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ANATOMÍA DE LA INGENUIDAD

 

“En el mundo los hombres se arman para hablar de paz”

 

Desde el principio de los tiempos el hombre ha inventado armas para matar, no sólo para obtener su sustento, también para amedrentar a sus vecinos y enemigos.  Partiendo del garrote, pasando por el arco y la flecha, el ingenio se fue agudizando en la búsqueda de armas para exterminar más rápido y en mayor cantidad.   El balance de la paz se sostiene del poderío bélico de cada país.  Hasta se han iniciado guerras justificadas por las armas de destrucción masiva.

 

En los 70, don Tito, hijo de inmigrantes italianos, obtenía el beneficio jubilatorio, después de años de trabajo en la administración pública, en la ciudad de Buenos Aires.  Había decidido retirarse para explotar una huerta junto al río Ayui, herencia de sus padres, en las afueras de Santo Tome, provincia de Corrientes.  Fue así como liquidó todos sus bienes y se trasladó a su nueva vida.

 

Con tiempo y mucho trabajo,  la tierra dio sus frutos: hortalizas y cítricos, que don Tito utilizaba para consumo propio y de sus vecinos.  Pero en aquel paraíso perfecto había unas nubes que empañaban su vida.  Desde el comienzo, don Tito libró una guerra no declarada con las hormigas.  El odio que desarrolló con los años por esos bichos, lo había llevado a probar todo lo posible para su exterminio.  Era consciente de que los plaguicidas más poderosos y efectivos, también afectaban el cultivo.     Cada vez que se anunciaba el invierno florecían unos hormigueros como volcanes de casi veinte centímetros de alto, por los que don Tito veía desaparecer triturado parte del fruto de su trabajo.

 

Una tarde, estaba tomando una lucera con un amigo en el pueblo y éste le comentó que había leído en un diario la publicidad de una empresa extranjera que ofrecía lo que podía llamarse “su salvación”, una máquina para matar hormigas.  Don Tito no lo podía creer   pero su amigo quedó en ir a buscar el anuncio y traérselo si lo esperaba.

 

Efectivamente, así era, THE CENTRAL AFRICAN BUSSINES & CO.  ofrecía este producto por la módica suma de doscientos dólares más cincuenta dólares por gastos de envío.    Dobló prolijamente el anuncio y se marchó pagando la consumición en agradecimiento a su amigo.     

 

Por la mañana, se levantó temprano y recorriendo la huerta vio que proliferaban los caminos y las hormigas.  Entró en la casa y guardó en sus bolsillos las gafas de leer que reconocía perfectamente pues una de sus patillas estaba sostenida por una cinta blanca y se dirigió a la biblioteca del pueblo.  Una vez allí, enseñando el anuncio a la señorita que atendía, le pidió que le buscara lo que tuviese sobre ese lugar indicado con su dedo ZAIRE y si era posible con fotos. 

 

Sentado en uno de los escritorios recorrió, hoja por hoja,  los tres libros que la bibliotecaria puso frente a él.   Vio miles de fotos en aquellas páginas, leones, jirafas, hipopótamos, camellos, antílopes y hasta unas garzas rosadas, pero no encontraba lo que estaba buscando.  En el último libro, ya desanimado, halló la respuesta: un guerrero negro como de dos metros, con su lanza, parado junto a un hormiguero del mismo tamaño.  Al verlo casi  dio un grito.  Cerró el libro de un golpe y se marchó convencido de que si tenían hormigas de ese tamaño también podían tener la forma de exterminarlas.  Sin más se decidió, pasó por el banco y sacó la suma requerida que significaba una pequeña fortuna para su bolsillo.  Luego se dirigió al correo e hizo el giro como lo indicaba el anuncio y  despachó el comprobante para su cobro por separado, indicando en una esquela que le enviaran las instrucciones de uso en castellano y en forma clara.  Ya tenia otras experiencias en el armado de aparatos que por tener  instrucciones confusas  reposaban inútiles en su taller de herramientas.

 

Pasó un mes hasta que el cartero le anunció la llegada de su venganza.  Miró la huerta y se dirigió a la entrada.  El empleado de servicios postales le entregó una caja de pequeñas dimensiones, solicitó su firma y, luego de recibir la tradicional propina, se retiró.

 

Don Tito, sorprendido rompió el envoltorio   y extrajo  el contenido de la cajita. Se trataba de unas pinzas de madera.  Estaban acompañadas de una esquela que en perfecto castellano indicaba la forma correcta de uso: “colóquese sobre la hormiga, presionando el extremó de la pinza y una vez que la presa se encuentre en medio, suéltelo.  Obtendrá resultados inmediatos. Gracias por su compra”.

 

 

 

                                                                                                          Sr. NOCHE