Bruce Almighty
¡Dios, qué sensación de poder! ¡Qué dominio de la situación! ¡Qué poderío! Lo mismo que no tengo empacho en reconocer mis debilidades, hoy me vais a permitir que me luzca, presuma y me dé un poco de coba. Hoy he dejado a unos alumnos pasmados gracias a “mis especiales dotes de percepción extra-sensorial”. Ya veréis, al final de mi relato os daréis cuenta de que no es más que sentido común, pero creo que más de un alumno habrá pensado que, como bien diría mi madre, “isto é cousa do Demo pra robar almas”
Clase de 3º ESO justo antes del recreo. Los buenos chicos están ya revolucionados y los malos, bueno, ya os podéis imaginar. Intento, a duras penas, hacerme entender por encima del barullo cuando percibo al inquieto de Raúl más nervioso que de costumbre. Que si le lanza una goma de borrar a los de la primera fila, que si no para de moverse en su asiento, que si no calla la boca. En fin, se acabó el buen rollito. Me toca llamarle la atención.
-Raúl, ¿te gustaría quedarte aquí conmigo en el recreo? Necesito a alguien que me ayude a trasladar unos libros y había pensado...
-¿Qué? ¿Castigado? –lo ha pillado a la primera- ¡No profe, no, que ya me callo!
-Más te vale, chavalote, que hoy te estás poniendo un poco pesado y bla, bla, bla.
Termino mi mini-sermón con la sensación de que el sermoneado no ha quedado convencido. Me giro para escribir algo en la pizarra y justo en ese momento, con mi súper-oído ejercitado en mil barullos, percibo el indefectible sonido de una bolita de papel escupida a velocidad a través de una cerbatana de bolígrafo bic. Y con el aplomo del niño de El Sexto Sentido al confesar a Bruce Willis su secreto, digo sin girarme a comprobar:
-Raúl, por culpa de esa cerbatana te vas a quedar castigado toda la semana.
Se hace el silencio, un silencio gélido, me vuelvo y veo, para mi satisfacción, al mencionado Raúl boquiabierto, con la cerbatana desmayada en la comisura de la boca, y a los compañeros de la clase mirándole acusadoramente.
Placer cuasi-orgásmico, si me permitís la exageración. Pero ¿a qué no era más que sentido común?
Clase de 3º ESO justo antes del recreo. Los buenos chicos están ya revolucionados y los malos, bueno, ya os podéis imaginar. Intento, a duras penas, hacerme entender por encima del barullo cuando percibo al inquieto de Raúl más nervioso que de costumbre. Que si le lanza una goma de borrar a los de la primera fila, que si no para de moverse en su asiento, que si no calla la boca. En fin, se acabó el buen rollito. Me toca llamarle la atención.
-Raúl, ¿te gustaría quedarte aquí conmigo en el recreo? Necesito a alguien que me ayude a trasladar unos libros y había pensado...
-¿Qué? ¿Castigado? –lo ha pillado a la primera- ¡No profe, no, que ya me callo!
-Más te vale, chavalote, que hoy te estás poniendo un poco pesado y bla, bla, bla.
Termino mi mini-sermón con la sensación de que el sermoneado no ha quedado convencido. Me giro para escribir algo en la pizarra y justo en ese momento, con mi súper-oído ejercitado en mil barullos, percibo el indefectible sonido de una bolita de papel escupida a velocidad a través de una cerbatana de bolígrafo bic. Y con el aplomo del niño de El Sexto Sentido al confesar a Bruce Willis su secreto, digo sin girarme a comprobar:
-Raúl, por culpa de esa cerbatana te vas a quedar castigado toda la semana.
Se hace el silencio, un silencio gélido, me vuelvo y veo, para mi satisfacción, al mencionado Raúl boquiabierto, con la cerbatana desmayada en la comisura de la boca, y a los compañeros de la clase mirándole acusadoramente.
Placer cuasi-orgásmico, si me permitís la exageración. Pero ¿a qué no era más que sentido común?
Dream
Ha pasado. Ha llegado el día anunciado y temido. Hoy, sin avisar, me he dado de bruces con la realidad, una realidad amarga: hoy he sido dolorosamente consciente de que mis clases son un rollo. Y esta epifanía, esta revelación, me ha pillado con el pie cambiado. Yo, que presumía de conocer a mis alumnos; yo, que gustaba de anticiparme a sus momentos de apatía con algún chiste, broma o chascarrillo; yo, que tantas veces critiqué al de historia porque una vez se le durmió un alumno en clase –sí, sí, con ronquidos y todo-; en fin, yo, la de inglés, he tenido que enfrentarme a la verdadera dimensión soporífera de mi asignatura. Y eso que no era lunes a primera...
