El Pitufo Polaco
De entre todos los nuevos compañeros de trabajo a los que he tenido la suerte de conocer en Kiwilabs, sin duda el más singular es Bob. Bob debe andar por los 35 años, tiene el pelo corto y canoso, ojos de un azul intenso y una eterna sonrisa pícara adornando su cara. En cuanto lo conoces te das cuenta de que es un Peter Pan que jamás ha crecido: travieso, juguetón, bromista; uno de estos hombres que te saludan cada mañana con un montón de aspavientos, te sacan la lengua a mediodía y por la tarde esperan a que estés buscando algo en lo más alto de una estantería para enterrar sus dedos en tu costado y pasarse el resto del día tratando de desincrustarte del techo. Algunos compañeros encuentran su comportamiento pueril y cargante; otros, como yo, le hemos cogido un cariño inmediato nada más conocerle.Bob es un biólogo polaco que emigró de su país hace unos 5 ó 6 años buscando una oportunidad que su tierra no le ofrecía… una vez más, la historia se repite. Se trajo consigo a su familia: su mujer, Arita, y sus tres niñas (la más pequeña, de apenas 10 meses, nació ya en Nueva Zelanda) por las que babea ostensiblemente y cuyas fotografías adornan todos los rincones de su oficina. Hace unos días, un grupo de estudiantes de la Universidad de Waikato vinieron invitados a Kiwilabs a conocer cómo trabajan los científicos en una empresa. Todos nos pusimos las batas blancas blanquísimas (especiales para inspecciones y visitas varias)…
Inciso: todo el mundo sabe que un auténtico biólogo, o bien no se pone la bata jamás por pura vagancia, o bien la que tiene está llena de manchurrones multicolores de todo tipo de sustancias mutagénicas; si conocéis a alguien en un laboratorio que habitualmente lleve una bata limpia, no os dejéis engañar, no es biólogo: es médico.
Inciso 2: si además de la bata blanca lleva el estetoscopio colgando, es médico gilipollas (es decir, de los que llevan el estetoscopio para que no se le confunda con esos seres inferiores llamados biólogos, porque ya me diréis para qué coño sirve un estetoscopio en un laboratorio).
Fin de ambos incisos.
…y nos dedicamos a nuestras tareas con cara de importancia mientras un montón de chavales de 18-19 años recorrían los laboratorios mirando cada vaso de agua con cara de “¿tú crees que si toco eso me saldrá otro brazo?”. Uno de los técnicos de laboratorio dirigía a la manada de universitarios de un lugar a otro, disfrutando de la atención recibida: “Y ahora vamos a entrar en el laboratorio de clonaciones, donde la élite científica trabaja en continua comunicación para crear especies más resistentes, o bien animales que contienen genes humanos…” (léase con voz de Profesor Frankenstein). Los chicos entraron, esperando tropezarse con una oveja de 3 cabezas en cualquier momento. A quien se encontraron fue a Bob manteniendo una conversación telefónica de alto nivel científico:
“Da da dada daaa… Chiiiiiii… ¡gu gu! ¡Tiiiiiiii! ¡Tiki tiki ti! ¡Ay chiquichí!”
Los estudiantes se marcharon de allí convencidos de que en Kiwilabs los científicos utilizamos un código de clave alfanumérica para nuestras comunicaciones internacionales. Bob salió del laboratorio feliz después de una interesante charla con su hija de 10 meses.
