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EL MUERTO FUMADOR

 

Elvirita, de mediana edad, era una mujer poco agraciada, más bien corta de estatura. Resaltaban en su cara unos ojos prominentes que casi salían de sus órbitas cuando ponía vehemencia en sus relatos. Hablaba y hablaba. Tanto hablaba Elvirita que desesperaba a cualquiera, pudiendo pasar con pasmosa facilidad de un tema a otro sin apenas dejar al interlocutor introducir alguna frase. Había amigas y conocidas que le huían, y cuando la veían allá a lo lejos, torcían por la primera esquina para evitarla. Decían en el pueblo que era capaz de aburrir al  caballo de un columpio. Cierto.

Pero, además, hablaba a tal velocidad que por momentos apenas se le entendía. Gesticulaba a más no poder para apoyar su discurso, llegando incluso a golpearte el pecho en las fases estelares de su paroxismo verbal.

Aquella mañana de verano Diego paseaba tranquilamente leyendo el periódico. Absorto en su lectura, fue sorprendido por el atronador saludo de Elvirita.

-          Hola, Dieguito, cómo me alegra verte. Hace tiempo que no tenía el gusto de charlar contigo. Como no viniste al funeral de mi padre…

-          Oh, perdón, no sabía que tu padre…

-          Sí, sí, mi difunto padre, que en gloria esté, murió hace ya más de dos meses. Lo que pasa es que como tú vives fuera no te has enterado. Sabrás que el pobrecito padecía de los bronquios desde hace mucho. El tabaco se lo ha llevado por delante, pero era la única distracción que le quedaba. ¿Cómo íbamos a negarle ese placer? Una semana antes de fallecer el ahogo era terrible. Apenas si podía acostarse, y las noches las pasaba sentado en la butaca, con el oxígeno en la nariz y el cigarro entre los labios.

-          Pero con el oxígeno…

-          Ya lo sabía, no me interrumpas. Todo el mundo sabe que tomando oxígeno no se debe fumar porque puede explotar la bombona, pero yo no tenía arrestos para prohibírselo. Además, pienso que la nicotina es menos mala si lo que entra en el pecho es humo oxigenado.

-          Ah, en ese caso…

-          Pues así es. Lo cierto es que el pobrecito casi no podía respirar. Angustiaba verlo con los codos apoyados para conseguir meter algo de aire. Era como un fuelle muy estropeado. Qué lastima daba. Así que no tuvimos más alternativa que llevarlo al hospital. Lo metieron en la ambulancia igualito que como estaba en el dormitorio, con el oxígeno y el cigarro. El practicante tuvo intención de quitarle el ducados de la boca, pero mi padre sacó fuerzas de donde pudo para lanzarle una fulminante mirada que le hizo desistir al momento.

-     ¡No me digas…!

-          Claro que te digo, ya sabes que él era un hombre de carácter fuerte. No se le podía llevar la contraria, incluso en circunstancias terminales como te estoy contando. Y no me interrumpas más, por favor, que no dejas hablar a nadie.

-          Perdona, mujer.

-          Tres días aguantó, y por mucho que hicieron los médicos nada pudo salvarle. El día catorce a las siete de la mañana expiró. Era domingo, por más señas. Lo trajeron a mi casa para velarlo como Dios manda. Dos vecinas me ayudaron a amortajarlo. Le pusimos su traje favorito, uno de pana con chaleco. Entiendo que en julio no es la ropa más apropiada, pero tenía debilidad por esa indumentaria. Poco a poco fueron llegando a casa vecinos y conocido a darle el adiós definitivo, y a consolar a la familia. Estábamos destrozados, muy apenados y cansados. Yo tenía la cabeza embotada de tanta emoción y falta de sueño. Aún así, me vino a la cabeza un pensamiento: ¡qué mala suerte ha tenido mi pobre padre! Ha tenido que morir en domingo, el único día que cierran los estancos. Seguro que allí, donde ahora esté, también estarán cerrados. ¿Qué puedo hacer? No debo dejar las cosas así. A pesar del cansancio, salté de la silla y corrí al dormitorio. En el primer cajón de la mesita quedaba un cartón entero de su tabaco. ¡Qué previsor era el viejo! Volví rápido a la gran sala y, a la vista de todos, introduje una cajetilla de ducados en el bolsillo derecho de la chaqueta de pana. Me senté aliviada. Ahora mi querido difunto podrá sonreír satisfecho desde el otro mundo. Pero al momento mi amiga Juana me preguntó: ¿Le has puesto también un mechero? No, no había caído en ese detalle. Y ahora, querido Dieguito, te voy a contar lo que ayer me ocurrió con Carmela, la vecina de mi prima Encarna…

 

El pobre Diego, entregado, asintió con la cabeza. No quiso decir ni mu por no encolerizar a Elvira, la hermana de su mejor amigo.

 

LAGARTIJO.