Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Northlands, parte I: Nadando con delfines
“¿Y ahora qué hacemos?”, preguntó Lily.

Eran las 12 menos 10, mediodía del domingo 17 de Abril. Los 6 viajeros - Steve, Hairy Dave, Lily, Ute, Kena y yo – nos mirábamos expectantes en uno de los numerosos centros de aventuras en la ciudad de Paihia, en plena Bay of Islands (“Bahía de las Islas”).

PhotobucketInciso: los kiwis son un pueblo extraordinariamente original a la hora de ponerle nombres a los lugares: la isla más al Norte de Nueva Zelanda se llama “North Island” (“Isla Norte”), la que está al Sur se llama “South Island” (“Isla Sur”, como ya habréis adivinado), la ciudad más cercana al Parque Nacional de Tongariro se llama National Park (“Parque Nacional”)… De modo que cuando los primeros colonos neozelandeses llegaron a una de las zonas más septentrionales de la Isla Norte y contemplaron embelesados una bahía plagada de pequeñas islas multicolores, tras largas horas de arduas discusiones, decidieron llamar a la zona “Bahía de las Islas”. Y se quedaron tan a gusto, oye.

Segundo inciso: en la Bahía de las Islas hay un islote atravesado por un agujero enorme que le da un aspecto muy característico. ¿Adivináis cómo se llama? “Hole in the rock” (“Agujero en la Roca”). Sin comentarios.

Fin de ambos incisos.

El sábado todos nos habíamos levantado al alba y habíamos iniciado un viaje hacia el Norte que nos llevó desde Hamilton hasta la ciudad de Whangarei. Aproximadamente a mitad de camino, Ute se dio cuenta de que le faltaba la cartera; tras unos tensos minutos de autoestimulación cerebral para tratar de recordar la última vez que la había visto, recordó haberla dejado sobre el water de uno de los servicios de la primera gasolinera en la que habíamos parado, poco después de Auckland. Nos dividimos: las tres alemanas dieron la vuelta en busca de la cartera perdida, mientras que Dave, Steve y yo seguimos rumbo al Norte en mi flamante Beagle (no sé cómo me las arreglo, pero el caso es que siempre acabo con los chicos… juro que en lo de la cartera no tuve nada que ver). Conducíamos con tranquilidad y parábamos cada dos por tres cada vez que veíamos un letrerillo indicando algún punto de interés: un mirador, un breve paseo por un bosque tropical, unas cuevas escondidas plagadas de gusanos de luz en donde casi me despeño al resbalar en una roca por tanto mirar p’arriba, unas cascadas… finalmente atracamos en Whangarei, donde habíamos reservado una choza con 6 literas por el ridículo precio de NZ15$ por persona (unos 8 euros). Las chicas llegaron algo más tarde: la cartera había aparecido, sin dinero pero con todas las tarjetas y documentos dentro. Agotados después del largo viaje, nos fuimos a la cama.

PhotobucketEl Domingo zarpamos de nuevo sobre las 9 de la mañana, ya más descansados, y condujimos hasta la ciudad de Paihia. Todos estábamos ya hasta el moño de coche, y la Bahía de las Islas lucía espectacular bajo el cielo azul y los reflejos del sol en las aguas cristalinas. Aparcamos el coche y decidimos apuntarnos a alguna de las actividades que ofrecían las empresas de la zona; pero no habíamos contado con que la mayoría de ellas comenzaban las actividades a las 12, sin posibilidad de reincorporación tardía. Nos abalanzamos sobre el folleto de actividades y mis ojos se vieron irremisiblemente atraídos hacia una foto en la página 2: en ella se veía a una chica buceando y un montón de delfines haciendo piruetas en torno a ella. Título de la actividad: Nadando con delfines.

Por mi parte no había discusión posible. Me importaban un pito el parapente, el salto en paracaídas, el kayak, el paseo en fuera borda y el strip-tease completo masculin… uy, estooo… ¿en qué estaría yo pensando? Quiero decir, que nunca en mi vida había visto delfines en libertad, y era uno de mis sueños. Los demás, sin embargo, parecían más inclinados a apuntarse al curso de un día de kayak en el mar. Había que decidirse rápido, porque en 10 minutos partían los grupos.

