Experiencia para-anormales
Hoy, al entrar al instituto a primera hora de la mañana, he tenido una sensación extraña: me he visto desde fuera. Sí, como lo leéis. Desde fuera. Me explico, no era yo la que entraba en el instituto. Bueno, sí era yo, pero en ese momento me transmuté (no sé si es ese el término adecuado) en uno de los alumnos que me veía pasar a mí, yo ERA un alumno y me veía a mí misma entrar en el centro. Fue una sensación extraña, la verdad, y un poco deprimente. ¿Porqué sabéis lo que vi? Vi entrar a una señora, UNA SEÑORA MÁS DE LAS QUE DA CLASE. No, nada de una joven (35) de su tiempo, dinámica y decidida. Lo que yo era para ellos era alguien que estaba a años luz de sus problemas. Se me cayó el alma a los pies y todavía no me he recuperado del susto. ¿De verdad nos ven así? Que triste.
"Perdone, ¿tiene hora? -No, gracias, no fumo"
-¡Ah! Como le vi el peine...” Este chiste, epítome del absurdo, resume a la perfección la conversación que mantuve –je, “mantuve”– ayer con un alumno atocinado. Definiré “atocinado”: en mi léxico, dícese del alumno atontado, sea o no un estado permanente de su carácter. El tal alumno no había, hasta entonces, dado muestra alguna de debilidad mental, por lo que achacaré el incidente a un atocinamiento transitorio, fruto, posiblemente, del calor, del desajuste hormonal adolescente o del cansancio. Pues bien, la cosa fue como sigue:
-What are you doing this afternoon, Tomás? –recordad que estamos en clase de inglés, en español sería ¿qué haces esta tarde?
-Yes –comienza el espectáculo, risitas inquietas de los demás compañeros.
-¿Cómo que yes? –yo, conciliadora– Vamos a ver, que no te habrás fijado, te lo repetiré, WHAT are you doing this afternoon?
-¡Ah, ya lo pillo! At the doctor’s –carcajada general, inmisericorde–, era eso ¿no?
¡Pues no mendrugo, no, que esa es la respuesta al ejercicio de abajo!, pienso e intento no repetir en voz alta. Me meso los cabellos, respiro hondo para evitar un exabrupto y sigo:
-¡Callaos todos, que parece que vosotros no os equivocáis nunca! Mira, Tomás, fíjate bien en el ejercicio. Once more time, WHAT ARE YOU DOING THIS AFTERNOON?
-Estooo… I’m visiting my grandparents, ¿no? –visito a mis abuelos.
-Yes, hallelujah! ¿Ves como podías? –y la clase estalla en un aplauso espontáneo, acompañado de palmaditas en la espalda de los compañeros más cercanos al interfecto.
La clase siguió, con más o menos fortuna, durante unos 10 minutos más. No se dieron más absurdos de este tipo, pero, viendo lo que queda de curso, espero situaciones semejantes en fechas venideras. Os mantendré informados.
-What are you doing this afternoon, Tomás? –recordad que estamos en clase de inglés, en español sería ¿qué haces esta tarde?
-Yes –comienza el espectáculo, risitas inquietas de los demás compañeros.
-¿Cómo que yes? –yo, conciliadora– Vamos a ver, que no te habrás fijado, te lo repetiré, WHAT are you doing this afternoon?
-¡Ah, ya lo pillo! At the doctor’s –carcajada general, inmisericorde–, era eso ¿no?
¡Pues no mendrugo, no, que esa es la respuesta al ejercicio de abajo!, pienso e intento no repetir en voz alta. Me meso los cabellos, respiro hondo para evitar un exabrupto y sigo:
-¡Callaos todos, que parece que vosotros no os equivocáis nunca! Mira, Tomás, fíjate bien en el ejercicio. Once more time, WHAT ARE YOU DOING THIS AFTERNOON?
-Estooo… I’m visiting my grandparents, ¿no? –visito a mis abuelos.
-Yes, hallelujah! ¿Ves como podías? –y la clase estalla en un aplauso espontáneo, acompañado de palmaditas en la espalda de los compañeros más cercanos al interfecto.
