Filemón y el mar
Filemón era un viejo pescador que vivía en un tranquilo pueblecito costero, en una cabaña a la orilla del mar. Gustaba el hombre de ir todos los días de pesca, así que se levantaba a media mañana, tomaba su caña y su perra, caminaba descalzo los pocos metros de arena que separaban su casa del mar, y se acomodaba en una gran piedra durante horas, arrullado por las olas y los suaves chillidos de las gaviotas. Y así transcurría su vida, en una apacible rutina.
Hasta que un día, algo cambió. Unas máquinas enormes llegaron al pueblo y se acomodaron justo frente a su casa, donde comenzaron a trabajar en medio de un ruido infernal. El anciano creyó que sólo se trataría de un caño roto o algo así, pero triste fue su sorpresa cuando supo que se estaba construyendo una autopista. Más de uno protestaba, reunidos en el bar del pueblo, pero Filemón no decía nada, sólo se sentaba cabizbajo y pensativo, mientras su casilla era sacudida día y noche por las insufribles maquinarias.
Cuando la autopista estuvo terminada, el infierno no cesó. Los coches, camiones y motocicletas que pasaban a toda velocidad haciendo un ruido capaz de despertar a un muerto, habían acabado con la pacífica vida del pueblo. Por si fuera poco, los enormes postes de iluminación colocados a ambos lados del camino mantenían la pequeña cabaña del pescador en constante claridad, incluso en medio de la noche. Durante el día, el viejo pasaba largos minutos intentando cruzar en escandaloso camino y llegar al mar, pero ya nada era lo mismo; hasta parecía que los peces habían huido espantados por el ruido. La playa se llenó de basura y se respiraba un penetrante olor a gasolina todo el tiempo.
Pero pronto, comenzaron los sucesos.
Tres veces había ido una mujer a la comisaría a denunciar haber visto en medio de la noche a un motociclista sin cabeza pasar a toda velocidad, para ir a dar entre unos matorrales y desaparecer. Los oficiales no le habían prestado atención, hasta que, ya hartos, la acompañaron y hallaron el cadáver. Pero por más que buscaron y buscaron, la cabeza no apareció.
La mujer ahora contaba a todo el mundo su visión “¡Era un tío sin cabeza, lo vi pasar en la moto a todo lo que daba hasta que se estrelló!” Algunos le creyeron, otros supusieron que sólo habría visto el cadáver y estaba mintiendo o imaginando.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que otros motociclistas acéfalos fueran hallados a la vera del camino, con sus cabezas misteriosamente desaparecidas.
Ocho fueron hallados.
Para peor, siempre ocurría de noche. Incluso, algunos automovilistas habían empezado a percibir una extraña fuerza, siempre nocturna que, como un poder invisible, golpeaba los coches al pasar por el lugar.
Si bien no faltaron curiosos y unos cuantos psíquicos y parapsicólogos tratando de dar con el fantasma o la fuerza misteriosa que habitaba el lugar, lo cierto es que cada vez menos gente se atrevía a pasar por allí, con lo que la autopista comenzó a quedar progresivamente desierta. La arena del mar empezó a ganar terreno, tomando nuevamente lo que era suyo, y el asfalto fue quedando sepultado.
Los decapitados dejaron de aparecer tan súbitamente como habían aparecido hasta que, un tiempo después, algunos niños comenzaron a encontrar calaveras en la orilla del mar. La única deducción que la policía pudo hacer fue que se trataba de las cabezas de los muertos, sin embargo, por más que investigaron, no lograron desentrañar el misterio. Con el tiempo, todo fue quedando en el olvido, salvo la maldición de la carretera, que ya no era más que un gran banco de arena, por lo que quedó definitivamente desolada, al menos en ese tramo. Tal era el desuso que hasta se le cortó la iluminación.
Filemón, contento con su paz recuperada, descansaba en su cabaña, nuevamente al lado del mar. Dormitaba disfrutando del silencio, cuando vio a su perrita jugando con algo. Se lo quitó y vio que era su viejo rollo de sedal transparente reforzado.
-Vaya, menos mal que me lo has recordado, bueno fuera que nos atraparan por ésto ¿eh?- y guiñó un ojo al animalillo
- Ven, vamos a echarlo al mar- y ambos se dirigieron al murallón abandonado. Filemón tiró el sedal y, enseguida, unos cuantos peces se arremolinaron en torno a la madeja, luchando por atraparla. El anciano sonrió: “Venga, pescados tontos, que esto no se come, a ver si van a creer que les voy a tirar cabezas todos los días”.
Con su habitual serenidad y la perrita correteando a su alrededor, se alejó hacia su piedra, se sentó y arrojó el anzuelo. Siendo un hombre de creencias, mientras pescaba elevó ocho padrenuestros y un pésame. Y pronto se durmió, arrullado por las olas y los chillidos de las gaviotas.
NOFRET