“Bueno”, prosiguió Lily, “siempre podemos dividirnos y hacer cada uno lo que prefiera”

“Yo me voy a ver a los delfines, aunque tenga que ir sola”, dije yo

Hairy Dave es un auténtico fanático del kayaking extremo. En los 3 meses escasos que lleva en Nueva Zelanda, se ha gastado casi 2000$ en comprarse, no uno, sino dos kayaks. Llevaba tiempo diciendo que le encantaría hacer kayaking en la Bahía de las Islas. De mis 5 compañeros de viaje, sólo uno se apuntó a ver los delfines conmigo. Sí, lo habéis adivinado: fue Dave.

“Venga, marchando dos de delfines”

“El barco sale en 10 minutos, si queréis pillarlo más vale que os deis prisa… ¡y llevad el bañador!”

PhotobucketDarnos prisa… el coche lo habíamos aparcado aproximadamente a 1 km de distancia, y en él estaban nuestros bañadores. Teníamos que llegar al coche, encontrarlos y volver despendolados a coger el barco. La carrera de ida no fue tan mal. Cuando por fin llegamos al barco, con todos los pasajeros esperando por nosotros y los bañadores y las toallas agarrados en la mano, parecíamos dos viejos artríticos y renqueantes. Recogimos los 500 metros de lengua que se nos habían ido quedando atrás y montamos en el barco. Ponerme el bikini en el minúsculo habitáculo que hacía las veces de WC no fue tampoco tarea fácil: con el rollo de papel higiénico clavado en el costado y a punto de meter el pie en el water unas 5 veces debido al movimiento del barco, conseguir cambiarme de ropa sin que ni una sola prenda acabara remojada en pis de reserva me hizo plantearme seriamente trabajar como contorsionista cuando me aburriera de los tubos de ensayo.

Salí del lavabo con la trompa de eustaquio incrustada en el duodeno y me dirigí a la proa del barco. Tras una breve explicación acerca de las condiciones necesarias para el avistamiento y el posible (pero no garantizado) baño con delfines la embarcación tomó velocidad de crucero y nos pusimos a recorrer toda la Bahía de las Islas en busca del delfín perdido. Yo me senté en el extremo de la proa, agarrada a la barandilla y sintiendo el viento salado en la cara. Si miraba de frente y un poco hacia abajo, talmente parecía que estaba volando sobre las olas. Extendí los brazos hacia delante y sonreí, exultante, sintiéndome como Leonardo di Caprio en “Titanic”. “¡Soy la reina del mundoooooooooo!”, grité enaltecida. Luego tuve que desincrustarme la gaviota de la boca y me pregunté por qué en las películas de aventuras los protagonistas nunca acababan escupiendo plumas.

PhotobucketDurante todo el rato, el bueno de Hairy Dave estuvo sentado a mi lado, mirándome y sacándome fotos subrepticiamente cuando creía que yo no le veía. Pero el tiempo iba pasando y yo ya estaba perdiendo la esperanza de ver algo más que sardinas; aparte de eso, el constante viento de proa me empezó a afectar, y para cuando me decidí a resguardarme dentro del barco me castañeteaban los dientes y tenía toda la carne de gallina. Dave en seguida me ofreció su chaqueta y se sentó a mi lado, agarrándome por el hombro y apretándome contra él en actitud aparentemente fraternal. El caso es que, mucho después de dejar de tiritar, a cada 5 minutos me volvía a preguntar si “todavía tenía frío”.

Y de repente, sin previo aviso, el barco redujo la velocidad hasta casi detenerse y cambió el rumbo de manera brusca. Todos los pasajeros salimos a cubierta a ver qué pasaba. Unos metros más adelante, otro barco de aventura estaba igualmente detenido con su carga de mirones. Yo me pregunté qué hacíamos todos allí de pie, con cara de gilipollas, hasta que de repente alguien gritó: “¡¡¡Mira, allí están, justo al lado nuestro!!!”. Me asomé por mi lado del barco… y efectivamente, allí estaban.

Fue uno de esos momentos que se recuerdan durante toda la vida. Un segundo mágico en el que de repente vuelves a creer en los Reyes Magos, en que el Ratoncito Pérez te deja dinero a cambio de tus dientes y en que las hadas pueden hacerte volar de verdad. A menos de 2 metros de mis narices, un enorme delfín gris nadaba junto al barco; a medida que éste cogía velocidad, el delfín aceleraba también, cortando el agua con su aleta dorsal tan parecida a la de los temidos tiburones, lanzando gotas saladas en todas direcciones como un torpedo gris. Lejos de perder terreno, el delfín sobrepasó el barco y de pronto, con toda la arrogancia del que se sabe muy superior en su medio acuático, su cuerpo resplandeciente se impulsó en el aire, y durante un segundo pudimos ver su mueca casi sonriente mientras nos miraba con sus ojillos negros. Medio segundo después su cuerpo se volvía a sumergir en el agua, dejándonos a todos con la boca abierta.

