“DYLAN: DE DULUTH A MOTRIL”
BOB DYLAN+AMARAL
DIRECTO, ESTADIO ESCRIBANO CASTILLA DE MOTRIL (GRANADA)
10 DE JULIO DE 2.004
Es extraño tener a Bob Dylan a diez minutos a pie desde casa, acostumbrado a todo tipo de vehículos para la inmensa mayoría de los conciertos a los que asisto. Durante el trayecto pensé en ese tipo extraño y enigmático del que se aseguraba que no llegaría casi a pisar suelo motrileño, pero al que no sería imposible encontrarse husmeando solitario por la calleja de al lado. Un nombre famoso, leyenda polvorienta para el común de los mortales; pero capaz de meter a casi ocho mil personas a 35 euros anticipada en una ciudad poco dada a conciertos de rock. Capaz de movilizar a políticos de toda ralea (a algunos sólo les faltaba la banda), intelectuales o así, provincianos influyentes; de empujar al alcalde a aparecer embutido en una apretada camiseta negra de manga corta. Nadie sabe cómo acercarse a Dylan, nadie sabe quién o qué es exactamente. Quizá su leyenda consista en la foto de un rostro afilado con un matorral de pelo, unido a una armónica con soporte y una guitarra acústica; y el sonido de fondo de unas cuantas canciones que pertenecen a la memoria colectiva de casi todos. Una celebridad huidiza que no aparece en las listas de éxitos, ni en la televisión, ni en causas humanitarias, ni en actos sociales. Un signo de interrogación a pesar de cuarenta y tres años de carrera, cientos de canciones y conciertos, millones de discos vendidos. Un tipo de otra época que sigue inquietantemente presente, como una última palabra por decir. Alguien que consigue que para medio pueblo sea obligado estar allí.
Al llegar, la cola de gente es abrumadora pero ordenada. Una vez dentro las cámaras requisadas ocupan un rincón importante (totalmente prohibido grabar, fotografiar o filmar en toda la gira). Ya estoy dentro del “Never Ending Tour”, ese pulso al tiempo que Dylan inició en 1.988. Aún es pleno día cuando aparece Eva Amaral, su compañero de banda se ha lesionado y ha decidido tocar sola con su guitarra acústica; su vestido rojo colisiona efusivamente con el verde del césped, y ella trata de amenizar la espera. Es de esas ocasiones en que la presencia de telonero se me antoja más absurda. No es su público, casi nadie observa, pero ella interpreta, con la presencia y sobriedad de la estimable cantante que es, algunos temas propios y una versión de “Universal” de Lagartija Nick, un tema en el que se cita a Dylan, y que la maña ya tocaba en sus inicios. Se va y la espera continúa.

Luces fuera y una voz en off anuncia a Bob Dylan (me parecen una gilipollez ese tipo de presentaciones tan del show-bussiness americano, con B.B. King pasó igual semanas atrás, pero aún más exagerado). Sale la banda: chaquetas oscuras, presencia adusta; Bob, de negro y con sombrero vaquero, se coloca ante un teclado que ya no abandonará y que sólo compartirá con la armónica. Abren animosos con “Maggie´s Farm”. La banda suena ágil, sobria, potente pero contenida; sin individualismos que alteren la inmediatez ni el equilibrio del conjunto. Cero a la galería. Un sonido que desde el principio me pareció auténtico pero lejano, de músicos sobrados, de contrato cumplido. Efectivo country blues, electricidad crujiente de trazo firme que no invita a pensar en aquel Dylan imprevisible en escena. El contrabajo sustituye al bajo eléctrico en los momentos más vibrantes y jazzys, ondulando el sonido; las dos guitarras eléctricas se alternan con acústica y un Pedal Steel del que llegan pocas noticias. La voz de Bob Dylan ajada y aguardentosa por momentos, bien modulada y con resquicios agudos de la nasalidad de siempre; era como una combinación del Dylan joven y el maduro. En algún momento me dediqué a observar a aquel adolescente de Duluth (Minnesota) tan prolijamente retratado por Howard Sounes en su celebrada biografía del artista: sentado, inclinado sobre el teclado, ¿qué pensaría mientras lanzaba sus textos al micrófono sin casi mirar al público?. Un concierto más, otra noche, otro conjuro de electricidad y música cargada de significado. Nos llama a presenciar su enfrentamiento diario con las canciones, con esa historia que siempre tiende a apergaminarse pero que él refresca manteniendo su repertorio candente y cambiante. “Cry Awhile” llega a mis oídos cómplice y cercana, ese blues con el paso cambiado que me recuerda siempre a Beefheart. Un tema de “Love and Theft”, su último disco de estudio y base del repertorio en esta apacible noche, con otros cortes como la jazzy “Moonlight”; una enérgica “Honest With Me”, o los vibrantes rockabillys “Tweedle Dee & Tweedle Dum” y “Summer Day”, que sonaron irresistibles y un punto elegantes, permitiendo a Bob sentirse por unos minutos su admirado Little Richard. “Highway 61 Revisited” les salió igualmente redonda e incendiaria, cortante con un Dylan aullador. “Positively 4th Street” me pareció el más sugerente de los tiempos medios que interpretó, la voz acompañó y devino cálido y suave. Por su parte, tanto la apocalíptica “A Hard Rain´s A-Gonna Fall” como “Not Dark Yet” (esa gran canción de “Time out of mind”), resultaron más graves y sinuosas en su intensidad.