La clase siguió, con más o menos fortuna, durante unos 10 minutos más. No se dieron más absurdos de este tipo, pero, viendo lo que queda de curso, espero situaciones semejantes en fechas venideras. Os mantendré informados.
Federico, ese hombre
Federico es nuestro conserje. Yo le definiría como “érase un hombre a un bigote pegado.” Para mí que eso le impide sonreír. O eso, o es que tiene una úlcera de estómago del tamaño de un membrillo. Sea como fuere, a él tengo que recurrir si quiero fotocopias, con lo que se puede deducir que tengo que tratar con él a menudo. Me tiemblan las piernas cuando me acerco a su garito, incluso ahora se me ponen los pelos como escarpias al recordarlo. ¡Qué carácter! Parece un bulldog con pulgas. Intentaré reproducir aquí alguna de las conversaciones típicas:
-Hola, buenos días, Federico. Mira, si tienes un momento...
-No –no levanta la vista del periódico, su prioridad- no puede ser.
-Bueno es que...
-Que no te las hago ahora, que la máquina no tiene tóner.
-No, si no tengo prisa, tú cuando puedas a lo largo...
-Pues no puedo –no, si eso ya se ve, que parece que te vayan a nombrar analista político en cualquier momento-, así que tendrán que esperar.
-Bueno, pero te las puedo...
-Déjalas ahí, y ponme bien claro cuantas copias quieres, que nunca me lo dejas bien anotado.
-¿Te parece bien esta nota amarilla que sujeto con un clip y donde escribo en mayúsculas con rotulador negro que quiero 50?
-Bueno, vale, pero sólo por una cara, que las de dos caras son muy complicadas.
-Vale, muchas gracias, muy amable -¡ni que le hubiera pedido un retrato al carboncillo!
Con el rabo entre las piernas, me alejo. Federico 1, yo 0. Otro partido en casa que pierdo. No os lo creeréis, pero he llegado a pagarme las copias yo, en una tienda de la calle, por no tratar con él. ¡Qué hombre! Que vio su mujer en él, es un gran misterio.
PD: Tengo la negra. Hoy fui, de nuevo, a pedirle fotocopias. Y no se me ocurre otra cosa que decirle: “Hoy, Federico, cuando te aburras, me haces 30 co...” Me callé, porque me interrumpió diciendo: “Oye, que yo no me aburro, yo trabajo. ¿O tú te aburres cuando vienes al instituto? ¿A qué no? Claro, porque trabajas. Pues yo, también, trabajo, ¿de acuerdo?” Se me heló la sonrisa en la cara ¡Craso error, qué imprudencia! Insinuar que Federico no trabaja, ¿a quién se le ocurre? No si es que yo solita me lo he buscado. Federico 2, yo 0.
-Hola, buenos días, Federico. Mira, si tienes un momento...
-No –no levanta la vista del periódico, su prioridad- no puede ser.
-Bueno es que...
-Que no te las hago ahora, que la máquina no tiene tóner.
-No, si no tengo prisa, tú cuando puedas a lo largo...
-Pues no puedo –no, si eso ya se ve, que parece que te vayan a nombrar analista político en cualquier momento-, así que tendrán que esperar.
-Bueno, pero te las puedo...
-Déjalas ahí, y ponme bien claro cuantas copias quieres, que nunca me lo dejas bien anotado.
-¿Te parece bien esta nota amarilla que sujeto con un clip y donde escribo en mayúsculas con rotulador negro que quiero 50?
-Bueno, vale, pero sólo por una cara, que las de dos caras son muy complicadas.
-Vale, muchas gracias, muy amable -¡ni que le hubiera pedido un retrato al carboncillo!
Con el rabo entre las piernas, me alejo. Federico 1, yo 0. Otro partido en casa que pierdo. No os lo creeréis, pero he llegado a pagarme las copias yo, en una tienda de la calle, por no tratar con él. ¡Qué hombre! Que vio su mujer en él, es un gran misterio.
