La Alhambra que no sería
Alberga
el lóbrego pantano de los condicionales
un emporio de Alhambras en su fondo,
como espectral camada
de arquitecturas no bendecidas
por el exquisito e inefable
azar de la existencia.
Vivir es aprender a zambullirse
tratando de ignorar el doloroso
escalofrío de agua en carne tierna,
para acudir al rescate
del único edificio sumergido
que se ubica
sobre un vértice de perfecciones.
Pero vendrá la paz. Un día
Me miraré recíproca en mercurios,
Por fin reconociendo
en esta cicatriz que me surca
el pecho de parte a parte (carretera
de imposibles destinos)
la Alhambra que no sería.
el lóbrego pantano de los condicionales
un emporio de Alhambras en su fondo,
como espectral camada
de arquitecturas no bendecidas
por el exquisito e inefable
azar de la existencia.
Vivir es aprender a zambullirse
tratando de ignorar el doloroso
escalofrío de agua en carne tierna,
para acudir al rescate
del único edificio sumergido
que se ubica
sobre un vértice de perfecciones.
Pero vendrá la paz. Un día
Me miraré recíproca en mercurios,
Por fin reconociendo
en esta cicatriz que me surca
el pecho de parte a parte (carretera
de imposibles destinos)
la Alhambra que no sería.
Todo
Dije -¿recuerdas?-: “Te lo daré todo”.
No aprendí a negarme a tus deseos.
Hoy tu aura está engarzada de alfileres;
tregua te ofrezco, pues tregua me pides.
Prometí en vano. Todo no sé darte.
El olvido me falta. Pero acato
tu decisión de últimas voluntades:
en adelante, gemiré silencios.
Y cuando a mi tesón le haya obcecado
la nostalgia de ti, estaré dispuesta
a todo, por no regarte en suspiros.
Ni la mutilación me arredraría:
si es preciso, el corazón me trago
con tal de nunca mendigar el tuyo.
No aprendí a negarme a tus deseos.
Hoy tu aura está engarzada de alfileres;
tregua te ofrezco, pues tregua me pides.
Prometí en vano. Todo no sé darte.
El olvido me falta. Pero acato
tu decisión de últimas voluntades:
en adelante, gemiré silencios.
Y cuando a mi tesón le haya obcecado
la nostalgia de ti, estaré dispuesta
a todo, por no regarte en suspiros.
Ni la mutilación me arredraría:
si es preciso, el corazón me trago
con tal de nunca mendigar el tuyo.
Los veintidós arcanos
Con pulso incierto extendí baraja
ante tus ojos: veintidós arcanos.
Estampas irrisorias y terribles,
de románica estirpe. Pedí: “Toma
una carta, y decide nuestra suerte”.
Llovía tu mirada en las ventanas
Doce veintidós futuros a tu alcance
(viñetas del tebeo de la vida).
Junto a ti, los dos Enamorados
en su rígido tálamo yacían.
En derredor, Sabiduría, Fortuna,
y todas las demás. Merodeaba
el Hombre Loco por los arrabales
del boscoso tapiz. Y allá, a lo lejos,
en el extremo opuesto de la mesa,
el naipe de la Torre esgrimía
amenaza de vértigos funestos.
Hiperbólico brazo desplegaste,
y justo antes de aferrar la carta,
tu mano vaciló, quizás mecida
por el soplo indeciso que preludia
la inminencia de un jaque que no es mate.
ante tus ojos: veintidós arcanos.
Estampas irrisorias y terribles,
de románica estirpe. Pedí: “Toma
una carta, y decide nuestra suerte”.
Llovía tu mirada en las ventanas
Doce veintidós futuros a tu alcance
(viñetas del tebeo de la vida).
Junto a ti, los dos Enamorados
en su rígido tálamo yacían.
En derredor, Sabiduría, Fortuna,
y todas las demás. Merodeaba
el Hombre Loco por los arrabales
del boscoso tapiz. Y allá, a lo lejos,
en el extremo opuesto de la mesa,
el naipe de la Torre esgrimía
amenaza de vértigos funestos.
Hiperbólico brazo desplegaste,
y justo antes de aferrar la carta,
tu mano vaciló, quizás mecida
por el soplo indeciso que preludia
la inminencia de un jaque que no es mate.
