La espera
EL reloj del pasillo marcó los último segundos y el pequeño pájaro de cucú salió a dar su paseo; su corto y monótono paseo, como cada hora de cada día. Además, ¡pobre, siempre enjaulado!
Dejé, como el pájaro cucú, el interior de mi habitación y me dirigí como cada miércoles a la ventana de la salita. Al llegar, un escalofrío me sacudió; la salita es el cuarto más frío de toda la casa, aún así yo debía permanecer allí y no me importaba. Me acerqué a la mesita, encendí el interruptor de la lámpara y ojeé las revistas que permanecían abandonadas desde la semana anterior. Sin querer tropecé con el portarretratos, siempre ocurre, sabes dónde está cada cosa, pero estás tan acostumbrado a su presencia que se te olvida su existencia. Este es un portarretratos especial, se lo había regalado a mi madre por su último cumpleaños y ella había colocado una foto de toda la familia, o casi.
Tomé la foto del suelo, el portarretratos ya no tenía arreglo, y allí estaban: la abuela con su sonrisa, el abuelo con esos ojos tan serios... “las cosas despacio y bien hechas” solía decir, la tía, que sigue con sus ojeras, y mamá, como siempre al pie del cañón. Otro escalofrío me recorrió la espalda, verdaderamente hacía frío esa tarde, en esa habitación.
El gato me había seguido, siempre un paso detrás mío, lentamente, olisqueando todos mis movimientos. Me dejé caer cansadamente sobre el sofá, escuchando quedo el tic-tac del reloj. Era pronto, sólo estaba anocheciendo...
La luz de la ventana me despertó, o eso, o el gato desperezándose en mi regazo. ¿Qué hora podría ser? Da igual, aún era temprano, debía ser temprano, tenía que serlo.
Acababan de encender las farolas y fue entontes cuando aprecié el cristal de la ventana empañado. Sus lágrimas dibujaron surcos cuando pasé los dedos por su superficie. Fuera llovía. La gente dice que los días de lluvia son fríos y grises, frías y grises he encontrado muchas noches de Agosto, cuando el sudor no te deja dormir.
Me asomé a la ventana y vi caer la lluvia, la gente corriendo como si pudieran escapar de ella. Señores: de ella, nunca se está a cubierto y te alcanza siempre. Los paraguas chocan, salpican, gritos, risas, pasos y después nada, ni un simple murmullo. El gato se estiró y me miró.
Los comercios habían empezado a echar los cierres... era imposible, no podía ser tan tarde, ¡esperen! ¡aún no pueden cerrar!, si sólo eran las... ¿qué hora sería? Cualquiera, pero desde luego no tan tarde. Una tos en la escalera, una riada de tacones, las llaves tintineando, bolsas, rechina un gozne, un portazo y luego... sólo un soplo de viento en el rellano de la escalera.
Una pareja discutía en plena calle, se distinguían sus voces. Al poco se calmaron y comenzaron a hablar; él le cogió la cintura, ella cedió y al final, torcieron la esquina perdiéndose por la calle. Pasaba el tiempo y nada se movía, sólo la lluvia.
Me acerqué un poco más a la ventana, si aparecía, por cansados que estuvieran mis ojos, tendría que verlo a la fuerza, aunque no distinguí ninguna figura en la oscuridad. La gente siempre se retrasa, pero un retraso es perdonable, a veces surge un imprevisto, es normal ¿verdad?
Deseaba que esa espera no se alargara demasiado, me dolía la espalda de estar encogida sobre el sofá, pero tampoco quería marcharme por si ocurría, por si esa noche era la noche, por si esta vez aparecía. Dicen que si deseas algo con intensidad lo haces posible, así que esa noche ¿por qué no? Quizá esa noche...
No sé exactamente si fue entonces o unas semanas más tarde, pero poco después desperté del duermevela en el que llevaba tanto tiempo. Esa espera inagotable, esa angustia voraz, ese limbo perpetuo se acabó. Él no volvería, no podía volver porque ni siquiera sabía el camino, ni nunca lo haría.
