El día en que Judy Garland murió
Hoy se ha celebrado en mi ciudad (de medio pelo, lo que diríamos una ciudad de provincias) la primera concentración con motivo del Día del Orgullo Gay. Ha sido divertido ver a las abuelas acercarse curiosas al barullo que se había formado en la plaza más céntrica, comentando cosas como “pues no, no parece un accidente. ¿A ver si es que reparten algo?” Cuando se enteraron de que iba, alguna se dio la vuelta, escandalizada ante tanto (unas 100 personas, y la mitad eran parejas de progres hippiosos) “degenerado” Sí, señora, sí, huya, no sea que la vaya a violar alguna bollera... y resulte que le guste, vieja chocha, pensé y estuve a punto de decir en voz alta. Porque yo, que pasaba por allí, que soy de natural pacífico, casi me dejo llevar por mi vena transgresora y le doy un muerdo a mi amiga Marta, sólo por llamar la atención. Bueno, más hubiera llamado la atención la bofetada consiguiente, que mi amiga Marta no tiene mi sentido del humor.
Y es que yo, que soy docente, descubrí que, cuando intentamos enseñar tolerancia, igualdad de sexos y respeto a la diversidad, no tenemos ni idea de lo que hablamos hasta que encontramos una situación como la de hoy y nos quedamos sin argumentos. Porque ¿cómo le digo yo a un adolescente que la orientación sexual no hace a nadie ni mejor ni peor persona, si gente adulta, con más –en teoría– madurez, todavía piensa que los homosexuales son apestados?
Es bueno, de vez en cuando, enfrentarse a estas carencias, que así también se aprende. Yo nunca dejo de hacerlo. O, por lo menos, lo intento.
De todos modos, para todos, hoy, feliz día de lo que queráis celebrar.
Y es que yo, que soy docente, descubrí que, cuando intentamos enseñar tolerancia, igualdad de sexos y respeto a la diversidad, no tenemos ni idea de lo que hablamos hasta que encontramos una situación como la de hoy y nos quedamos sin argumentos. Porque ¿cómo le digo yo a un adolescente que la orientación sexual no hace a nadie ni mejor ni peor persona, si gente adulta, con más –en teoría– madurez, todavía piensa que los homosexuales son apestados?
Es bueno, de vez en cuando, enfrentarse a estas carencias, que así también se aprende. Yo nunca dejo de hacerlo. O, por lo menos, lo intento.
De todos modos, para todos, hoy, feliz día de lo que queráis celebrar.
Alien Resurrection
He decidido que, mientras hay vida, hay esperanza. Bueno, no quiero sonar dramática, simplemente he pensado que, aunque el curso ha terminado, mientras tenga ordenador a mano, seguiré con mi blog. ¿Por qué no, si me divierte? No sé muy bien qué contar ahora, pues ya sin los alumnos delante, que son fuente continua de inspiración, me encuentro desorientada. ¡Vaya gracia, si resultará que los voy a echar de menos! Que no me oigan... Espero que algo se me ocurra en breve. Sí, sí, ya veo... algo está tomando forma... parece que algo asoma...
PD: El alien, por supuesto, soy yo.
PD: El alien, por supuesto, soy yo.
Esto se acaba (II)
Llevo un tiempo aplazando la reflexión que me prometí hacer sobre esto de la autoridad, el respeto y otras mandangas. Y ahora tampoco tengo ganas. Además, acabo de entregar las notas... con unas orejas verdes de Shrek puestas en la cabeza. Bueno, es que en Navidades entregué las calificaciones con un gorro de Papa Noel puesto y ahora tenía que buscar algo que estuviera a la altura. Ha sido un gran espectáculo, éxito rotundo de crítica y público. Mis compañeros me han aplaudido al salir de la sala de profesores, y los alumnos se han partido de la risa al verme llegar. Y yo también me lo he pasado bien, para que os voy a engañar. No sabría explicar por qué lo hago, pero lo hago. ¿Es raro que una intente divertirse –o, por lo menos, no aburrirse– en su trabajo? Por la cara que ponen algunos, creo que sí, pero se me haría muy duro madrugar cada día y pasar 6 horas delante de unos adolescentes desganados si yo también estoy desganada. Así que para sobrevivir utilizo el humor. Y no me va mal. El día que me falle, cambiaré de trabajo.
