De naufragios
Aquél día, por suerte, volví sobre mis propios pasos antes de que los borrara la marea... El mar traía resaca de arena y sal, resaca de ron, ron miel que beben en las islas... de dulce sabor y muy, muy amargo día después...boca pastosa, lengua de trapo y andar vacilante... pero sí, a la mañana siguiente siempre hay un día después...Cuando navegas en la noche, siempre es bueno tener un astro que te guíe, esa estrella eterna que te marca el camino, esa que te sirve de referente y referencia. Pero de repente una tarde me dí cuenta de que mi luz se hacía más pequeña, se perdía en la ontananza, cada vez menos nítida, con menos fuerza... cada día mi enana blanca más pálida.
Ni astrolabios ni sextantes me ayudaron a encontrar el rumbo deseado; y así, con mi mirada miope la fuí siguiendo torpemente, mis ojos clavados en su pupila, cada día menos clara... Hasta que una noche sin luna, boca de lobo, me encontré en mitad de la tormenta sin fuerzas para mantener firme el timón y un golpe de mar rompió el trinquete y rasgó de parte a parte la mayor. Así, a la deriva, sin escotas, sin velas ni timón, el barcó se fué escorando, trasluchó y volcó.
Logré trepar hasta el casco de la nave y empapada, aterida de frío, cara vuelta al norte y con los labios muy prietos contemplé impotente como mi estrella se alejaba, hasta que mi estrella se apagó. Y de repente me encontré muy sola, en mitad de la nada azul, con el único sonido de una campana y el ritmo bamboleante de mi cuerpo adelante y atrás, musitando una antigua canción india...
Me quedé dormida sobre el barco, la brisa secó mis ropas y el sol fué calentando mis miembros que poco a poco volvían a la vida. Resbalé lentamente por la popa del barco y me zambullí en las tibias aguas, cada vez más profundo creyendo que mis pulmones estallaban.
Entonces abrí los ojos, separé los brazos y de un impulsó alcancé la superficie, rodeada de burbujas de aire. Me colé bajo la nave y tras muchos intentos logré enderezar el barco, escalé por la proa, afianzando los palos, filé drizas y nudo a nudo uní cabos... y ese día por fin, arrié mis velas.
Con el viento en popa y lascando escotas, dejé que la fuerza de la naturaleza me llevara a tierra. La misma que me había arrojado por la borda esa noche, sería ahora la que me devolviera a casa, con una luz menos en mi alma y con una cicatriz más.
Otra batalla que pasa, y otro día después... o quizá una semana, o un mes...
Comentario:
imaginate, pau mil gracias, Acéfalo ya sabes... hombre se te echaba de menos.
Un beso
Un beso
Comentario:
Qué te voy a decir yo, que tú no sepas.
Me encanta el símil marinero. Realmente atrapas al lector y lo llevas de viaje por esta fantástica parábola, que presta sentido y forma a la íntima peripecia. Además tienes el buen gusto de obviar los tiburones.
Ésta no la pierdas. Ya sabes...a tu rincón. Muasssssssssss.
Me encanta el símil marinero. Realmente atrapas al lector y lo llevas de viaje por esta fantástica parábola, que presta sentido y forma a la íntima peripecia. Además tienes el buen gusto de obviar los tiburones.
Ésta no la pierdas. Ya sabes...a tu rincón. Muasssssssssss.
Comentario:
Si puedes mantener intacta tu firmeza
cuando todos vacilan a tu alrededor
Si cuando todos dudan, fías en tu valor
y al mismo tiempo sabes exaltar su flaqueza
Si sabes esperar y a tu afán poner brida
O blanco de mentiras esgrimir la verdad
O siendo odiado, al odio no le das cabida
y ni ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad
Si sueñas, pero el sueño no se vuelve tu rey
Si piensas y el pensar no mengua tus ardores
Si el triunfo y el desastre no te imponen su ley
y los tratas lo mismo como dos impostores.
Si puedes soportan que tu frase sincera
sea trampa de necios en boca de malvados.
