Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Northlands, parte III: un tobogán de arena
Cuando me desperté el domingo por la mañana me dolía hasta el pelo; tenía agujetas en músculos que hasta entonces ni siquiera sabía que existían. Me quité las legañas y abrí la cortina del ventanuco de nuestra habitación; un hermoso cielo azul y un sol de justicia me animaron a mover el culo de la litera y a despertar a patadas (pero con cariño) al resto de mis compañeros de viaje.

PhotobucketSi la Isla Norte de Nueva Zelanda parece algo así como la cabeza de una vieja con moño (lo sé, tengo una imaginación desbordante), el trozo de país que íbamos a ver hoy sería la horquilla en la punta del moño. Os podéis hacer una idea de la estrechísima lengua de tierra que recorrimos en bus en este mapa interactivo que he encontrad en una web: id acercándoos con el zoom a la parte superior de Nueva Zelanda y buscad Kaitaia, por un lado, y el Cabo Reinga (“Cape Reinga”) por el otro, y os haréis una idea exacta de nuestro recorrido del domingo. La ida la hicimos por la única carretera que puede verse en el mapa. La vuelta, por la playa de la orilla Oeste: la Playa de las 90 Millas.

Después de pasarme dos días al volante era un placer poder sentarme tranquilamente y contemplar el maravilloso paisaje, dejando que otra persona me llevara. El conductor del autobús era un Maorí de unos 60 años; cuando comprobó que todos los pasajeros de la lista estaban en sus asientos, tomó el micro y con cara de mala leche se dirigió a nosotros: “Buenos días a todos, mi nombre es Ahunga O Te Ika Whenua, que significa ‘gota de rocío deslizándose por la ladera de un campo de flor de azahar’, y hasta ayer por la tarde estaba en paro; pero resulta que recibí una llamada de la agencia de viajes esta, diciendo que se les había puesto enfermo el conductor, que si me importaba acercarme por aquí y llevar el autobús hasta el Cabo Reinga y luego bajar por la Playa de las 90 Millas. Yo les dije que nunca había conducido un autobús, que de hecho ni siquiera tengo carnet, porque me lo retiraron después de mi último accidente, pero ellos dijeron que no importaba, que era muy fácil y que de todas formas, los pasajeros estaban asegurados. Así que acepté el trabajo y me fui a celebrarlo con mis amigos al bar. Estuvimos bebiendo y riéndonos hasta hace una hora, cuando el dueño del bar nos echó a patadas. Y aquí estoy hoy, con bastante resaca, pero no se preocupen, que esto se cura con dos copas de Whisky”.

Silencio sepulcral. Unos 40 pares de ojos mostraban diversos grados de preocupación que iba desde “Esto será coña, ¿no?” hasta “Si le atizo un hostiazo a esta ventanilla con la suela de la bota… ¿podré salir?”. De pronto, la cara seria, oscura y arrugada del conductor se arrugó un poco más y su gesto hosco se transformó mágicamente en una franca y pícara sonrisa. “¡Jojojo, mira que llevo años contando esta historia, y los turistas siguen cayendo!”. Suspiros de alivio colectivo. Comentarios de “Je, si yo ya sabía que era broma”. Respuestas de “Sí, claro. Estoooo… las marcas de dientes en la salida de emergencia son tuyas, ¿verdad?”. Yo decidí inmediatamente que el conductor me caía de puta madre. Incluso pensé en invitarle a escribir en mi blog.

PhotobucketY así comenzó nuestro viaje; la carretera que nos llevó por la zona Este de la Bahía de las islas en dirección al Cabo Reinga era sinuosa y estrecha; durante el viaje hicimos numerosas paradas: una de ellas, en un bosque de árboles Kauri, una de las especies más antiguas del planeta y de madera más apreciada. Por supuesto, en cuanto el ser humano descubrió sus propiedades como material de construcción y los poderes antibacterianos de su savia, en unos años se acabaron los Kauris centenarios. Ahora están en vías de recuperación, y sólo quedan unos pocos ejemplares de más de 100 años, enormes monstruos de más de 4 metros de diámetro y unos 60 m de alto que el Gobierno neozelandés protege como oro en paño.