Tras hora y pico de concierto, los músicos se colocaron de pie al borde del escenario para recibir los aplausos con quedos gestos de agradecimiento.
El bis se abrió con “Mr. Tambourine Man”, creo que aquí empezaron los mecheros; siguiéndole un “Like a Rolling Stone” algo más juguetón que el de siempre. Y Bob se decidió a hablar: se acercó al centro del escenario y presentó a la banda con la cabeza gacha y media sonrisa, haciendo gala de su sempiterna timidez; como un tipo al que las zarpas del destino sacan irremediablemente a la luz cada noche. Cogió dos de las flores que le habían lanzado sin saber que hacer con ellas, se planteó decir algo, pero prefirió largarse al teclado. Eran las doce en punto. Desde allí tocó un último tema, ese que deja la falsa ilusión de la espontaneidad, del guiño agradecido del músico. “All Along the Watchtower” surgió convincente, como si la guitarra solista la poseyera Neil Young. Otra vuelta de todos al centro del escenario y adiós. Luces, eso fue todo, la guitarra acústica no llegó a moverse de su posición inicial, tras su dueño. Aplausos, tímidas y descreídas peticiones, y silencio.
Al salir una funcionaria lamentaba el gasto, “casi no nos ha mirado”, “¿qué canciones eran ésas?”; un político se lamentaba de que sólo hubiese tocado canciones modernas, ante lo que un acompañante argumentó que los repertorios de esta gente están totalmente planificados y tocan en todas partes las mismas canciones. Pues eso. Poco a poco la realidad, que en algún sitio yacía doblada, fue tornando a su forma habitual mientras el rumor de la multitud se dispersaba; los vendedores de todo tipo de recuerdos rugían en un postrero intento de llamar la atención; y en alguna televisión vociferaba “Salsa Rosa”. Y yo aún en el “Never Ending Tour”. JUANFRAN MOLINA.
ARTÍCULO PUBLICADO EN “UNIVERSO POP” EN JULIO DE 2.004
DIRECTO, ESTADIO ESCRIBANO CASTILLA DE MOTRIL (GRANADA)
10 DE JULIO DE 2.004
Es extraño tener a Bob Dylan a diez minutos a pie desde casa, acostumbrado a todo tipo de vehículos para la inmensa mayoría de los conciertos a los que asisto. Durante el trayecto pensé en ese tipo extraño y enigmático del que se aseguraba que no llegaría casi a pisar suelo motrileño, pero al que no sería imposible encontrarse husmeando solitario por la calleja de al lado. Un nombre famoso, leyenda polvorienta para el común de los mortales; pero capaz de meter a casi ocho mil personas a 35 euros anticipada en una ciudad poco dada a conciertos de rock. Capaz de movilizar a políticos de toda ralea (a algunos sólo les faltaba la banda), intelectuales o así, provincianos influyentes; de empujar al alcalde a aparecer embutido en una apretada camiseta negra de manga corta. Nadie sabe cómo acercarse a Dylan, nadie sabe quién o qué es exactamente. Quizá su leyenda consista en la foto de un rostro afilado con un matorral de pelo, unido a una armónica con soporte y una guitarra acústica; y el sonido de fondo de unas cuantas canciones que pertenecen a la memoria colectiva de casi todos. Una celebridad huidiza que no aparece en las listas de éxitos, ni en la televisión, ni en causas humanitarias, ni en actos sociales. Un signo de interrogación a pesar de cuarenta y tres años de carrera, cientos de canciones y conciertos, millones de discos vendidos. Un tipo de otra época que sigue inquietantemente presente, como una última palabra por decir. Alguien que consigue que para medio pueblo sea obligado estar allí.
Al llegar, la cola de gente es abrumadora pero ordenada. Una vez dentro las cámaras requisadas ocupan un rincón importante (totalmente prohibido grabar, fotografiar o filmar en toda la gira). Ya estoy dentro del “Never Ending Tour”, ese pulso al tiempo que Dylan inició en 1.988. Aún es pleno día cuando aparece Eva Amaral, su compañero de banda se ha lesionado y ha decidido tocar sola con su guitarra acústica; su vestido rojo colisiona efusivamente con el verde del césped, y ella trata de amenizar la espera. Es de esas ocasiones en que la presencia de telonero se me antoja más absurda. No es su público, casi nadie observa, pero ella interpreta, con la presencia y sobriedad de la estimable cantante que es, algunos temas propios y una versión de “Universal” de Lagartija Nick, un tema en el que se cita a Dylan, y que la maña ya tocaba en sus inicios. Se va y la espera continúa.

