“…algo
tan risible como su lucha contra los molinos de viento revela una desesperada
verdad de la condición humana. Lo mismo ocurre con los sueños, de ellos
se puede decir cualquier cosa menos que sean una mentira.”
“La
Resistencia” – Ernesto Sabato
Todas
las personas son diferentes, pero todas tienen características en común. Todos
soñamos, pero mientras algunas personas sueñan, otras, muy pocas, se
despiertan en un sueño.
Le
había llegado el turno a Antoñito, que con su flamante título de contador
bajo el brazo, comenzó a pensar en casarse y formar una familia. Hijo único de
doña Rosa, una mujer de carácter firme, que estando en el noveno mes de
embarazo, enviudó por culpa del conductor de un tranvía, en el que viajaba su
marido rumbo a su trabajo, que una madrugada
cruzó el Riachuelo con el puente levantado. Doña Rosa con los ingresos del seguro y una pensión
del difunto, consagró su vida a ese hijo.
Y no fue una tarea fácil para una mujer sola elegir lo que convenía o
no para Antoñito, desde el color de las medias hasta la vocación. No pocas discusiones tuvo para convencerlo de abandonar
ese sueño loco de ser biólogo marino, por una carrera más redituable.
Tampoco fueron pocos sus esfuerzos para alejar a todas aquellas
oportunistas que se acercaron a tomar por asalto el corazón de su hijo.
Así,
Antoñito, que era más sano que el aire de campo, pintón y profesional, lo que
se dice un buen partido, se puso a buscar compañera. Pero era difícil llenarle
el ojo a doña Rosa y ninguna de las candidatas resultaba ser para su madre
merecedora de estar a su lado. Un
día, en un té canasta al que la llevó, conoció a una chica.
No era el tipo de mujer que lo atraía, pero tenia algo familiar
en sus formas. Después de
un par de salidas, juntó coraje y se la presentó a su madre.
Terminada la cena, las mujeres se sentaron a conversar y en un momento en
que la chica pidió permiso para ir al baño, Doña Rosa aprovechó para decirle
a Antoñito que ésa era la mujer que sabría decidir lo que era mejor para los
dos y lo abrazó.
Y
fue así como Antoñito se casó, prosperó y vivió tranquilo, hasta su séptimo
aniversario. Pensaba darle una
sorpresa a su mujer. Un mes antes,
se entrevisto unas cuantas veces con una corredora de viajes y con la vendedora
de una joyería de la calle Alvear.
Para no despertar sospechas, salía del trabajo al mediodía y se reunía
en una confitería cercana. Una
semana antes de la fecha, su mujer lo llamó a la oficina para pedirle que
almorzaran juntos, porque tenía algo importante que decirle.
Ya en el restaurante, ella sin ningún preámbulo, le pidió el divorcio.
Antoñito no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
Trató de preguntar el porqué, pero la respuesta llegó antes. Ella firme agregó que tenia pruebas de su infidelidad.
El mundo se detuvo en silencio. Cómo
podría acusarlo de ser infiel a él que
ni en sueños le había faltado. Es
más, sólo tenía un sueño, era un tipo con un sueño solo.
Después de abandonar la pubertad soñaba con una mujer de piel negra. Pero no cualquiera, no una mujer bien definida y africana con
esa piel oscura casi azulada. Nunca
se había atrevido en el sueño a avanzar sobre ella, sólo la admiraba.
En la cabeza de Antoñito sonó la alarma de un despertador.
Llamó al mozo, pidió la cuenta y le dijo a su mujer que esa misma tarde
pasaría a buscar su ropa para mudarse a un hotel.
Una
semana le llevó a Antoñito darse cuenta de que a los pájaros que nacen en
cautiverio les cuesta adaptarse a la vida salvaje y muchas veces no logran
alcanzar la libertad después de dejar la jaula. Todos los días salía a las diecinueve horas y caminaba
hasta el restaurante en donde cenaba para luego regresar a su habitación.
Un miércoles caminaba por Carlos
Pellegrini y al llegar a la esquina de la Avenida Córdoba, parada junto a la
puerta de la confitería, estaba la mujer de sus sueños.
Era ella, alta casi como él, con formas bien torneadas, cabello largo
frisado que arrastraba la noche, manos grandes de palmas muy blancas y dedos
finos y una boca de labios gruesos y rojos.
Pero lo más importante era su
piel de color negro azulado.
Sin
saber cómo se despertó el pirata que no sabia que llevaba dentro y se lanzó
al abordaje. Pronto estuvieron dentro de la confitaría y con unos cuantos cafés
supo en lenguaje portuñol que había nacido en Mozambique, hija de un portugués
y de una mujer de la tribu Zulú.
Después de la muerte de su madre, su padre trasladó el negocio de
fertilizantes para tabaco a la ciudad de Sao Borja en Brasil, manteniendo su
comercio con el norte argentino. Cuando
éste murió, hizo todo por sobrevivir, pero en una ciudad de frontera es muy
difícil la vida, así que se trasladó a Buenos Aires, donde se ganaba la vida
acompañando turistas, haciendo uso de su idioma.
Llegó
la cena y por efecto del vino, él la invitó a su habitación. En el camino tomándola
de la cintura le susurró si podía llamarla África. Ella con picardía dijo
que mientras pagase la tarifa podía llamarla como quisiera.
Antoñito y la mujer de sus sueños entraron en la habitación.
Ella se dirigió al baño y él con todos sus miedos juntos, se desnudó
tirándose en la cama. Nunca
había estado con otra mujer que no fuese su esposa.
Puso música para calmarse. Sonaba Sabina…”el sexo con amor de los
casados…” la Magdalena. La idea
de que pronto develaría los secretos de aquel cuerpo y la sensualidad de la
mujer que despertaba su deseo pudieron más que los miedos.
Sintió el picaporte y se
incorporó para recibirla. La luz del baño iluminaba el continente africano al
desnudo. Los ojos de Antoñito fueron bajando y se quedó petrificado.
Había partes del continente que no figuraban en sus sueños. No podía
creer lo que veía. Volvió en si,
pasó junto a ella, recogiendo su ropa y entró al baño atacado de náuseas y
mareos. Se vistió como pudo y buscó
la salida sintiendo a sus espaldas un gemido en llanto.
Ese
miércoles cambiaria la vida de Antoñito radicalmente. Después de un par de semanas de cavilaciones, preguntas,
respuestas, su cabeza alcanzó un orden y acuerdo. Volvió a su casa y a su mujer. Doña Rosa agradecía a
la Virgen del Pilar que hubiese recuperado la cordura.
La vida continuó sin sobresaltos, pero eso sí, Antoñito todos los miércoles
a las diecinueve en punto visitaba África.