PD: Según escribo esto, sigo con las orejas verdes puestas. Creo que me quedan bien. ¡Qué pena que no sea carnaval! Mi hermana me acaba de hacer una foto. Dice, malévola, que la va a enviar al Ministerio de Educación, para que sepan a quien contratan. Quizá lo pueda utilizar yo para solicitar una baja por depresión en el futuro, je, je.
PD: Según escribo esto, sigo con las orejas verdes puestas. Creo que me quedan bien. ¡Qué pena que no sea carnaval! Mi hermana me acaba de hacer una foto. Dice, malévola, que la va a enviar al Ministerio de Educación, para que sepan a quien contratan. Quizá lo pueda utilizar yo para solicitar una baja por depresión en el futuro, je, je.
Esto se acaba (I)
Hoy hemos entregado las notas, esto se acaba, o, como dice el Michael Robinson de látex del Canal +, “hasta aquí pescao vendío.” Os resumiré como es la última semana de clase: tonta, tonta, tonta. Los alumnos ya no reciben, intentar explicar algo es como jugar al frontenis, todo rebota. Y a los profes, todo nos resbala. Ejemplo práctico:
-Profe, que Manolo me está pegando con la carpeta
-¿Qué dices de la moqueta?
-CARPETA, profe, que parece usted teniente.
-Sí, sí, yo también soy de buen diente.
O algo de este estilo. Yo tengo un truquito para estos días del año (esto me ha quedado como si fuera un anuncio de compresas, lo sé) que, casi nunca falla: la tele, el vídeo o, en estos tiempos modernos, el DVD. El poder hipnótico de los métodos audiovisuales no deja de sorprenderme. Es poner una película y, ¡bingo!, no te vuelves a enterar de que los chicos están ahí. Siempre, claro está, que la película contenga al menos uno de estos elementos: sexo adolescente (no explícito, por supuesto, pero un buen beso con lengua siempre viene bien), violencia (con que se oiga el crujir de huesos, vale) y risas flojas (si provienen de chistes escatológicos, mejor). Cada vez me cuesta más encontrar algo a su altura intelectual y que tenga alguna utilidad didáctica –al fin y al cabo, esto sigue siendo clase de inglés, no es el fin de semana–, pero soy mujer de recursos y siempre voy encontrando cosas. Esta vez fue Smallville, la serie de televisión sobre un Supermán adolescente. No salió del todo mal: las chicas babearon lo suyo y los chicos disfrutaron de los efectos especiales. ¡Y eso que la vieron en versión original con subtítulos en castellano!
Pd: ¡Pero que moderna me siento, yo con mi DVD! Seguro que mis alumnos se ríen secretamente de mí. Pero, por lo menos, todavía no he perdido la ilusión.
-Profe, que Manolo me está pegando con la carpeta
-¿Qué dices de la moqueta?
-CARPETA, profe, que parece usted teniente.
-Sí, sí, yo también soy de buen diente.
O algo de este estilo. Yo tengo un truquito para estos días del año (esto me ha quedado como si fuera un anuncio de compresas, lo sé) que, casi nunca falla: la tele, el vídeo o, en estos tiempos modernos, el DVD. El poder hipnótico de los métodos audiovisuales no deja de sorprenderme. Es poner una película y, ¡bingo!, no te vuelves a enterar de que los chicos están ahí. Siempre, claro está, que la película contenga al menos uno de estos elementos: sexo adolescente (no explícito, por supuesto, pero un buen beso con lengua siempre viene bien), violencia (con que se oiga el crujir de huesos, vale) y risas flojas (si provienen de chistes escatológicos, mejor). Cada vez me cuesta más encontrar algo a su altura intelectual y que tenga alguna utilidad didáctica –al fin y al cabo, esto sigue siendo clase de inglés, no es el fin de semana–, pero soy mujer de recursos y siempre voy encontrando cosas. Esta vez fue Smallville, la serie de televisión sobre un Supermán adolescente. No salió del todo mal: las chicas babearon lo suyo y los chicos disfrutaron de los efectos especiales. ¡Y eso que la vieron en versión original con subtítulos en castellano!