PhotobucketUn par de paradas más las hicimos en las hermosas playas de la zona Note de la Bahía de las Islas: lugares paradisíacos de arena tan sumamente blanca y fina, que más parecía harina (en la foto estamos los 6 en la playa). Palmeras, atolones y un agua tan tranquila y de un color turquesa tan hermoso que parecía que estuviésemos en medio de una postal. Las apunté en mi lista mental de lugares a visitar con más calma (y con una hamaca y algo que leer, si es posible).

PhotobucketDesde la carretera y mirando hacia el Este, resultaba fácil distinguir en el horizonte el color amarillo blanquecino de las dunas que bordean la Playa de las 90 Millas. El contraste entre el verde intenso de la hierba y los árboles, y el azul de los ríos y estanques, con aquellas dunas que parecen salir de la nada – y que de hecho, cambian su posición y avanzan según la dirección del viento – le proporcionaba a aquel paisaje un aire de cuento de hadas. Yo no veía ya la hora de poder explorar aquel desierto en medio del bosque.

El conductor iba proporcionándonos datos curiosos e historias de cada uno de los puntos por los que pasábamos; historias de tribus ancestrales y lugares sagrados; historias de rocas con forma humana, de dunas que respiraban, de amantes que murieron y que viven en las olas, el aire y los árboles. En un momento dado, agarró el micro y exclamó: ¡y ahora os voy a cantar una canción! Los pasajeros nos miramos unos a otros con cara de horror y murmurando: “¡Dios mío, no!”. Pero no estábamos preparados para lo que vino a continuación: una voz intensa y grave, increíblemente hermosa, cantando a capella canciones en una lengua extraña e indudablemente muy antigua. Magnífica voz y magnífico acompañamiento para los paisajes de ensueño que estábamos contemplando.

Y finalmente alcanzamos el Cabo Reinga, el “fin del Mundo” para los antiguos pobladores neozelandeses. El Cabo Reinga no es, como podría pensarse, la punta más Septentrional del país: aparte de unas islas que también pertenecen a Nueva Zelanda conocidas como “las Islas de los Tres Reyes”, que están más allá del extremo de la Isla Norte, existe otro cabo que tiene el privilegio de ser la punta más al Norte. Su nombre, como ya puede que hayáis adivinado, y siguiendo la tradición de originalidad de los neozelandeses, es Cape North (“Cabo Norte”). Olé sus huevos. Sin embargo, por algún motivo, el Cabo Reinga es el más famoso, quizás por su belleza y por el hecho de que desde él se puede contemplar el punto exacto donde se juntan ambos océanos, marcado por una fina línea blanca en zigzag claramente visible sobre el mar. También es famoso el faro que señala el extremo del cabo, y un poste con varias señales indicando la distancia a algunos lugares del mundo, donde por supuesto, to dios quiere tener una foto (si, yo también :P).

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Tras la sesión de fotos y la comida, volvimos al bus y nos encaminamos, por fin, hacia las dunas. Sin advertencia previa, el autobús abandonó la carretera y empezó a conducir por el medio de un estrecho río. Primero, entre árboles y arbustos. Pero de repente, sin saber cómo, estábamos conduciendo al lado de un desierto.

