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¿Virginia?
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Si.
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¿Escuchas eso?
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Parece el llanto
de una mujer.
Una
mujer llora a la luz de la luna arrodillada frente a una tumba, sus manos
temblorosas esconden su cara mientras las lágrimas ruedan por entre los
nudillos de sus dedos. En su interior se agitan los demonios del dolor, se
pelean y se devoran unos a otros provocando espasmos en su estómago, de vez en
cuando aparta las manos de su rostro y mira al cielo como buscando ayuda.
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Nadie la va
ayudar Virginia, nadie es capaz de colocar una cálida
mano
sobre su sexo, nadie susurrará a su oído la fórmula mágica para disolver el
dolor. Está sola, definitivamente sola, con ese conocimiento anticipado de la
frialdad de su futura tumba.
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¿Qué hace
ahora?
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Se mueve de
manera muy extraña.
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Creo que es una
absoluta grosería espiar de esa manera el dolor
ajeno.
Deberíamos irnos a donde nos corresponde.
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Oh no, no tengo
ganas de volver a la tumba. Ve tú si lo deseas. Yo
quiero
seguir viendo a esa pobre mujer a ver qué hace.
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Lo que todas
hacemos: llorar hasta que los ojos se convierten en
dos
enormes globos rojos, gemir hasta que la garganta se nos reseque, clamar al
cielo pidiendo explicaciones.
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No entiendo
porque las reclamamos si nunca nos satisfacen.
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Ni yo. Pero
quiero seguir mirando, tal vez ésta sea diferente.
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No, nada cambiará,
las mujeres seguiremos llorando hasta el fin
de
los días.
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Aquella nube se
acerca a la luna. Dentro de unos instantes la
cubrirá
totalmente y no podremos ver nada, por unos instantes el mundo material
desaparecerá y entonces...
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Entonces
ya ella se habrá calmado, se secará los ojos, enviará
con
la punta de los dedos un beso al habitante de la tumba y lentamente se pondrá
de pie, caminará unos pasos sin darle la espalda hasta que la prudencia entre
en su cerebro y le ordene volver la cabeza del lado correcto, enderezar el
cuerpo, erguir la espalda y seguir
adelante.
Ahora
todo es tiniebla, un enorme nubarrón cubre la luna y un extraño aroma a nardos
inunda la tierra.
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¿No te gustaban
a ti los nardos, Virginia?
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Si. Pero no es ésta
la época.
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Sería
maravilloso llenar nuestros jarrones con nardos frescos,
como
antes, ¿no te parece?
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Oh, los nardos
sobre el escritorio y la luz del atardecer dibujando
los
rostros de mis personajes sobre la madera.
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¡Mira!
La
mujer se endereza lentamente, coloca los brazos a cada lado de su cuerpo y por
unos instantes se queda rígida mientras la luz de la luna empieza a bañarla
desde su hombro derecho, como si una mano invisible la dibujara con trazo firme
pero muy suavemente. Luego, una vez que la figura está completamente nítida,
su cuerpo empieza a temblar, parece un tallo estremeciéndose al viento al borde
de algún lago ignoto, su cuerpo no cesa en su movimiento y parece ensancharse
con éste. Al cabo de unos segundos de expansión, el cuerpo se dobla
exactamente por el ombligo y se acampana a la altura de las rodillas formando
una especie de cáliz negro que poco a poco se va dividiendo en numerosos y
delicados pétalos que a impulsos de la brisa se van abriendo dejando en
libertad el entrañable aroma a nardos.
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No es hermoso
Virginia, que aún después de tantos años, los
nardos
sigan dibujando personajes.
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¡Hermoso!