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Pero el delfín no estaba solo. De repente, como si el primero hubiese sido tan solo una señal, decenas de delfines empezaron a aparecer por todas partes: saltaban, nadaban a toda velocidad, se acercaban unos a otros y parecían charlar animadamente, expulsando súbitos chorros de agua por su orificio respiratorio. Nuestro barco estaba rodeado de delfines y yo corría de un lado para otro, con una sonrisa bobalicona en la cara, señalándolos con el dedo y sacando fotos, tratando de llamar su atención. Uno de ellos, con un pescado en la boca, lo lanzaba al aire y lo recogía, mirándonos después con su eterna sonrisa. Y juro que no era la mirada vacía y estúpida de un pájaro o una oveja: en aquellos ojos había un brillo de inteligencia; eran los ojos de un niño que había aprendido a hacer un truco y presumía de ello ante sus padres o amigos: “¡Miradme!”, decían, “me estoy luciendo delante vuestro. ¿A que no podéis hacer lo mismo que yo?”.

PhotobucketLa tarde aún no había terminado de ofrecer sorpresas: en el grupo de delfines con el que nos habíamos topado no había crías ni juveniles, de modo que resultaba seguro descender al agua. Los miembros de la tripulación nos proporcionaron trajes de neopreno, aletas, máscaras y snorkels (en la foto me podéis ver a mí y a los demás pasajeros en pleno equipamiento... ¿a que salgo guapa?) y uno a uno nos sumergimos y nadamos lo más aprisa que pudimos en dirección a los delfines, tratando de acercarnos lo más posible… lo cual era mucho más fácil de decir que de hacer, ya que los bichos eran rápidos de narices. Llegar a tocarlos era imposible, pero sin embargo no olvidaré a dos de ellos que nadaron justo por debajo de mí (de la impresión casi me trago el snorkel) y, sobre todo, sus voces y chillidos cantarines, que podía escuchar como si me hablaran al oído. “¿Qué bichos raros son estos? ¿Has visto en tu vida cosa más torpe? Es que ni con aletas de mentira son capaces de nadar como es debido… ¡Venga, hagamos otro salto mortal para impresionarlos!”. Y allí estaban, surcando el aire con infinita elegancia a pocos metros de mis narices, para sumergirse de nuevo casi sin romper la superficie del mar y volver a aparecer en el lugar y el momento menos esperado.

Cuando nos llamaron a regresar al barco, a pesar de haber estado sumergida durante más de media hora, ya no tenía frío. Tenía la sonrisa tatuada en la cara, al igual que la mayoría de mis compañeros de viaje. A Dave se le había colado agua en la máscara y había perdido las lentillas, pero obviamente le daba igual: también sonreía como un poseso y parloteaba sin parar: “¿¿¿Los has visto??? ¡¡¡Tuve a dos nadando justo a mi lado!!! ¿¿Oías cómo silbaban?? ¡Alucinante!”

Las sonrisas aún nos duraban cuando regresamos a tierra y nos reunimos con los demás. A pesar de que se lo habían pasado pipa haciendo kayaking, estoy segura de que, después de nuestras entusiastas descripciones, todos lamentaron no haberse decidido a acompañarnos.

Agotados pero felices, condujimos unos kilómetros más hasta la ciudad de Kaitaia, donde teníamos reservada una habitación para 6 en un albergue. Al día siguiente teníamos contratado un recorrido en autobús que nos llevaría por la costa Este hasta el cabo Raigan (“el Fin del Mundo”, según creían los antiguos pobladores neozelandeses) y volveríamos por la famosa Playa de las 90 Millas, en la costa Oeste.

Al poco de llegar al albergue y descargar las mochilas, aún emocionada, le envié un mensaje por móvil a Maus.

“¡Acabo de estar nadando con delfines!”

A los pocos minutos me llegó su respuesta:

“¡Uauh! ¡Yo acaricié a un gato!”

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