Luces fuera y una voz en off anuncia a Bob Dylan (me parecen una gilipollez ese tipo de presentaciones tan del show-bussiness americano, con B.B. King pasó igual semanas atrás, pero aún más exagerado). Sale la banda: chaquetas oscuras, presencia adusta; Bob, de negro y con sombrero vaquero, se coloca ante un teclado que ya no abandonará y que sólo compartirá con la armónica. Abren animosos con “Maggie´s Farm”. La banda suena ágil, sobria, potente pero contenida; sin individualismos que alteren la inmediatez ni el equilibrio del conjunto. Cero a la galería. Un sonido que desde el principio me pareció auténtico pero lejano, de músicos sobrados, de contrato cumplido. Efectivo country blues, electricidad crujiente de trazo firme que no invita a pensar en aquel Dylan imprevisible en escena. El contrabajo sustituye al bajo eléctrico en los momentos más vibrantes y jazzys, ondulando el sonido; las dos guitarras eléctricas se alternan con acústica y un Pedal Steel del que llegan pocas noticias. La voz de Bob Dylan ajada y aguardentosa por momentos, bien modulada y con resquicios agudos de la nasalidad de siempre; era como una combinación del Dylan joven y el maduro. En algún momento me dediqué a observar a aquel adolescente de Duluth (Minnesota) tan prolijamente retratado por Howard Sounes en su celebrada biografía del artista: sentado, inclinado sobre el teclado, ¿qué pensaría mientras lanzaba sus textos al micrófono sin casi mirar al público?. Un concierto más, otra noche, otro conjuro de electricidad y música cargada de significado. Nos llama a presenciar su enfrentamiento diario con las canciones, con esa historia que siempre tiende a apergaminarse pero que él refresca manteniendo su repertorio candente y cambiante. “Cry Awhile” llega a mis oídos cómplice y cercana, ese blues con el paso cambiado que me recuerda siempre a Beefheart. Un tema de “Love and Theft”, su último disco de estudio y base del repertorio en esta apacible noche, con otros cortes como la jazzy “Moonlight”; una enérgica “Honest With Me”, o los vibrantes rockabillys “Tweedle Dee & Tweedle Dum” y “Summer Day”, que sonaron irresistibles y un punto elegantes, permitiendo a Bob sentirse por unos minutos su admirado Little Richard. “Highway 61 Revisited” les salió igualmente redonda e incendiaria, cortante con un Dylan aullador. “Positively 4th Street” me pareció el más sugerente de los tiempos medios que interpretó, la voz acompañó y devino cálido y suave. Por su parte, tanto la apocalíptica “A Hard Rain´s A-Gonna Fall” como “Not Dark Yet” (esa gran canción de “Time out of mind”), resultaron más graves y sinuosas en su intensidad.
Tras hora y pico de concierto, los músicos se colocaron de pie al borde del escenario para recibir los aplausos con quedos gestos de agradecimiento.
El bis se abrió con “Mr. Tambourine Man”, creo que aquí empezaron los mecheros; siguiéndole un “Like a Rolling Stone” algo más juguetón que el de siempre. Y Bob se decidió a hablar: se acercó al centro del escenario y presentó a la banda con la cabeza gacha y media sonrisa, haciendo gala de su sempiterna timidez; como un tipo al que las zarpas del destino sacan irremediablemente a la luz cada noche. Cogió dos de las flores que le habían lanzado sin saber que hacer con ellas, se planteó decir algo, pero prefirió largarse al teclado. Eran las doce en punto. Desde allí tocó un último tema, ese que deja la falsa ilusión de la espontaneidad, del guiño agradecido del músico. “All Along the Watchtower” surgió convincente, como si la guitarra solista la poseyera Neil Young. Otra vuelta de todos al centro del escenario y adiós. Luces, eso fue todo, la guitarra acústica no llegó a moverse de su posición inicial, tras su dueño. Aplausos, tímidas y descreídas peticiones, y silencio.
Al salir una funcionaria lamentaba el gasto, “casi no nos ha mirado”, “¿qué canciones eran ésas?”; un político se lamentaba de que sólo hubiese tocado canciones modernas, ante lo que un acompañante argumentó que los repertorios de esta gente están totalmente planificados y tocan en todas partes las mismas canciones. Pues eso. Poco a poco la realidad, que en algún sitio yacía doblada, fue tornando a su forma habitual mientras el rumor de la multitud se dispersaba; los vendedores de todo tipo de recuerdos rugían en un postrero intento de llamar la atención; y en alguna televisión vociferaba “Salsa Rosa”. Y yo aún en el “Never Ending Tour”. JUANFRAN MOLINA.
ARTÍCULO PUBLICADO EN “UNIVERSO POP” EN JULIO DE 2.004