PD: Tengo la negra. Hoy fui, de nuevo, a pedirle fotocopias. Y no se me ocurre otra cosa que decirle: “Hoy, Federico, cuando te aburras, me haces 30 co...” Me callé, porque me interrumpió diciendo: “Oye, que yo no me aburro, yo trabajo. ¿O tú te aburres cuando vienes al instituto? ¿A qué no? Claro, porque trabajas. Pues yo, también, trabajo, ¿de acuerdo?” Se me heló la sonrisa en la cara ¡Craso error, qué imprudencia! Insinuar que Federico no trabaja, ¿a quién se le ocurre? No si es que yo solita me lo he buscado. Federico 2, yo 0.
Mens sana in corpore... in sepulto
Hace unos días celebramos la fiesta del instituto. No, no era San Instituto Bendito ni Santa Tiza del Monte, ni siquiera San Alumnito del Niño Jesús. Simplemente teníamos derecho a dos días libres en los que buscar la convivencia entre padres, alumnos y profesores. Y la buscamos. ¿En qué consiste eso de la convivencia? Muy buena pregunta, que conste, porque a mí, lo primero que se viene a la cabeza es la súper-vivencia. Pues bien, la con-vivencia es eso, vivir juntos. ¡Je, como si no viviéramos juntos ya bastante tiempo! Porque esas 6 horas diarias de clases dan para mucho, creedme.
En fin, la cosa resultó bastante bien. Para que los chicos se entretuvieran, había talleres varios: de hostelería, instrumentos tradicionales, bailes, aeróbic, etc. Incluso había uno de educación sexual y ligoteo (¡lo juro!) que se quedó sin participantes. Creo que los chicos esperaban clases prácticas, y no teoría. ¡Eso si que hubiera sido un instituto progre!
Pero el plato fuerte del último día fue, sin duda, el partido de la jornada. Imaginaos el siguiente relato como si fuera la crónica del encuentro profes-alumnos (si lo leeis con la voz de Matía Prats Padre, mucho mejor):
Ayer tuvo lugar en el campo de fútbol del camping, en una bonita mañana soleada, el tradicional encuentro de fútbol entre profesores alumnos. Como ya es acostumbrado, el equipo de profesores, ante la imposibilidad de completar el equipo con once jugadores, contó entre sus filas con una nutrida selección de alumnos cooperadores, pues parece ser que el colectivo docente está más cascado de lo esperado (además de que hay muy pocos profes dispuestos a dejarse la espinilla en el campo, que los chicos llevan muy mala leche acumulada). Ah, eso sí. La grata sorpresa la dio la profe de inglés, quien, neither short, nor lazy (ni corta ni perezosa, que parecéis analfabetos) decidió que el masculino genérico es eso, genérico e incluye a los dos sexos, y cuando se dice “profesores” también está ella incluída. Por cierto, tendría tiempo de sobra de arrepentirse de su decisión. Por su parte, los alumnos, jóvenes y lozanos, nutrieron su escuadra de los once jugadores de campo reglamentarios, por supuesto, suplentes, masajista, utillero y uno con una bici que pasaba por allí, además de disponer de botas de tacos y guantes para el portero, todo un lujo. Una vez dispuestos los dos contendientes en el campo y encontrado un árbitro (sin silbato, tuvo que pitar a voz en grito y con una pañuelo, para hacerse ver) comenzó el encuentro. No hubo tregua en ningún momento, los aguerridos estudiantes se lanzaron a por los profes con todas sus energías, sin respiro. Los profes, prudentes, se replegaron atrás, en un catenaccio que habría hecho la envidia de la selección italiana (¡no te joroba! Y por que no tenían fuerzas para correr, que ninguno cumple ya los 35). Balones aquí, balones allá, patadón y cuenta nueva, por parte de los profes, toque y regate filigranesco, por parte de los alumnos (ya, pero terminaban siempre por hacerse la ***** un lío). En un despiste defensivo (nuestro portero se había puesto a hablar con unas amigas detrás de la portería), se adelantaron los alumnos en el marcador. Los profes, sin amilanarse, se lanzaron al ataque con ímpetu juvenil (!), el cual recibió su fruto en un gol, producto de una jugada ensayada (tú agarras al defensa ese altón, que yo le piso el pie al portero). Alborozo general. A todo esto, la profe de inglés, en la defensa, intentaba no desentonar mucho (¡pero quítate de ahí, mendruga, que anulas el fuera