Cerré los postigos, apagué la luz, el gato una vez más siguió mis pasos y al cerrar la puerta volví a pensar: “De verdad que hace frío en esta habitación”.
Dejé, como el pájaro cucú, el interior de mi habitación y me dirigí como cada miércoles a la ventana de la salita. Al llegar, un escalofrío me sacudió; la salita es el cuarto más frío de toda la casa, aún así yo debía permanecer allí y no me importaba. Me acerqué a la mesita, encendí el interruptor de la lámpara y ojeé las revistas que permanecían abandonadas desde la semana anterior. Sin querer tropecé con el portarretratos, siempre ocurre, sabes dónde está cada cosa, pero estás tan acostumbrado a su presencia que se te olvida su existencia. Este es un portarretratos especial, se lo había regalado a mi madre por su último cumpleaños y ella había colocado una foto de toda la familia, o casi.
Tomé la foto del suelo, el portarretratos ya no tenía arreglo, y allí estaban: la abuela con su sonrisa, el abuelo con esos ojos tan serios... “las cosas despacio y bien hechas” solía decir, la tía, que sigue con sus ojeras, y mamá, como siempre al pie del cañón. Otro escalofrío me recorrió la espalda, verdaderamente hacía frío esa tarde, en esa habitación.
El gato me había seguido, siempre un paso detrás mío, lentamente, olisqueando todos mis movimientos. Me dejé caer cansadamente sobre el sofá, escuchando quedo el tic-tac del reloj. Era pronto, sólo estaba anocheciendo...
La luz de la ventana me despertó, o eso, o el gato desperezándose en mi regazo. ¿Qué hora podría ser? Da igual, aún era temprano, debía ser temprano, tenía que serlo.
Acababan de encender las farolas y fue entontes cuando aprecié el cristal de la ventana empañado. Sus lágrimas dibujaron surcos cuando pasé los dedos por su superficie. Fuera llovía. La gente dice que los días de lluvia son fríos y grises, frías y grises he encontrado muchas noches de Agosto, cuando el sudor no te deja dormir.
Me asomé a la ventana y vi caer la lluvia, la gente corriendo como si pudieran escapar de ella. Señores: de ella, nunca se está a cubierto y te alcanza siempre. Los paraguas chocan, salpican, gritos, risas, pasos y después nada, ni un simple murmullo. El gato se estiró y me miró.
Los comercios habían empezado a echar los cierres... era imposible, no podía ser tan tarde, ¡esperen! ¡aún no pueden cerrar!, si sólo eran las... ¿qué hora sería? Cualquiera, pero desde luego no tan tarde. Una tos en la escalera, una riada de tacones, las llaves tintineando, bolsas, rechina un gozne, un portazo y luego... sólo un soplo de viento en el rellano de la escalera.
Una pareja discutía en plena calle, se distinguían sus voces. Al poco se calmaron y comenzaron a hablar; él le cogió la cintura, ella cedió y al final, torcieron la esquina perdiéndose por la calle. Pasaba el tiempo y nada se movía, sólo la lluvia.
Me acerqué un poco más a la ventana, si aparecía, por cansados que estuvieran mis ojos, tendría que verlo a la fuerza, aunque no distinguí ninguna figura en la oscuridad. La gente siempre se retrasa, pero un retraso es perdonable, a veces surge un imprevisto, es normal ¿verdad?
Deseaba que esa espera no se alargara demasiado, me dolía la espalda de estar encogida sobre el sofá, pero tampoco quería marcharme por si ocurría, por si esa noche era la noche, por si esta vez aparecía. Dicen que si deseas algo con intensidad lo haces posible, así que esa noche ¿por qué no? Quizá esa noche...
No sé exactamente si fue entonces o unas semanas más tarde, pero poco después desperté del duermevela en el que llevaba tanto tiempo. Esa espera inagotable, esa angustia voraz, ese limbo perpetuo se acabó. Él no volvería, no podía volver porque ni siquiera sabía el camino, ni nunca lo haría.
Cerré los postigos, apagué la luz, el gato una vez más siguió mis pasos y al cerrar la puerta volví a pensar: “De verdad que hace frío en esta habitación”.