El virtuoso de la inteligencia
I
Cuando mira en derredor, frunce
la boca en obcecadas angosturas
de artesano inmerso en laborioso cometido:
tomar medidas azules de cuanto le rodea,
a fin de amueblar su mente
con reproducciones a escala del universo innúmero.
El virtuoso de la inteligencia colecciona
facsímiles perfectos de las cosas, que repasa
con la frecuencia de quien consulta su muñeca.
No se equivoca cuando afirma cantidades.
sabe el quilate justo del diamante, y sin embargo
es inmune al brillo de una gota
de rocío engarzada en brizna tierna.
II
Una mujer desembarcó de un sueño
(o, lo que es lo mismo, del futuro)
para enseñarle a contemplar el místico
resplandor de sol yaciendo en nieve. Al virtuoso
le aletearon los párpados. Su boca
se reveló contrapunto invertido.
Como un pólipo, su corazón
se desató en tentáculos, para apresar
a la mujer en un ciego furor de madrugada
o despedida. Clavó pronto
en una piel que supuraba temblores
la maldición del enamoramiento.
III
Ella quedó dormida en la madriguera de sus brazos
salpicados de lunares; cónclave
de cauces rebosantes de estrellas. Ignoraba
que él no había consumado el sacramento
de una carne en otra: jamás cubre
el telón del abandono ojos de agua
y a dios se le recibe mirando hacia dentro.
Despertó la mujer al roce frío
del aire que lindaba con su cuerpo. Del abrazo
solamente quedaban en su espalda huellas
sangrientas como azote de cilicio. El virtuoso
se palpó el pecho, y para su sorpresa,
no halló más que un tubérculo al que le crecen tallos
(tentáculos resueltos en tenazas
con que aferrarlo todo desde lejos).
Estaba infectado por virus de tristeza,
y decidió que el modo de evitar contagios
era esterilizarse sentimentalmente.
Ya no volvió a besar, y de inmediato
rechazó a la mujer del sueño con la palma
enhiesta en ademán cortés hasta el absurdo:
aquel de quien declina una segunda copa.
El doble azul se hizo de nuevo mercenario
en pos del codiciado botín de empirismos
con que amueblar su alma
de certezas habitables y explicaciones exquisitas.
(También hay quien atesta
la habitación de muebles inservibles
para ocultar las siluetas arbitrarias
que impone la humedad en las paredes).
IV
La mujer del mañana volvió sobre sus pasos.
Aunque intuía que no sería perseguida
(más bien por eso mismo),
iba dejando un rastro de diamantes en la hierba.
Él, por su parte, había elegido seguir solo,
cerrado bajo llave en el suntuoso
si bien angosto minarete del pasado,
para cumplir la amarga autocondena
de no darse otra vez: la vida duele.
Cuando mira en derredor, frunce
la boca en obcecadas angosturas
de artesano inmerso en laborioso cometido:
tomar medidas azules de cuanto le rodea,
a fin de amueblar su mente
con reproducciones a escala del universo innúmero.
El virtuoso de la inteligencia colecciona
facsímiles perfectos de las cosas, que repasa
con la frecuencia de quien consulta su muñeca.
No se equivoca cuando afirma cantidades.
sabe el quilate justo del diamante, y sin embargo
es inmune al brillo de una gota
de rocío engarzada en brizna tierna.
II
Una mujer desembarcó de un sueño
(o, lo que es lo mismo, del futuro)
para enseñarle a contemplar el místico
resplandor de sol yaciendo en nieve. Al virtuoso
le aletearon los párpados. Su boca
se reveló contrapunto invertido.
Como un pólipo, su corazón
se desató en tentáculos, para apresar
a la mujer en un ciego furor de madrugada
o despedida. Clavó pronto
en una piel que supuraba temblores
la maldición del enamoramiento.
III
Ella quedó dormida en la madriguera de sus brazos
salpicados de lunares; cónclave
de cauces rebosantes de estrellas. Ignoraba
que él no había consumado el sacramento
de una carne en otra: jamás cubre
el telón del abandono ojos de agua
y a dios se le recibe mirando hacia dentro.
Despertó la mujer al roce frío
del aire que lindaba con su cuerpo. Del abrazo
solamente quedaban en su espalda huellas
sangrientas como azote de cilicio. El virtuoso
se palpó el pecho, y para su sorpresa,
no halló más que un tubérculo al que le crecen tallos
(tentáculos resueltos en tenazas
con que aferrarlo todo desde lejos).