de juego!). El partido siguió su curso (correcalles, esto es un correcalles), cayeron goles en ambas porterías, para disgusto de los dos cancerberos (¡portero, matao, que puedes coger el balón con las manos!), no se paró de correr (de patio de colegio, esto es de patio de colegio... claro) y cuando estaba a punto de darse por concluido el encuentro, la jugada polémica. Un contrataque de los estudiantes, en tromba hacia la portería contraría. El delantero, regateando, se plantó delante de la profe de inglés, al borde del área. Y, encarándola, la embistió y cayeron ambos dos en un batiburrillo de piernas y brazos. El balón salió rechazado a la banda. Ante las protestas insistentes de los estudiantes (¡árbitro, mamón, que ha sido penalty! Deja de agitar el pañuelito y pítalo), consultó a su linier (el de la bici, que no vio nada, porque estaba hablando con el utillero) y pitó saque de banda. Con un “aquí no ha pasado nada” siguió el partido 30 segundos más, momento en el que el colegiado determinó el final. Apretones de manos entre todos los jugadores, cordialidad por parte de los profes (Jesús, después de esa patada que me diste, vas a aprobar la historia cuando las ranas críen pelo, lo juro) y alumnos (árbitro, tío, que la de inglés no te va a aprobar porque le hayas perdonado un penalty). Con este buen ambiente, se dio por concluido el choque deportivo, que a nadie decepcionó, con el resultado final de 3-3.
Pd: La profe de inglés tardó 10 minutos en recuperarse del golpe. Llamadas las asistencias médicas (uno con un botiquín que vino desde el bar), dictaminaron que no había necesidad de ingreso en el hospital. Ahora, eso sí, luce en el brazo un bonito moratón, grande como el mapa de La Rioja)
En fin, la cosa resultó bastante bien. Para que los chicos se entretuvieran, había talleres varios: de hostelería, instrumentos tradicionales, bailes, aeróbic, etc. Incluso había uno de educación sexual y ligoteo (¡lo juro!) que se quedó sin participantes. Creo que los chicos esperaban clases prácticas, y no teoría. ¡Eso si que hubiera sido un instituto progre!
Pero el plato fuerte del último día fue, sin duda, el partido de la jornada. Imaginaos el siguiente relato como si fuera la crónica del encuentro profes-alumnos (si lo leeis con la voz de Matía Prats Padre, mucho mejor):
Ayer tuvo lugar en el campo de fútbol del camping, en una bonita mañana soleada, el tradicional encuentro de fútbol entre profesores alumnos. Como ya es acostumbrado, el equipo de profesores, ante la imposibilidad de completar el equipo con once jugadores, contó entre sus filas con una nutrida selección de alumnos cooperadores, pues parece ser que el colectivo docente está más cascado de lo esperado (además de que hay muy pocos profes dispuestos a dejarse la espinilla en el campo, que los chicos llevan muy mala leche acumulada). Ah, eso sí. La grata sorpresa la dio la profe de inglés, quien, neither short, nor lazy (ni corta ni perezosa, que parecéis analfabetos) decidió que el masculino genérico es eso, genérico e incluye a los dos sexos, y cuando se dice “profesores” también está ella incluída. Por cierto, tendría tiempo de sobra de arrepentirse de su decisión. Por su parte, los alumnos, jóvenes y lozanos, nutrieron su escuadra de los once jugadores de campo reglamentarios, por supuesto, suplentes, masajista, utillero y uno con una bici que pasaba por allí, además de disponer de botas de tacos y guantes para el portero, todo un lujo. Una vez dispuestos los dos contendientes en el campo y encontrado un árbitro (sin silbato, tuvo que pitar a voz en grito y con una pañuelo, para hacerse ver) comenzó el encuentro. No hubo tregua en ningún momento, los aguerridos estudiantes se lanzaron a por los profes con todas sus energías, sin respiro. Los profes, prudentes, se replegaron atrás, en un catenaccio que habría hecho la envidia de la selección italiana (¡no te joroba! Y por que no tenían fuerzas para correr, que ninguno cumple ya los 35). Balones aquí, balones allá, patadón y cuenta nueva, por parte de los profes, toque y regate filigranesco, por parte de los alumnos (ya, pero