Papa, can you hear me (I)
Me vienen a ver al instituto. ¿Unos reporteros del programa de la Campos para hacerme una entrevista en profundidad? ¿Un periodista de “El País” que cubre la sección de Educación? No, alguien más importante: UNA MADRE DE ALUMNO. Porque soy tutora, ya sabéis, y eso imprime carácter. Tanto, que el día que tengo atención a padres (casi siempre, en realidad, madres) me veo en la obligación de cambiar mi tradicional look agro-pop por algo más serio y respetable. Vamos, que me cambio las gafas de pasta roja por las negras metálicas, que me dan un aire más, digamos, digno. Y aún así, no paso de profe de segunda con ínfulas. Nada, que no hay manera de encontrarme a gusto en este papel.
Y como esto no es lo mío, busco, diríamos, the safety of objects. Es decir, que me rodeo de papeles, formularios y cuestionarios que me respalden ante el fatídico momento en el que una madre concierta una visita. La cosa empieza más o menos así:
-Profe –dice, con desgana, el alumno cuya madre se ha decidido por humillarle en público- dice mi madre que si puede venir a hablar con usted. ¿Qué le digo?
“Que justo mañana ingreso en un convento de clausura con voto obligatorio de silencio”, pienso, pero mi boca se abre y me contradice.
-Estoo, que sí, que bueno, que cuando quiera, que estoy a su disposición .
-Pero, ¿qué día y a qué hora?
“Sábado, a las tres de la mañana”
-Ya sabes, a la hora que tengo fijada en el horario –a un pelo, he estado a un pelo de traicionarme.
Un compañero una vez me aconsejó que jamás, insistió, jamás pusiera esa hora de visita los miércoles después del recreo: los miércoles había mercado en la plaza del pueblo y eso era garantía de visitas casi semanales. Así que la mía, sospechosamente, es a horas ciertamente intempestivas, lo confieso.
Y ahora comienza el proceso de recopilación de datos, una suerte de “canonización inversa”: se trata de desmontar el milagro que el saint-to-be (el alumno cuyo comportamiento escolar cuestionamos) haya realizado para concluir que el individuo no se merece subir a los altares. Casi siempre la labor del tutor consiste en hacer de “abogado del diablo” pero en positivo, pues intentamos encontrar lo bueno para no trasladar a los padres una visión muy negativa. O, por lo menos, yo lo veo así.
-Paco, tú das clases a los de mi tutoría, ¿verdad? –comienzo por el de matemáticas, un valor seguro; seguro… que me pone a parir por incompetente- Cuéntame algo de Pedro García.
-Ese chico es un imbécil –“no hace falta que te andes con rodeos”, pienso- Ayer se pasó la clase tocando la batería en la mesa con dos bolis. Y el último examen me sacó un 1,5. Y el 0.5 se lo daba yo por escribir el nombre.
-Bueno, Paco, a lo mejor estamos delante de una promesa de la música, un nuevo Gene Krupa, y no lo sabemos apreciar –intento la broma pero…
-¿Un nuevo yin qué? Joer, con los de inglés. Sois todos tan, tan… -pedantes, quiere decir pedantes- ¡ingleses!
“¡Uy, qué chispa y qué ingenio!”
-Pues sí, lo que tiene saber idiomas raros, que podemos ser crípticos para que nadie nos entienda –me bato en retirada- Bueno, gracias por todo.
Pruebo con el de lengua.
-¿Cómo se porta Pedro en tu clase, Ramón? –ya llevo puesto el impermeable, para el chaparrón que creo que se me vendrá encima- ¿Da mucha guerra? Es que viene su madre a verme y...
-Hombre, cuando quiere trabajar no lo hace mal, lo malo es que, las más de las veces, no quiere. Y charla por los codos. Dile a su madre que no me hace los ejercicios en casa y que de la Play Station todavía no examinamos en los centros de secundaria, ¿eh?
-Vale, así lo haré –vaya, sólo ha sido un ligero orballo o txirimiri.
Cinco entrevistas más tarde, que van desde el “soplagaitas” (je, je, tiene gracia, esto me lo dijo la de música) hasta el “impertinente”, pasando por el singermorning –este adjetivo es de los de inglés, ofcors- me llevo a la entrevista una idea, más o menos clara, de lo que hace el “angelito” en la clase: charla más que piensa, trabaja poco, pero no es tonto y podría hacer más si quisiera. Resumiendo, que es un adolescente como todos, pues tales comportamientos se han generalizado en la secundaria. Pero... ¿qué le digo yo a la madre? ¡Ay, Dios, Alá o el que esté de guardia! Yo no valgo para esto... pero os daré más detalles en el siguiente post.
