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FELIZ CUMPLEAÑOS

 

 

            Se asomó a la pequeña iglesia que había cerca de su casa y miró al interior para ver si había mucha gente. Hoy le gustaría que la iglesia estuviera completamente vacía porque tenía una intensa necesidad de hablar con Dios a solas.

 

            Se podía haber dirigido a Él desde cualquier parte, incluso desde la escuela, en plena calle o tumbado en la hamaca que tenía en la terracilla de su casa, como lo había hecho en infinidad de ocasiones.

 

            Pero hoy no podía ser así porque era un día muy especial, cumplía sesenta años y cada año, en esta fecha, a no ser que le fuera totalmente imposible, tenía una cita en cualquier iglesia de cualquier parte.

 

            Se estaba bien allí; era una iglesia de estilo moderno, pero muy recogida y bastante agradable. Sí, se estaba bien allí y, además, había tenido la suerte de que no hubiera nadie. Se sentó en el primer banco y miró hacia el altar:

 

            -Bueno, Amigo, ya estoy aquí, como el año pasado y como si Tú me lo permites, estaré el año que viene… porque no te he fallado muchos años ¿verdad?.. alguno que otro, pero siempre por un motivo importante o, al menos, así me lo ha parecido a mí. Tú eres quien no me ha fallado a mi nunca, a pesar de que de vez en cuando te he hecho alguna faenilla, pero ya ves… siempre vuelvo. No sé qué sería de mí si no te hubiera encontrado.  Sabes qué fecha es hoy ¿no?... bueno, ¡qué no vas a saber Tú!

 

            Pues sí, hoy soy ya un año más viejo. Tengo ya las sienes casi blancas, pero ya ves, aquí estoy y sigo en la brecha ¿Te acuerdas cuando venía siendo un chiquillo?... Aquello era otra época; entonces sólo pensaba en poder ganarle a Juanito a tortazos limpios, en montar en la burra mejor que nadie y en ser el mejor en la escuela para que mi madre se sintiera orgullosa de mí,… a Ti te veía todavía tan lejos…

           

            Venía los domingos a misa pero, la verdad sea dicha, cuando no hacía de monaguillo me dedicaba a reírme con mis amigos de las beatas porque se quedaban dormidas rezando y contábamos las cabezadas que daban.

 

            Luego llegó la época de los primeros cigarrillos a escondidas que, dicho sea en verdad, me los fumaba sólo para demostrar que ya era un hombre hecho y derecho, pero me sabían a perros muertos y me producían una tos tan terrible que tenía que aguantar disimulando como pudiera para que nadie se diera cuenta y no quedar mal.

 

            En aquellos años se tenía toda la vida por delante; eran los años en que todos los chiquillos pensábamos en ser toreros o futbolistas, presumíamos delante de las niñas y creíamos que los mayores eran los enemigos más terribles. No era como ahora, que los jóvenes tienen otras diversiones. Entonces nosotros éramos más ingenuos o más tontos si quieres, pero yo creo que nosotros nos divertíamos más y de manera más sana y, sobre todo, no gastábamos ni un duro.

 

            Luego llegaron los años de los primeros amores, de esos amores que parecen que van a ser los únicos y para toda la vida; amores que la guerra nos cortó brutalmente y nos hizo olvidar para centrarnos en horrores.

 

            Fue entonces, entre tanta violencia y tanto odio cuando empecé a conocerte y a buscarte. Al principio me preguntaba cómo Tu, si eres Dios, podías permitir esa horrible lucha entre hermanos, hasta que me di cuenta de que no eras Tú quien la permitía sino nosotros mismos…

 ¡ Cómo me ayudaste entonces!

 

            Sentí que te debía tanto que decidí hacerme sacerdote y entregarte mi vida a cambio a pesar de que en esa época ya estaba yo enamorado y esa decisión me suponía renunciar a lo que más quería. Casi lo hago, pues me faltaban tan sólo unos días para ordenarme cuando me hiciste comprender que tal vez fuera más cómodo vivir dentro de una sotana, alejado del mundo, que defenderte y luchar por Ti desde abajo, metido en los problemas cotidianos de una familia y de una sociedad herida.

 

            ¿Te acuerdas de cómo dudaba entre si debía elegir la sotana o la familia?

 

            Por fin elegí la familia, y no me ha pesado. Tú sabes mejor que nadie lo que hemos pasado…pero siempre, cuando más apurado me he sentido, has aparecido de alguna manera y me has aportado una solución.

 

                        Y ya ves… aquí me tienes, con seis hijos a la espalda y tres nietos y medio (que uno viene en camino y bien lejos que me lo has ido a traer… a América del Norte)

 

            En fin, Amigo, ya me tengo que ir, porque mi familia, esa familia tan poco ordinaria que me has adjudicado, me está esperando para irnos a comer y celebrar mi sesenta cumpleaños…¡sesenta ya! ¡quién lo diría!

 

            No están todos aquí, algunos no han podido venir, pero sé que desde donde están hoy me están mandando las felicidades.

            Se levantó y salió despacio para dirigirse a su casa. Al cruzar la puerta, antes de salir, echó una mirada al interior y le pareció que la imagen de su Amigo, desde el altar, levantando la mano y sonriéndole le decía…¡HASTA EL PRÓXIMO CUMPLEAÑOS Y FELICIDADES AMIGO!

 

            Al mismo tiempo, desde Nueva York, Granada y Madrid tres de sus hijos  pensaban… “el mejor padre del mundo cumple hoy sesenta años y yo no puedo estar allí…¡FELICIDADES PAPA!¡FELIZ CUMPLEAÑOS, AMIGO!¡

 

MARIA AGUSTINA COBOS URBANO               5 DE MAYO DE 1975