terminaban siempre por hacerse la ***** un lío). En un despiste defensivo (nuestro portero se había puesto a hablar con unas amigas detrás de la portería), se adelantaron los alumnos en el marcador. Los profes, sin amilanarse, se lanzaron al ataque con ímpetu juvenil (!), el cual recibió su fruto en un gol, producto de una jugada ensayada (tú agarras al defensa ese altón, que yo le piso el pie al portero). Alborozo general. A todo esto, la profe de inglés, en la defensa, intentaba no desentonar mucho (¡pero quítate de ahí, mendruga, que anulas el fuera de juego!). El partido siguió su curso (correcalles, esto es un correcalles), cayeron goles en ambas porterías, para disgusto de los dos cancerberos (¡portero, matao, que puedes coger el balón con las manos!), no se paró de correr (de patio de colegio, esto es de patio de colegio... claro) y cuando estaba a punto de darse por concluido el encuentro, la jugada polémica. Un contrataque de los estudiantes, en tromba hacia la portería contraría. El delantero, regateando, se plantó delante de la profe de inglés, al borde del área. Y, encarándola, la embistió y cayeron ambos dos en un batiburrillo de piernas y brazos. El balón salió rechazado a la banda. Ante las protestas insistentes de los estudiantes (¡árbitro, mamón, que ha sido penalty! Deja de agitar el pañuelito y pítalo), consultó a su linier (el de la bici, que no vio nada, porque estaba hablando con el utillero) y pitó saque de banda. Con un “aquí no ha pasado nada” siguió el partido 30 segundos más, momento en el que el colegiado determinó el final. Apretones de manos entre todos los jugadores, cordialidad por parte de los profes (Jesús, después de esa patada que me diste, vas a aprobar la historia cuando las ranas críen pelo, lo juro) y alumnos (árbitro, tío, que la de inglés no te va a aprobar porque le hayas perdonado un penalty). Con este buen ambiente, se dio por concluido el choque deportivo, que a nadie decepcionó, con el resultado final de 3-3.
Pd: La profe de inglés tardó 10 minutos en recuperarse del golpe. Llamadas las asistencias médicas (uno con un botiquín que vino desde el bar), dictaminaron que no había necesidad de ingreso en el hospital. Ahora, eso sí, luce en el brazo un bonito moratón, grande como el mapa de La Rioja)
Tráfico ilegal
Hoy he interceptado una red de tráfico de sustancias ilegales. Sí, sí, SUSTANCIAS ILEGALES. TRÁFICO. YO. Ha sido el momento de más tensión que he experimentado jamás en mi vida, tanto personal como profesional. Quisiera contarlo con precisión y rigor, restando dramatismo pero conservando toda la emoción del momento. Yo, una profe corriente, sin más formación policial o detectivesca que una modesta afición por las novelas de Agatha Christie. Yo, insisto, que nunca manejé un arma más allá de la lima de uñas. Yo, que nunca he sufrido un tirón de bolso. YO SOLITA LO HE HECHO.
Lo contaré, sé que las expectativas son grandes y, además, muchos se podrán beneficiar de mi experiencia. Hoy (al recordarlo se me ponen los pelos de punta) entré en la clase de 3º con la energía de siempre (o sea, arrastrando los pies), dispuesta a darles la instrucción necesaria para convertirles en ciudadanos de provecho (“Profe, ¿para qué me sirve el inglés si yo voy a terminar trabajando en el campo con mi padre?”). Empezamos la clase, bla, bla, bla, y yo, perspicaz, observé que Fernando, el caso perdido que se sienta al final de la clase, llevaba un rato inquieto:
-Fernando, ¿te quieres estar quieto? Abre el libro, si es que lo tienes, y ponte a trabajar, hazme el favor.
-Vale, tronca, no te ralles.
“Vale, tronca, no te ralles” repetí mentalmente. Al momento noté que algo no iba bien: Fernando nunca habla en el aula, ronca. Seguí a lo mío, pero no podía quitarle el ojo de encima: este chico tramaba algo. De repente, Fernando rebusca ruidosamente en los bolsillos y se lleva algo a la boca. “¡Ay, Dios Mío, que este chico se me dopa en clase!,” pensé angustiada. Fingiendo un valor del que carezco, le dije con voz seria:
-Fernando, tira eso que comes a la papelera. Ya sabes como son las normas aquí, ¿verdad?
