Vuélvete para Inglaterra, arregla lo que tengas que arreglar allí, y arriésgate a perderme como yo me arriesgo a perderte a ti.
Esta vez el anonadado fue él.
Maus: ¿no quieres tenerme contigo un par de semanas más?
Pilimindrina: NO Maus, no quiero. Quiero que te decidas de una puta vez, que dejes de querer tenerlo todo y que renuncies a algo por conseguir algo mejor, como hace todo el mundo cuando toma una decisión. Llevas meses diciéndome que te vas. Pues ahora te vas.
Maus: pero es que me he dado cuenta de que no quiero irme
Pilimindrina: es un poco tarde para eso, inglesito. Ahora soy yo la que quiere que te vayas. Que te vayas y te decidas.
Maus: Pili, ¿me sigues queriendo como antes?
Pilimindrina: Sí, Maus. Te quiero como nunca quise a nadie. Me imagino cosas contigo que nunca creí que me llegara a imaginar con ningún otro. De hecho, a cualquier otro le habría mandado a freír boñigas hace ya mucho tiempo. No me preguntes por qué sigo queriéndote, porque no lo sé. Pero también quiero que, si algún día los dos volvemos a estar juntos, no sea por una decisión que tomes en el último minuto debido al pánico. Cuando casi me dejaste plantada en el aeropuerto al venir a Nueva Zelanda insistí para que vinieras porque sabía que tu negativa se debía al acojone del momento. Ahora insisto en que te vayas por el mismo motivo. Quiero que compares la vida conmigo en Nueva Zelanda con la vida en Inglaterra y que decidas tú solo cuál merece más la pena. Y quiero que me llames cuando tengas la respuesta definitiva, sea la que sea, y que me la digas, para que yo también pueda tomar mi decisión.
Maus: ¿quieres que vuelva contigo, entonces?
Pilimindrina: no me imagino día más feliz que el día que venga a este mismo aeropuerto a recogerte, sin fecha de vuelta, sin saber que tendrás que volver a irte.
Maus: ¿y si ese día eres tú la que no quieres? ¿y si aparece alguien más en tu vida? ¿y si…?
Pilimindrina: bienvenido al Mundo, inglesito. Asume tus riesgos.

PhotobucketDe modo que Maus facturó su equipaje. Le acompañé hasta la zona de embarques y me quedé esperando a ver desaparecer su camiseta marrón y su mochila negra entre la fila de gente que esperaba en la zona de acceso a las puertas a que revisaran su equipaje de mano.

No me sentía triste ya, ni enfadada. No derramé ni una lágrima en el viaje de vuelta, ni al llegar a nuestra (mi) casita y encontrarla vacía. Estuve cerca, sin embargo, al acercarme a la cama aún deshecha y enterrar mi cara en su almohada, que aún conservaba su olor - ¿por qué será que los olores son capaces de despertar emociones tan intensas? -, pero en seguida me compuse. Sabía que había hecho lo que debía hacer. Y sus dudas en los últimos momentos me lo confirmaban.

¿Volverá mi inglesito dulce? Francamente, no lo sé. Unas cuantas semanas en su Inglaterra natal pueden cambiar la balanza, que ahora tan claramente está inclinada hacia Nueva Zelanda. Su pánico a los cambios y su inseguridad a la hora de decidirse juegan en mi contra. Pero, y aunque a veces seguramente no haya sabido plasmarlo en este blog, creo que sus sentimientos hacia mí son sinceros, creo que está enamorado de mí hasta las cachas. Y también creo, aunque muchos quizás me llaméis arrogante, que si no vuelve lo va a lamentar profundamente y durante mucho tiempo. Porque durante los casi tres meses que pasó conmigo en Hamilton ha vivido más experiencias y experimentado más sensaciones que en los últimos 15 años de su vida.

Quiero que compare. Quiero que decida. Y si lo que decide es NO volver conmigo, al menos sabré que he hecho todo lo que he podido. Sabré que, al menos, lo he intentado. Y seguiré adelante.

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PostData: sois la rehostia. Cuando publiqué el anterior artículo, poco me esperaba yo recibir 85 respuestas en día y medio. No os podéis ni imaginar lo que pueden ayudar las palabras de un puñado de lectores en momentos de tensión como los que he pasado hasta hoy.

He pensado que antes de conocer el resultado de mi irregular encuesta pueden pasar meses. Y que estos días me conviene tener algo que hacer para mantener la cabeza ocupada. Así que, ¡qué coño!, para agradeceros vuestra ayuda y vuestras palabras, pienso mandar postales de Nueva Zelanda a todos los que me enviéis un correo con la dirección a la que queráis que os las envíe. Y de paso contadme algo acerca de vosotros, así podré personalizar la postal… no hay nada que más me repatee que recibir una tarjeta que sólo ponga: “Saludos de Menganito”, y supongo que a vosotros os pasará lo mismo.

Una vez más, gracias.
No