Pd: ¡Pero que moderna me siento, yo con mi DVD! Seguro que mis alumnos se ríen secretamente de mí. Pero, por lo menos, todavía no he perdido la ilusión.
El orientador
Desde que de los institutos de secundaria desapareció el BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), que todos los treintañeros estudiamos en su momento, y fue sustituido por la LOGSE (Ley Orgánica General del Sistema Educativo) y la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria) –perdonad el jaleo de siglas, pero era necesario–, los centros de enseñanza se han nutrido de nuevas figuras educativo-administrativas cuyas funciones hemos –los profesores tradicionales– tardado en asimilar y comprender. Por ejemplo, la PT (la profesora de Psicología Terapéutica), la logopeda, los profesores de Diversificación, etc. Pero la más señalada de ellas es, sin duda, la del psicólogo/a. Y digo señalada aunque bien podría haber dicho discutida y denostada, pues he de reconocer que no los hemos tratado muy bien en estos ya 10-12 años de nueva ley. ¡Con deciros que, al principio, les llamábamos los “paquistaníes”, porque nos preguntábamos “pa’ quistán aquí”! No pretendo aquí lavar mi conciencia ni escribir un panegírico, pero tengo que decir que la mayoría de estos profesionales de nueva incorporación son gente muy preparada que se han tenido que fajar en situaciones muy incómodas, producto de la poca información sobre su trabajo que nos han facilitado, y que se han sentido incomprendidos a pesar de trabajar como los que más.
Pero yo de quien quería hablar aquí es del orientador de mi instituto, el psicólogo. O el “loquero”, como le llaman los chavales. Un tipo serio y formal, de unos 45 años, que parece seminarista o supernumerario del Opus. Supongo que esto ilustra suficientemente cómo es su aspecto externo. Como yo este año soy tutora, he tenido que reunirme con él y los otros tutores con periodicidad semanal para tratar temas de importancia para nuestros tutorandos. Pues bien, el hombre, siempre correcto y trabajador, ha sido muy eficaz en su trabajo, nos ha proporcionado información muy útil y, hasta lo que él ha podido, nos ha librado del papeleo innecesario. Pero, lo que le hace especial es que... ¡mira al pelo! No, no hay nada especial en mi pelo, ni en mí, quiero explicarlo bien, es que no mira a los ojos, ni a mí ni a nadie. He observado que cuando habla con alguien cara a cara, dirige su mirada a un punto en el infinito que viene a estar por encima de la cabeza de su interlocutor a la izquierda. Tardé en darme cuenta de que no era culpa mía, que no tenía yo ningún pegote en el pelo, ni nada de eso, sino que debe ser timidez o que en la “Obra” le prohíben tener contactos “visuales” con mujeres. Cada vez que hablo con él, me dan ganas de empezar a hacer señales con la mano y gritarle “¡Eh, que estoy aquí abajo!” Es una sensación extraña, de veras, esto de que hablen con una y parezca que no te vean. Desde luego, no hay nada en mí, y menos en mi mirada, os lo aseguro, que pueda “turbar” sus castos pensamientos para que tenga que esquivarme de esa manera.
Se me hace raro también pensar en un psicólogo, que tiene que ser asertivo, rehuyendo la mirada de alguno de los alumnos que acuden a él para pedir consejo, como diciendo “no, si, estooo, yo no sé, verás...” La verdad, no dejo de sorprenderme. Como veis, la enseñanza da mucho juego, si se es un observador avezado.