-¡Jo, qué petarda, -pasé por alto el comentario- ya voy!
Y se levanta, camina cansino hacia la papelera (yo le sigo con la mirada), arroja de un hábil escupitajo el contenido de su boca en la misma (en la papelera, claro) y se da media vuelta. “Uf, el peligro ha pasado,” suspiré para mí. Pero nada más lejos de la realidad, pues éste (el peligro, of course) acecha en cada esquina. De vuelta a su mesa, se para Fernando delante de Julio, otro que tal baila, quien, con un rápido movimiento de mano, saca de un bolsillo de su mochila una bolsita de plástico y se la intenta pasar a Fernando.
¿Qué diríais que hice? Desde luego no me podía quedar parada, tenía que actuar. Como accionada por un resorte, salté de mi tarima (¿habéis visto Matrix? pues algo así, pero sin traje ajustado de cuero) y me acerqué a ellos:
-¡Por tontos, vais a terminar los dos amonestados! ¿Cuántas veces os tengo dicho que no se come CHICLE en clase? Dadme la bolsa, que se la voy a llevar al jefe de estudios como prueba.
-¡Joder, tía, que los acabamos de comprar en el recreo! –me explica Fernando- A medias sale más barato –añade Julio.
Y los dos al unísono:
-¡Anda, profe, pórtate, que es la última vez!
-Ni última vez ni leches, -me envalentoné- que esta historia ya me la sé. ¡Al jefe de estudios vais a ir en el cambio de clase!
Refunfuñando se quedaron. Y yo, con la satisfacción del deber cumplido, volví a mi clase magistral. ¡Qué lección de templanza habían recibido mis alumnos!
Pd: ¿Qué esperábais? Por si no lo sabéis, no conozco instituto donde los chicles estén permitidos en el aula. Así que, como dije, he interceptado una red de TRÁFICO ILEGAL DE... CHICLES. ¡Tiembla, Colombo!
Lo contaré, sé que las expectativas son grandes y, además, muchos se podrán beneficiar de mi experiencia. Hoy (al recordarlo se me ponen los pelos de punta) entré en la clase de 3º con la energía de siempre (o sea, arrastrando los pies), dispuesta a darles la instrucción necesaria para convertirles en ciudadanos de provecho (“Profe, ¿para qué me sirve el inglés si yo voy a terminar trabajando en el campo con mi padre?”). Empezamos la clase, bla, bla, bla, y yo, perspicaz, observé que Fernando, el caso perdido que se sienta al final de la clase, llevaba un rato inquieto:
-Fernando, ¿te quieres estar quieto? Abre el libro, si es que lo tienes, y ponte a trabajar, hazme el favor.
-Vale, tronca, no te ralles.
“Vale, tronca, no te ralles” repetí mentalmente. Al momento noté que algo no iba bien: Fernando nunca habla en el aula, ronca. Seguí a lo mío, pero no podía quitarle el ojo de encima: este chico tramaba algo. De repente, Fernando rebusca ruidosamente en los bolsillos y se lleva algo a la boca. “¡Ay, Dios Mío, que este chico se me dopa en clase!,” pensé angustiada. Fingiendo un valor del que carezco, le dije con voz seria:
-Fernando, tira eso que comes a la papelera. Ya sabes como son las normas aquí, ¿verdad?
-¡Jo, qué petarda, -pasé por alto el comentario- ya voy!
Y se levanta, camina cansino hacia la papelera (yo le sigo con la mirada), arroja de un hábil escupitajo el contenido de su boca en la misma (en la papelera, claro) y se da media vuelta. “Uf, el peligro ha pasado,” suspiré para mí. Pero nada más lejos de la realidad, pues éste (el peligro, of course) acecha en cada esquina. De vuelta a su mesa, se para Fernando delante de Julio, otro que tal baila, quien, con un rápido movimiento de mano, saca de un bolsillo de su mochila una bolsita de plástico y se la intenta pasar a Fernando.