-Vamos, chicos, tenemos que repasar para el examen, que lo tenemos a la vuelta de la esquina –no es que el entusiasmo les hiciera saltar de sus asientos precisamente, pero por lo menos me pareció percibir un murmullo de aprobación–. ¿Por donde queréis empezar?
-Je, je –uy, esa risita del desabrido de Javi no me gusta nada- ¿por qué no empezamos por que tú nos dices las preguntas?
-Sí, eso, guay, qué buena idea –varias voces juveniles a coro secundan la propuesta.
-Vale, vale, -se me está ocurriendo una idea...– Si es voluntad de la clase, yo me someto al dictado de la mayoría democrática. Chicos, –con voz solemne anuncio– id copiando.
Je, pa chula, yo; esta respuesta no se la esperaban. Veo como toman el boli apresuradamente y se disponen a escribir.
–Ahí va: “Primera: La desamortización de Mendizábal; segunda: América, Colón y el descubrimiento de la patata; tercera, ¿de quién fue la brillante idea de expulsar a los árabes de España, con lo barato que ahora nos saldría el petróleo?; cuarta...”
-Jo, profe, qué chispa tienes, no vales ni para mechero –ha estado bien aquí el arisco de Javi; ésta de la chispa me la apunto–.
-¡Ay, lo siento! Je, je, es que como comparto piso con el de historia –en un pueblo tan pequeño esto es del dominio público– pues nos hemos debido de confundir las carteras.
¿Veis como las cosas no habían empezado mal? La clase prometía, ¿no creéis? Pues sin venir a cuento, una vez apagados los cuchicheos de insatisfacción y los “velados reproches” (“esta tía es tonta,” dice una petarda descontenta), me encuentro a mi misma escribiendo reglas gramaticales en el encerado, llenándolo todo de letras y frases y flechas y llaves y más llaves y más letras y más frases, etc, etc, etc. Como les daba la espalda, no podía verles las caras, pero empezaba a oír sus bostezos y, lo que es peor, sus silencios. Porque creedme, más desangelado que una cripta románica en el mes de diciembre puede llegar a ser un aula llena de adolescentes apáticos. Y ésta lo era. Así que, esperando lo peor, me di la vuelta temerosa. ¿Y qué creéis que vi? Pues a más de la mitad de la clase leyendo revistas: de tuning, los chicos, de chicos guapos, las chicas. La otra mitad, dormitaba.
-¡Pero, hombre, chicos, que estamos repasando para el examen! –les increpo- Esto no se me hace.
-Pero, profe, si es que lo que pone ahí es un rollo.
Entoncés di unos pasos hacia atrás, para tomar perspectiva y me di cuenta de que aquel galimatías era ininteligible hasta para mí. Dejé caer los brazos y dije:
-Ok, you win. I quit this job.
Como no me entendieron, nadie celebró mi anuncio de renuncia, lo cual me dio tiempo para sentarme y reflexionar en los 5 minutos que quedaban.
-Tranqui, profe -dice el delegado- eso os pasa a todos cuando llega el final del trimestre. ¡Os volvéis de un pesado con los repasos! Si el que se lo sabe, se lo sabe, y el que no, le da lo mismo.
¡Ahí le ha dado, chavalote! ¡Qué yo tenga que recibir lecciones de los alumnos! Pues sí, y está claro que acertó de pleno.
-Vamos, chicos, tenemos que repasar para el examen, que lo tenemos a la vuelta de la esquina –no es que el entusiasmo les hiciera saltar de sus asientos precisamente, pero por lo menos me pareció percibir un murmullo de aprobación–. ¿Por donde queréis empezar?
-Je, je –uy, esa risita del desabrido de Javi no me gusta nada- ¿por qué no empezamos por que tú nos dices las preguntas?
-Sí, eso, guay, qué buena idea –varias voces juveniles a coro secundan la propuesta.
-Vale, vale, -se me está ocurriendo una idea...– Si es voluntad de la clase, yo me someto al dictado de la mayoría democrática. Chicos, –con voz solemne anuncio– id copiando.
Je, pa chula, yo; esta respuesta no se la esperaban. Veo como toman el boli apresuradamente y se disponen a escribir.
–Ahí va: “Primera: La desamortización de Mendizábal; segunda: América, Colón y el descubrimiento de la patata; tercera, ¿de quién fue la brillante idea de expulsar a los árabes de España, con lo barato que ahora nos saldría el petróleo?; cuarta...”
-Jo, profe, qué chispa tienes, no vales ni para mechero –ha estado bien aquí el arisco de Javi; ésta de la chispa me la apunto–.
-¡Ay, lo siento! Je, je, es que como comparto piso con el de historia –en un pueblo tan pequeño esto es del dominio público– pues nos hemos debido de confundir las carteras.
