September Morn
Como a todo cerdo le llega su San Martín, a todo alumno suspenso en junio le llega su septiembre (no, este ejemplo no me ha quedado muy afortunado, me temo. Disculpad, pero es que he tenido un veranito...) ¿Y qué pasa en septiembre? Respuesta tipo:
-Alumno: los frustrados estos, como se aburren en verano, vuelven con ganas de guerra a tocarnos los cataplines (ya sé, ya, tengo un problema con la escatología, que no me sale decir coj..., vamos; ¡esa castrante educación católica¡) Ya bastante mal lo he pasado yo este verano delante de los libros y vendrá este capullo a suspenderme sin pestañear. ¡Me estoy temiendo las collejas de mi madre!
- Profesor: ¡Mierda, que mañana examino! ¿Pero dónde porras he puesto los exámenes? ¿Los habré dejado en el insti? ¿Y a qué hora era? Si son las 12 de la noche, ¿a quién llamo yo ahora para enterarme? Bueno, en caso de duda, al que se presente al examen, le apruebo y me dejo de bobadas. ¡Allá penas!
Llegado el momento de la verdad, todo fue menos caótico de lo esperado. Aparecieron los exámenes, se presentaron los que se presentaron, aprobaron los que aprobaron. Pero... esto no me había pasado nunca. Ved.
-Lo siento, José Miguel, vas a tener que repetir 4º.
-¿Cómo que repetir? ¡Pero si el examen me salió genial! –ay, que al crío se le aguan los ojos. ¡No me llores, hijo, que me partes el alma!- ¡Las matemáticas, claro!
-No, hijo, si es que te queda también la informática y el inglés –esta última es culpa mía, pero lo de la informática ni yo lo entiendo; yo pensé que los jóvenes venían con el microchip de serie- Venga, tranquilo, que yo te explico y bla, bla, bla.
Diez minutos, dos kleenex y quince explicaciones después, el chico, más tranquilo, me pregunta si me parece bien que venga su madre mañana a hablar conmigo, para explicarle la situación y ayudarle a entenderlo. No me puedo negar, naturalmente, pero al día siguiente...
-Buenos días, Sra. López y José Miguel. Hoy estamos más clamados ¿no? –me estaban esperando en el recibidor los dos, con sendas optimistas sonrisas... que empezaron a desmayar-
-¿Más calmados? Pero ¿qué pasa? –a la madre le tiembla la voz; esto no me cuadra- ¿Es que le queda alguna asignatura?
-Sí, bueno, estoooo, pero ¿no le dijo José Miguel que...? –de repente, me cuesta tragar-
-¿Qué me tenía que decir, el mocoso este? –uy, que le cambia el carácter, que está afilando el tomahawk, que se le inyectan los ojos en sangre- ¡Espero que no haya suspendido ninguna!
-Mejor será que nos sentemos en mi despacho, allí charlaremos tranquilamente...
¡Je, tranquilamente! Hay más diálogo y conversación amable en cualquier tertulia de Gran Hermano. ¡Dios, qué guirigay! La madre, gritándole “¡Mentiroso, vago, que eres un vago, que me haces creer que estudias y no rascas bolas!”, el chico, disculpándose entre hipos y lágrimas, yo, partiendo en dos el último kleenex que me quedaba para repartirlo entre los dos. Como habréis deducido, el interfecto no se había atrevido a decir nada en casa y me había dejado a mi el marrón. Lo cual, en parte, era entendible, pero ¡que me hubiera avisado, porras, que me dejó con el culo al aire! ¡Que soy tutora, no madre abadesa, leches! Una vez recuperados los tres, madre e hijo se fundieron en un abrazo que casi me pilla a mí en medio. Zafándome del apretujón, intenté poner un poquitín de orden con una frase socorrida del tipo “si hay algo más que pueda hacer por usted, dígamelo, pero ahora creo que tendrán que hablar en casa y bla, bla, bla”. Salieron del despacho sorbiéndose los mocos, con perdón, y disculpándose al unísono. Y yo me quedé mirando con expresión bobalicona mientras se alejaban por el pasillo, musitando un “nada, mujer, para eso estamos”. Y yo me pregunto, ¿para eso estamos?
