Plagiando descaradamente
La pasión en una relación es proporcional a la cantidad de incertidumbre que se pueda tolerar.
El erotismo florece en lo impredecible. El deseo es indisciplinado y difícil de controlar, no va de la mano del hábito y la repetición. La inestabilidad es la única constante.
El erotismo se aloja en el espacio ambiguo que existe entre la ansiedad y la fascinación.
La familiaridad es apenas una de las manifestaciones de la intimidad. Nuestro continuo descubrimiento de la otra persona se extiende más allá de los hábitos superficiales, a un mundo de reflexiones, convicciones y sentimientos interiores. Penetramos en la mente de nuestra pareja. Hablamos, escuchamos, compartimos y comparamos. Desvelamos ciertas partes de nosotros mismos y adornamos, disfrazamos y encubrimos otras. A veces sé cosas de ti porque tú me las cuentas: tu historia, tu familia, tu vida antes de conocerme; pero a menudo comprendo cosas porque te observo, intuyo y asocio. Tú presentas los hechos, yo ato cabos y se forma una imagen. Tus particularidades se asoman lentamente, en forma abierta o encubierta, intencionadamente o no. Es fácil llegar a algunos sitios de tu interior, pero otros están codificados y es difícil descifrarlos.
Irónicamente, lo que contribuye a la buena intimidad no siempre contribuye al buen sexo. Una alta intimidad emocional generalmente es acompañada de un bajo deseo sexual. Se presupone que los problemas relacionados con el sexo constituyen el resultado de una falta de cercanía; pero yo opino que tal vez la manera en la que construimos esa cercanía sea la que reduce la sensación de libertad y autonomía que se necesitan para obtener placer sexual. Cuando la intimidad se convierte en fusión, lo que obstaculiza al deseo no es la falta de cercanía, sino la proximidad en demasía.
El amor descansa sobre dos columnas: la entrega y la autonomía. Nuestra necesidad de estar juntos coexiste con nuestra necesidad de estar separados. Una no existe sin la otra. Con demasiada distancia, no hay conexión. Pero cuando la fusión es extrema se arranca de raíz la separación de dos individuos diferentes. Entonces no hay nada ya que trascender, ningún puente que atravesar, nadie a quien visitar al otro lado, ningún otro mundo interno en el que penetrar. Cuando las personas llegan a fusionarse (cuando dos se convierten en uno), desaparece la conexión. No hay nadie con quien conectarse. Por lo tanto, la conservación de la individualidad constituye una condición necesaria para que exista conexión: ésta es la paradoja fundamental de la intimidad y el sexo.
El erotismo florece en lo impredecible. El deseo es indisciplinado y difícil de controlar, no va de la mano del hábito y la repetición. La inestabilidad es la única constante.
El erotismo se aloja en el espacio ambiguo que existe entre la ansiedad y la fascinación.
La familiaridad es apenas una de las manifestaciones de la intimidad. Nuestro continuo descubrimiento de la otra persona se extiende más allá de los hábitos superficiales, a un mundo de reflexiones, convicciones y sentimientos interiores. Penetramos en la mente de nuestra pareja. Hablamos, escuchamos, compartimos y comparamos. Desvelamos ciertas partes de nosotros mismos y adornamos, disfrazamos y encubrimos otras. A veces sé cosas de ti porque tú me las cuentas: tu historia, tu familia, tu vida antes de conocerme; pero a menudo comprendo cosas porque te observo, intuyo y asocio. Tú presentas los hechos, yo ato cabos y se forma una imagen. Tus particularidades se asoman lentamente, en forma abierta o encubierta, intencionadamente o no. Es fácil llegar a algunos sitios de tu interior, pero otros están codificados y es difícil descifrarlos.
Irónicamente, lo que contribuye a la buena intimidad no siempre contribuye al buen sexo. Una alta intimidad emocional generalmente es acompañada de un bajo deseo sexual. Se presupone que los problemas relacionados con el sexo constituyen el resultado de una falta de cercanía; pero yo opino que tal vez la manera en la que construimos esa cercanía sea la que reduce la sensación de libertad y autonomía que se necesitan para obtener placer sexual. Cuando la intimidad se convierte en fusión, lo que obstaculiza al deseo no es la falta de cercanía, sino la proximidad en demasía.
El amor descansa sobre dos columnas: la entrega y la autonomía. Nuestra necesidad de estar juntos coexiste con nuestra necesidad de estar separados. Una no existe sin la otra. Con demasiada distancia, no hay conexión. Pero cuando la fusión es extrema se arranca de raíz la separación de dos individuos diferentes. Entonces no hay nada ya que trascender, ningún puente que atravesar, nadie a quien visitar al otro lado, ningún otro mundo interno en el que penetrar. Cuando las personas llegan a fusionarse (cuando dos se convierten en uno), desaparece la conexión. No hay nadie con quien conectarse. Por lo tanto, la conservación de la individualidad constituye una condición necesaria para que exista conexión: ésta es la paradoja fundamental de la intimidad y el sexo.
Comentario:
Te leeré en la cama y ya te diré.
beso
beso