Pero yo de quien quería hablar aquí es del orientador de mi instituto, el psicólogo. O el “loquero”, como le llaman los chavales. Un tipo serio y formal, de unos 45 años, que parece seminarista o supernumerario del Opus. Supongo que esto ilustra suficientemente cómo es su aspecto externo. Como yo este año soy tutora, he tenido que reunirme con él y los otros tutores con periodicidad semanal para tratar temas de importancia para nuestros tutorandos. Pues bien, el hombre, siempre correcto y trabajador, ha sido muy eficaz en su trabajo, nos ha proporcionado información muy útil y, hasta lo que él ha podido, nos ha librado del papeleo innecesario. Pero, lo que le hace especial es que... ¡mira al pelo! No, no hay nada especial en mi pelo, ni en mí, quiero explicarlo bien, es que no mira a los ojos, ni a mí ni a nadie. He observado que cuando habla con alguien cara a cara, dirige su mirada a un punto en el infinito que viene a estar por encima de la cabeza de su interlocutor a la izquierda. Tardé en darme cuenta de que no era culpa mía, que no tenía yo ningún pegote en el pelo, ni nada de eso, sino que debe ser timidez o que en la “Obra” le prohíben tener contactos “visuales” con mujeres. Cada vez que hablo con él, me dan ganas de empezar a hacer señales con la mano y gritarle “¡Eh, que estoy aquí abajo!” Es una sensación extraña, de veras, esto de que hablen con una y parezca que no te vean. Desde luego, no hay nada en mí, y menos en mi mirada, os lo aseguro, que pueda “turbar” sus castos pensamientos para que tenga que esquivarme de esa manera.
Se me hace raro también pensar en un psicólogo, que tiene que ser asertivo, rehuyendo la mirada de alguno de los alumnos que acuden a él para pedir consejo, como diciendo “no, si, estooo, yo no sé, verás...” La verdad, no dejo de sorprenderme. Como veis, la enseñanza da mucho juego, si se es un observador avezado.
Los mundos de Yupi
Este texto que hoy os presento, este relato ingenioso, sarcástico y mordaz, no es mío. De mí poco sabéis y de quien esto escribió nada, si no es por mí. Bien podría haberme apropiado de su autoría y haberlo hecho pasar como propio, pero no es mi estilo. Os contaré que ayer, revisando papeles viejos que había acumulado a lo largo de un año de trabajo en mi antiguo instituto, tropecé con este documento de valor sentimental incalculable, y, al momento sentí que tenía que compartirlo con la gente. Se me saltan las lágrimas de pura risa incontenible cuando lo releo. ¿Su gestación? Bien, a petición de la dirección del centro, recibimos un día de hace un año la visita de un orientador de profesores, un “gurú” de las más modernas técnicas educativas que, suponíamos, vendría a abrirnos los ojos y las mentes a nuevos mundos del conocimiento. Lo que en realidad abrió fue nuestras bocas en asombro: aquello no podía ser verdad, ¡cuánta sandez junta! ¿Su autor? Un buen compañero nuestro, profesor de lengua, que, estoico, aguantó el chaparrón y se dedicó a tomar notas para hacer partícipes a los profesores ausentes de tanta sabiduría. Sin más preámbulos, aquí lo tenéis. Todo lo aquí escrito es absolutamente cierto y fue dicho por el famoso orientador:
o “Si los alumnos no van al estudio, llevemos el estudio a los alumnos.” (Sí, yo también puse la misma cara que tú)
o “A los alumnos los tenemos en clase; cuando no están en clase, no tenemos a los alumnos. Entonces, tenemos que llevar el estudio a los alumnos en clase.” (Si un gato es un animal y un perro es un animal, entonces un gato es un perro)
o “Cada uno tiene que comérsela él mismo.” (Hablaba de una manzana como metáfora del estudio, pero sonaba muy mal)
o “Hay un acto de comerla” (Sí, y se llama felación)
o “Yo no puedo comértela a ti ni tú puedes comérmela a mí.” (¡Antes me mato!)
o “Antes de estudiar, tengo que saber lo que tengo que estudiar; si es una página, si es media, si son siete... .” (¡Pasmado me has!)
o “Darle un esquema a un alumno es como darle una patata recién sacada de la tierra, sin limpiar, y le dices: ‘¡Trágatela!’” (¿Lo coges?)