Estaba infectado por virus de tristeza,
y decidió que el modo de evitar contagios
era esterilizarse sentimentalmente.
Ya no volvió a besar, y de inmediato
rechazó a la mujer del sueño con la palma
enhiesta en ademán cortés hasta el absurdo:
aquel de quien declina una segunda copa.
El doble azul se hizo de nuevo mercenario
en pos del codiciado botín de empirismos
con que amueblar su alma
de certezas habitables y explicaciones exquisitas.
(También hay quien atesta
la habitación de muebles inservibles
para ocultar las siluetas arbitrarias
que impone la humedad en las paredes).
IV
La mujer del mañana volvió sobre sus pasos.
Aunque intuía que no sería perseguida
(más bien por eso mismo),
iba dejando un rastro de diamantes en la hierba.
Él, por su parte, había elegido seguir solo,
cerrado bajo llave en el suntuoso
si bien angosto minarete del pasado,
para cumplir la amarga autocondena
de no darse otra vez: la vida duele.
Pleamar
A la mañana siguiente
Cargué con mis espaldas tu camino
Y la ciudad de mis rutinas,
Un lugar que nunca había visitado antes.
Contemplando el mar inédito
Impoluta certeza quería darte:
La de que llegarías repicando en el espejo del pasado.
Un perro solitario improvisaba
sobre el pecho extendido de la playa
caminos como redes de caricias.
Rumiaba el mar olas sin crestas. Mis ojos,
inexpertos en interpretar presagios,
miraban sin ver el horizonte,
que emitía el diagnóstico inequívoco
de los cardiogramas en meseta.
Silbando pentagrama de certezas yo esperaba
un pálpito de luz, redoble firme
de pasos, después un nombre
(el mío) en el espejo de tus ojos. Y un abrazo
de molusco quejumbroso e insaciable.
Has de saberlo: no habría dudado,
inflamada Melibea, en arrojarme
de faros y campanarios
(murallas no quedaban) si me hubieras prometido
las redes de tus brazos al rescate.
Por eso a la mañana siguiente
te esperé acodada en la baranda,
de espaldas al camino por el que tú vendrías.
Pasó el tiempo. Las aguas silenciosas
cubrieron para siempre, con la falsa
modestia de un ropaje,
la tierna mansedumbre de tu pecho.
Cargué con mis espaldas tu camino
Y la ciudad de mis rutinas,
Un lugar que nunca había visitado antes.
Contemplando el mar inédito
Impoluta certeza quería darte:
La de que llegarías repicando en el espejo del pasado.
Un perro solitario improvisaba
sobre el pecho extendido de la playa
caminos como redes de caricias.
Rumiaba el mar olas sin crestas. Mis ojos,
inexpertos en interpretar presagios,
miraban sin ver el horizonte,
que emitía el diagnóstico inequívoco
de los cardiogramas en meseta.
Silbando pentagrama de certezas yo esperaba
un pálpito de luz, redoble firme
de pasos, después un nombre
(el mío) en el espejo de tus ojos. Y un abrazo
de molusco quejumbroso e insaciable.
Has de saberlo: no habría dudado,
inflamada Melibea, en arrojarme
de faros y campanarios
(murallas no quedaban) si me hubieras prometido
las redes de tus brazos al rescate.
Por eso a la mañana siguiente
te esperé acodada en la baranda,
de espaldas al camino por el que tú vendrías.
Pasó el tiempo. Las aguas silenciosas
cubrieron para siempre, con la falsa
modestia de un ropaje,
la tierna mansedumbre de tu pecho.
La pubertad de los árboles
Alboreaba marzo.
Los árboles balbuceaban algodones,
y el viento con sus propias manos tañía
en las praderas lejanas fulgores de terciopelo.
El hielo abrió sus costras y los ríos
se tornaron vulnerables.
Con premeditación y alevosía
me arrojó el azar de bruces,
verticalidad desbaratada,
en aguas de un lago ignoto,
desheredado por los cartógrafos.
Viniste sin carcaza.
Trajiste inteligencia, certera como filo de estrella,
y boreal dulzura.
A bocanadas tragué tu alma. Pronombres desgajados
se hicieron uno en la noche silenciosa y abstracta.
Después llegó el sonido, de labios de un heraldo
pregonero de estridencias,
que tomando mi mano, desembaló una caja
y me invitó a entrar en el piano
de tu voz, ¡timbrada dicha!