¿Qué diríais que hice? Desde luego no me podía quedar parada, tenía que actuar. Como accionada por un resorte, salté de mi tarima (¿habéis visto Matrix? pues algo así, pero sin traje ajustado de cuero) y me acerqué a ellos:
-¡Por tontos, vais a terminar los dos amonestados! ¿Cuántas veces os tengo dicho que no se come CHICLE en clase? Dadme la bolsa, que se la voy a llevar al jefe de estudios como prueba.
-¡Joder, tía, que los acabamos de comprar en el recreo! –me explica Fernando- A medias sale más barato –añade Julio.
Y los dos al unísono:
-¡Anda, profe, pórtate, que es la última vez!
-Ni última vez ni leches, -me envalentoné- que esta historia ya me la sé. ¡Al jefe de estudios vais a ir en el cambio de clase!
Refunfuñando se quedaron. Y yo, con la satisfacción del deber cumplido, volví a mi clase magistral. ¡Qué lección de templanza habían recibido mis alumnos!
Pd: ¿Qué esperábais? Por si no lo sabéis, no conozco instituto donde los chicles estén permitidos en el aula. Así que, como dije, he interceptado una red de TRÁFICO ILEGAL DE... CHICLES. ¡Tiembla, Colombo!
Reunión de departamento
La super-jefa de departamento llega al mismo, con energía, “que se note que soy una mujer de mi tiempo, sobradamente preparada”, cuando lo que está es sobradamente... maquillada. Todo ella un puro torbellino, movimiento de brazos y taconeo, se aproxima a la mesa, abre su super-agenda y se sienta con elegancia. ¿Cómo lo hará? Yo, en primer lugar, no podría subirme a esas alturas si provocarme un esguince y, aunque pudiera, nunca jamás tendría su gracia y donaire. De hecho, alguien una vez me comparó con un elefante en una cacharrería. Seguro que era un buen amigo/a. “Era,” dije.
Nos informa, eficiente, de los temas tratados en la Comisión de Coordinación Pedagógica (la “cecepé” para los iniciados, la “cucurrucucú, paloma” para los de vuelta de todo): que si organización de la fiesta del insti, que si exámenes de pendientes, que si actividades extraescolares, bla, bla, bla. Hablamos, buen rollito, todos de acuerdo en todo. Bien pensado, tendríamos que fundar un partido político: lo nuestro sí que es unidad. Con una super-sonrisa da por concluída la reunión. ¡Perfecto, sobra tiempo para café! A veces pienso si existe algo mejor que esto recreos inesperados, estas escapadas para café cuando se supone que te requieren en el insti. Nos sentimos un poco como si hiciéramos novillos, los profes. No, si es que tanto trato con adolescentes... todo se pega. “Quien con infantes pernocta, excrementado alborea,” he dicho.
Pd: que quien con niños se acuesta, cagado se levanta. Por si acaso.
Nos informa, eficiente, de los temas tratados en la Comisión de Coordinación Pedagógica (la “cecepé” para los iniciados, la “cucurrucucú, paloma” para los de vuelta de todo): que si organización de la fiesta del insti, que si exámenes de pendientes, que si actividades extraescolares, bla, bla, bla. Hablamos, buen rollito, todos de acuerdo en todo. Bien pensado, tendríamos que fundar un partido político: lo nuestro sí que es unidad. Con una super-sonrisa da por concluída la reunión. ¡Perfecto, sobra tiempo para café! A veces pienso si existe algo mejor que esto recreos inesperados, estas escapadas para café cuando se supone que te requieren en el insti. Nos sentimos un poco como si hiciéramos novillos, los profes. No, si es que tanto trato con adolescentes... todo se pega. “Quien con infantes pernocta, excrementado alborea,” he dicho.
Pd: que quien con niños se acuesta, cagado se levanta. Por si acaso.
Raulito el "espídico"
Raulito, el “espídico” es un producto de su tiempo: vive deprisa. No es capaz de aguantar dos segundos seguidos en la misma posición ni, por su puesto, mantener dos segundos seguidos la concentración. Cuando yo voy, él ya vuelve, pero de vacío.
-Raúl, ¿en qué ejercicio estamos ahora? –a que le pillo distraído.
-En el tres, ¿no? –vaya, qué casualidad, acertó.
-Vale, pues venga, a corregirlo.
