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La pubertad de los árboles
Diario de un encuentro cibernético
Sindicación
 
Pubertades canceladas
Las pubertades canceladas piden
un luto de amargura transpirada
en verbo, sea cual sea su raigambre.

Y al cabo,
el sol suelta de nuevo sus guedejas
de luz, y llega un consuelo inesperado;
el de latirse viva.
 
La Alhambra que no sería
Alberga
el lóbrego pantano de los condicionales
un emporio de Alhambras en su fondo,
como espectral camada
de arquitecturas no bendecidas
por el exquisito e inefable
azar de la existencia.

Vivir es aprender a zambullirse
tratando de ignorar el doloroso
escalofrío de agua en carne tierna,
para acudir al rescate
del único edificio sumergido
que se ubica
sobre un vértice de perfecciones.

Pero vendrá la paz. Un día
Me miraré recíproca en mercurios,
Por fin reconociendo
en esta cicatriz que me surca
el pecho de parte a parte (carretera
de imposibles destinos)
la Alhambra que no sería.

 
Todo
Dije -¿recuerdas?-: “Te lo daré todo”.
No aprendí a negarme a tus deseos.
Hoy tu aura está engarzada de alfileres;
tregua te ofrezco, pues tregua me pides.

Prometí en vano. Todo no sé darte.
El olvido me falta. Pero acato
tu decisión de últimas voluntades:
en adelante, gemiré silencios.

Y cuando a mi tesón le haya obcecado
la nostalgia de ti, estaré dispuesta
a todo, por no regarte en suspiros.

Ni la mutilación me arredraría:
si es preciso, el corazón me trago
con tal de nunca mendigar el tuyo.
 
Los veintidós arcanos
Con pulso incierto extendí baraja
ante tus ojos: veintidós arcanos.
Estampas irrisorias y terribles,
de románica estirpe. Pedí: “Toma
una carta, y decide nuestra suerte”.

Llovía tu mirada en las ventanas
Doce veintidós futuros a tu alcance
(viñetas del tebeo de la vida).
Junto a ti, los dos Enamorados
en su rígido tálamo yacían.
En derredor, Sabiduría, Fortuna,
y todas las demás. Merodeaba
el Hombre Loco por los arrabales
del boscoso tapiz. Y allá, a lo lejos,
en el extremo opuesto de la mesa,
el naipe de la Torre esgrimía
amenaza de vértigos funestos.

Hiperbólico brazo desplegaste,
y justo antes de aferrar la carta,
tu mano vaciló, quizás mecida
por el soplo indeciso que preludia
la inminencia de un jaque que no es mate.

 
El virtuoso de la inteligencia
I

Cuando mira en derredor, frunce
la boca en obcecadas angosturas
de artesano inmerso en laborioso cometido:
tomar medidas azules de cuanto le rodea,
a fin de amueblar su mente
con reproducciones a escala del universo innúmero.


El virtuoso de la inteligencia colecciona
facsímiles perfectos de las cosas, que repasa
con la frecuencia de quien consulta su muñeca.
No se equivoca cuando afirma cantidades.
sabe el quilate justo del diamante, y sin embargo
es inmune al brillo de una gota
de rocío engarzada en brizna tierna.

II

Una mujer desembarcó de un sueño
(o, lo que es lo mismo, del futuro)
para enseñarle a contemplar el místico
resplandor de sol yaciendo en nieve. Al virtuoso
le aletearon los párpados. Su boca
se reveló contrapunto invertido.

Como un pólipo, su corazón
se desató en tentáculos, para apresar
a la mujer en un ciego furor de madrugada
o despedida. Clavó pronto
en una piel que supuraba temblores
la maldición del enamoramiento.

III

Ella quedó dormida en la madriguera de sus brazos
salpicados de lunares; cónclave
de cauces rebosantes de estrellas. Ignoraba
que él no había consumado el sacramento
de una carne en otra: jamás cubre
el telón del abandono ojos de agua
y a dios se le recibe mirando hacia dentro.

Despertó la mujer al roce frío
del aire que lindaba con su cuerpo. Del abrazo
solamente quedaban en su espalda huellas
sangrientas como azote de cilicio. El virtuoso
se palpó el pecho, y para su sorpresa,
no halló más que un tubérculo al que le crecen tallos
(tentáculos resueltos en tenazas
con que aferrarlo todo desde lejos).

Estaba infectado por virus de tristeza,
y decidió que el modo de evitar contagios
era esterilizarse sentimentalmente.
Ya no volvió a besar, y de inmediato
rechazó a la mujer del sueño con la palma
enhiesta en ademán cortés hasta el absurdo:
aquel de quien declina una segunda copa.

El doble azul se hizo de nuevo mercenario
en pos del codiciado botín de empirismos
con que amueblar su alma
de certezas habitables y explicaciones exquisitas.

(También hay quien atesta
la habitación de muebles inservibles
para ocultar las siluetas arbitrarias
que impone la humedad en las paredes).

IV

La mujer del mañana volvió sobre sus pasos.
Aunque intuía que no sería perseguida
(más bien por eso mismo),
iba dejando un rastro de diamantes en la hierba.

Él, por su parte, había elegido seguir solo,
cerrado bajo llave en el suntuoso
si bien angosto minarete del pasado,
para cumplir la amarga autocondena
de no darse otra vez: la vida duele.