o “Hay que sugerir actividades que les hagan pensar, y necesitan saber decir las cosas por sí mismos. Hay unos ejercicios que yo propongo en las técnicas de estudio que consisten en reformular oraciones. (...) Ejemplo: ‘La buena armonía que existía entre las dos amigas, no impedía que fuesen serias contrincantes cuando de practicar deporte se trataba.’” (¿Qué? ¿A qué mola el ejercicio? Vas con esas oraciones a tercero y les entran a todos unas ganas de reformular que no veas)
o “Otro ejemplo. Reformula, abreviando, la siguiente oración: ‘La seriedad manifestada en su comportamiento habitual no impedía que fuese entusiasta de la farándula.’” (Reformulo: “el julandrón tenía una doble vida”)
o “En este círculo hay más de treinta palabras con significado; o sea, que significan algo; o sea, que son castellanas.” (Sí, claro, un ejercicio éste supermotivador)
o “El profesor estratégico hace clases estratégicas que consiguen formar alumnos estratégicos. Las demostraciones estratégicas necesitan un modelo estratégico.” (“Tes tristes trigres comían trigo en un trigal. Un trige, dos trigues, tes tigres.” De verdad que dijo esto, yo sería incapaz de inventármelo)o “A través de las actividades estratégicas buscamos habilitación.” (Escusemuá, ye ne parlebú francaise)
o “¿Qué tipo de estrategias usa el profesor estratégico para conseguir alumnos estratégicos?” (Nos morimos de ganas por oir la respuesta. ¡Qué intriga! Siento que habrá un antes y un después de esto)
o “Modelar, moldear y modular lo que queremos hacer con los alumnos es básico.” (Será en el taller de manualidades, digo yo)
o “Hay más de 200 ó 300 estragegias como ésta que nos pueden ser de utilidad.” (Como las explique hoy, me suicido)
o “Si los alumnos no van al estudio, llevemos el estudio a los alumnos.” (Sí, yo también puse la misma cara que tú)
o “A los alumnos los tenemos en clase; cuando no están en clase, no tenemos a los alumnos. Entonces, tenemos que llevar el estudio a los alumnos en clase.” (Si un gato es un animal y un perro es un animal, entonces un gato es un perro)
o “Cada uno tiene que comérsela él mismo.” (Hablaba de una manzana como metáfora del estudio, pero sonaba muy mal)
o “Hay un acto de comerla” (Sí, y se llama felación)
o “Yo no puedo comértela a ti ni tú puedes comérmela a mí.” (¡Antes me mato!)
o “Antes de estudiar, tengo que saber lo que tengo que estudiar; si es una página, si es media, si son siete... .” (¡Pasmado me has!)
o “Darle un esquema a un alumno es como darle una patata recién sacada de la tierra, sin limpiar, y le dices: ‘¡Trágatela!’” (¿Lo coges?)
o “Hay que sugerir actividades que les hagan pensar, y necesitan saber decir las cosas por sí mismos. Hay unos ejercicios que yo propongo en las técnicas de estudio que consisten en reformular oraciones. (...) Ejemplo: ‘La buena armonía que existía entre las dos amigas, no impedía que fuesen serias contrincantes cuando de practicar deporte se trataba.’” (¿Qué? ¿A qué mola el ejercicio? Vas con esas oraciones a tercero y les entran a todos unas ganas de reformular que no veas)
o “Otro ejemplo. Reformula, abreviando, la siguiente oración: ‘La seriedad manifestada en su comportamiento habitual no impedía que fuese entusiasta de la farándula.’” (Reformulo: “el julandrón tenía una doble vida”)
o “En este círculo hay más de treinta palabras con significado; o sea, que significan algo; o sea, que son castellanas.” (Sí, claro, un ejercicio éste supermotivador)
o “El profesor estratégico hace clases estratégicas que consiguen formar alumnos estratégicos. Las demostraciones estratégicas necesitan un modelo estratégico.” (“Tes tristes trigres comían trigo en un trigal. Un trige, dos trigues, tes tigres.” De verdad que dijo esto, yo sería incapaz de inventármelo)o “A través de las actividades estratégicas buscamos habilitación.” (Escusemuá, ye ne parlebú francaise)
o “¿Qué tipo de estrategias usa el profesor estratégico para conseguir alumnos estratégicos?” (Nos morimos de ganas por oir la respuesta. ¡Qué intriga! Siento que habrá un antes y un después de esto)
o “Modelar, moldear y modular lo que queremos hacer con los alumnos es básico.” (Será en el taller de manualidades, digo yo)
o “Hay más de 200 ó 300 estragegias como ésta que nos pueden ser de utilidad.” (Como las explique hoy, me suicido)





