La huella avilesina del obispo de Guayaquil
La Nueva España
Aníbal Nieto, el asturiano nombrado prelado auxiliar de una archidiócesis de Ecuador por Benedicto XVI, repasa emocionado sus vivencias infantiles en Villalegre y Llaranes
Amaya P. GIÓN
Aníbal Nieto cuelga el teléfono, entorna los ojos y, de pronto, le parece que en su despacho de Guayaquil (Ecuador), a casi 9.000 kilómetros de Avilés, escucha las olas acariciando la playa de San Balandrán, las atracciones de Las Meanas en fiestas y el repicar de las campanas de la iglesia de Villalegre. Y casi quisiera volver al campo de La Carbonilla a darle patadas al balón con aquel «guaje» de los Salesianos llamado Enrique Castro, Quini.
Nieto, el avilesino de 57 años que el próximo 22 de julio será investido como obispo auxiliar de la archidiócesis ecuatoriana de Guayaquil, no puede evitar emocionarse al recordar el Avilés de hace medio siglo, aquel en el que vivía y que lleva grabado a fuego en su corazón. «Como puede comprender, brotaron algunas lágrimas», reconoce al releer sus primeras declaraciones a este diario, después de conocerse su nombramiento.
La infancia de Aníbal Nieto es, también, la de otros muchos; la de tantos niños que dejaron su tierra natal para acompañar a sus padres en la aventura por hallar un horizonte próspero atraídos por la floreciente Ensidesa. Los padres del futuro obispo de Guayaquil empaquetaron esperanzas y recuerdos y dejaron atrás Fermosella, en Zamora, para rehacer la vida en el Avilés industrial de mediados del siglo XX, a la sombra de la imponente Fabricona. El misionero carmelita fue uno de aquellos niños «coreanos» y ahora, después de vivir más de treinta años en Ecuador, considera Avilés su otra patria, un lugar de recuerdos imborrables.
«Avilés era una villa muy tranquila», recuerda el futuro obispo. Primero sus padres se asentaron en la localidad corverana de Los Campos y luego se trasladaron a Llaranes y Villalegre. El pequeño Aníbal, el segundo de cuatro hermanos, inicia sus estudios de Primaria en el Colegio Salesiano, en Llaranes. Aníbal y su hermano Abel formaron parte del coro escolar. «Íbamos con los Salesianos a cantar por distintos lugares de Avilés; siempre fui muy aficionado a la música. Entonces el director del colegio era don Agustín, alguien a quien recuerdo muy bien porque era muy recto», relata.
Pero, además de la música, su otra gran pasión era el fútbol. «En los Salesianos fui compañero de Quini, el que luego fue gran jugador del Sporting de Gijón, y de su hermano Jesús Castro, que falleció joven. Jugábamos al fútbol después de las clases en el Colegio Salesiano. Recuerdo perfectamente el campo de Llaranes», cuenta desde Ecuador, «y animaba al Ensidesa cuando estaba en Tercera División, en el que también jugaba aquel jovencísimo Quini».
Ante el Sagrado Corazón de la iglesia de Villalegre decidió hacerse sacerdote
Las estampas avilesinas afloran en la mente del padre Aníbal Nieto, igual que en un viaje a través del tiempo. Muchas de ellas delatan su ya temprana vocación eclesiástica: «Mis padres, Abel y Consuelo, nos llevaban en numerosas ocasiones a la ermita de La Luz, una pequeña capilla desde donde se divisaba todo Avilés y desde la que contemplábamos cómo chorreaba de las famosas chimeneas de Ensidesa el humo que se cernía sobre la villa, arrojando el hollín que la contaminaba». Nieto, al igual que sus compañeros de colegio, asistía a misa todos los domingos y festivos a la iglesia del centro, donde los Padres Salesianos pasaban lista.
Quien en Guayaquil recibía el apelativo cariñoso de «el Padrecito» también acudía con su familia a la iglesia de San Nicolás, que en sus orígenes fue convento de la comunidad franciscana: «Entonces el párroco era don Ángel, que era muy conocido y querido por sus feligreses», cuenta. Pero uno de sus lugares favoritos era la iglesia de los Padres Franciscanos, el edificio avilesino más antiguo conservado (siglos XII y XIII) hasta la fecha: «Veía a los frailes con su hábito de San Francisco y me parecían muy serios. Recuerdo que iba a confesarse mucha gente. Esa placita junto a la iglesia, con la calle que la atraviesa, era muy sobria, con muchos bares. Después de misa paseaba con mis padres y hermanos viendo los escaparates».
Fue precisamente en Avilés donde afloró la vocación religiosa del nuevo prelado de la Iglesia ecuatoriana cuando tan sólo era un niño de unos 8 años. Ocurría, recuerda, frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús de la iglesia de Villalegre. Allí Aníbal Nieto decidió su futuro: convertirse en sacerdote. «Fui monaguillo en esa iglesia. Y, claro, a veces me bebía el vino de la consagración y me encaramaba en el campanario», narra sonriente.
