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Música para Psicocamaleones
Resumen de opiniones y compendio de artículos musicales y literarios de JUANFRAN MOLINA
Sindicación
 
MIGALA “ALTOS DE DEFENSAS”
La escucha de Migala, como hemos apuntado siempre desde estas páginas, es una experiencia a medio o largo plazo apacible, a la vez que inquietante para los sentidos. A medio o largo plazo digo, porque la primera escucha nos lleva a terrenos previsibles y trillados: desde el sonido fronterizo, al country evocador, al lirismo de los arreglos de cuerda o los samples. Para colmo, lo que en “Diciembre 3 a.m.”(Acuarela, 97) fue sorpresa y punto y aparte dentro del panorama nacional, ya ha dejado de serlo. Con “Así duele un verano” (Acuarela, 99), la cosa se fue centrando, y los afanes rupturistas se fueron sepultando, siendo sustituidos por una sosegada exploración de posibilidades. Y desde ese sedimento acumulado trabajan ahora, dando por sentado que todo el mundo sabe como suena Migala y qué derroteros pueden seguir. La recreación de un sonido ante todo hermoso y rico, en este caso; contando con la ayuda cómplice de Nacho Vegas o el Belmonte de Sr. Chinarro, entre otros.



Este trabajo suena claro, fluyente y con más cromatismo que los anteriores, así sucede en las iniciales “Primera parada” y “El caballo del malo”, sabor fronterizo y mejicano, sutil y profundo; sintiendo una melancolía que viaja en las guitarras reverberadas, el acordeón, las percusiones. Sabor cinematográfico puro y evidente como una celebración; como la evocación vía Tom Waits de “Fortune´s show of our last”: frases lapidarias, sobriedad y desazón, con ese fragor de fondo con que acompañan sus composiciones, forzándonos a conocer el lado punzante, su desdoblamiento asfixiante. El trabajo de Migala tantea todas las fibras emocionales del country, de la canción del lamento reseco, ellos despliegan un estimulante abanico de sonoridades jugosas de las que aún no son dueños, y nos declaran testigos de su propia búsqueda. Quizás por ello sean post-rock, porque acaban por superar el concepto inicial, dejándose llevar en desarrollos instrumentales, deambulando dentro de su propio mundo de introspección. Nombrando canción a cada conjunto de sensaciones firmes que logra emerger de ese poso cada vez más propio que es su bagaje. Sampleando coplas, restallar de cristales o manejando silencios. Un decir y no decir que se convierte en fuente de evocaciones y reflexiones como “Our times of disaster”, delicada, a pesar de las interferencias de viejos blues y de diálogos de películas (algo tan común en ellos); el lirismo casi lacerante y la pesada quietud de “La espera”; o la magnitud de “The guilt” uno de los momentos puntuales del disco. Piezas vivas, recreaciones de ambientes que dotan de vida a unos textos taciturnos, crípticos. Los despiertan, como los recitados en español (curiosa novedad) en “La noche”, en la que el ambiente envuelve insistente y cegador; o “Principios de agosto” sencilla y brillante. Mi favorita, sin embargo, es “Suburbian empty movie theatre”; a lo mejor es que no estoy dispuesto a sufrir demasiado y por eso caigo rendido ante esta canción maravillosa, inspirada desde su inicio con esa sucesión de notas tan inolvidables como añosas y certeras, que rompen en ritmo fronterizo junto a unos coros que la terminan convirtiendo en algo luminoso. JUANFRAN MOLINA.

MIGALA “Arde”(Acuarela, 2.000)

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA "EL BATRACIO AMARILLO" EN MARZO DE 2.001
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