EL
TRABAJO MÁS BONITO DEL MUNDO
Hoy empieza el cole. A las
9.15 de la mañana un revuelo de niños con el moreno de las vacaciones y las
carteras relucientes y vacías tapan la puerta del colegio.
Todos preguntan a la vez y ninguno contesta a las preguntas del otro. Son
montones de monólogos en el aire mientras las madres, preocupadas, miran hacia
el interior preguntándose quién será la maestra que le toque a su hijo.
En el interior, los profesores esperan con los mismos nervios. La
plantilla ha sido renovada casi en su totalidad. Sólo siete u ocho profesores
del año pasado continúan; los demás eran interinos y estarán en el vestíbulo
de otro colegio preguntándose como estos qué les deparará el nuevo curso
escolar.
Cada profesor, con el cartel de su grupo, espera a que den las 9.30 para
salir a por sus niños.
Me subo a la biblioteca que está en la primera planta. Está todo tal y
como lo dejé en Junio; no parece que nadie haya subido aquí desde entonces.
Bajo las sillas y coloco las mesas. Es curioso el contraste del ruido de
las voces y el barullo de abajo con el silencio de aquí. El año pasado, a
comienzos de curso esto no era más que una habitación vacía con unas cuantas
estanterías; ahora tiene vida propia. Los carteles invaden las paredes, el tablón
de anuncios lleno, las estanterías con los libros clasificados y catalogados
que se parecen a un ejército disciplinado dispuesto, en formación, a entrar en
batalla.
¡Qué bien me siento aquí rodeada de tanta fantasía, ilusión e
información de los libros infantiles!¡Cuánto trabajo nos ha costado reunir
todo esto!
Voy a empezar a recontar y ordenar los libros de la sección de los más
pequeñines. Sus usuarios son los que más vida y alegría dan a esta biblioteca
y de que ellos empiecen los primeros depende el resto.
Las profesoras de infantil lo pasan un poco mal al principio cuando sus
niños invaden la biblioteca y lo trastocan todo en un momento pensando que a mí,
que lo tengo tan bonito colocado, me va a sentar mal que lo desordenen caóticamente,
cuando a mí es lo que más me gusta de todo el año: el primer encuentro de los
chiquitines, que están asustados con tantas cosas nuevas y extrañas para
ellos; algunos aún llegan con la lagrimilla asomándole a los ojos porque no se
acostumbran a que su mamá se haya ido y lo haya dejado aquí en el cole
abandonado entre tanta gente extraña. Los siento en el suelo, les digo mi
nombre y les pregunto el suyo (a alguno no se le oye porque habla muy bajito y
entre hipidos); les doy los libros y observo sus reacciones: los tocan, los
chupan, se pelean porque quieren el que le he dado al de al lado, se emboban
mirando las ilustraciones… me encanta su capacidad de asombro ante el mundo
que les rodea, su mirada ingenua pero sin miedo y su manera de meterse en el
mundo de la fantasía como si formara parte de la vida cotidiana, tan real como
la bicicleta o el zumo que traen en la cartera.
Cuando estoy terminando de ordenar la sección de infantil y metida en
esas reflexiones, oigo que llaman a la puerta. Es Mercedes Garín con sus
enanos: les está enseñando el colegio y lo primero que quiere que conozcan es
la biblioteca. Me presenta, todos me dicen hola a la vez, y la más espabilada
pregunta si pueden quedarse un ratito para ver cuentos. Le pregunto a Mercedes
si podemos contarle el primer cuento del cole. Los sentamos en círculo sobre el
tatami y ya sólo se oye la voz de Mercedes contando y leyendo.
Cuando se van, todos en fila y agarrados del babero, me miran con el
mismo respeto que mirarían a la reina de las hadas, pensando que yo domino el
misterio de todos los libros y el saber de todos los secretos. Les pregunto si
quieren volver y toda la fila se da
la vuelta. Les explicamos que volverán todos los lunes a partir de ahora… y
tal como van saliendo, me agacho junto a la puerta para ponerme a su altura y
cada uno me regala un beso.
Es entonces cuando soy consciente de que tengo el trabajo más bonito del
mundo.
María Agustina Cobos Urbano.
Biblioteca del cole María Moliner
12 de Septiembre de 2002
Villanueva de la Cañada. Madrid.