El orientador
Desde que de los institutos de secundaria desapareció el BUP (Bachillerato Unificado Polivalente), que todos los treintañeros estudiamos en su momento, y fue sustituido por la LOGSE (Ley Orgánica General del Sistema Educativo) y la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria) –perdonad el jaleo de siglas, pero era necesario–, los centros de enseñanza se han nutrido de nuevas figuras educativo-administrativas cuyas funciones hemos –los profesores tradicionales– tardado en asimilar y comprender. Por ejemplo, la PT (la profesora de Psicología Terapéutica), la logopeda, los profesores de Diversificación, etc. Pero la más señalada de ellas es, sin duda, la del psicólogo/a. Y digo señalada aunque bien podría haber dicho discutida y denostada, pues he de reconocer que no los hemos tratado muy bien en estos ya 10-12 años de nueva ley. ¡Con deciros que, al principio, les llamábamos los “paquistaníes”, porque nos preguntábamos “pa’ quistán aquí”! No pretendo aquí lavar mi conciencia ni escribir un panegírico, pero tengo que decir que la mayoría de estos profesionales de nueva incorporación son gente muy preparada que se han tenido que fajar en situaciones muy incómodas, producto de la poca información sobre su trabajo que nos han facilitado, y que se han sentido incomprendidos a pesar de trabajar como los que más.
Pero yo de quien quería hablar aquí es del orientador de mi instituto, el psicólogo. O el “loquero”, como le llaman los chavales. Un tipo serio y formal, de unos 45 años, que parece seminarista o supernumerario del Opus. Supongo que esto ilustra suficientemente cómo es su aspecto externo. Como yo este año soy tutora, he tenido que reunirme con él y los otros tutores con periodicidad semanal para tratar temas de importancia para nuestros tutorandos. Pues bien, el hombre, siempre correcto y trabajador, ha sido muy eficaz en su trabajo, nos ha proporcionado información muy útil y, hasta lo que él ha podido, nos ha librado del papeleo innecesario. Pero, lo que le hace especial es que... ¡mira al pelo! No, no hay nada especial en mi pelo, ni en mí, quiero explicarlo bien, es que no mira a los ojos, ni a mí ni a nadie. He observado que cuando habla con alguien cara a cara, dirige su mirada a un punto en el infinito que viene a estar por encima de la cabeza de su interlocutor a la izquierda. Tardé en darme cuenta de que no era culpa mía, que no tenía yo ningún pegote en el pelo, ni nada de eso, sino que debe ser timidez o que en la “Obra” le prohíben tener contactos “visuales” con mujeres. Cada vez que hablo con él, me dan ganas de empezar a hacer señales con la mano y gritarle “¡Eh, que estoy aquí abajo!” Es una sensación extraña, de veras, esto de que hablen con una y parezca que no te vean. Desde luego, no hay nada en mí, y menos en mi mirada, os lo aseguro, que pueda “turbar” sus castos pensamientos para que tenga que esquivarme de esa manera.
Se me hace raro también pensar en un psicólogo, que tiene que ser asertivo, rehuyendo la mirada de alguno de los alumnos que acuden a él para pedir consejo, como diciendo “no, si, estooo, yo no sé, verás...” La verdad, no dejo de sorprenderme. Como veis, la enseñanza da mucho juego, si se es un observador avezado.
Pero yo de quien quería hablar aquí es del orientador de mi instituto, el psicólogo. O el “loquero”, como le llaman los chavales. Un tipo serio y formal, de unos 45 años, que parece seminarista o supernumerario del Opus. Supongo que esto ilustra suficientemente cómo es su aspecto externo. Como yo este año soy tutora, he tenido que reunirme con él y los otros tutores con periodicidad semanal para tratar temas de importancia para nuestros tutorandos. Pues bien, el hombre, siempre correcto y trabajador, ha sido muy eficaz en su trabajo, nos ha proporcionado información muy útil y, hasta lo que él ha podido, nos ha librado del papeleo innecesario. Pero, lo que le hace especial es que... ¡mira al pelo! No, no hay nada especial en mi pelo, ni en mí, quiero explicarlo bien, es que no mira a los ojos, ni a mí ni a nadie. He observado que cuando habla con alguien cara a cara, dirige su mirada a un punto en el infinito que viene a estar por encima de la cabeza de su interlocutor a la izquierda. Tardé en darme cuenta de que no era culpa mía, que no tenía yo ningún pegote en el pelo, ni nada de eso, sino que debe ser timidez o que en la “Obra” le prohíben tener contactos “visuales” con mujeres. Cada vez que hablo con él, me dan ganas de empezar a hacer señales con la mano y gritarle “¡Eh, que estoy aquí abajo!” Es una sensación extraña, de veras, esto de que hablen con una y parezca que no te vean. Desde luego, no hay nada en mí, y menos en mi mirada, os lo aseguro, que pueda “turbar” sus castos pensamientos para que tenga que esquivarme de esa manera.
Se me hace raro también pensar en un psicólogo, que tiene que ser asertivo, rehuyendo la mirada de alguno de los alumnos que acuden a él para pedir consejo, como diciendo “no, si, estooo, yo no sé, verás...” La verdad, no dejo de sorprenderme. Como veis, la enseñanza da mucho juego, si se es un observador avezado.
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No es que te mire al pelo, es que está levitando... Eso, o que si te mirara a los ojos, la vista se le iría palmo y medio hacia abajo... y para no pecar, apunta alto y así cuando se da cuenta, ha llegado a los ojos.
Creo que voy a volver a menudo por aquí. Un beso.
Creo que voy a volver a menudo por aquí. Un beso.
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Hey, se nota que llegan las vacas, eh? No nos dejes. Un saludo
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Voy a probarlo yo tambien en la piscina del vecindario. Si no, me voy a desviar por los caminos de la perdicion con tanta barbie en bagnador. Saludos!





