JOSÉ IGNACIO LAPIDO “LA CRUDA VERDAD”
“No sé por dónde empezar”, el tema que abre este trabajo, encierra muchas de sus constantes, el acento blues que nos recuerda una base sonora no demasiado evidente pero siempre presente, palpitante; la electricidad, necesaria para un tipo que se considera músico de rock; los ecos dylanianos que impregnan baladas y tiempos medios; y el sustrato pop que se vuelca en estribillos y coros, siempre inevitable y unos de los rasgos más acusados de la personalidad de las canciones. Momentos de urgencia cargada de pop y con recia presencia como “Nadie besa al perdedor” y su guiño de fondo al “Paint in black” stoniano. O la contundencia febril de “Noticias del infierno”, constreñido endurecimiento de los cincuenta dulcificado con los coros, representan su lado más directo. El pop salpica, vital y evocador en cortes con madera de clásicos como “Hasta desaparecer” con su esquemático riff de guitarra y redoble marcando el estribillo al modo de los clásicos, y sus resabios de Sugar en segundo plano; “Tiros”, el tema más corto, circulando además entre aromas sureños; o “Manzanas azules” concisión eléctrica entreverada de piano y órgano. Mientras, “Música celestial” combina a los Kinks con los Who, tanto como lo acústico y lo eléctrico. La psicodelia, que ya apareció en el tema “Pájaros” de su disco de debut, tiñe aquí la balada “Más de lo mismo”, tema elegido como primer single del elepé.

Los momentos más reposados atesoran las instrumentaciones más ricas, dentro de un conjunto caracterizado por un sonido mucho más expresivo que historiado; escueto, preciso y sobrio, como es su costumbre. Cimentando su brillantez en el poder de las composiciones. “Humo” parte de acústica que encuentra el apoyo de eléctricas que aúllan, hasta que se tocan, arraciman, solapan e intercambian, ante un sutil acompañamiento de órgano; y “El carrusel abandonado” es pura evocación entre sonoridades temblorosas. Regusto dylaniano éste que se concentra también en los últimos tres cortes. Baladas intensas que encierran nostalgias imprecisas, desencanto y confusión; una lírica cruda y certera al acometer la metáfora del tiempo perdido y el destino inmutable. Aquí Dylan ya se ha encontrado con The band, y los Rolling Stones acomenten los setenta imbuidos del cariz agridulce del country-rock: órganos, slides, pianos y guitarras, acústicas sobre las que hierve la inquietud, eléctricas que gritan un desenlace.
Son canciones forjadas al calor de un estilo que se ha ido sedimentando sobre añejas pócimas. Temas con pasaporte a la perdurabilidad, libres y por eso olvidados del tiempo; aunque quizá por eso siempre presentes. Genuinos fraseos de guitarra, que con vehemencia acomodan palabras de duda, retratos urbanos u oníricos que enmarcan un sentimiento en una imagen, y esta imagen en una frase. Melodías que acompasan un carrusel de personajes que pasan dejando cada uno un pensamiento. Desarrollos contundentes que nos muestran airados pruebas de la soledad y el absurdo humanos, de la continua sensación de pérdida y abandono, que en tantas ocasiones no es sensación. La limpia mirada de amargura y anhelo de un hombre posicionado ante el mundo. Sí, es José Ignacio Lapido, el de 091, y este es su nuevo álbum. JUANFRAN MOLINA.
JOSÉ IGNACIO LAPIDO “Música Celestial”(Pop Quark-Big Band, 2.002)
ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA “EL BATRACIO AMARILLO” EN JUNIO DE 2.002

Los momentos más reposados atesoran las instrumentaciones más ricas, dentro de un conjunto caracterizado por un sonido mucho más expresivo que historiado; escueto, preciso y sobrio, como es su costumbre. Cimentando su brillantez en el poder de las composiciones. “Humo” parte de acústica que encuentra el apoyo de eléctricas que aúllan, hasta que se tocan, arraciman, solapan e intercambian, ante un sutil acompañamiento de órgano; y “El carrusel abandonado” es pura evocación entre sonoridades temblorosas. Regusto dylaniano éste que se concentra también en los últimos tres cortes. Baladas intensas que encierran nostalgias imprecisas, desencanto y confusión; una lírica cruda y certera al acometer la metáfora del tiempo perdido y el destino inmutable. Aquí Dylan ya se ha encontrado con The band, y los Rolling Stones acomenten los setenta imbuidos del cariz agridulce del country-rock: órganos, slides, pianos y guitarras, acústicas sobre las que hierve la inquietud, eléctricas que gritan un desenlace.
Son canciones forjadas al calor de un estilo que se ha ido sedimentando sobre añejas pócimas. Temas con pasaporte a la perdurabilidad, libres y por eso olvidados del tiempo; aunque quizá por eso siempre presentes. Genuinos fraseos de guitarra, que con vehemencia acomodan palabras de duda, retratos urbanos u oníricos que enmarcan un sentimiento en una imagen, y esta imagen en una frase. Melodías que acompasan un carrusel de personajes que pasan dejando cada uno un pensamiento. Desarrollos contundentes que nos muestran airados pruebas de la soledad y el absurdo humanos, de la continua sensación de pérdida y abandono, que en tantas ocasiones no es sensación. La limpia mirada de amargura y anhelo de un hombre posicionado ante el mundo. Sí, es José Ignacio Lapido, el de 091, y este es su nuevo álbum. JUANFRAN MOLINA.
JOSÉ IGNACIO LAPIDO “Música Celestial”(Pop Quark-Big Band, 2.002)
ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA “EL BATRACIO AMARILLO” EN JUNIO DE 2.002
Comentario:
Que sepas que ya andamos más de uno deseando leer tu reseña de "En otro tiempo, en otro lugar". No creo que tenga este hombre crítico más afinado que tú.





