Noche de fantasmas
Hoy,
1 de noviembre, vísperas de difuntos, es noche de contar historias, este año
hace calor, demasiado calor para el otoño, sin embargo me viene a la memoria
otra noche como esta, hace mucho tiempo, quizás demasiado, con mucho más frío
fuera de la casa, al calor del brasero, sentados todos alrededor de la enorme y
redonda mesa de camilla, muchos niños, la madre, la tía, una abuela, la otra
había fallecido el año anterior en esa misma casa, en la habitación contigua,
el padre y el tío ausentes, y una criada que era como otra abuela para esos niños,
yo era la menor de aquellos hermanos y aunque no recuerdo cuantos años debía
tener por aquel entonces, si recuerdo estar en el regazo de mi madre y dormirme
allí casi siembre, pero esa noche no, no creo que nadie durmiera en esa casa...
Mi
padre había ido con mi tío a Madrid,
-
¡ A resolver unos asuntos importantes!, decía mi Madre,
-
¡ Para no cargarse a un tramposo!, decía uno de mis hermanos que lo había
oído por ahí.
-
¡Lo han metido en un lío político! Y se quiere perder un tiempo, decían
otros rumores en el pueblo.
Los
niños no entendíamos de asuntos de mayores así que veíamos la marcha de mi
padre como algo raro e innombrable y a pesar de las habladurías, la presencia
siempre tranquilizadora de mi Madre, quién llamó a su Madre, la abuela la cual
acudió rápido en su auxilio, trayéndose a su vez a la tía , con la cual vivía
en la Capital, la una viuda y la otra soltera formaban una pareja inseparable y
encantadora. Así para quitarnos los miedos y las desconfianzas y aprovechando
la ausencia de mi padre diabético, nos hacían los dulces más dulces: cajetas
o dulce de leche, huesos de Santos, yemas de Santa Teresa... y un largo etc, a
dulce por noche, mientras esperábamos extrañados que por fin apareciera mi
padre, nunca había estado fuera solo tanto tiempo...
La
vieja criada, Angustias, que andaba por las esquinas hablando con su difunto
esposo, y asustándonos a los niños con las historias del más allá, le había
dicho a mi madre que mi padre vendría hoy. Se lo había dicho su marido la
noche antes y por cierto, hoy no podía venir a trabajar a casa porque al ser día
de todos los Santos, tenía mucha tarea, ya que todo el pueblo se acordaba hoy
de ella y le pedían noticias de todos las ánimas benditas, por lo que se pasaría
el día encendiendo mariposas en aceite, para que el difunto esposo viera que
había ocurrido con los difuntos de las vecinas.
Mi
madre no creía en esas cosas, pero Angustias las daba por tan ciertas...Además
su físico la apoyaba pues al ir siempre de riguroso luto, la nariz aguileña,
la cara huesuda con un cutis muy fino y la barbilla afilada apuntando a la
nariz, solo le faltaba la verruga en la nariz para parecer una auténtica bruja.
Esa
noche, como ya dije, andábamos comiendo cajetas y relamiéndonos de gusto todos
alrededor de la mesa de camilla, cuando se fue la luz, cosa muy corriente en las
noches de lluvia, pero era día 1 de Noviembre, nos levantamos todos de un salto
a buscar las lamparillas de aceite, se cayeron al suelo las cucharillas con las
que momentos antes comíamos las cajetas y con el estruendo no oímos la llave
con la que mi padre abría la puerta, lo que si oímos fue una fuerte voz en el
salón oscuro:
-¿
Es que no viene ningún niño a darme un beso?
El
grito fue unánime, mi madre casi pierde el conocimiento y mi padre no acertaba
a comprender lo que estaba sucediendo...
Eran
las doce de la noche....El día de los difuntos..
María
Teresa Cobos