¿Veis como las cosas no habían empezado mal? La clase prometía, ¿no creéis? Pues sin venir a cuento, una vez apagados los cuchicheos de insatisfacción y los “velados reproches” (“esta tía es tonta,” dice una petarda descontenta), me encuentro a mi misma escribiendo reglas gramaticales en el encerado, llenándolo todo de letras y frases y flechas y llaves y más llaves y más letras y más frases, etc, etc, etc. Como les daba la espalda, no podía verles las caras, pero empezaba a oír sus bostezos y, lo que es peor, sus silencios. Porque creedme, más desangelado que una cripta románica en el mes de diciembre puede llegar a ser un aula llena de adolescentes apáticos. Y ésta lo era. Así que, esperando lo peor, me di la vuelta temerosa. ¿Y qué creéis que vi? Pues a más de la mitad de la clase leyendo revistas: de tuning, los chicos, de chicos guapos, las chicas. La otra mitad, dormitaba.
-¡Pero, hombre, chicos, que estamos repasando para el examen! –les increpo- Esto no se me hace.
-Pero, profe, si es que lo que pone ahí es un rollo.
Entoncés di unos pasos hacia atrás, para tomar perspectiva y me di cuenta de que aquel galimatías era ininteligible hasta para mí. Dejé caer los brazos y dije:
-Ok, you win. I quit this job.
Como no me entendieron, nadie celebró mi anuncio de renuncia, lo cual me dio tiempo para sentarme y reflexionar en los 5 minutos que quedaban.
-Tranqui, profe -dice el delegado- eso os pasa a todos cuando llega el final del trimestre. ¡Os volvéis de un pesado con los repasos! Si el que se lo sabe, se lo sabe, y el que no, le da lo mismo.
¡Ahí le ha dado, chavalote! ¡Qué yo tenga que recibir lecciones de los alumnos! Pues sí, y está claro que acertó de pleno.
Papa, can you hear me? (II)
Llego al instituto a primera hora, no acabo de quitarme la bufanda y ya tengo al conserje dándome trabajo.
-Buenaaaaaaaaaaaaas, tienes una madre.
¿Cómo que una madre? Y también tengo un padre, qué porras, que no nací por esporas. ¿De qué me habla este individuo?
-Sí, claro –se ha percatado de mi ignorancia al ver mi cara de susto- la madre de Pedro García, que te espera en tu despacho. Me dijo que tenía cita.
-¿Eh? Estoooooooo, sí, es cierto, -¡mierda, mierda, mierda, se me había olvidado!- lo tengo yo, estooo, todo aquí, estoooo, ya voy ya mismo.
¡Mierda, no me he cambiado las gafas! ¡Mierda, traigo las zapatillas deportivas naranjas! ¡Mierda, tengo una espinilla en la frente! ¿Podía algo salir peor? Para qué pregunté...
-Por cierto –el conserje viste de negro, muy apropiado para las malas noticias- dice que quiere hablar contigo y con el director juntos. Le he dicho que no había problema. ¿He hecho bien?
-¡Pues claro, hombre! –¡le mato, le pongo la zancadilla en las escaleras y que se parta el cuello!- Qué poblema, digo problemo, digo PROBLEMA, va a haber.
Me tiembla el pulso, tengo sudores fríos. La palabra “director” me produce escalofríos desde que yo misma los padecí en el colegio y en el instituto, como estudiante. “¡Y como vuelvas abrir la boca, te mando al despacho del director!” era la frase favorita de mi tutora en la EGB para amedrentarme. Y funcionaba. Más que nada porque luego la zapatilla de mi madre me lustraba el trasero, que todo se sabía. El caso es que ahora, del otro lado, la cosa es menos tétrica, pues, al fin y al cabo, el director no es más que un colega de profesión. Y este que tengo este año... "Paquito” le llama todo el mundo, alumnos incluidos. Como comprenderéis, donde esté un buen “Señor Don Francisco” que se quite un “Paquito”. Pero la pregunta ahora es ¿qué querrá la madre conmigo y con el director? ¿Invitarnos a cenar?
Llego al despacho. En la puerta repaso mi vestimenta, ensayo sonrisa cordial y me aprieto los machos.
-Hola, buenos días, encantada de...
-No se ande con rodeos, dígame que ha hecho hasta ahora el barrabás de mi hijo. Se va a enterar ese canalla, le digo yo que se va a enterar.
-Bueno lo cierto es que...
-No, si ya lo sabía yo –eso es clarividencia y lo demás son tonterías, que yo todavía no he podido meter ni una palabra de canto- Por eso quería ver al director también.
-Sí, viene ahora mismo; pero ¿qué quería exactamente de los dos?
-Pues verá, quería que estuvieran delante cuando hable con mi hijo. ¿Podría venir aquí mi hijo? Es que quiero que me vea la cara, sinvergüenza, que es un sinvergüenza.
