Vivir es más que respirar

El Diurnal de JAI
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La vida es lo más importante que Dios nos da y el tesoro más preciado que poseemos. No es nada absurdo por ello poner en su defensa, y en todas las fases de la misma, lo mejor de nuestros esfuerzos. Y hacerlo, además, en unos tiempos en los que el número de abortos aumenta de forma muy preocupante, siguen existiendo pueblos entre cuyas leyes existe la pena de muerte o el final de la existencia ante la enfermedad irreversible se toma con cierta ligereza, no deja de ser una exigencia propia de la humanización de la sociedad junto con una de las claves fundamentales de la moral cristiana el poner todos los esfuerzos en su defensa. Una defensa, además, que siempre debe de ir acompañada de una reflexión, de una meditación más amplia sobre lo que, en realidad, la vida significa.
Vivir es algo más que respirar y cumplir con una serie de funciones corporales que aseguran la subsistencia. Si nos preguntasen qué en lo más importante de la vida tendríamos ante nosotros todo un elenco de respuestas de lo más variopinto en lo que, sobre todo, intervendría el juicio personal sobre aquellas cosas a las que le damos más importancia.
Para unos lo más importante puede que sea la felicidad, para otros el poder disfrutar de un trabajo estable, lo que antes se decía “sentirse realizado como persona”, el disponer de medios económicos suficientes para vivir sin estrecheces y así muchas cosas más.
Aunque todo eso sea muy importante yo creo que lo más importante de la vida no es sólo lo que podamos hacer de ella sino las personas que la configuran. Las personas con las que te encuentras a lo largo de toda tu historia y que, por un lado, van modelando lo que uno mismo es y, por otro, constituyen la vida propia ya que sin ellos la vida sería otra y muy diferente.
A la hora pues de defender la vida es importante hacerla desde una determinada concepción de la misma. La vida es construir desde los acontecimientos una existencia que nos haga disfrutar de lo que Dios pone en nuestras manos. Y de todo ello, lo más importante de al creación son aquellas personas con las que hacemos y compartimos la vida.
Cuando alguien tiene serias dificultades para encontrar sentido a la vida o a continuar con ella cuando sabe que va a estar marcada por el dolor o el sufrimiento, la pregunta ¿vivir para qué? no puede quedarse sólo con una respuesta prefigurada y modelo estándar. El para qué de la vida de cada uno suele escribirse en tercera persona y suele siempre depender de la necesidad de las personas que nos rodean tienen de nosotros. Nuestra vida adquiere valor siempre en la medida en la que la ponemos en relación con las otras y rompemos en egoísmo de conformarnos con respirar, trabajar, comer y disfrutar los días de descanso.
Hoy nos hemos puesto filosóficos pero no deja de ser un hecho que cada vez hay más personas necesitadas de encontrar sentido a su existencia y , a su vez, van siendo más necesarias personas que ayuden a ello. Al final también vamos a encontrarnos con la gran respuesta: ese poner nuestra vida en relación con los demás no deja de ser una forma de abrirla a Dios que es la desembocadura final de toda nuestra trayectoria vital.
“Que ame a los seres este día,
que a todo trance ame la luz,
que ame mi gozo y mi agonía,
que ame el amor y ame la cruz” (Himno de Laudes)