Obras
Vivo con obras a mi alrededor. Hace 12 años, alguien me arrojó una maldición: viviera donde viviera, una obra florecería. Durante los últimos años de universidad, no me despertaba la voz amorosa de mi madre, ni los nervios previos a un examen, sino el taladro de la casa de enfrente. Había sido un cine durante décadas, bajito y solemne. Se nos quedaba el balón enganchado allí, y desde mi balcón yo veía cómo la hierba brotaba entre las tejas cada primavera.
Luego fue una casa frente a la paterna, que sustituyó una huerta superviviente. Cuando abandoné a mis padres, imaginé que dejaba atrás unos años de polvo, ruidos, y el inconfundible sonido de la hormigonera. Así fue durante el tiempo que he vivido en el extranjero. Más tarde me instalé en Madrid, en un apartamento de alquiler, alto y luminoso, diminuto, que abría una terracita a un gran patio de vecinos, donde aullaban las gatas en celo. Un día me desperté con una excavadora en mitad del patio. Habían decidido construir cinco pisos y un "parking". Pasé la mañana, atónita, con la vista fija en el espacio, con la ingenua pregunta de quién querría vivir con los vecinos a dos metros de las ventanas. Abandoné el micropiso y la obra continuaba, sardinas ordenadas de una lata.
En mi casa pude disfrutar de cierta tranquilidad por dos años. Después comenzó el rumor: el mercado cercano, bajo y de cierta solemnidad, con pelotas entre las tejas y hierba enganchada, sería demolido para dejar paso a siete pisos, dos de aparcamiento y un nuevo mercado. No quise creerlo. Las obras comenzaron a las 8 de la mañana hace un año, y nos quedan otros dos. Me sigue despertando un taladro, o el silbido de la grúa, o la alarma del recinto cuando han olvidado desconectarla.
Hace dos meses y medio comenzaron a reformar el piso bajo el mío. Me dijeron que habría para tres meses, aunque a mí me pareció excesivo. Aún no han colocado las ventanas. El portal está cubierto de polvo y colillas, pese a las peticiones y los carteles. En mi carrera de obreros, donde he encontrado de todo, seres amables y profesionales, otros secos, o directos, o guasones, o vividores, estos han sido los más ruidosos, sucios y maleducados. Calculo que excederán en dos meses los tres iniciales. Los odio y soy correspondida.
Sigue sin pasarme cuando viajo al extranjero. Los edificios antiguos continúan intactos, los parques se respetan. Los mercados se restauran.
¿Quién nos maldijo?
Texto de Espido Freire, sacado de : Mayo 2007 [Psychologies nº 28].
Luego fue una casa frente a la paterna, que sustituyó una huerta superviviente. Cuando abandoné a mis padres, imaginé que dejaba atrás unos años de polvo, ruidos, y el inconfundible sonido de la hormigonera. Así fue durante el tiempo que he vivido en el extranjero. Más tarde me instalé en Madrid, en un apartamento de alquiler, alto y luminoso, diminuto, que abría una terracita a un gran patio de vecinos, donde aullaban las gatas en celo. Un día me desperté con una excavadora en mitad del patio. Habían decidido construir cinco pisos y un "parking". Pasé la mañana, atónita, con la vista fija en el espacio, con la ingenua pregunta de quién querría vivir con los vecinos a dos metros de las ventanas. Abandoné el micropiso y la obra continuaba, sardinas ordenadas de una lata.
En mi casa pude disfrutar de cierta tranquilidad por dos años. Después comenzó el rumor: el mercado cercano, bajo y de cierta solemnidad, con pelotas entre las tejas y hierba enganchada, sería demolido para dejar paso a siete pisos, dos de aparcamiento y un nuevo mercado. No quise creerlo. Las obras comenzaron a las 8 de la mañana hace un año, y nos quedan otros dos. Me sigue despertando un taladro, o el silbido de la grúa, o la alarma del recinto cuando han olvidado desconectarla.
Hace dos meses y medio comenzaron a reformar el piso bajo el mío. Me dijeron que habría para tres meses, aunque a mí me pareció excesivo. Aún no han colocado las ventanas. El portal está cubierto de polvo y colillas, pese a las peticiones y los carteles. En mi carrera de obreros, donde he encontrado de todo, seres amables y profesionales, otros secos, o directos, o guasones, o vividores, estos han sido los más ruidosos, sucios y maleducados. Calculo que excederán en dos meses los tres iniciales. Los odio y soy correspondida.
Sigue sin pasarme cuando viajo al extranjero. Los edificios antiguos continúan intactos, los parques se respetan. Los mercados se restauran.
¿Quién nos maldijo?
Texto de Espido Freire, sacado de : Mayo 2007 [Psychologies nº 28].