Lleva en el recuerdo a don Fausto, que durante muchos años estuvo al frente de esa parroquia. «Fue un famoso sacerdote bueno y santo que me dio la primera comunión y nos invitaba a los monaguillos a tomar chocolate», relata el hoy obispo.
En aquel Avilés perenne en la memoria su compañero de andanzas y travesuras era su hermano Abel Nieto. Juntos recogían chatarra en los alrededores de las vías del tren. Luego la vendían por un duro e invertían las ganancias en comprar chucherías. También juntos, confiesan ahora, robaban manzanas por los campos de Villalegre. Y recuerda emocionado los paseos con su padre, Abel Nieto, para recoger cangrejos en la playa de San Balandrán.
Con nostalgia Aníbal Nieto narra cómo acompañaba a su padre a la rula para observar las subastas. «Íbamos a menudo a ver cómo se vendía el pescado y me encantaba ver la llegada de los barquitos. Allí comprábamos, ya que por aquel entonces era muy barato, sobre todo el atún y las sardinas», relata.
Los recuerdos ya casi invaden la habitación de Guayaquil. Y el padre Nieto vuelve a ver el Avilés en que corría de niño, hace medio siglo. Y le parece oír el tranvía eléctrico circulando desde Villalegre a La Cámara, tras pasar por todo Rivero. Y vuelven las romerías de Las Meanas, con los populares caballitos y los «carros de choque» en los que tanto se divertía el niño Aníbal. Y el tiempo se hace infinito en los largos paseos de Llaranes a Avilés. Y se encienden las mejillas en la Cabalgata de la víspera de Reyes, en la que el hoy obispo se lanzaba junto a cientos de niños para conseguir el mayor número de caramelos. Y ya es la mañana siguiente, con la ilusión acelerándole el pulso esperando los regalos en la plaza de Llaranes.
A sus 57 años el obispo no olvida su infancia, probablemente muy similar a la de miles de niños que se instalaron en Avilés procedentes de otros puntos de España para hacer su vida en torno a la gran siderúrgica pública. Avilés fue donde encontró su vocación, y ésta le condujo a tierras ecuatorianas que ya siente como suyas y a las que, dice, quiere entregar su vida. Aníbal Nieto sabe que su futuro está en Guayaquil, pero su pasado residirá para siempre en Avilés, mimado en su corazón. Aquí, al otro lado de ese océano salado, igual que las lágrimas que se esfuerza por contener.
Aníbal Nieto, el asturiano nombrado prelado auxiliar de una archidiócesis de Ecuador por Benedicto XVI, repasa emocionado sus vivencias infantiles en Villalegre y Llaranes
Amaya P. GIÓN
Aníbal Nieto cuelga el teléfono, entorna los ojos y, de pronto, le parece que en su despacho de Guayaquil (Ecuador), a casi 9.000 kilómetros de Avilés, escucha las olas acariciando la playa de San Balandrán, las atracciones de Las Meanas en fiestas y el repicar de las campanas de la iglesia de Villalegre. Y casi quisiera volver al campo de La Carbonilla a darle patadas al balón con aquel «guaje» de los Salesianos llamado Enrique Castro, Quini.
Nieto, el avilesino de 57 años que el próximo 22 de julio será investido como obispo auxiliar de la archidiócesis ecuatoriana de Guayaquil, no puede evitar emocionarse al recordar el Avilés de hace medio siglo, aquel en el que vivía y que lleva grabado a fuego en su corazón. «Como puede comprender, brotaron algunas lágrimas», reconoce al releer sus primeras declaraciones a este diario, después de conocerse su nombramiento.
La infancia de Aníbal Nieto es, también, la de otros muchos; la de tantos niños que dejaron su tierra natal para acompañar a sus padres en la aventura por hallar un horizonte próspero atraídos por la floreciente Ensidesa. Los padres del futuro obispo de Guayaquil empaquetaron esperanzas y recuerdos y dejaron atrás Fermosella, en Zamora, para rehacer la vida en el Avilés industrial de mediados del siglo XX, a la sombra de la imponente Fabricona. El misionero carmelita fue uno de aquellos niños «coreanos» y ahora, después de vivir más de treinta años en Ecuador, considera Avilés su otra patria, un lugar de recuerdos imborrables.
«Avilés era una villa muy tranquila», recuerda el futuro obispo. Primero sus padres se asentaron en la localidad corverana de Los Campos y luego se trasladaron a Llaranes y Villalegre. El pequeño Aníbal, el segundo de cuatro hermanos, inicia sus estudios de Primaria en el Colegio Salesiano, en Llaranes. Aníbal y su hermano Abel formaron parte del coro escolar. «Íbamos con los Salesianos a cantar por distintos lugares de Avilés; siempre fui muy aficionado a la música. Entonces el director del colegio era don Agustín, alguien a quien recuerdo muy bien porque era muy recto», relata.
