El ligón en pañales
Hace unos cuantos artículos os había comentado que a Hairy Dave le había salido un nuevo competidor en la “lucha por conquistar a la española en Kiwilandia antes de que regrese el indeciso novio inglés”. El competidor en cuestión es un chaval de 22 añitos, que acaba de terminar la carrera y está estudiando un máster, rubito, de ojillos azules, que a primera vista parece algo tímido (hasta que se suelta, esto es), que se alimenta del aire – no es coña, este tío parece sobrevivir a base de dos cucharadas de comida diaria – y a quien he bautizado como “Babel”. No porque sea una torre (de hecho es más bien bajito), sino porque aunque se supone que aquí todos hablamos inglés, cuando él abre la boca no se le entiende ná de ná, y tras la quinta repetición no te queda otra opción que levantar la mirada al cielo y preguntar “Señor, ¿qué he hecho yo para merecer esto?”.Inciso: pensándolo mejor, creo que el que dijo eso fue Job. Los de Babel no rezaban nada porque no les entendía ni Dios. Fin del inciso.
Josmíos, cada vez que Babel habla parece como si estuviera masticando huevos… si nada más llegar a este país yo me vanagloriaba de que el acento neozelandés no tenía grandes misterios para mí, este kiwi de pura cepa ha resultado ser la excepción a la regla.
Babel tiene más peligro que Espinete vendiendo condones. A primera vista, con esa cara de niño, esos ricitos rubios estilo “Príncipe Azul recién salido de la lavadora” y esos balbuceos, más que despertar pasiones el chico despierta el instinto maternal. ¡Uy, pero qué rico es!, y te mueres de ganas de pellizcarle la mejilla. Pero esa es su arma secreta. Cuando menos te lo esperas, el nene saca su encanto oculto bajo capas y capas de ricura y te suelta unas frases que ni 007 a la chica Bond. Eso cuando logras entenderlas, claro. El efecto es devastador. Para que lo entendáis, es como si un día te acercas a un cochecito y le agitas el sonajero al bebé cuando está de espaldas… de repente el presunto crío se da la vuelta, descubres que tiene la cara de George Clooney y te suelta: “Si lo que quieres es menear algo, beibi, te puedo dar varias opciones desde mi habitación privada del Ritz”. Vamos, que para cuando te recoges la mandíbula del suelo, el tío ya te ha noqueado.Babel se unió al MuDeGALC (“Mujeres Desesperadas /Gray’s Anatomy Lunes Club”) y se hizo un habitual. Era un conocido de Isa, en cuyo grupo de investigación había colaborado durante la carrera, y pronto cogió confianza con Steve, Lily y conmigo. Babel es sumamente caballeroso con las chicas, hasta el punto de negarse en redondo a que pagues nada cuando compramos comida en común, o cuando salimos a tomar algo por ahí. Yo soy una persona a la que le gusta pagar su mitad, incluso invitar a veces, y me suele parecer mal cuando un tío se empeña en ser “el macho que lo paga todo”, pero con Babel resulta imposible ofenderse. Primero, porque su sonrisa de niño y su delicadeza lo alejan todo lo posible del prototipo de “machote chulo”; y segundo, porque como no le entiendes ná de ná, no te da tiempo a argumentar un motivo de peso antes de que el tío le haya plantado el billete a la camarera en todos los morros. Y encima, como la camarera esté buena, le deja propina en el escote.