Como bien veis, la madre era muy consciente de la “joyita” de niño que tenía en casa, con lo cual me ahorré mucho de mi bien aprendido discurso. Dejé en el tintero hermosas metáforas como “su hijo es un poco disperso”, “patrones de estudio alternativos”, “eso sí, es un excelente comunicador”. Entre el director y yo la convencimos de que no era buena idea sacar al chaval del aula y que sería mejor que el tema lo trataran en casa serenamente.
¡Je, je, serenidad! Justo al salir del despacho con la madre, suena el timbre para el cambio de clase y aparece por el pasillo arrastrando los pies el interfecto, el angelito de Pedro.
-Mama, ¿pero c’aces aquí?
-¿Que qué hago aquí? ¡Esto es lo que hago aquí! ¡Plis, plas!
Y sin pestañear siquiera, sin temblarle el pulso, “serenamente”, le metió dos bofetadas a la criaturita que le dejó la cabeza del revés. ¡Ríete tú de las collejas de Sole, la de 7 vidas!
-Buenaaaaaaaaaaaaas, tienes una madre.
¿Cómo que una madre? Y también tengo un padre, qué porras, que no nací por esporas. ¿De qué me habla este individuo?
-Sí, claro –se ha percatado de mi ignorancia al ver mi cara de susto- la madre de Pedro García, que te espera en tu despacho. Me dijo que tenía cita.
-¿Eh? Estoooooooo, sí, es cierto, -¡mierda, mierda, mierda, se me había olvidado!- lo tengo yo, estooo, todo aquí, estoooo, ya voy ya mismo.
¡Mierda, no me he cambiado las gafas! ¡Mierda, traigo las zapatillas deportivas naranjas! ¡Mierda, tengo una espinilla en la frente! ¿Podía algo salir peor? Para qué pregunté...
-Por cierto –el conserje viste de negro, muy apropiado para las malas noticias- dice que quiere hablar contigo y con el director juntos. Le he dicho que no había problema. ¿He hecho bien?
-¡Pues claro, hombre! –¡le mato, le pongo la zancadilla en las escaleras y que se parta el cuello!- Qué poblema, digo problemo, digo PROBLEMA, va a haber.
Me tiembla el pulso, tengo sudores fríos. La palabra “director” me produce escalofríos desde que yo misma los padecí en el colegio y en el instituto, como estudiante. “¡Y como vuelvas abrir la boca, te mando al despacho del director!” era la frase favorita de mi tutora en la EGB para amedrentarme. Y funcionaba. Más que nada porque luego la zapatilla de mi madre me lustraba el trasero, que todo se sabía. El caso es que ahora, del otro lado, la cosa es menos tétrica, pues, al fin y al cabo, el director no es más que un colega de profesión. Y este que tengo este año... "Paquito” le llama todo el mundo, alumnos incluidos. Como comprenderéis, donde esté un buen “Señor Don Francisco” que se quite un “Paquito”. Pero la pregunta ahora es ¿qué querrá la madre conmigo y con el director? ¿Invitarnos a cenar?
Llego al despacho. En la puerta repaso mi vestimenta, ensayo sonrisa cordial y me aprieto los machos.
-Hola, buenos días, encantada de...
-No se ande con rodeos, dígame que ha hecho hasta ahora el barrabás de mi hijo. Se va a enterar ese canalla, le digo yo que se va a enterar.
-Bueno lo cierto es que...
-No, si ya lo sabía yo –eso es clarividencia y lo demás son tonterías, que yo todavía no he podido meter ni una palabra de canto- Por eso quería ver al director también.
-Sí, viene ahora mismo; pero ¿qué quería exactamente de los dos?
-Pues verá, quería que estuvieran delante cuando hable con mi hijo. ¿Podría venir aquí mi hijo? Es que quiero que me vea la cara, sinvergüenza, que es un sinvergüenza.
Como bien veis, la madre era muy consciente de la “joyita” de niño que tenía en casa, con lo cual me ahorré mucho de mi bien aprendido discurso. Dejé en el tintero hermosas metáforas como “su hijo es un poco disperso”, “patrones de estudio alternativos”, “eso sí, es un excelente comunicador”. Entre el director y yo la convencimos de que no era buena idea sacar al chaval del aula y que sería mejor que el tema lo trataran en casa serenamente.
¡Je, je, serenidad! Justo al salir del despacho con la madre, suena el timbre para el cambio de clase y aparece por el pasillo arrastrando los pies el interfecto, el angelito de Pedro.
-Mama, ¿pero c’aces aquí?
-¿Que qué hago aquí? ¡Esto es lo que hago aquí! ¡Plis, plas!
Y sin pestañear siquiera, sin temblarle el pulso, “serenamente”, le metió dos bofetadas a la criaturita que le dejó la cabeza del revés. ¡Ríete tú de las collejas de Sole, la de 7 vidas!