-¿El qué? –pregunta Raulito con cara de no-sé-de-que-me-está-hablando-profe.
-¡Porras, el ejercicio tres! –intento aguantar el enfado, parezco una caldera a vapor- ¿No me acabas de decir que estábamos en ese ejercicio?
-¿Qué yo dije qué? –y ahora la cara dice mi-profe-está-loca-y-yo-no-tengo-nada-que-ver.
-Nada majo –me desinflo- ¿Quién quiere seguir? Vale, sigue tú, Rosa.
Rosa, mi salvavidas, the teacher’s pet, si no existieras habría que inventarte.
Ya en casa, busco en la panera el corrusquito salvador. ¡No hay pan! Claro, si yo no como. Bueno, sea como sea, anoto en la lista de la compra, pan de molde. Y con corteza, of course.
-Raúl, ¿en qué ejercicio estamos ahora? –a que le pillo distraído.
-En el tres, ¿no? –vaya, qué casualidad, acertó.
-Vale, pues venga, a corregirlo.
-¿El qué? –pregunta Raulito con cara de no-sé-de-que-me-está-hablando-profe.
-¡Porras, el ejercicio tres! –intento aguantar el enfado, parezco una caldera a vapor- ¿No me acabas de decir que estábamos en ese ejercicio?
-¿Qué yo dije qué? –y ahora la cara dice mi-profe-está-loca-y-yo-no-tengo-nada-que-ver.
-Nada majo –me desinflo- ¿Quién quiere seguir? Vale, sigue tú, Rosa.
Rosa, mi salvavidas, the teacher’s pet, si no existieras habría que inventarte.
Ya en casa, busco en la panera el corrusquito salvador. ¡No hay pan! Claro, si yo no como. Bueno, sea como sea, anoto en la lista de la compra, pan de molde. Y con corteza, of course.
La adolescencia es dura, ¿no?
¿Dios, qué puedo hacer? Hoy me ha salido la vena canalla. Sí, sí, canalla y cruel. Pero... ¡es que van provocando! A la pobre chica de 3ºD se le han "olvidado" las gafas y por eso no hace los ejercicios. Para mí, que cree que las gafas no le quedan bien. Bueno, pues así como lo he pensado, así lo he dicho, pero con una mala leche acumulada que me ha hecho parecer un Herodes a destiempo:
- Es que no veo nada sin las gafas, profe.
- ¿Qué, tienes miedo a parecer más fea con las gafas? Créeme, imposible.
Y ellos, adolescentes, formándose una imagen ajustada de sí mismos, y yo, que lo que ayudo es a crear una imagen "asustada". Espero no haber sido responsable de ningún trauma juvenil. En mi descargo diré que la alumna en cuestión no paró de reírse un buen rato. Y los demás también:
- ¡Profe, vaya hachazo! -dijo el "delicado" de Josemanuel, conocido everywhere por ser el poseedor del récord local de eructos en pista cubierta.
- ¡Qué pasada, seño, la van a expulsar! -apostilla la monilla de Silvia, que en dos años en el mismo curso ha llegado a dominar como pocas el arte del mascado de chicle.
Salgo del aula cabizbaja, dudo mucho que la clase de hoy haya servido para algo. ¡Pero me he reído una jartá!
- Es que no veo nada sin las gafas, profe.
- ¿Qué, tienes miedo a parecer más fea con las gafas? Créeme, imposible.
Y ellos, adolescentes, formándose una imagen ajustada de sí mismos, y yo, que lo que ayudo es a crear una imagen "asustada". Espero no haber sido responsable de ningún trauma juvenil. En mi descargo diré que la alumna en cuestión no paró de reírse un buen rato. Y los demás también:
- ¡Profe, vaya hachazo! -dijo el "delicado" de Josemanuel, conocido everywhere por ser el poseedor del récord local de eructos en pista cubierta.
- ¡Qué pasada, seño, la van a expulsar! -apostilla la monilla de Silvia, que en dos años en el mismo curso ha llegado a dominar como pocas el arte del mascado de chicle.
Salgo del aula cabizbaja, dudo mucho que la clase de hoy haya servido para algo. ¡Pero me he reído una jartá!





