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Quién me mandaría meterme a profe
El que sabe, sabe, y el que no, enseña
Acerca de
Sí, sí, soy profesora de verdad. Y de inglés. Esto es todo lo que necesitáis saber... de momento. ¡Ah! Y que todo parecido con la realidad es deliberado, cierto y verdadero, aunque reconozco un gusto, a veces excesivo, por la hipérbole. Para evitarme demandas judiciales, eso sí, he cambiado nombres y referencias demasiado personales. Y si alguien se siente aludido, mejor, es el primer paso para la fama mediática. "Que hablen de uno, aunque sea mal," decía alguien.
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Mujer al borde de un ataque de nervios
Me gusta el comienzo de curso. Yo me emociono con el cuaderno de notas, nuevecito e inmaculado, disfruto forrando libros de texto (¡qué sí, lo juro, yo forro mi libro!), me encanta afilar el primer lápiz, estrenar el casillero, perderme por los pasillos de un centro nuevo, descubrir cual es el ordenador que funciona a una velocidad no propia de mula cargada, encontrar el hueco adecuado en la mesa de la sala de profesores que me permita recibir más la luz del sol, asustar a los alumnos de 1º de la ESO que llegan por primera vez al instituto... y se creen que los vamos a comer con patatas, etc, etc. Hay miles de detalles que me reconcilian con el colegio y con este trabajo mío.
Pero (siempre hay un pero, pensaréis) hay algo que odio sobre todas las cosas: QUE EVAX ME RECUERDE LO MARAVILLOSOS QUE ES SER MUJER. Sí, claro, soy mujer y me gusta. Más que nada, porque no sé ser otra cosa. ¿Una mesa camilla? Demasiado estática. ¿Una ballena? Muy poca vida social. ¿Un hombre? No sirvo para tocarme los c****** en público. Entonces, soy mujer, vale. PERO NO ES MARAVILLOSO TENER LA REGLA CUANDO COMIENZAS EL CURSO, HAS PILLADO UN CATARRO DE AÚPA, TIENES EL LABIO DESTROZADO POR UN HERPES Y TE TIENES QUE PRESENTAR COMO TUTORA DE UN GRUPO DE 14 ALUMNAS DE 4º DE LA ESO.
Hala, lo he dicho, de un tirón.
Pd 1: Si algún ejecutivo de Evax lee mi blog, ¡que les den morcilla a sus compresas, yo me paso a los tampones!
Pd 2: A los que me leéis y os extrañáis de mi tardanza en escribir, todavía no he encontrado el ordenador mágico del que os hablaba, por eso hago lo que puedo. Pero gracias.
 
Un horizonte muy lejano
Y empiezo mi serie de títulos de películas. Resulta que, ¡oh misterios del Ministerio de Educación!, después de 10 años, 10, en expectativa de destino, me han dado por fin una plaza definitiva, mía propia, a place to call my own, en cursis palabras peliculeras. ¡Maldita la hora, que me mandan al destierro! Yo que estaba tan agustito cerquita de mi casa (y de la comida de mami, para que os voy a engañar), me tengo que desplazar a un bonito pueblo de m*****, donde Cristo perdió el mechero, de unos 1.200 habitantes... en fiestas. Cuando se me hubo pasado el susto (es decir, a primeros de septiembre, después de todo un verano de exabruptos y maldiciones) me acerqué a conocer el bello lugar. Llegué por una carretera polvorienta, a las 5 de la tarde, en pleno sopor y en plena siesta. Ni un alma por la calle, solo bolas de paja arrastradas por el aire cargado. Sacudiéndome el polvo del gabán, descabalgué de mi montura y me dirigí al saloon...
Bueno, vaaaaaaaaaaaaaaaaale, me he dejado llevar por mi calenturienta imaginación peliculera. Estaba muy tranquilo, sí, porque hacía calor, pero al rato, cuando bajó un poco el sol, empezaron a tomar la calle las fuerzas vivas del lugar: la tercera edad y madres con niños. Reunidos todos en la plaza del pueblo, formaban una bonita estampa, allí junto a la iglesia y a la droguería-supermercado-bar-farmacia. ¡Yo me quiero ir a mi casaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaaaaaaa!
Llevo ya mejor la situación ahora, más que nada porque ya me he incorporado al trabajo y la rutina es lo que tiene, que es rutinaria y, por ello, confortable. El centro es peculiar por lo pequeño y el pueblo es peculiar por lo aburrido. Lo que yo os decía, me voy a dedicar al yoga y a hacer introspección. Me voy a conocer a mi misma más que la madre que me parió, con todos los respetos a mi santa madre, que guisa tan bien.
 