Y como esto no es lo mío, busco, diríamos, the safety of objects. Es decir, que me rodeo de papeles, formularios y cuestionarios que me respalden ante el fatídico momento en el que una madre concierta una visita. La cosa empieza más o menos así:
-Profe –dice, con desgana, el alumno cuya madre se ha decidido por humillarle en público- dice mi madre que si puede venir a hablar con usted. ¿Qué le digo?
“Que justo mañana ingreso en un convento de clausura con voto obligatorio de silencio”, pienso, pero mi boca se abre y me contradice.
-Estoo, que sí, que bueno, que cuando quiera, que estoy a su disposición .
-Pero, ¿qué día y a qué hora?
“Sábado, a las tres de la mañana”
-Ya sabes, a la hora que tengo fijada en el horario –a un pelo, he estado a un pelo de traicionarme.
Un compañero una vez me aconsejó que jamás, insistió, jamás pusiera esa hora de visita los miércoles después del recreo: los miércoles había mercado en la plaza del pueblo y eso era garantía de visitas casi semanales. Así que la mía, sospechosamente, es a horas ciertamente intempestivas, lo confieso.
Y ahora comienza el proceso de recopilación de datos, una suerte de “canonización inversa”: se trata de desmontar el milagro que el saint-to-be (el alumno cuyo comportamiento escolar cuestionamos) haya realizado para concluir que el individuo no se merece subir a los altares. Casi siempre la labor del tutor consiste en hacer de “abogado del diablo” pero en positivo, pues intentamos encontrar lo bueno para no trasladar a los padres una visión muy negativa. O, por lo menos, yo lo veo así.
-Paco, tú das clases a los de mi tutoría, ¿verdad? –comienzo por el de matemáticas, un valor seguro; seguro… que me pone a parir por incompetente- Cuéntame algo de Pedro García.
-Ese chico es un imbécil –“no hace falta que te andes con rodeos”, pienso- Ayer se pasó la clase tocando la batería en la mesa con dos bolis. Y el último examen me sacó un 1,5. Y el 0.5 se lo daba yo por escribir el nombre.
-Bueno, Paco, a lo mejor estamos delante de una promesa de la música, un nuevo Gene Krupa, y no lo sabemos apreciar –intento la broma pero…
-¿Un nuevo yin qué? Joer, con los de inglés. Sois todos tan, tan… -pedantes, quiere decir pedantes- ¡ingleses!
“¡Uy, qué chispa y qué ingenio!”
-Pues sí, lo que tiene saber idiomas raros, que podemos ser crípticos para que nadie nos entienda –me bato en retirada- Bueno, gracias por todo.
Pruebo con el de lengua.
-¿Cómo se porta Pedro en tu clase, Ramón? –ya llevo puesto el impermeable, para el chaparrón que creo que se me vendrá encima- ¿Da mucha guerra? Es que viene su madre a verme y...
-Hombre, cuando quiere trabajar no lo hace mal, lo malo es que, las más de las veces, no quiere. Y charla por los codos. Dile a su madre que no me hace los ejercicios en casa y que de la Play Station todavía no examinamos en los centros de secundaria, ¿eh?
-Vale, así lo haré –vaya, sólo ha sido un ligero orballo o txirimiri.
Cinco entrevistas más tarde, que van desde el “soplagaitas” (je, je, tiene gracia, esto me lo dijo la de música) hasta el “impertinente”, pasando por el singermorning –este adjetivo es de los de inglés, ofcors- me llevo a la entrevista una idea, más o menos clara, de lo que hace el “angelito” en la clase: charla más que piensa, trabaja poco, pero no es tonto y podría hacer más si quisiera. Resumiendo, que es un adolescente como todos, pues tales comportamientos se han generalizado en la secundaria. Pero... ¿qué le digo yo a la madre? ¡Ay, Dios, Alá o el que esté de guardia! Yo no valgo para esto... pero os daré más detalles en el siguiente post.