O mirar hecha trizas tu adora quimera
y tornar a forjarla con útiles mellados.
Si todas tu ganancias poniendo en un montón
las arriesgas osado en un golpe de azar
y las pierdes, y luego con bravo corazón
sin hablar de tus perdidas, vuelves a comenzar.
Si puedes mantener en la ruda pelea
alerta el pensamiento y el músculo tirante
para emplearlo cuando en ti todo flaquea
menos la voluntad que te dice adelante.
Si entre la turba das a la virtud abrigo
Si no pueden herirte ni amigo ni enemigo
Si marchando con reyes del orgullo has triunfado
Si eres bueno con todos pero no demasiado
Si puedes llenar el preciso minuto
en sesenta segundos de un esfuerzo supremo
tuya es la tierra y todo lo que en ella habita
y lo que es más serás hombre hijo mío.
(Rudyard Kipling)
Solo puedo mandarte esto a cambio, no se me ocurre nada mejor.
cuando todos vacilan a tu alrededor
Si cuando todos dudan, fías en tu valor
y al mismo tiempo sabes exaltar su flaqueza
Si sabes esperar y a tu afán poner brida
O blanco de mentiras esgrimir la verdad
O siendo odiado, al odio no le das cabida
y ni ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad
Si sueñas, pero el sueño no se vuelve tu rey
Si piensas y el pensar no mengua tus ardores
Si el triunfo y el desastre no te imponen su ley
y los tratas lo mismo como dos impostores.
Si puedes soportan que tu frase sincera
sea trampa de necios en boca de malvados.
O mirar hecha trizas tu adora quimera
y tornar a forjarla con útiles mellados.
Si todas tu ganancias poniendo en un montón
las arriesgas osado en un golpe de azar
y las pierdes, y luego con bravo corazón
sin hablar de tus perdidas, vuelves a comenzar.
Si puedes mantener en la ruda pelea
alerta el pensamiento y el músculo tirante
para emplearlo cuando en ti todo flaquea
menos la voluntad que te dice adelante.
Si entre la turba das a la virtud abrigo
Si no pueden herirte ni amigo ni enemigo
Si marchando con reyes del orgullo has triunfado
Si eres bueno con todos pero no demasiado
Si puedes llenar el preciso minuto
en sesenta segundos de un esfuerzo supremo
tuya es la tierra y todo lo que en ella habita
y lo que es más serás hombre hijo mío.
(Rudyard Kipling)
Solo puedo mandarte esto a cambio, no se me ocurre nada mejor.
Comentario:
Muy bello, muy sentido. Yo te dejo otro naufragio extraño. Un beso Hell.
De su mano recorrí miles de veces el mar y en su mirada encontraba las perlas de mi consuelo. Vimos amanecer tantas veces que al cerrar los ojos no imaginaba otra expresión de la naturaleza. No hay soledad triste, sino mal acompañada. Y por eso me llevaban los vientos mar adentro y una vez exprimida la vida me devolvían a la orilla, como si quisieran entretenerse con mis dudas, como si todo reproche me devolviera al punto de partida.
Dame la mano... esa no, la otra,
la del tiempo infinito,
la que menea el vasto mar para despejarlo,
la de los amaneceres seguidos
y las cuerdas imaginarias
del contagio de la vida.
Dame la mano,
como si tuvieras que arrastrarme contigo
y todo pudiera acabar por sucedernos.
Me oía y me retorcía los dedos, como queriendo explicarme que no se retiene la espuma salada por mucho que las manos la estrujen. Me explicaba que en el mundo solo lo que se cuela entre los dedos es necesario, pero tal como la inexplicable querencia lo trae, así ha de llevárselo, para que no sufra. El mérito esta en conseguir tocarlo, pues la posesión troca el oleaje y lo desmanda de su azar, haciéndolo entonces razonado y de un uso servil y nada salvaje.
Al punto me arrebataba la mano y al punto miraba el reflejo rayado del sol propuesto por el día. Se le escapan a borbotones las envidias y yo no me cansaba de contemplar las aguas brillantes que se reflejaban en sus ojos dormidos.