Una de las habilidades de Bob son los idiomas; los polacos, ya de por sí, tienen un gran dominio de las lenguas extranjeras gracias a su educación, en la que el ruso es obligatorio y además deben elegir al menos otro idioma comunitario (inglés, francés o alemán) desde muy pequeños. Además, el idioma polaco incorpora numerosos términos heredados a lo largo de una historia de ocupaciones de lo más variopinta. Y es que no hace falta sumergirse mucho en la historia para darse cuenta de que a la pobre Polonia le han caído leches por todas partes; tal parece que, en todas y cada una de las guerras libradas en Europa, siempre ha sido el país comodín. Cada vez que el ejército que iba ganando se quedaba sin ideas, siempre salía algún general tocapelotas con la genial idea: “¡Coño, vamos a invadir Polonia!”, y vuelta a empezar. Mongoles, turcos, suecos, rusos, alemanes… me puedo imaginar perfectamente a los pobres soldados polacos que vuelven a casa derrengados después de una larga lucha contra el imperio Otomano… no hacen más que entrar por la puerta y ponerse las zapatillas, cuando su mujer sale con la coquilla y la espada en ristre: “Vladijz, jomío, tu cuñado Wieslitz me acaba de mandar un sms… ¡ahora nos han invadido los Prusianos!”… Y ¡hala!, otra vez corriendo a darse de hostias en el campo de batalla.Pero lo de Bob con los idiomas es algo fuera de serie: le basta con que le repitas un par de veces una frase para que se le quede grabada, y a partir de ese día la incorpora a su vocabulario habitual. Bob saluda a Steve en alemán, a Dave en francés y a mí en español. Cuando me ve por las mañanas, me abre la puerta con una teatral reverencia y me saluda en perfecto castellano: “¡Buenos días, chica bonita!” (ya, bueno… lo sé… pero yo soy la profesora y le enseño a que me llame lo que a mí me dé la gana, ¿qué pasa?). Le he ido confeccionando una lista de palabras malsonantes en castellano, y ahora cada vez que se le cae una pipeta, o que no le sale algún experimento, su voz de barítono retumba por todo el edificio: “¡Mecagüen tus muerrrrtos!”. La semana pasada, hablando durante la hora de la comida, le comenté que en español, a los “Smurfs” los llamábamos “los Pitufos”; por algún motivo el nombre le hizo una gracia terrible, y durante el resto del día, cada vez que me lo encontraba al girar en una esquina, me señalaba con el dedo, gritaba “¡¡¡PITUFOS!!!” y se descojonaba de risa. A consecuencia de ello, ahora es el Pitufo, y yo soy la Pitufina. Que él mida 1.85 y yo 1.70 no constituye impedimento alguno.
Inciso: no, no sé si la tiene azul. Fin del inciso.
Otra afición de Bob, que le ha costado ya unos cuantos enfrentamientos, son las discusiones. A Bob le encanta el sonido de su propia voz y hablar sin tapujos de los temas más políticamente incorrectos que encuentra. Los kiwis, a pesar de no llegar a los extremos de los ingleses (en Inglaterra no puedes decir que un hombre es ciego… tienes que decir que padece una discapacidad visual, ¡y ni se te ocurra decir que un negro es negro!), tienen fama bien ganada de evitar polémicas y preferir callar antes de discutir. Huelga decir que con Bob esa opción no es la más adecuada, ya que te arriesgas a escuchar un monólogo interminable plagado de las ideas más esperpénticas imaginables. Para mí no es problema, primero porque me encanta discutir como a la que más, y segundo, porque cuando veo que se está poniendo pesado, no me corto un pelo en cogerle de los hombros en plan amistoso y soltarle un: “Bob, tío, calla de una vez que me estás deshidratando el cerebro”. Es una de mis frases favoritas con él, junto con “Bob, un día vas a abrir tanto la boca, que te vas a caer dentro”.Hace unas 3 semanas estábamos unos cuantos compañeros comiendo tranquilamente en la sala de congresos; Bob entró, saludó a todo el mundo, agarró una de las revistas viejas y ajadas que llevan rodando por allí decenios, desenvolvió su bocadillo de 4 pisos, abrió la boca… y ya no la cerró más. No recuerdo cómo empezó la discusión, pero recuerdo perfectamente las caras de horror y espanto de los demás comensales a medida que los temas políticamente incorrectos iban haciendo acto de presencia. Yo, para picarle aún más, saqué el tema de los derechos de los Maoris (discutir acerca de la situación Maorí en Nueva Zelanda provoca tantas pasiones como hablar de la discriminación de los gitanos o la delincuencia entre los inmigrantes ilegales en España, para que os hagáis una idea); los demás compañeros, en especial los de origen kiwi, se debatían entre callarse y seguir comiendo, o entrar al trapo en la batalla campal dialéctica que allí se batía. De los Maorís, Bob pasó a tomarla con la Primera Ministra de Nueva Zelanda, Helen Clark.
Inciso informativo: Nueva Zelanda es el único país que conozco cuya primera ministra es mujer, sin hijos y atea. Cualquiera de esas tres condiciones le impediría llegar a nada en la mayoría de naciones de este mundo, incluidas muchas de las que se conocen como “países desarrollados” (me imagino perfectamente a una mujer presidenta de los EEUU… ¿pero sin familia? ¿Y ATEA…? Emulando a Nepomuk, sólo diré: hombrepordios…). Helen Clark, miembro (¿o “miembra”?) del Partido Laborista desde hace más de 30 años, además esquía, practica alpinismo y ha escalado el Kilimanjaro en solitario. Y ya quisieran los políticos españoles contar con el respeto que esta mujer se ha ganado en el país.Eso sí, la pobre mujer es más fea que pegar a un padre con un calcetin sudado.