When you're good to mama
A mí me pasa como a los bancos: no doy crédito. No sé si soy yo o mis circunstancias, o ambas dos, que todavía me sorprendo haciendo y diciendo cosas en el aula que, más tarde, cuando las cuento a mis compañeros, me sonrojan y ponen en evidencia. Pero juro y perjuro que no hago nada, bueno, casi, por forzar el momento. Hoy, por ejemplo, me he pasado 20 minutos de clase… ¡secándoles los calcetines a mis alumnos! Resulta que el acceso principal al centro estaba completamente anegado por las fuertes lluvias de la noche pasada, y los que han llegado al instituto andando y no en el transporte escolar, se han empapado hasta la rodilla. Y como estos chicos son asín, naturales como las amapolas, no han dudado en descalzarse y llenarme los radiadores de calcetines y zapatillas. Pues ahí me tenéis a mí, cual madre preocupada, estirándoles los calcetines para que secaran bien, rellenando de papeles los zapatos para que adsorbieran la humedad, preocupándome de que no se les enfriaran los pies, etc. Más tarde, al final de la mañana, me enteré de que el inspector de zona tenía prevista una visita al centro en este mismo día. No quiero ni pensar qué hubiera pasado si, por casualidad, se me cuela en el aula a primera hora y presencia tal espectáculo, más propio de zoco marroquí o rastro madrileño que de instituto de secundaria. Me pregunto si las madres de mis estudiantes hubieran intercedido por mí. Por si acaso, he empezado a hojear el suplemento naranja del periódico. No sé si me veo vendiendo enciclopedias. ¿O mejor de azafata de vuelo? Al fin y al cabo, sé idiomas, aunque a mí los uniformes…
Mr Cellophane
Hoy por fin he entendido a Milan Kundera. Y he experimentado la insoportable levedad del ser. Para ser más exactos, he sufrido la “insufrible nadería del ente”, o “de cómo ser invisible para los alumnos.” Ya sé que no pinto mucho en sus vidas. Soy su profesora de inglés, me sufren (por lo que parece, menos que a otros), me soportan, me ríen las gracias y ya está, se acabó, finito, kaput, rien ne va plus. Vamos, lo normal, yo tampoco pienso mucho en ellos cuando se acaban las clases y me voy a mi casa. Pero es que hoy me han ignorado, me han ninguneado, han pasado de mí y han obviado mi presencia.
Para empezar, al entrar a primera hora en el aula, todos juntos, ellos han empezado a encender luces y a subir las persianas. ¿Adivináis cuál se han dejado sin subir? Justo, la del lado de la mesa del profesor. Me he quedado un rato en la sombra, como un presencia acechante, hasta que la he subido yo, claro. Uno-cero. Luego, al terminar, salen del aula y apagan la luz... ¡conmigo dentro! Dos-cero. A tercera hora, en clase de 3º, me enfrasco en una enrevesada explicación gramatical del siguiente tipo:
-Y en inglés, recordad que solo hay signos de interrogación al final de la frase, ¡qué parecéis nuevos, porras! Remember to place a question mark at the end of your questions. Vamos al ejercicio 4…
-Pues parece que va a volver a nevar –le dice una, en voz alta, claro, a su compañera de mesa; al momento, 10 pares de ojos miran por la ventana.
-Exercise 4 in page 35 –insisto, será que no me han oído.
-Sí, y fuerte. Fijáos en como están los montes –información esencial aportada por el alumno-oso.
-I said exercise…
-Me han dicho que en el puerto ha estado nevando este fin de semana –otra alumna repentinamente interesada por la meteorología.
-Chicos, venga, si no es molestia, podíamos… -nada, mi voz implorante no sirve.
-Pues yo me voy a esquiar este sábado–el delegado lanza un órdago.
-¿Ah, sí? Cuenta, cuenta –y aquí empiezan a intervenir los otros 15 que faltaban. Que si yo hago snow, que si un primo mío se rompió la crisma, que si tengo un modelito de Tsunami que mola mogollón, y bla, bla, bla. Y yo allí, como un pasmarote, con la boca abierta y la tiza en la mano. Tres-cero.
Pero lo más sangrante me pasó a 4º hora, con mis alumnos de tutoría, con esos chicos/as especiales con los que, en virtud de la actividad tutorial, estableces una relación más cercana, aquellos estudiantes que significan algo más para mí, en fin, con “mis hijos”. De nuevo, frente a la pizarra, me pongo a escribir unas frases, dándoles la espalda, y oigo la siguiente conversación:
-Oye, ¿cómo se hace este ejercicio? –le pregunta Rebeca a Teresa- No tengo ni idea.
-Y yo qué sé, tía, pregúntale a ella, que para eso le pagan –“para eso le pagan”, se refiere a mí, claro.
-Estooo, profe –me lo dice a mí, pero como yo les llamo por su nombre, espero que ellos hagan lo mismo; así que la ignoro y sigo escribiendo- ¡profe! –Y aquí viene lo cruel- Pero, tía, -le dice a su compañera- ¿cómo se llama la de inglés?
¿Que cómo me llamo? “Si fuera un rancho, me llamaría tierra de nadie”, pienso, pero sólo alcanzo a darme la vuelta, a mirar a mis chicos con cara de derrota y balbucear un “tía, m’as matao”. Cuatro-cero.
