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María Teresa Cobos Urbano, 

Aire, agua, tierra y espuma, Publidisa, 2006

 

 

EN BUSCA DEL MITO

 

Tomás Salas

 

 

Los antiguos presocráticos querían simplificar este complejo e incompresible universo reduciéndolo a cuatro elementos primordiales: aire, agua, tierra y fuego.  A pesar de los siglos transcurridos las ideas de la antigua Hélade siguen estando presentes en nuestros hábitos mentales.  Así María Teresa Cobos recurre a esta  vetusta cosmogonía para plantear este libro de relatos. Se trata  de una colección de cinco historias heterogéneas en su estilo e intención, aunque unidas, como no podía ser menos, por el cordón umbilical de las obsesiones comunes.

Abre el libro El hijo del aire, donde se usa con maestría la recurrente argucia de mezclar fantasía y realidad, como mundos que se implican y, al final, se confunden. Recuerda este cuento la historia de Coleridge, que tanto gustaba a Borges, del hombre que se sueña con una rosa en la mano y, al despertar, comprueba perplejo que  la rosa sigue ahí.

En la misma línea de mixtura entre lo real y lo imaginario, El mar que la serpiente añora intenta explicar lo más inexplicable: la experiencia de la muerte. Se usa una identificación que también es antigua, la muerte y el mar, con una prosa que es quizá la más cuidada y poética de todos los relatos.

En Identidad asoma un humor, un sentido lúdico de la literatura que recuerda prosas de Cortázar o de Monterroso. Hasta la última línea, jugando con el lector, se  guarda la clave que todo lo explica. Demuestra como un discurso coherente puede ser absurdo si lo atribuimos al personaje equivocado.

Un mundo para Mary es un texto dispar a los demás en tema, intención y estructura. Es el único de los cinco en el que el elemento fantástico está ausente. Se palpa en él lo autobiográfico, lo personal. Desarrolla la evocación nostálgica del mundo  de la niñez; de un mundo que siempre, aunque tenga asperezas, es un paraíso perdido. Relato con un mínimo argumento (que puede definirse como una “estampa”) donde apenas pasa nada, pero donde está todo, como una pintura de naturalezas muertas en la que cada objeto tiene un poder ilimitado de evocación.

Con Yo soy la espuma se  cierra el libro. De argumento más elaborado, oímos la voz femenina (quizá este relato sólo lo podía escribir un mujer) en un mundo bronco y masculino. Otra vez lo fantástico asoma en la figura del amante que aparece y desaparece, que es ser real o un fantasma. O ambas cosas.

Relatos, pues, diversos, pero donde una misma mano se adivina con su impronta propia e intransferible. En todos parece que las cosas se contemplan como si una suave bruma velase los ojos, en una lejanía indeterminada. Si la llamada literatura realista quiere dar fe de un aquí  y ahora concretos, ¿cómo llamaremos a esta especie de relatos, que buscan, más que  lo  concreto, lo universal,  lo que resume al hombre y a sus obsesiones de siempre? Quizá la palabra “fantástico” esté algo gastada. Hay un término que creo apropiado: “mito”. Desde la antigüedad más remota la realidad es vista como algo misterioso, cuya evidencia es sólo un engaño (“un engaño a los ojos” decían los barrocos). El arte (la literatura) es un modesto medio de intentar develar este misterio. Los relatos de este libro van en busca de esta explicación. Explicación que, aunque la autora haya hecho sus pinitos en el mundo de la ciencia, no es de naturaleza  racional, sino lírica, íntima y personal y, en última instancia, mítica.