Ese rumor oscuro como el humo;
roce de guijarros que entrechocan en el fondo de su cauce
de camino hacia el mar;
destilación de alcoholes que embriaga tus palabras
y mis silencios.
¡Pero tus silencios!
A veces me los brindabas casi transparentes,
aéreo cendal que recubre cada intervalo de anhelo.
Otras, en cambio, los tejías en ayes y respingos.
Como si te rasgases la camisa para mostrarme
el galope de un caballo por tu pecho.
Agoniza marzo. Refulgen
los prados sedientos. Las ramas
desdeñan blancuras, y ansían
crepitar en hojas verdes. Mañana
cabalgarás sobre abril, finalmente
reencarnado en ti mismo.
Y Platón sonreirá desde su tumba,
porque este marzo febril, esta alocada
pubertad de los árboles acaso
nos deje una fruta de amor infinito.
Evocación
Largamente contemplo tus ojos, resquicios de mar,
y el corazón me estalla en olas.
Se acaban de encender
continentes de rubor en tus mejillas.
Me ciñes con brazos esculpidos en madera.
(Siento en mi pecho el tuyo, abrasadora hogaza).
Es entonces
cuando la flauta de tu boca
me reclama de manera ineludible.
Evoco con la memoria precisa
de lo que está por venir, y sé
que ningún día de mi vida recordaré mejor.
Desiderata
En un lugar del mundo existe un hombre.
Un hombre del que manan carcajadas
Que trepan como ramas hasta el cielo.
También le crecen besos; un rocío
De brotes en perpetua primavera.
Un hombre luminoso, sol en copa.
El milagro es posible; quizá un día
En un lugar de mi alma nazca un árbol.
Poetiva
La base en que se apoya mi pie es de firme granito,
Me río de lo que llamas disolución,
Y conozco la amplitud del tiempo.
Walt Whitman, Hojas de hierba.
Poetiva
Paciente gota de agua persuade acantilados.
¡Buril a la agridulce secreción de mi recuerdo!
El tema de la obra es obvio al tercer verso.
Me consta que su género es lirismo autobiográfico.
Para que los lectores descifren mis poemas,
Rosetta de sentires, he de pintar la puerta
con un color vistoso: el de la narrativa
Ofrezco mis disculpas a todos los puristas:
ya que Castilla es lenta en revestir conceptos
con su áspero lienzo de crujidos rotundos,
resulta imprescindible intercalar ahora
un bárbaro anglicismo de torpes resonancias.
Tratamos de pantallas con pechos dislocados.
El número es el dos; internet la alcahueta.
Los teclados rebrincan, y pese a la distancia
las camas solitarias se tornan habitables.
Intuyo aquí avalancha de reacciones adversas.
Es posible que el grueso de lectores decida
(democracia: probado visir de los gobiernos)
que el amor cibernético es una gran locura.
Pero esa minoría que no ve los anuncios
porque anda atenta al vuelo de una bandada de aves
se ajustará las gafas sonriendo levemente.
Un solo argumento alego en mi defensa:
¿necesitan los ciegos mirar para quererse?
Me río de lo que llamas disolución,
Y conozco la amplitud del tiempo.
Walt Whitman, Hojas de hierba.
Poetiva
Paciente gota de agua persuade acantilados.
¡Buril a la agridulce secreción de mi recuerdo!
El tema de la obra es obvio al tercer verso.
Me consta que su género es lirismo autobiográfico.
Para que los lectores descifren mis poemas,
Rosetta de sentires, he de pintar la puerta
con un color vistoso: el de la narrativa
Ofrezco mis disculpas a todos los puristas:
ya que Castilla es lenta en revestir conceptos
con su áspero lienzo de crujidos rotundos,
resulta imprescindible intercalar ahora
un bárbaro anglicismo de torpes resonancias.
Tratamos de pantallas con pechos dislocados.
El número es el dos; internet la alcahueta.
Los teclados rebrincan, y pese a la distancia
las camas solitarias se tornan habitables.
Intuyo aquí avalancha de reacciones adversas.
Es posible que el grueso de lectores decida
(democracia: probado visir de los gobiernos)
que el amor cibernético es una gran locura.
Pero esa minoría que no ve los anuncios
porque anda atenta al vuelo de una bandada de aves
se ajustará las gafas sonriendo levemente.
Un solo argumento alego en mi defensa:
¿necesitan los ciegos mirar para quererse?