Hay días en que una no tendría que levantarse de la cama.
Para empezar, al entrar a primera hora en el aula, todos juntos, ellos han empezado a encender luces y a subir las persianas. ¿Adivináis cuál se han dejado sin subir? Justo, la del lado de la mesa del profesor. Me he quedado un rato en la sombra, como un presencia acechante, hasta que la he subido yo, claro. Uno-cero. Luego, al terminar, salen del aula y apagan la luz... ¡conmigo dentro! Dos-cero. A tercera hora, en clase de 3º, me enfrasco en una enrevesada explicación gramatical del siguiente tipo:
-Y en inglés, recordad que solo hay signos de interrogación al final de la frase, ¡qué parecéis nuevos, porras! Remember to place a question mark at the end of your questions. Vamos al ejercicio 4…
-Pues parece que va a volver a nevar –le dice una, en voz alta, claro, a su compañera de mesa; al momento, 10 pares de ojos miran por la ventana.
-Exercise 4 in page 35 –insisto, será que no me han oído.
-Sí, y fuerte. Fijáos en como están los montes –información esencial aportada por el alumno-oso.
-I said exercise…
-Me han dicho que en el puerto ha estado nevando este fin de semana –otra alumna repentinamente interesada por la meteorología.
-Chicos, venga, si no es molestia, podíamos… -nada, mi voz implorante no sirve.
-Pues yo me voy a esquiar este sábado–el delegado lanza un órdago.
-¿Ah, sí? Cuenta, cuenta –y aquí empiezan a intervenir los otros 15 que faltaban. Que si yo hago snow, que si un primo mío se rompió la crisma, que si tengo un modelito de Tsunami que mola mogollón, y bla, bla, bla. Y yo allí, como un pasmarote, con la boca abierta y la tiza en la mano. Tres-cero.
Pero lo más sangrante me pasó a 4º hora, con mis alumnos de tutoría, con esos chicos/as especiales con los que, en virtud de la actividad tutorial, estableces una relación más cercana, aquellos estudiantes que significan algo más para mí, en fin, con “mis hijos”. De nuevo, frente a la pizarra, me pongo a escribir unas frases, dándoles la espalda, y oigo la siguiente conversación:
-Oye, ¿cómo se hace este ejercicio? –le pregunta Rebeca a Teresa- No tengo ni idea.
-Y yo qué sé, tía, pregúntale a ella, que para eso le pagan –“para eso le pagan”, se refiere a mí, claro.
-Estooo, profe –me lo dice a mí, pero como yo les llamo por su nombre, espero que ellos hagan lo mismo; así que la ignoro y sigo escribiendo- ¡profe! –Y aquí viene lo cruel- Pero, tía, -le dice a su compañera- ¿cómo se llama la de inglés?
¿Que cómo me llamo? “Si fuera un rancho, me llamaría tierra de nadie”, pienso, pero sólo alcanzo a darme la vuelta, a mirar a mis chicos con cara de derrota y balbucear un “tía, m’as matao”. Cuatro-cero.
Hay días en que una no tendría que levantarse de la cama.
I could have danced all night
Esto no puede seguir así, es intolerable. Acudo a vosotros, fieles lectores, enrabietada, encorajinada y “enrevesada” (ya sé que no tiene nada que ver, pero es una palabra tan mona y que empezaba por “en-”...) Yo no estoy dispuesta a seguir dando clases en estas circunstancias. La cosa ya pasa de castaño oscuro, y antes de que la sangre llegue al río, decido tomar cartas en el asunto y poner los puntos sobre las íes (bonita colección de frases hechas, ¿a que sí?) NO HE PASADO YO MIS AÑOS DE FORMACIÓN UNIVERSITARIA Y MIS MUCHOS DE DOCENCIA PREPARÁNDOME PARA SEMEJANTE REACCIÓN, ESTO TIENE QUE SABERLO ESPAÑA ENTERA.
Basado en hechos reales (salvo exageración u omisión):
-Bueno, chicos, ahora que hemos terminado la unidad, tenemos que hablar de fijar fechas de examen -comienza el espectáculo de "oh, ah, no puede ser, ¡joder qué mierda!"- Hey, you guys, curb your enthusiasm! Ya sé que estáis emocionados pero "la vida es así, no la he inventado yo" (¿en qué melosa canción de los 80 he oído yo esto antes?)
-Pero profe, que acabamos de regresar de Navidades –oh, habla el oráculo (i.e. la delegada)- Si hace cuatro días hicimos uno... –con voz de pena y mirada de cordero degollado.