PhotobucketLas dunas llegaban justo hasta la orilla del río; inmensas montañas de arena blanca y fina, de la altura de un edificio de 4 ó 5 pisos. El cielo de color azul intenso, manchado sólo por escasas nubes blancas, completaban la imagen desoladora pero de incomparable belleza que se extendía ante nuestros ojos. De pronto empezamos a ver gente en las dunas; una, dos, tres personas caminando por la superficie de aquel monstruo de arena. El conductor dirigió el autobús hacia un remanso del río, lo detuvo y nos mandó bajar. Era hora de divertirse, y ¿quién no se ha divertido nunca en un tobogán? Abrió el maletero y extrajo un montón de trineos de plástico y señaló a la duna más alta, desde la que ya podían distinguirse numerosos aventureros deslizándose ladera abajo a velocidades de vértigo. Agarramos los trineos, nos quitamos las botas y corrimos, como niños, hacia las dunas. La subida, fácil al principio, pronto se hizo agotadora; trepar por la ladera de una inmensa duna, con los pies continuamente hundidos hasta más arriba del tobillo, y encima cargando con un trineo, es uno de los ejercicios más duros que imaginarse pueda. Pero a todos nos daba ánimos la idea de llegar a la cima y hacer surf sobre las dunas. En pocos minutos, jadeantes pero felices, los 6 integrantes de nuestra pandilla estábamos sentados sobre nuestro trineo, listos para despegar; lo cierto es que la caída acojonaba bastante, y la gente allá abajo se veían tan pequeños como hormigas. Pero tras unos titubeos iniciales, nos dimos impulso, y … ¡allá vamos! (sí, la de la foto soy yo). Primero te deslizas lentamente… luego vas acelerando… y finalmente el viento te aparta el flequillo de la cara y caes cortando la arena y con una sensación de ingravidez en elPhotobucket estómago que te hace gritar. No recuerdo cuántas veces volvimos a subir y a bajar; lo que sí recuerdo es tener que ayudarnos unos a otros a alcanzar el pico de la duna, apoyándonos en el trineo, agarrándonos de las manos y de la ropa, y una vez abajo abalanzándonos sobre las botellas de agua porque sentíamos la lengua como un trozo de cuero. Una escalada brutal por unos pocos segundos de velocidad y vértigo. Rodar duna abajo cuando perdíamos el equilibrio a media bajada, y tener que sacudirse la arena de las orejas. Risas y jadeos.

Dave y yo bajamos una de las veces juntos en el mismo trineo a petición suya. Obviamente aquellos pedazos de plástico barato no están hechos para soportar el peso de dos personas, y la bajada fue absolutamente desastrosa… acabamos los dos despatarrados por la arena en medio de un nudo de brazos y piernas, y sin poder levantarnos debido al ataque de risa. Cuando por fin dejamos de reírnos nos miramos… y tuve que apartarme y recoger el trineo de manera bastante brusca, porque detecté un brillo en sus ojos que me indicaba inequívocamente lo que Dave habría querido hacer. Rompiendo el momento, me levanté y bajé lo que quedaba de la duna a saltos. ¡Ay Dave, Dave!… Con lo bien que estoy yo siendo sólo tu colega.

El autobús parecía el maletero del Seiscientos familiar tras un día en la playa: había arena por todas las esquinas; pero aún nos quedaba mucho más arena por ver. Siguiendo aquel riachuelo menudo en el que nos habíamos metido, el conductor nos llevó hasta el comienzo de la archifamosa Playa de las 90 Millas.

PhotobucketEl nombre de esta playa proviene de un error de traducción; al parecer, fue un explorador intrépido, de origen no neozelandés, quien descubrió esta interminable lengua de arena – me lo puedo imaginar, de vacaciones con la familia, tomando el sol bajo la sombrilla, viendo a los críos construir castillos de arena… y de repente el tío tiene una genial idea: "Cariño, voy a ver si llego al otro extremo de la playa dando un paseíllo por la orilla, vuelvo en seguida"; 7 años después el tío, apoyándose en una rama de árbol, con una barba kilométrica y pintas de Tom Hanks en “Náufrago”, regresa con su familia; sus primeras palabras son: “¡Joder, pedazo de playa!”. Sus segundas palabras son: “90 kilómetros casi justos, vamos a contárselo a los locales, que seguro que nunca la han medido”.

Inciso: sus terceras palabras fueron: “María, no recordaba tener ese hijo rubio”, a las que siguió una ardua discusión familiar acerca de la probabilidad estadística de la generación espontánea. Fin del inciso.

