El grito de los jóvenes
La Nueva España
JOSÉ MARÍA DÍAZ BARDALES
El martes pasado, día de San Antonio, el obispo de Padua decía del santo patrono que fue evangélicamente sensible a las condiciones de vida del pueblo, cercano a los sufrimientos y a los dramas de los hombres y mujeres de su tiempo; pensando en la vida del pueblo se hizo eco del fenómeno de las reuniones juveniles en determinadas plazas o zonas de nuestros pueblos y ciudades, «el movimiento juvenil está lanzando un mensaje que no se puede desatender», más allá de salidas de tono, encontrarse en la plaza expresa el deseo de vivir, la búsqueda de libertad, el deseo de amistad, de ser protagonistas y no un número en las calculadoras del mundo.
Los jóvenes de las plazas y de la noche de botellón constituyen el grito de una generación que no encuentra alimento para saciar su hambre y su sed, que busca de modo espasmódico una plenitud de vida, de amor y de gozo; es una denuncia a la vez que el eficientísimo y el tecnologismo deja de lado la verdad del sentido de la existencia humana y nuestra sociedad informática, que dilata la comunicación virtual, entumece la real e interpersonal. Dice el Obispo: «No podemos no escuchar el grito de estos hermanos nuestros más jóvenes».
¿Qué podemos hacer?, nos preguntamos muchos. Propone el Obispo la pedagogía siempre actual de Emaús, la de la compañía y el camino: estar junto a los jóvenes, escuchar su malestar, sus expectativas y su esperanza, acoger la novedad de vida que llevan dentro, hacerse cargo de sus dramas y de sus sueños; salir al encuentro de estos jóvenes allí donde se dan cita; ponerse a la escucha y, eventualmente, ofrecer alternativas sanas de animación y diversión. Allí junto a ellos salir al encuentro de sus necesidades concretas, acoger, transmitir valores, mostrar un rostro diferente de la comunidad civil y de la Iglesia. Esa pedagogía tiene que llevar a hacernos sus compañeros de viaje y a caminar con ellos. En esta línea nació aquí el admirable movimiento Abierto hasta el Amanecer.
Este signo y grito juvenil interpela a las familias, los centros educativos, las universidades, las parroquias, las sociedades de deportes, etcétera. Este desafío debería provocar una respuesta especial de los jóvenes cristianos, entre los que incluyo a los jóvenes sacerdotes, ellos saben por experiencia que encontrarse con Jesús y su Evangelio puede ser una referencia para la solución de los problemas de los jóvenes.
En el camino de Emaús, Jesús se acercó a los que iban desilusionados por el camino, buscando evasión, les preguntó por el motivo de su tristeza, les habló de valores y les animó a vivirlos; al principio sintieron entusiasmo por sus palabras, pero cuando lo reconocieron, «al partir el pan», todo cambió para ellos.
José María Díaz Bardales es párroco de Nuestra Señora de Fátima, en La Calzada.
JOSÉ MARÍA DÍAZ BARDALES
El martes pasado, día de San Antonio, el obispo de Padua decía del santo patrono que fue evangélicamente sensible a las condiciones de vida del pueblo, cercano a los sufrimientos y a los dramas de los hombres y mujeres de su tiempo; pensando en la vida del pueblo se hizo eco del fenómeno de las reuniones juveniles en determinadas plazas o zonas de nuestros pueblos y ciudades, «el movimiento juvenil está lanzando un mensaje que no se puede desatender», más allá de salidas de tono, encontrarse en la plaza expresa el deseo de vivir, la búsqueda de libertad, el deseo de amistad, de ser protagonistas y no un número en las calculadoras del mundo.
Los jóvenes de las plazas y de la noche de botellón constituyen el grito de una generación que no encuentra alimento para saciar su hambre y su sed, que busca de modo espasmódico una plenitud de vida, de amor y de gozo; es una denuncia a la vez que el eficientísimo y el tecnologismo deja de lado la verdad del sentido de la existencia humana y nuestra sociedad informática, que dilata la comunicación virtual, entumece la real e interpersonal. Dice el Obispo: «No podemos no escuchar el grito de estos hermanos nuestros más jóvenes».
¿Qué podemos hacer?, nos preguntamos muchos. Propone el Obispo la pedagogía siempre actual de Emaús, la de la compañía y el camino: estar junto a los jóvenes, escuchar su malestar, sus expectativas y su esperanza, acoger la novedad de vida que llevan dentro, hacerse cargo de sus dramas y de sus sueños; salir al encuentro de estos jóvenes allí donde se dan cita; ponerse a la escucha y, eventualmente, ofrecer alternativas sanas de animación y diversión. Allí junto a ellos salir al encuentro de sus necesidades concretas, acoger, transmitir valores, mostrar un rostro diferente de la comunidad civil y de la Iglesia. Esa pedagogía tiene que llevar a hacernos sus compañeros de viaje y a caminar con ellos. En esta línea nació aquí el admirable movimiento Abierto hasta el Amanecer.
Este signo y grito juvenil interpela a las familias, los centros educativos, las universidades, las parroquias, las sociedades de deportes, etcétera. Este desafío debería provocar una respuesta especial de los jóvenes cristianos, entre los que incluyo a los jóvenes sacerdotes, ellos saben por experiencia que encontrarse con Jesús y su Evangelio puede ser una referencia para la solución de los problemas de los jóvenes.
En el camino de Emaús, Jesús se acercó a los que iban desilusionados por el camino, buscando evasión, les preguntó por el motivo de su tristeza, les habló de valores y les animó a vivirlos; al principio sintieron entusiasmo por sus palabras, pero cuando lo reconocieron, «al partir el pan», todo cambió para ellos.
José María Díaz Bardales es párroco de Nuestra Señora de Fátima, en La Calzada.