-¡Anda, claro, se me había olvidado! Yo también me duché el mes pasado y este mes me vuelve a tocar. –risitas- Chicos, parece mentira que no lo sepáis ya. Esto de los exámenes es como la antitetánica, cada equis tiempo hay que ponérsela de nuevo para recordar al organismo que siga luchando contra los virus. Sólo que aquí la vacuna es el examen, ¿verdad?
Maldita la hora en que emplee ese ejemplo. Porque es en estos casos, en estos momentos de charleta insustancial, en los que despierta de su letargo el alumno-oso (sí, hombre, ese que se pasa en estado de hibernación todo el año) que nunca te hace caso, pero cuyo ingenio, fíjate tú, se agudiza cuando sabe que te ha pillado en un renuncio. Curiosamente, además, las escasísimas veces que interviene en el aula, respeta con exquisitez los turnos de palabra y, por supuesto, sabe levantar la mano para hacer ver su interés por algo. Lo que sucede es que yo, perro viejo (no, el femenino no me gusta), esta vez le he visto venir. Anticipándome a su pregunta, le digo:
-Javier, tranquilo, que ya sé lo que vas a preguntar. Sí, vale, YO SOY EL VIRUS.
Un minuto de risas después, oigo decir a la delegada:
-Jo, profe, ¡cómo te pasas! ¡Qué maja eres!
”Maja” Habráse visto desfachatez mayor. ¡Me ha llamado “maja”! No, si al final resultará que les caigo bien y todo. IN-TO-LE-RA-BLE. Otro halago más y pondré el asunto en manos de mis abogados, pues esto vulnera todos los acuerdos de la Convención de Ginebra y la Sociedad Protectora de Animales juntos. ¡Vamos, como si leones y gacelas se pusieran a tomar el te juntos!
Bromas aparte, ese día salí de clase más hinchada que un pavo real en época de celo. ¡Sniff, sniff, si es que estos adolescentes son buena gente, qué porras!
Basado en hechos reales (salvo exageración u omisión):
-Bueno, chicos, ahora que hemos terminado la unidad, tenemos que hablar de fijar fechas de examen -comienza el espectáculo de "oh, ah, no puede ser, ¡joder qué mierda!"- Hey, you guys, curb your enthusiasm! Ya sé que estáis emocionados pero "la vida es así, no la he inventado yo" (¿en qué melosa canción de los 80 he oído yo esto antes?)
-Pero profe, que acabamos de regresar de Navidades –oh, habla el oráculo (i.e. la delegada)- Si hace cuatro días hicimos uno... –con voz de pena y mirada de cordero degollado.
-¡Anda, claro, se me había olvidado! Yo también me duché el mes pasado y este mes me vuelve a tocar. –risitas- Chicos, parece mentira que no lo sepáis ya. Esto de los exámenes es como la antitetánica, cada equis tiempo hay que ponérsela de nuevo para recordar al organismo que siga luchando contra los virus. Sólo que aquí la vacuna es el examen, ¿verdad?
Maldita la hora en que emplee ese ejemplo. Porque es en estos casos, en estos momentos de charleta insustancial, en los que despierta de su letargo el alumno-oso (sí, hombre, ese que se pasa en estado de hibernación todo el año) que nunca te hace caso, pero cuyo ingenio, fíjate tú, se agudiza cuando sabe que te ha pillado en un renuncio. Curiosamente, además, las escasísimas veces que interviene en el aula, respeta con exquisitez los turnos de palabra y, por supuesto, sabe levantar la mano para hacer ver su interés por algo. Lo que sucede es que yo, perro viejo (no, el femenino no me gusta), esta vez le he visto venir. Anticipándome a su pregunta, le digo:
-Javier, tranquilo, que ya sé lo que vas a preguntar. Sí, vale, YO SOY EL VIRUS.
Un minuto de risas después, oigo decir a la delegada:
-Jo, profe, ¡cómo te pasas! ¡Qué maja eres!
”Maja” Habráse visto desfachatez mayor. ¡Me ha llamado “maja”! No, si al final resultará que les caigo bien y todo. IN-TO-LE-RA-BLE. Otro halago más y pondré el asunto en manos de mis abogados, pues esto vulnera todos los acuerdos de la Convención de Ginebra y la Sociedad Protectora de Animales juntos. ¡Vamos, como si leones y gacelas se pusieran a tomar el te juntos!
Bromas aparte, ese día salí de clase más hinchada que un pavo real en época de celo. ¡Sniff, sniff, si es que estos adolescentes son buena gente, qué porras!