Los locales, a quienes los ingleses habían enseñado, como en todas sus colonias, que el Sistema Internacional es un invento inútil Europeo, así como esa chorrada de conducir por la derecha, cometieron un error de traducción y de “90 km” pasaron a “90 millas” (que son unos cuantos kms más, todo sea dicho). E inmediatamente se pusieron a la ardua tarea de inventar un nombre para aquella maravilla de playa; tras arduas jornadas de deliberación y votaciones, el original nombre de “90 Mile Beach” (“Playa de las 90 Millas”) fue elegido por unanimidad. Algo más tarde algún listillo vino a corregirles y recordarles que la playa medía 90 km, pero para entonces el nombre ya había cuajado. “Total, ¿tú crees que alguien va a volver a medirla? Además, si hacemos la traducción quedaría algo así como ‘Playa de las 55.92 Millas’, y eso no atrae turistas”. De modo que “Playa de las 90 Millas” quedó por siempre jamás. Fin de la historia.

PhotobucketY como dicen que la historia se repite, en cuanto el autobús enfiló aquella playa inacabable, la expresión que salió de la mayoría de las bocas fue la misma que la de aquel intrépido explorador: “¡Joder, pedazo de playa!”. El bus se deslizaba suavemente sobre la arena blanca, limitada por las dunas a la izquierda, y el mar a la derecha. El conductor nos explicó que aquella playa tiene la consideración legal de “autopista”, y en ella rigen las mismas normas que en una autopista convencional (a saber: límite de 100 km/h de velocidad, prohibido adelantar por la izquierda, etc etc). El motivo de tan inusual denominación es que, al tratarse de una costa tan recta y siendo tan fácil conducir por ella, cada año se concentraban en la zona decenas de aventureros que trataban de romper todos los récords de velocidad en todo tipo de vehículos. Los más que frecuentes accidentes hicieron que el gobierno metiera baza y marcara al menos unas normas mínimas. Me pregunto si esconderán algún radar debajo de una almeja.

PhotobucketA lo largo de la playa realizamos 3 ó 4 paradas para remojar los pies en el agua y hacer unas cuantas fotografías, siendo la más apreciada la que mostraba el famoso “Hole in the Rock” (“Agujero en la roca”) en el horizonte. En una de las pausas, mientras Steve estaba jugando con la arena en la orilla, le vimos agacharse sorprendido y escarbar. Nos acercamos con curiosidad para ver qué había encontrado, y vimos sus manos llenas a rebosar de una especie de almejas extrañas. “¡Son tua-tuas!”, exclamó, “¡Esto está absolutamente plagado de ellas!”. Los demás inmediatamente enterramos las manos en la arena y pudimos comprobar que, efectivamente, a unos centímetros bajo la superficie, miles y miles de moluscos blancos y alargados se escondían y filtraban agua tranquilamente (esto es, hasta que de repente unas manos enormes se dedicaron a perturbar su pacífica vida). Dave en seguida supo sacarle partido al tema: “¡Voy a por una bolsa! ¡Coged todos los que podáis, ya tenemos cena hoy!”. Y dicho y hecho, en 5 minutos juntamos unos 4 kg de tua-tuas.

Regresamos a Kaitaia entre canciones maorís, risas y bromas acerca del viaje. La noche del domingo Dave cumplió con creces con su misión oficial de cocinero del grupo y preparó aquellas tua-tuas con una salsa tan deliciosa que al final de la cena sobre la mesa tan solo quedaba una enorme montaña de cáscaras vacías.

Volvimos a la cama, agotados de nuevo después de un día lleno de aventuras y habiendo descubierto lugares maravillosos. El lunes sería una vez más jornada de viaje, esta vez de vuelta. Una parte más de la Isla Norte que todos incorporábamos a nuestro corazón. Aún nos quedan muchas más por descubrir.

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Nota: Ahunga O Te Ika Whenua, no significa ‘gota de rocío deslizándose por la ladera de un campo de flor de azahar’. Es un nombre maorí que saqué de una web de nombres maoríes, porque me es absolutamente imposible recordar el nombre del conductor. Pero fuera cual fuera su nombre, fijo que se parecía a eso. No conozco a un solo Maorí llamado “John”.
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