Pero, además de la música, su otra gran pasión era el fútbol. «En los Salesianos fui compañero de Quini, el que luego fue gran jugador del Sporting de Gijón, y de su hermano Jesús Castro, que falleció joven. Jugábamos al fútbol después de las clases en el Colegio Salesiano. Recuerdo perfectamente el campo de Llaranes», cuenta desde Ecuador, «y animaba al Ensidesa cuando estaba en Tercera División, en el que también jugaba aquel jovencísimo Quini».
Ante el Sagrado Corazón de la iglesia de Villalegre decidió hacerse sacerdote
Las estampas avilesinas afloran en la mente del padre Aníbal Nieto, igual que en un viaje a través del tiempo. Muchas de ellas delatan su ya temprana vocación eclesiástica: «Mis padres, Abel y Consuelo, nos llevaban en numerosas ocasiones a la ermita de La Luz, una pequeña capilla desde donde se divisaba todo Avilés y desde la que contemplábamos cómo chorreaba de las famosas chimeneas de Ensidesa el humo que se cernía sobre la villa, arrojando el hollín que la contaminaba». Nieto, al igual que sus compañeros de colegio, asistía a misa todos los domingos y festivos a la iglesia del centro, donde los Padres Salesianos pasaban lista.
Quien en Guayaquil recibía el apelativo cariñoso de «el Padrecito» también acudía con su familia a la iglesia de San Nicolás, que en sus orígenes fue convento de la comunidad franciscana: «Entonces el párroco era don Ángel, que era muy conocido y querido por sus feligreses», cuenta. Pero uno de sus lugares favoritos era la iglesia de los Padres Franciscanos, el edificio avilesino más antiguo conservado (siglos XII y XIII) hasta la fecha: «Veía a los frailes con su hábito de San Francisco y me parecían muy serios. Recuerdo que iba a confesarse mucha gente. Esa placita junto a la iglesia, con la calle que la atraviesa, era muy sobria, con muchos bares. Después de misa paseaba con mis padres y hermanos viendo los escaparates».
Fue precisamente en Avilés donde afloró la vocación religiosa del nuevo prelado de la Iglesia ecuatoriana cuando tan sólo era un niño de unos 8 años. Ocurría, recuerda, frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús de la iglesia de Villalegre. Allí Aníbal Nieto decidió su futuro: convertirse en sacerdote. «Fui monaguillo en esa iglesia. Y, claro, a veces me bebía el vino de la consagración y me encaramaba en el campanario», narra sonriente.
Lleva en el recuerdo a don Fausto, que durante muchos años estuvo al frente de esa parroquia. «Fue un famoso sacerdote bueno y santo que me dio la primera comunión y nos invitaba a los monaguillos a tomar chocolate», relata el hoy obispo.
En aquel Avilés perenne en la memoria su compañero de andanzas y travesuras era su hermano Abel Nieto. Juntos recogían chatarra en los alrededores de las vías del tren. Luego la vendían por un duro e invertían las ganancias en comprar chucherías. También juntos, confiesan ahora, robaban manzanas por los campos de Villalegre. Y recuerda emocionado los paseos con su padre, Abel Nieto, para recoger cangrejos en la playa de San Balandrán.
Con nostalgia Aníbal Nieto narra cómo acompañaba a su padre a la rula para observar las subastas. «Íbamos a menudo a ver cómo se vendía el pescado y me encantaba ver la llegada de los barquitos. Allí comprábamos, ya que por aquel entonces era muy barato, sobre todo el atún y las sardinas», relata.
Los recuerdos ya casi invaden la habitación de Guayaquil. Y el padre Nieto vuelve a ver el Avilés en que corría de niño, hace medio siglo. Y le parece oír el tranvía eléctrico circulando desde Villalegre a La Cámara, tras pasar por todo Rivero. Y vuelven las romerías de Las Meanas, con los populares caballitos y los «carros de choque» en los que tanto se divertía el niño Aníbal. Y el tiempo se hace infinito en los largos paseos de Llaranes a Avilés. Y se encienden las mejillas en la Cabalgata de la víspera de Reyes, en la que el hoy obispo se lanzaba junto a cientos de niños para conseguir el mayor número de caramelos. Y ya es la mañana siguiente, con la ilusión acelerándole el pulso esperando los regalos en la plaza de Llaranes.
A sus 57 años el obispo no olvida su infancia, probablemente muy similar a la de miles de niños que se instalaron en Avilés procedentes de otros puntos de España para hacer su vida en torno a la gran siderúrgica pública. Avilés fue donde encontró su vocación, y ésta le condujo a tierras ecuatorianas que ya siente como suyas y a las que, dice, quiere entregar su vida. Aníbal Nieto sabe que su futuro está en Guayaquil, pero su pasado residirá para siempre en Avilés, mimado en su corazón. Aquí, al otro lado de ese océano salado, igual que las lágrimas que se esfuerza por contener.