-Alumno: los frustrados estos, como se aburren en verano, vuelven con ganas de guerra a tocarnos los cataplines (ya sé, ya, tengo un problema con la escatología, que no me sale decir coj..., vamos; ¡esa castrante educación católica¡) Ya bastante mal lo he pasado yo este verano delante de los libros y vendrá este capullo a suspenderme sin pestañear. ¡Me estoy temiendo las collejas de mi madre!
- Profesor: ¡Mierda, que mañana examino! ¿Pero dónde porras he puesto los exámenes? ¿Los habré dejado en el insti? ¿Y a qué hora era? Si son las 12 de la noche, ¿a quién llamo yo ahora para enterarme? Bueno, en caso de duda, al que se presente al examen, le apruebo y me dejo de bobadas. ¡Allá penas!
Llegado el momento de la verdad, todo fue menos caótico de lo esperado. Aparecieron los exámenes, se presentaron los que se presentaron, aprobaron los que aprobaron. Pero... esto no me había pasado nunca. Ved.
-Lo siento, José Miguel, vas a tener que repetir 4º.
-¿Cómo que repetir? ¡Pero si el examen me salió genial! –ay, que al crío se le aguan los ojos. ¡No me llores, hijo, que me partes el alma!- ¡Las matemáticas, claro!
-No, hijo, si es que te queda también la informática y el inglés –esta última es culpa mía, pero lo de la informática ni yo lo entiendo; yo pensé que los jóvenes venían con el microchip de serie- Venga, tranquilo, que yo te explico y bla, bla, bla.
Diez minutos, dos kleenex y quince explicaciones después, el chico, más tranquilo, me pregunta si me parece bien que venga su madre mañana a hablar conmigo, para explicarle la situación y ayudarle a entenderlo. No me puedo negar, naturalmente, pero al día siguiente...
-Buenos días, Sra. López y José Miguel. Hoy estamos más clamados ¿no? –me estaban esperando en el recibidor los dos, con sendas optimistas sonrisas... que empezaron a desmayar-
-¿Más calmados? Pero ¿qué pasa? –a la madre le tiembla la voz; esto no me cuadra- ¿Es que le queda alguna asignatura?
-Sí, bueno, estoooo, pero ¿no le dijo José Miguel que...? –de repente, me cuesta tragar-
-¿Qué me tenía que decir, el mocoso este? –uy, que le cambia el carácter, que está afilando el tomahawk, que se le inyectan los ojos en sangre- ¡Espero que no haya suspendido ninguna!
-Mejor será que nos sentemos en mi despacho, allí charlaremos tranquilamente...
¡Je, tranquilamente! Hay más diálogo y conversación amable en cualquier tertulia de Gran Hermano. ¡Dios, qué guirigay! La madre, gritándole “¡Mentiroso, vago, que eres un vago, que me haces creer que estudias y no rascas bolas!”, el chico, disculpándose entre hipos y lágrimas, yo, partiendo en dos el último kleenex que me quedaba para repartirlo entre los dos. Como habréis deducido, el interfecto no se había atrevido a decir nada en casa y me había dejado a mi el marrón. Lo cual, en parte, era entendible, pero ¡que me hubiera avisado, porras, que me dejó con el culo al aire! ¡Que soy tutora, no madre abadesa, leches! Una vez recuperados los tres, madre e hijo se fundieron en un abrazo que casi me pilla a mí en medio. Zafándome del apretujón, intenté poner un poquitín de orden con una frase socorrida del tipo “si hay algo más que pueda hacer por usted, dígamelo, pero ahora creo que tendrán que hablar en casa y bla, bla, bla”. Salieron del despacho sorbiéndose los mocos, con perdón, y disculpándose al unísono. Y yo me quedé mirando con expresión bobalicona mientras se alejaban por el pasillo, musitando un “nada, mujer, para eso estamos”. Y yo me pregunto, ¿para eso estamos?