En los destinos porteños se le amarraban las dichas y los rostros acusaban en si mismos la sorpresa de conocer sus ojos y saborear el gusto de sus salados dedos con la vista. En el mar de mares no se conocía mayor empresa que reflotar el barco donde transitaban los equipajes.
Dígame usted, ¿Qué perdió en el naufragio?
La dignidad, decía uno
La valentía, decía otro
La esclavitud, me dije yo.
A cambio encontré una mano
que se cuela entre los dedos
y me hace nacer a la mar
cada mañana.
Cuando se empeñaba la tempestad en deshacer el mar en neurasténicos jirones, salíamos a la cubierta y nos dejábamos arrasar por su violencia solo por sentirnos parte del viento. Entonces me daba la mano y me hacia chasquidos de silencio y me recitaba unos versos de mar y después callaba. Nos sentíamos entonces, parte de un universo vivo y nacía a nuestras almas la esperanza de creer que viven entre nosotros otras fuerzas incomprendidas, a las que no se puede manejar. Pero a las que es fácil sobrevivir si estas de su parte.
Todo lo que perdí en el naufragio es nada
comparado con la eterna paradoja
que me toca soñar cada amanecer.
De su mano recorrí miles de veces el mar y en su mirada encontraba las perlas de mi consuelo. Vimos amanecer tantas veces que al cerrar los ojos no imaginaba otra expresión de la naturaleza. No hay soledad triste, sino mal acompañada. Y por eso me llevaban los vientos mar adentro y una vez exprimida la vida me devolvían a la orilla, como si quisieran entretenerse con mis dudas, como si todo reproche me devolviera al punto de partida.
Dame la mano... esa no, la otra,
la del tiempo infinito,
la que menea el vasto mar para despejarlo,
la de los amaneceres seguidos
y las cuerdas imaginarias
del contagio de la vida.
Dame la mano,
como si tuvieras que arrastrarme contigo
y todo pudiera acabar por sucedernos.
Me oía y me retorcía los dedos, como queriendo explicarme que no se retiene la espuma salada por mucho que las manos la estrujen. Me explicaba que en el mundo solo lo que se cuela entre los dedos es necesario, pero tal como la inexplicable querencia lo trae, así ha de llevárselo, para que no sufra. El mérito esta en conseguir tocarlo, pues la posesión troca el oleaje y lo desmanda de su azar, haciéndolo entonces razonado y de un uso servil y nada salvaje.
Al punto me arrebataba la mano y al punto miraba el reflejo rayado del sol propuesto por el día. Se le escapan a borbotones las envidias y yo no me cansaba de contemplar las aguas brillantes que se reflejaban en sus ojos dormidos.
En los destinos porteños se le amarraban las dichas y los rostros acusaban en si mismos la sorpresa de conocer sus ojos y saborear el gusto de sus salados dedos con la vista. En el mar de mares no se conocía mayor empresa que reflotar el barco donde transitaban los equipajes.
Dígame usted, ¿Qué perdió en el naufragio?
La dignidad, decía uno
La valentía, decía otro
La esclavitud, me dije yo.
A cambio encontré una mano
que se cuela entre los dedos
y me hace nacer a la mar
cada mañana.
Cuando se empeñaba la tempestad en deshacer el mar en neurasténicos jirones, salíamos a la cubierta y nos dejábamos arrasar por su violencia solo por sentirnos parte del viento. Entonces me daba la mano y me hacia chasquidos de silencio y me recitaba unos versos de mar y después callaba. Nos sentíamos entonces, parte de un universo vivo y nacía a nuestras almas la esperanza de creer que viven entre nosotros otras fuerzas incomprendidas, a las que no se puede manejar. Pero a las que es fácil sobrevivir si estas de su parte.
Todo lo que perdí en el naufragio es nada
comparado con la eterna paradoja
que me toca soñar cada amanecer.
Comentario:
Es un post muy hermoso. Tal vez porque es un post muy duro...
un beso
un beso