Los primeros flirteos del Babel los detecté en la fiesta de cumpleaños de otra amiga de Isa, a la que estaba invitado el MuDeGALC al completo. Steve y Lily se sentaron a mi lado, y Babel e Isa enfrente nuestro. Yo llevaba puesta una camiseta de tirantes amarillo chillón con el conejito de PlayBoy en pleno pechamen que me había regalado Maus, y parece que a Babel le gustó bastante el conejito (me refiero al de PlayBoy…), porque apenas era capaz de apartar la vista de él. En un momento de la conversación nos encontramos hablando de los mecanismos de la detección del color en el ojo humano – lo sé, lo sé, estas cosas pasan cuando se reúnen cinco biólogos – y yo le propuse a Babel un sencillo experimento para reconocer colores complementarios, que consiste en quedarse mirando fijamente cualquier objeto de un color particular durante medio minuto, y a continuación fijar la vista en una hoja en blanco (también vale una servilleta :P), sobre la que entonces verás el color complementario del original. Babel estaba tratando de mirar un plato rojo durante más de 5 segundos seguidos, pero no había manera, siempre acababa desviando la vista hacia mí, alegando que él “prefería el amarillo al rojo” (discreto, el chaval). En un momento dado le solté un: “Venga hombre, a lo que tienes que mirar es a la servilleta”, y el bebé con cara de George Clooney me miro a los ojos y respondió raudo: “Ya, pero es que tú eres mucho más bonita”. ¡BANG!. KO total. Babel 1, Pilimindrina 0. Eso, aparte de las sonrisillas con rechifla de los colegas.Desde ese día me viene a recoger cada vez que vamos a cualquier parte, aunque yo tenga mi coche y a veces viva más cerca; cada vez que estoy aburrida aparece de la nada y me lleva a montar en los trineos con ruedas de Rotorua, a visitar el castillo cutre de Tirau o a ver a los surfistas de la playa de Raglan. O se trae el portátil cargado con toda su música y me satura el disco duro de mp3. Babel sabe perfectamente que tengo un novio en Inglaterra, pero hablando en plata, le importa tres boñigas. Y en las últimas semanas, cuando la carencia de actividad chenchual va haciendo mella (¡coño, que llevo ya más de dos meses sin un inocente casquete!) en ocasiones tengo casi echarle de casa a empujones porque me lo empiezo a imaginar cada vez con menos ropa. No puedo evitar pensar que, si no fuera por Maus, esta menda ya habría ligado como mínimo dos veces en Nueva Zelanda… y que como el inglesito me vuelva a dejar plantada por un ataque de pánico en el último minuto, lo primero que voy a hacer es coger el teléfono, marcar el número de Babel y soltarle un: “Mira tío, mi novio acaba de plantarme, estoy sola y me siento muy desgraciada, así que te quiero aquí en 5 minutos. Tráete todos los condones que tengas en casa. Y un tarro de mermelada”.
La semana pasada tocaba reunión del MuDeGALC en casa de Lily. Allí aproveché para dar la noticia de que Maus se volvía en breve a Nueva Zelanda. Ese día Babel casi no tocó la cena y su normalmente alegre aunque medio incomprensible cháchara casi no se escuchó. La verdad es que me resultó curioso, porque yo sinceramente creía que lo del flirteo lo hacía con todas las chicas, y que conmigo no había nada más especial que con las 3 ó 4 compañeras eventuales de cama que al parecer había tenido en su paso por el laboratorio de Kiwilabs (cotilleo “made in Isa”). Vamos, que yo creía que trataba de ligar conmigo, echar un polvete, y listo. Como mucho dos.Esa noche, mientras me llevaba de vuelta a casa, sin mirarme y con una voz grave que apenas reconocí en él, me hizo una pregunta curiosa: “Pili, ¿tú eres feliz?”. Yo me quedé algo confundida. “Esto… sí, la verdad es que soy bastante feliz. ¿Por qué lo preguntas?”. Él negó con la cabeza como quitándole importancia al tema.
Al día siguiente, desde el trabajo, le envié un mensaje: “Hola Babe, tengo curiosidad… ¿por qué me preguntaste eso en el coche?”. A los pocos minutos, la respuesta: “Siento si la pregunta te molestó”. Mi respuesta a su respuesta: “¿Molestarme? En absoluto, sólo quería saber por qué”.
El resto del día, silencio.