¡Qué tendrá septiembre!
Los profes somos así, como bien sospechabais. No contentos con hacer propósitos de año nuevo en año nuevo, como el común de los mortales, también los hacemos al comienzo de curso. Es que en realidad los cursos escolares nos dan la pauta, marcan nuestros biorritmos. Así, es ahora cuando decidimos dejar de fumar, beber, andar con hombres/mujeres que no nos convienen y/o nos empeñamos en cuidarnos el cuerpo, ser más exigentes en nuestro trabajo, a la vez que más comprensivos y generosos con el alumnado. ¿Resultado? Un sindiós, como dice mi amigo Javi. Porque yo, de natural no fumadora, no bebedora y no ligadora, ya me quedo sin la mitad de mis buenas intenciones que cumplir. Y claro, si no puedo “dejar de” tampoco podré “empezar a”, digo yo, con lo cual me quedo como estaba: con el cuerpo fofo, rindiendo al mínimo y despotricando contra mis niños.
“Aunque, claro, si yo quisiera este podría ser un año distinto”, me digo mientras me enfrento a los exámenes que dejé ayer por corregir. “A ver que tal lo hizo esta chica... no... mal... no... noooooooooo... bueno, aquí se acerca, no...” Quince “ayes” y “diosmíos” después y tras varios cabezazos (ligeros) contra la pared (qué mala profe soy, qué mala profe soy, qué mala profe soy, repetía monódicamente, como un mantra), los resultados son desalentadores: sólo cuatro criaturillas han llegado al 5 salvador, al 5 que marca la línea entre el bien y el mal, al 5 de la supervivencia, al 5 del “siga jugando”, etc.
Os lo creais o no, no nos sentimos orgullosos cuando esto pasa, aunque tampoco nos cortamos las venas. Pero sí que da para pensar un buen rato: a parte de pensar en cambiar de trabajo y/o de alumnos, yo pienso en... ¡el yoga! ¡Claro, cómo no lo vi antes! Es lo que necesito para tranquilizar mi espíritu. Necesito un gimnasio especializado ya, en cuanto llegue a mi nuevo destino lo busco. Ah, ¿no os había dicho que cambio de instituto? Pues sí, y eso me va dar para contar... pero más adelante.
 
¿De qué iba esto?
¡Pipipipipiiiiiii!
Ummmmmmmmmmmmpajaritospajaritospajaritosummmmmmmmmm
¡Pipipipipiiiiiii!
Ummmmmmmmmmmmmierdadepajaritosquesecallenyaummmmmmm
¡Pipipipipiiiiiii!
Ummmmmmmmmmmmmiraqueestánpesadosummmmmmmmmmmmm
¡Pipipipipiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
¡Mierda! ¡Pero que pajaritos ni que niño muerto, si es el despertador! Joer, siyasonlas8:30, quellegotarde. ¿Dóndetengolaropa?, arrugadaenlamaleta, mepongolospantalonescortosdelaplayaysalgopintando. Espera, lávatelacaraqueaúntienesrestosdearenaenlasorejas.
¿Qué que era todo este jaleo? Pues poco más o menos, el primer día de trabajo después del verano. Y con exámenes de septiembre. El resto de la mañana fue como sigue.
–Hola, ¿llegoatiempoverdad? Esquetardéendespertarmeyno...
–Tranquila, mujer –me dice la conserje, todo sonrisas– si tus exámenes no son hasta las diez. ¿Y qué tal el verano? Muy bien, supongo, que traes un moreno muy guapo.
–¿Qué traigo un moreno? Pero si he vuelto sola.
–¡No, mujer, el bronceado! Que estás muy morena. ¡Ja, ja, ja, pero qué simpática!
Lo juro, me pilló. No había preparado la broma, es que estaba espesa y no la había entendido. Sonrío sin convicción y me dirijo a la sala de profesores. Unos cuantos “holas” y “qué tal el verano” después recojo mis exámenes –que, previsoramente, dejé ya preparados en junio– y me voy al aula de exámenes –conocida por profes y alumnos como el “matadero” (¿por qué será?– para empezar la dura tarea examinadora.
–Hola, buenos días a todos. ¿Qué tal el verano?
–Muy bien, claro –me dice Fran, con cara de “no-te-jode-la-pregunta-cómo-se-nota-que-tú-no-tienes-que-estudiar-en-vacaciones”
–Bueno, ya sabéis cómo va esto, –ignoro su mirada– escribid vuestro nombre y bla bla bla.
Es curioso con qué rapidez todo vuelve a encajar. Ayer en la playa, hoy en el trabajo, y, de nuevo, la rutina, como si no hubiera salido del instituto en meses. Para mi suerte, estos exámenes de septiembre no me van a dar mucho trabajo, sólo se han presentado unos 10 alumnos. Así que, poco a poco, me reincorporo a la vida activa. Poco a poco... sin prisas... con calma... gggggggggg...
–¡Qué la profe se duerme! –grita alguien desde las primeras mesas– ¡Qué sí, fijáos!
–Eh, ¿quétripaseosaharoto? –digo mientras me recoloco las gafas y me seco la baba que ya se me empezaba a resbalar– Sólo estaba descansando la vista.
No cuela y las risitas continúan. ¡Qué duro es madrugar!
Pd: Onthedot, querida, tu fidelidad es asombrosa. Gracias mil.