Fin del inciso informativo.
“¡Porque yo no soporto que una mujer sin familia propia me venga a decir a mí lo que yo tengo que hacer con mis hijas!”, exclamaba Bob, cada vez más emocionado.
“¡Eso, eso! ¡Cómo se atreve!”, le picaba yo, “¡Y además es fea como un pecao!”
“¡Oye!”, saltaba alguna de las demás mujeres de la mesa, ofendida, “¿y qué tendrá que ver que sea fea? ¡Vergüenza debería darte a ti, que eres mujer, fijarte en el físico de una mujer tan preparada como ella! ¡La belleza está en el interior!”
“Pues a ella habrá que buscársela en los higadillos, porque… ¡mira que es fea la jodía!”, replicaba yo. Aquella que me había contestado se iba poniendo más y más colorada, le salía humo por las orejas ante aquella afrenta… hasta que yo ya no podía contener la risa un segundo más y se daba cuenta de que le estaba tomando el pelo. Se daba cuenta ella, porque Bob seguía dale que te pego.
“¡Y esa es otra, la educación!”, exclamaba, con el dedo en alto, “Porque, vamos a ver, ¿por qué tengo que aguantar yo que una profesora le diga a mi hija mayor que masturbarse es normal? ¿Cómo le explico yo luego en casa lo que es moralmente correcto y lo que no?”
En ese momento yo abandoné de golpe mi estado anímico de “mosca-cojonera-de-discusiones-de-trabajo” y me centré en lo que acababa de oír saliendo de boca de Bob.
“¿Cómo has dicho?”, le interrumpí, “¿Qué tú a tu hija de 12 años le dices que masturbarse es anormal?”
“¡Por supuesto! ¡Y ningún profesor ni político tiene derecho a meterle en la cabeza lo contrario!”
A partir de ese momento el rumbo de la conversación, como no podía ser menos, degeneró a la función física masturbatoria y a su importancia en los niños y adolescentes (traducción: si los niños se quedan ciegos por hacerse muchas pajas). Aunque a esas alturas, el “diálogo” se reducía a Bob y yo hablando a voz en grito y creando ecos en todas y cada una de las paredes de los laboratorios colindantes. Nuestros pobres compañeros neozelandeses, tan discretos ellos y poco dados a la dialéctica agresiva, a los que ya casi habíamos llevado al límite de su aguante hablando de Maorís, mujeres feas y otros varios temas políticamente incorrectos, ahora nos miraban con ojos como platos y gotas de sudor resbalando por sus frentes, agarrados a los restos de sus bocadillos y preguntándose si podrían salir de la sala discretamente para no tener que escucharnos hablar de si un crío de 12 años se tiene que sentir culpable por cascársela todas las noches. Cuando por fin Bob y yo levantamos la mirada, nos encontramos con 8 ó 9 pares de ojos suplicantes. Decidimos dejar la conversación para más adelante.Un rato más tarde me pasé por el despacho de Bob; tenía curiosidad por saber qué motivo podía existir para que un tío que me contaba chistes guarros todas las mañanas pensara que masturbarse no estaba bien. “Es por motivos religiosos”, me contestó, dejándome de piedra.
Ese día me enteré de que Bob es mormón.
¿Por qué Bob y yo nos llevamos tan bien siendo tan diferentes? ¿Cómo una mujer atea, independiente, sin hijos ni intención de tenerlos, sin marido ni intención de tenerlo, a la que le encanta el sexo sin compromiso, puede llevarse tan bien con un polaco mormón, tan enamorado de su mujer que le salen corazoncitos por los ojos cada vez que habla de ella, tan loco por sus hijas que casi parece una de ellas, con valores tan sumamente dispares? No sé por qué le caigo bien a él, pero el motivo de que él me caiga tan bien a mí es sencillo: me encanta Bob porque es una persona llena de contrastes. Una persona sorprendente e íntegra. Un niño grande capaz de convertirse en la persona más responsable de este mundo cuando la situación lo requiere. Un eterno bromista que sabe detectar cuándo estás triste y no duda en animarte el día con un abrazo de oso.
Me gusta Bob porque es mi Pitufo. Y yo su Pitufina.